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1/26/20

Hermann Hesse Cartas escogidas 03

Si me permite diré lo siguiente en relación con este artículo que me ha gustado mucho: no creo que «idílico» sea una expresión sólida. Yo mismo considero el impulso religioso como la característica decisiva de mi vida y de mi trabajo. Considero como primordial y dominante signo distintivo de mi especie que el individuo, ya afronte la guerra mundial o se detenga frente a un jardín florido, experimente el mundo exterior como mundo visible, de lo Uno, Divino y se subordine a él. Que esa vivencia básica religiosa que por supuesto en mí no transcurre en las formas tradicionales de la Iglesia, se inflame en causas «idílicas» o en otras, carece de importancia para mí. Considero la palabra «idílico» un adjetivo con el cual el hombre de las grandes urbes tilda aquellos contenidos de la vida que le son desconocidos y extraños, mientras que para el hombre de campo son primordiales.

  Más adelante volveré a repasar su libro. Sin mediar culpa de mi parte ocurrió que a raíz de su aparición, tuve aguda conciencia de un argumento esencial que tengo contra ciertas posturas de su generación y por tal motivo fue formulado. Jamás me resultó simpático el insistir u organizar de la juventud; en realidad el ser joven o viejo sólo se da entre los individuos mediocres. Los individuos más dotados y diferenciados son ora viejos ora jóvenes, así como se muestran ora alegres, ora tristes. Bueno, ya es suficiente, lo que ocurrió es que al juzgar su libro cobraron importancia para mí ciertos sentimientos y consideraciones de carácter general.

  Este se corregirá por sí solo, así lo creo. Comprendo asimismo que con esta consideración demasiado general no soy justo con su persona y su singular libro personal, ¿pero qué son nuestras palabras? ¿Y por qué nuestra generación habrá de tener menos derecho a expresarse libremente qué la suya?

  Esas palabras suyas: «Primeramente debieran enseñárnoslo» me hirieron. Si hubiese podido contestarle verbalmente sin duda me habría comprendido

A un joven en busca de algo así como un «conductor»

  Chantarella, invierno de 1930

  Su carta me sorprendió en la alta montaña, extenuado y muy necesitado de descanso. Por lo tanto le responderé brevemente.

  No hay razón alguna para desesperar. Si ha nacido para llevar una vida propia y no del montón, hallará también el camino que lo llevará al desenvolvimiento de su propia personalidad y de una vida propia, si bien debo advertirle que es una senda difícil. Si no está destinado para ello, si las fuerzas no le alcanzan, tarde o temprano deberá renunciar y se plegará a la moral, al gusto y a las costumbres de la generalidad.

  Es una cuestión de fuerza, o como prefiero pensar, una cuestión de fe, pues a menudo se encuentran individuos muy fuertes que fracasan pronto y otros muy delicados y débiles que a pesar de la enfermedad y la debilidad dominan la vida de una manera maravillosa y aun en medio de sus sufrimientos saben imprimirle su sello. Cuando Sinclair tiene fuerza (o fe), Demian va a él, lo atrae hacia él con su fuerza.

  La fe a la cual aludo, no puede traducirse fácilmente en palabras. Podría expresarse más o menos así: yo creo que a pesar de su absurdo evidente, la vida tiene un sentido. Me resigno a no poder comprender este último

sentido con la razón, pero estoy dispuesto a servirlo, aun cuando deba sacrificarme. Escucho la voz de este sentido en mí mismo, en los instantes en que estoy real y totalmente vivo y despierto.

  Quiero intentar realizar lo que la vida exige de mí en esos instantes, aun cuando contraríe las modas y las leyes vigentes.

  Esta fe no se puede imponer, ni tampoco es posible someterse a ella. Tan sólo se la puede vivir, así como el cristiano no puede ganar, forzar o hacer trampas con la «gracia», sino sólo experimentarla con fe. Quien no lo puede hacer busca entonces su fe en la Iglesia, o en la ciencia o junto a los patriotas o los socialistas, o bien allí donde proveen morales, programas o recetas ya.

  No estoy en condiciones de juzgar si un individuo es capaz y está destinado a recorrer el bello y arduo sendero que conduce a una vida propia y a un sentido, ni aun viéndolo con los ojos. Muchos miles oyen el llamado, muchos recorren un tramo del camino, unos pocos lo transitan más allá del límite de la juventud y tal vez nadie lo recorra en su totalidad hasta el fin.

 

  Al señor F. v. W., Waldenburg

  Alrededor de 1930
Distinguido señor F. v. W.:

  He recibido su carta. Comprendo su conflicto pero no puedo ayudarle. A lo sumo, le aconsejaría no permanecer fiel a ideales en los que ya ha comenzado a dudar por sentimientos piadosos.

  Mi obra literaria y mi persona le han servido durante cierto tiempo y le han estimulado. Pero esto no es motivo para no dejarlos de lado y apartarse de ellos, si así se lo exige su evolución.

  Evidentemente, usted se vendió de manera unilateral a un romanticismo y al hacerlo se alejó del hoy, de la «realidad» más de lo que podía soportar. En tal caso debe corregirse.

  Sin embargo, deberá hacerlo seriamente y a más conciencia de lo que aconteció en su manifiesto. Hay en él demasiadas frases, demasiados conocimientos pensados por otros desde hace muchos decenios antes que usted, y también fueron formulados mucho mejor y con más precisión.

  Una de las frases dice: «Los intelectuales escriben una apología de la economía», etcétera.

  ¿Quiénes son estos «intelectuales»? ¿Por qué llama «intelectuales» a los apologistas de la economía? ¿Qué entiende por «intelecto»? Al parecer lo ignora. Estas cosas deben ser meditadas con más agudeza de lo que usted lo hizo hasta ahora.

  Dedíquese a estos problemas. Es muy posible que, en efecto, la vida en la literatura y en la contemplación signifique para usted un estado egoísta y desagradable. Una vez en mi vida, yo también me vi precisado a sacrificar toda mi tranquila y contemplativa filosofía y entregarme con manifiesta y total abnegación. Eso ocurrió al estallar la guerra y durante casi diez años la protesta contra la guerra, la protesta contra la grosera estupidez del hombre, sediento de sangre, la protesta contra los «intelectuales», en particular los que predicaban la guerra fue para mí un deber y una amarga necesidad. En la medida en que estas cosas se convirtieron en problema las investigué a fondo, dilucidé mi posición respecto a ellas, mi propia participación en la culpa, también estuve prác

ticamente durante años de parte de una pequeña oposición luchadora. Luego retomé cambiado a Hölderlin y a Nietzsche, a Buda y a Lao Tsé, a la literatura y a la contemplación, pero confirmado en todos los dogmas importantes, consciente de lo que estaba haciendo.

  Encuentre su camino y no se apegue a las personas y a los ideales que por un momento le fueron caros.

 

  A un lector en busca de consejo

  Hacia 1930/31

  Quiero responder a su carta en pocas palabras, aun cuando ésta, como todas las cartas similares, me encuentra en una posición de defensa.

  Muchos de los lectores de mis obras me toman de una manera completamente personal como amigo, como conductor, a menudo directamente como medico y padre espiritual, confesor o consejero, sin contemplaciones hacia mi persona y mi trabajo, sin tener en cuenta que todas estas funciones (consejero, médico, etcétera) sólo tienen sentido en un íntimo contacto personal y que sin el conocimiento de las personas, cultivadas a la distancia, a través de un intercambio epistolar, carecen de valor.

Cuando a veces contesto por excepción algunas de estas cartas porque me ha emocionado la desgracia o la aflicción en ellas expuestas, por lo general estos corresponsales me envían enseguida cartas a intervalos regulares, a veces casi a diario y se acostumbran a utilizarme como descargadero de todo estado de ánimo.

  Con bastante frecuencia, si rechazo tales pretensiones, se suceden de parte de los remitentes explosiones de desórdenes psíquicos de carácter tan desagradable y deprimente que durante días quedo como baldado e incapacitado para realizar mi labor. Se muestra entonces lo feo: precisamente, los mismos lectores que más profundizan en mis libros, los que en su mayoría se encuentran en ellos a sí mismos, son quienes no tienen el menor respeto por la personalidad de los ajenos, no tienen para el escritor un ápice de comprensión. Si éste, como persona, se resiste a sus exigencias a menudo desvergonzadas, se irritan y enojan y con frecuencia reaccionan con descargas de vergonzosa hostilidad. Precisamente, lo único que quisiera «enseñar» o a lo que quisiera apelar como escritor: el respeto, falta por completo y la juventud alemana de estos días parece dejar bastante que desear en este sentido. No pretendo significar que el lector debería contemplar al escritor como a un ser superior a él, sino al contrario, considerarlo como su igual y no exigirle lo que él mismo no está dispuesto a dar de sí por ningún motivo.

  Ya conoce pues mi postura y mi relación respecto a estas cartas, como la que me escribió.

  Sin embargo, creo poder decirle algo que tal vez le confortará. Si por un momento pudiera ver su relación hacia mí desde afuera, en forma «objetiva», percibirá algo que le permitirá corregir esta relación. Usted verá lo siguiente: El Hesse al cual llama, al cual lee, al cual ama o acusa, es una imagen de su propio yo, existe para usted hasta donde le parezca semejante y estrechamente emparentado. Usted quisiera saberse confirmado por este Hesse. Usted quisiera escuchar una que otra palabra de él, a él le dirige usted de vez en cuando exteriorizaciones de su enojo con la intención de lastimarlo o mostrarle su desprecio
Pero este Hesse es su espejo y lo que a él le grita, debería gritárselo a sí mismo, lo bueno y lo malo. Si una parte de su camino a Hesse es realmente un camino a sí mismo, por momentos su camino a Hesse es al fin y al cabo un desvío, un cambio de dirección, un apartar sus impulsos de sí mismo hacia un objeto aparentemente extraño: en resumen, una huida hacia el exterior de su propio interior.

  Por supuesto, todo lo que digo puede rebatirse fácilmente. Es apenas una pequeña parte de la verdad, como todo lo que se dice con palabras. No obstante quizá vea en esta carta a la cual he dedicado una mañana, algo que le sirva, quizá vea también que Hesse no le tiene mala voluntad.

 

  A Thomas Mann

  Chantarella, Engadina, 20 de febrero de 1931

  Querido y venerado señor Thomas Mann:

  Le agradezco muy especialmente su saludo y el ensayo de su hermano. Hace poco, Ninon se sintió muy feliz al recibir el saludo de su esposa y todos los días vosotros tres fuisteis frecuente y amable tema de conversació

En estos momentos estamos bloqueados por la nieve. Nieva sin cesar desde hace tres días y desde ayer no es posible moverse afuera sino con gran esfuerzo por unos pocos senderos despejados a medias. La nieve nueva que alcanza una altura de varios metros, es peligrosa. De momento, es imposible esquiar. Cualquier cosa provoca deslizamientos de nieve y enseguida se forman aludes. Esta mañana, cerca de la casa un campesino y sus dos caballos debieron ser desenterrados a pala por haber sido arrastrados por un deslizamiento de nieve.

  El hecho de haber sido arrojado por lo pronto en una olla con los demás dados de baja, me hace ver en la cuestión de la Academia algo dudoso. En el artículo de su hermano también se habla sólo de los «caballeros» dados de baja.

  Esto caerá pronto en el olvido y los nacionalistas extremos que hoy también me invocan a mí, muy pronto tendrán oportunidad de reconocerme y tratarme como enemigo.

  Entre nosotros, mi postura personal respecto a este asunto es aproximadamente la siguiente:

  No soy disidente en relación con el Estado actual, porque sea nuevo y republicano, sino porque me parece muy poco nuevo y muy poco republicano. Nunca consigo olvidar del todo que el Estado prusiano y su Ministerio de Culto, los protectores de la Academia, son a la vez la instancia responsable de las universidades y su fatal rémora, y veo en el intento de reunir a los intelectuales «libres» en la Academia, un poco el intento de mantener a raya con mayor facilidad a esos incómodos críticos de lo oficial.

  A esto se suma que en mi carácter de ciudadano suizo de manera alguna estoy en situación de cooperar en forma activa. Si soy miembro de la Academia, deberé reconocer por tal motivo al Estado prusiano y su manera de administrar a la intelectualidad pero sin ser miembro del Imperio o de Prusia. Esta disonancia es la que más me molesta y su superación fue el aspecto más importante de mi retiro.

  Bueno, volveremos a vernos y tal vez con el tiempo todo adquiera de nuevo otro aspecto

Reciba nuestros cordiales saludos. Mostraré mi carta a Ninon quien agregará un saludo para su esposa.

 

  A la señora Mia Engel, Stuttgart-Degerloch

  Mediados de marzo, 1931

  Querida doctora Engel:

  Agradezco su carta. Todo contacto con Schrempf me llena de alegría y yo también espero tener la suerte de encontramos alguna vez.

  Considerando que las ideas volcadas en su carta proceden en parte del propio Schrempf y que también habla usted con él directamente sobre estas cosas, quisiera añadir algo al respecto.

  En su carta veo dos puntos, con los que no estoy de acuerdo.

  En primer lugar, las amistades entre Goldmundo y Narciso, entre Veraguth y Burckhardt, entre Hesse y Knulp, etcétera. Es un error pensar que estas amistades están completamente exentas de erotismo por existir entre hombres. En el aspecto sexual soy «normal» y jamás he tenido relaciones eróticas físicas con otros hombres, pero considerar por ello las amistades completamente exentas de erotismo me parece equivocado

En el caso de Narciso es particularmente evidente. Goldmundo significa para él no sólo el amigo, no sólo el arte, también significa para Narciso el amor, el calor de los sentidos, lo deseado y lo prohibido.

  Más adelante, dice usted que Schrempf encuentra incompleta la experiencia amorosa de Goldmundo. A su juicio, le faltaría el mejor tercio o cuarto.

  Probablemente esté en lo cierto, pero la misión de un escritor, al menos de un escritor de mi género, sabe Dios que no consiste en imaginar figuras ideales, perfectas, falsas o ejemplares y presentarlas a los lectores para edificación o imitación. Por el contrario, el escritor debe (porque no tiene alternativa) esforzarse en describir con la mayor exactitud y fidelidad aquello que le ha sido posible experimentar a él mismo, y en esto yo le reconozco vigencia también a auténticas vivencias de la fantasía. Ya no me ha sido posible experimentar mucho más del amor sexual y la amistad de lo que hay en el «Narciso» (me doy perfecta cuenta de que estas figuras y sus vidas no son nada ejemplares, tampoco lo ambiciono), pero realmente Schrempf no puede haber querido decir que en beneficio de una perfección ideal en mis libros debería exponer experiencias que la vida me ha negado. Yo pienso que la crítica de un autor no debe preguntarse: ¿Es cómodo y amable al crítico el contenido de un libro?, sino: ¿Domina realmente el autor al tema? Ahora bien, mi tema no es una exposición de aquello que individuos ideales puedan experimentar en el amor, sino el retazo de humanidad y amor, el retazo de vida instintiva y vida de sublimación que conozco por ser parte de mi naturaleza y acerca de cuya exactitud, sinceridad y verosimilitud puedo dar fe. Así lo veo, y por ello alterna en mi obra constantemente la confesión de experiencias extraordinarias y en cierto modo ejemplares y las capas vivenciales con el reconocimiento de la imperfección, la flaqueza, la tortura infernal y la desesperación. Por esta razón debo dividirme en Narciso y Goldmundo. Por esta razón Siddharta se enfrenta al Lobo estepario y el Demian, a Klein y Wagner

Veo en Schrempf a mi antípoda, al representante de un tipo de hombre y de pensador al que estoy muy próximo sólo por un parentesco del temperamento intelectual. Sin embargo, jamás desearía que Schrempf o una de sus obras fuera distinto, que se acercara más a mi propio ideal. Por esta razón tampoco puedo creer que Schrempf desee realmente un Goldmundo diferente e ideal. Puede desear y lo hará que Goldmundo y Hesse en lugar de ser unos pobres diablos, sean capaces de vivencias superiores y más bellas y de realizarlas, pero no deseará que el pobre diablo de Hesse pinte a la gente en sus libros figuras ejemplares ideales.

  No puedo remediar que mi positivo y mi negativo, mi fuerza y mi debilidad sólo se expresen en sucesión, en la alternancia entre el claro y el oscuro. El dilema ha sido formulado en forma casi exhaustiva en Kurgast.

 

  Al señor doctor P. Sch., Deutsch-Nettkow

  Zúrich, mediados de abril de 1931

  … El ensayo que usted leyó data de hace diez años y yo nada sabía de esa edición. Se trata de una reimpresión como las que suelen publicar docenas de periódicos. Pero en definitiva, llegó a su poder y tuvo su razón de ser. Esto está bien

Muy a menudo he pasado por la experiencia de que la desesperación vuelve a convertirse en gracia y que con la muda de una piel nuestra vida sufre nuevas transformaciones. Como usted me llama psicoanalista, quisiera definir esta experiencia del siguiente modo:

  Todo intento de tomar en serio la cultura, el genio y sus exigencias y vivir de acuerdo con ellos lleva inevitablemente a la desesperación. La salvación surge luego del reconocimiento de haber objetivado demasiado las vivencias y los estados subjetivos. Entonces por unos instantes de clarividencia nos vemos a nosotros mismos y a nuestra vida tal como considera el analista un sueño: traduce su contenido «manifiesto» en contenido psicológico. Aprende a jugar de nuevo con los objetos aparentemente rígidos, también con los conceptos aparentemente rígidos enfermo y sano, dolor y alegría. Bueno, esto ya lo sabe usted.

  Por supuesto, estas vivencias del ser redimido no aseguran contra nuevas desesperaciones, pero fomentan la creencia en que toda desesperación puede ser superada desde nuestro interior. Uno no se «cura», uno no pierde el dolor (también yo paso rara vez un día sin dolores), pero uno comienza a sentir curiosidad por lo que le espera y halla el amor fati.

  Esto ha sido una charla atropellada y un tanto descuidada en una hora matinal. Tómela como tal.

 

  Al señor R. B
… No me hubiera sido posible dejar sin respuesta su carta.

  Yo veo la cuestión de este modo: No es correcto que no se pueda vivir con los principios de vida que he representado. No soy representante de una doctrina sólida, formulada de manera definitiva. Soy hombre de evoluciones y cambios y así, en mis libros, junto al «cada uno está solo» se encuentra algo más. Por ejemplo, todo el Siddharta es una profesión de amor y la misma profesión se encuentra también en otros libros.

  Por cierto no irá a exigirme que demuestre más fe en la vida que la que yo mismo tengo. He señalado en varias ocasiones con vehemencia apasionada la absoluta imposibilidad de una vida auténtica y realmente digna de ser vivida en nuestro tiempo. Creo en esto incondicionalmente. El hecho de que a pesar de todo viva, que esta época, esta atmósfera de mentiras, codicia por el dinero, fanatismo y crudeza no me haya matado se lo debo a dos circunstancias felices: la enorme herencia de espontaneidad que tengo en mí y la circunstancia que yo, aun como acusador y enemigo de mi época, puedo ser productivo. Sin esto no podría vivir y no obstante, aun así, mi vida es a menudo un infierno.

  No cambiará mucho mi postura respecto a la época actual. Yo no creo en nuestra ciencia, ni en nuestra política, ni en nuestra manera de pensar, de creer, de divertirse. No comparto ni uno solo de los ideales de nuestro tiempo. Pero no por ello carezco de fe. Yo creo en las milenarias leyes de la Humanidad y creo que sobrevivirán al torbellino de nuestro tiempo.

  No me es posible señalar un modo de sostener los ideales humanos que yo considero eternos y a pesar de ello creer simultáneamente en los ideales, las metas y consuelos de nuestro tiempo. Tampoco siento el menor

deseo de hacerlo. En cambio, durante toda mi vida he intentado muchos caminos por los que se puede vencer el tiempo y vivir en lo atemporal (a menudo he expuesto estos caminos en parte de una manera frívola, en parte con harta seriedad).

  Cuando tropiezo por ejemplo con jóvenes lectores de El lobo estepario compruebo muy a menudo que toman en serio todo cuando se dice en este libro sobre el desvarío de nuestra época, pero aquello que para mí es mil veces más importante no lo ven siquiera, al menos no creen en ello. Pero de nada vale que se señale la guerra, la técnica, el delirio por el dinero o el nacionalismo como algo inferior. Es menester poder reemplazar con una creencia los ídolos del tiempo. Esto es lo que siempre he hecho. En El lobo estepario fueron Mozart, los inmortales y el teatro mágico; en Demian y en Siddharta se citan los mismos valores con otros nombres.

  Con la fe en aquello que Siddharta llama el amor y con la fe de Harry en los inmortales se puede vivir. De esto estoy seguro. Con ello no sólo se puede soportar la vida, sino también vencer al tiempo.

  Veo que no logro expresarme con toda precisión. Siempre me desaliento cuando advierto que aquello en lo cual creo, lo que está expresado claramente en mis libros les pasa inadvertido a los lectores.

  Cuando haya leído mi carta, le sugiero volver a uno de mis libros y ver de nuevo si aquí y allá no aparecen en verdad proposiciones de una fe con las cuales es posible vivir. Si no encuentra nada, deseche mis libros. Si por el contrario halla algo siga buscando a partir de allí.

  Hace poco una joven dama me preguntó a qué me refería con el teatro mágico aludido en El lobo estepario. La había decepcionado hondamente que me burlara acerca de mí mismo y de todo lo demás, como si me encontrara bajo los efectos del opio. Le aconsejé volver a leer aquellas páginas y ello con la certeza de que nada de lo que dije jamás ha sido tan importante y sagrado para mí como ese teatro mágico, imagen y envoltura de aquello que para mí es profundamente valioso e importante. Poco después me escribió que había comprendido. Se

ñor B., yo entiendo muy bien su pregunta y es probable que en estos momentos mis libros no sean aconsejables para usted, que deba volver a desecharlos y vencer aquello que lo unía a ellos. Naturalmente, no puedo aconsejarlo en esto. Sólo puedo decidir en tomo a lo que he vivido y escrito, también respecto a las contradicciones, al vaivén y al desorden. Mi misión no consiste en dar a los demás lo mejor objetivo, sino lo mío (ya sea sólo un dolor, sólo una queja) con toda la pureza y sinceridad que me sea posible.

 

  A Emmy Ball-Hennings

  8 de junio de 1931

  Querida Emmy:

  Acabo de terminar la lectura de su libro[6] dedicado a su marido. Se lo agradezco. Es un libro lleno de amor y por encima de toda crítica. A través de sus páginas he vuelto a recorrer mentalmente los últimos caminos de Hugo. He compartido de nuevo las experiencias de su vida interior en la medida que es posible entre individuos diferentes. No he encontrado abiertas todas las puertas. No soy católico, ni lo deseo tampoco y aún hoy creo que la temprana muerte de Hugo ha sido para él una gracia, porque le evitó… polemizar… con el catolicismo prác
tico. Sin embargo, aun cuando no puedo compartir la fe en los únicos dogmas correctos, los únicos santificantes, conozco por mí mismo la vivencia de la reconciliación y de la abnegación en una fe y al hacerlo no me considero un desdichado, un extraviado o protestante, sino que, como estoy contento y lleno de agradecimiento, acepto que lo indecible pueda ser experimentado e interpretado de tan múltiples maneras.

  Bueno, le doy las gracias nuevamente y siempre pienso en usted con cariño, estimada Emmy. Y cuando le digo que su libro «está por encima de toda crítica» no excluyo que contenga pequeños errores factibles de ser corregidos. Lo tendremos en cuenta cuando llegue el momento de hacer una nueva edición. En verdad, su libro adolece de innumerables errores tipográficos y causa mala impresión. Por ejemplo ¿por qué se dice siempre Sarengo en lugar de Sorengo? Y así muchos, muchos. Y el monte donde estuvo aquella vez con sus cabras no tiene cuatro mil metros de altura como usted afirma.

  Por supuesto, éstas son sólo formalidades, pero en un futuro pondremos todo nuestro empeño para enmendar este querido libro. Además, hay gente malévola y enemigos. Si uno de ellos lee el libro y encuentra sus imprecisiones, dirá: «Ya se ve, nada concuerda». Y es menester evitarlo.

  Hay algo que siempre me ha parecido maravilloso y ha merecido toda mi veneración y amor: la manera como siguió durante toda una vida a Steffgen en todo lo que supera la razón, en todo lo sagrado, además de ser a menudo su guía. Él lo sabía y lo comentaba con frecuencia. En este libro, comprendió y expresó maravillosamente todo lo que está más allá de la razón, todo lo bienaventurado y santo. Vayan mis muestras de gratitud.

  Por cierto, escribiré algo sobre su libro, pero aún ignoro dónde.


A un hombre joven

  Verano de 1931

  Ha llegado su carta. Se parece a muchas otras que recibo. Evidencia la típica posición de su generación: cinismo por falta de responsabilidad, desesperación motivada por la anarquía. No hay remedio para tales males. Carecéis de respeto, no hay en vosotros voluntad para servir, afán de acrecentar la personalidad a través de grandes misiones y la secuela serán las guerras y otras calamidades. Un poco de boxeo y práctica de remo no bastan para reemplazar la religión y la cultura.

  No podéis remediarlo. Sois víctimas… pero esto no es motivo para golpear. Si no podéis tomar nada en serio, al menos intentad tomaros en serio a vosotros mismos, de lo contrario se extinguirá todo el valor y el sentido de vuestras vidas. Vuestra vida tiene tanto sentido como el que seáis capaces de darle vosotros mismo

A Thomas Mann, Múnich

  Baden, principios de diciembre de 1931

  Venerado señor Thomas Mann:

  Su amable carta me ha sorprendido en Baden, fatigado por la cura y con la vista en muy mal estado, de modo que nunca termino de ponerme al día con mi correspondencia. Le ruego me excuse, pues, por la brevedad de mi respuesta. Por otra parte, ella no requiere mucho espacio ya que a su pregunta sólo puedo contestar con un no, pero quisiera fundamentar con exhaustivas razones mi negativa a aceptar la invitación de la Academia transmitida a través de un hombre tan querido y venerado. Cuanto más reflexiono sobre el particular, más complicada y metafísica se me antoja la cuestión, y como debo darle los motivos de mi negativa, lo hago con la gravedad brutal y excesivamente clara que adoptan por lo general los contextos complicados cuando son formulados de repente en palabras.

  En definitiva: el último motivo de mi imposibilidad de ingresar a una corporación alemana oficial es mi profunda desconfianza respecto a la República Alemana. Este estado inconsistente y vulgar ha surgido del vacío, del agotamiento después de la guerra. Los pocos buenos cerebros de la «revolución» que no fue tal, han sido asesinados con la aprobación del noventa y nueve por ciento de la población. Los tribunales son injustos, los funcionarios indiferentes, el pueblo absolutamente infantil. En 1918 saludé a la Revolución con mucha simpatía, pero desde entonces mis esperanzas en una República Alemana digna de ser tomada en serio fueron aniquiladas. Alemania perdió la oportunidad de hacer su propia Revolución y hallar su propia forma. Su futuro es

la bolchevización, que en sí no me repugna, pero que significa una gran pérdida en cuanto a posibilidades nacionales únicas. Y por desgracia, le precederá sin duda una ola sangrienta de terror blanco. Así es como veo las cosas desde hace tiempo y por más simpática que me resulte la pequeña minoría de los republicanos de buena voluntad, los considero por completo impotentes y sin futuro, tan carentes de futuro como lo fueron en su momento la simpática ideología de Uhland y sus amigos en la Iglesia de San Pablo en Francfort. De mil alemanes, quedan aún hoy novecientos noventa y nueve que nada quieren saber de una responsabilidad de la guerra, quienes no hicieron la guerra, ni la perdieron, ni firmaron el Tratado de Versalles, quienes la sienten como un pérfido rayo que cae desde un cielo despejado.

  Resumiendo, me siento tan alejado de la mentalidad que domina a Alemania, como en los años 1914-18. Observo procesos que se me antoja absurdos y desde 1914 y 1918 me he visto empujado muchas millas a la izquierda, en lugar del diminuto paso a la izquierda que dio la ideología del pueblo. Ya no me es posible siquiera leer los diarios alemanes. Querido Thomas Mann, no espero que usted comparta mi ideología y mis opiniones, pero sí que las reconozca en el compromiso que tienen para mí. Mi esposa le está escribiendo a la suya respecto a nuestros proyectos para el invierno. Transmita mis saludos a la señora Mann y a Mädi. Les hemos tomado mucho cariño a ambas. Y por favor, no me retire su buena voluntad aun cuando mi respuesta lo decepcione, si bien en el fondo, no creo que lo sorprenda.

  Con la veneración y la fidelidad de siempre, lo saluda

Al señor F. Abel, en ese momento en Zúrich

  Baden, diciembre de 1931

  Estimado señor Abel:

  Agradezco su carta que me sorprendió en Baden, cuando acababa de hacer las valijas, concluida ya mi temporada de descanso. Ahora permaneceré en Zúrich hasta mediados de enero.

  Con los años, he adquirido el hábito de no preocuparme en lo posible por las reacciones visibles de mis libros, ni por la acogida e interpretación que encuentran de parte de los lectores y la crítica. Mi impresión respecto a mis lectores es más o menos la siguiente: advierto que mis problemas y experiencias se relacionan en algún punto con las de una gran capa de la juventud actual, pero en realidad, no me siento del todo comprendido. La mayoría de los lectores quieren tener un «conductor», pero no están dispuestos en lo más mínimo a subordinarse y aceptar el sacrificio de principios y exigencias espirituales.

  En su caso, yo también quisiera mantenerme en una actitud pasiva, tanto más cuanto que en estos momentos se están preparando otras disertaciones sobre mí. Así, una dama de Munster, en Westfalia, me escribió recientemente que estaba abocada a la preparación de una conferencia sobre «Hermann Hesse y el pietismo suabo». No me fue posible responderle. ¡Me interesa tan poco todo esto…!

  … Pero usted me ha facilitado la tarea de contestar su carta, pues me formula preguntas directas. Intentaré responder a ellas brevemente
Tiene razón al afirmar que advierte una nueva nota en mis obras a partir de Demian. Ella ya se insinúa en algunas de las «fábulas» anteriores. En esos momentos la brecha constituyó para mí una experiencia intensa. Se relaciona con la guerra mundial. Hasta el estallido de la guerra fui por cierto un ermitaño pero sin entrar en conflicto con la patria, el gobierno, la opinión pública o la ciencia oficializada, si bien mi sentir era democrático y participaba gustosamente en la oposición contra el emperador y el guillerminismo (colaboré en «Simplizissimus» y fui cofundador de «März», la gaceta democrático-antimonárquica). Ya en medio de la guerra comprobé que no pasaba nada con el emperador, la Dieta, el canciller, los diarios y los partidos; que todo el pueblo aclamaba con alaridos de entusiasmo las abominables brutalidades y quebrantamientos de la ley y que los profesores y otros intelectuales oficiales eran los que más se hacían oír; comprobé que aún nuestra reducida oposición, nuestra reducida crítica y democracia no habían sido sino folletines; que entre nosotros sólo muy pocos estaban dispuestos a tomar las cosas en serio y llegado el caso morir por la causa. Después de la destrucción de los ídolos patrióticos siguió la de la propia ilusión, debí examinar bajo la lupa nuestro intelectualismo alemán, nuestro idioma actual, nuestros periódicos, nuestras escuelas, nuestra literatura para encontrarla en gran parte falaz y hueca, incluso a mí mismo y a las obras que había escrito hasta entonces, si bien estas habían sido concebidas con toda buena fe.

  La brecha que abrió la guerra me despertó, me iluminó y se encuentra en todo cuanto escribí a partir de 1915. En cambio, más adelante el panorama sufrió para mí cierta transformación. Al cabo de algunos años durante los cuales ya no pude tolerar mis libros anteriores, descubrí paulatinamente que en ellos estaban los principios, los puntos de partida de los ulteriores, y por momentos las viejas obras me fueron más caras que las nue

vas, en parte porque me recordaban una época mucho más soportable, en parte porque su moderación, su evitar el encuentro con los grandes problemas me pareció más tarde como un presentir, como un escalofrío anticipado ante la cruel, la abrupta necesidad de tener que despertar.

  En consecuencia, no reniego de mis viejos libros, ni de mis muchos errores y falencias.

  Pero no haré objeción alguna si en su trabajo quiere tratar mis libros antiguos como cosa secundaria y decide apoyarse en aquellos en los que el problema dudoso le parece abordado en forma más vigorosa, particularmente en Demian.

  Proceda de manera tan libre y personal como se lo permita el método, confíe sólo en su sentir aun en los casos en que no pueda fundamentar metódicamente sus juicios.

  Y ya que se ha independizado de la antípoda Thiess, contemple mis libros no como literatura, como exteriorización de opiniones, sino como poesía y deje que hable y rija aquello que a usted le parezca realmente poesía. Es difícil criticar al literato. Puede tener diferentes opiniones y fundamentarlas todas satisfactoriamente. Se mantiene en lo racional y para la mera razón el mundo siempre parece bidimensional. En cambio, por más que la literatura se esfuerce en imponer eventuales opiniones no lo logra, por el contrario, vive y actúa sólo allí donde es realmente literatura, es decir donde crea símbolos. A mi juicio, Demian y su madre son símbolos, es decir, abarcan y significan mucho más que lo que es accesible a la observación racional, son conjuros mágicos. Usted podrá expresarlo de otra manera, pero debe dejarse guiar por la fuerza de los símbolos, y no por eso que extrae de una manera puramente racional de mis libros como programa y opinión literaria.

  Ignoro si me he expresado en términos claros. Verbalmente hubiera sido más explícito. Tome de mi carta lo que le parezca plausible y lo que le diga algo y deseche todo lo demás.

A la señora R. v. d. O., Hannover

  Zúrich, 2 de marzo de 1932

  … Usted y todos sus compañeros de infortunio no exigen del poeta sino que él reconozca vuestro sufrimiento, pero sin exigir nada de vosotros. No veis que el poeta mismo sólo intuye y dice algo de la vida por la sola razón que él padece profundos e incurables dolores.

  Comprendo muy bien su esperanza y en realidad no quisiera decepcionarla y rechazarla, aun cuando hablando con sinceridad, su destino personal no me interesa en lo más mínimo. Todo destino es igualmente interesante. Donde surge el dolor, despierta mi compasión pero no mi curiosidad.

  Usted ha debido sufrir penosas experiencias en medio de un pueblo y un país donde reinan la miseria y el dolor, la injusticia y la violencia, donde todo está trastornado. Sin embargo, creo que no debería considerar su sufrimiento —por arduo que sea— como un agravio y una injusticia inferida a su persona, sino abrirse al conocimiento que su padecer es inevitable, que es inútil escapar de él buscando cualquier consuelo o enfrascándose en cualquier deber. Antes bien, tome su dolor como una distinción, como una orden con la cual ha sido

distinguida, como un despertar a una humanidad superior. No debe tomar el dolor, como tampoco la vida misma, con odio y afán de evasión, sino amarlos y entonces lo verá todo diferente.

  No sé qué más decirle. Yo también tengo una vida difícil, me encuentro en un lugar equivocado, soy usado por las personas de una manera errónea, o al menos esa es la impresión que tengo a menudo. Y no obstante, debo aceptarlo y dejar entrar en mí diariamente mucho del padecer de los extraños, además del propio. Por momentos, durante un breve lapso siento que a pesar de todo, eso tiene un sentido y que es mejor y más bello ser valiente y sufrir que pasarlo bien.

  Trate de intentar algo con estas palabras mías. Su intención es sincera.

 

  A Thomas Mann

  Zúrich, marzo de 1932

  Querido señor Thomas Mann:

  En estos días mi mujer me ha leído su libro sobre Goethe y Tolstoi y como en otras ocasiones anteriores admiré no sólo la clara y pulcra formulación de su maravilloso trabajo, sino más bien la valentía y el rigor co

Hermann Hesse Cartas escogidas 02

A Ninon Hesse

  Zúrich, abril de 1928

  Hoy, antes del almuerzo, realicé un corto paseo, uno de esos ridículos paseos ciudadanos normales, por los muelles, un trecho entre los amarraderos del lago de Zúrich y hasta las pajareras, donde las avecillas multicolores gorjean y se divierten porque ninguna persona puede adivinar sus nombres, indicados de manera tan confusa en las tarjetas ilustradas. Escuché a una de ellas cantar nítidamente.

 
    ¡Oh, qué bueno, que nadie sepa

    que mi nombre es «Astrild azul»!
 

  Vi allí pequeños pajaritos de leyenda, celestes, procedentes del Africa, irisados como las maripositas azules del verano en las altas montañas, cuando se posan junto a un hilo de agua a beber y levantan vuelo en grandes bandadas cuando uno pasa por el lugar. Al contemplar a estos pajaritos pensé en ti, porque sé que te gustan también y porque han sido mirados por tus ojos claros y buenos y los amas.
Había sol pero el viento norte era frío. Esta es una primavera para la vista, no para la piel. No obstante, tuve un día de suerte, en primer lugar por los pájaros, porque llegó poca correspondencia por la mañana y luego —imagínate— al pasar por la sala de conciertos, vi expuesto el programa para esta noche. ¿Qué crees que tocarán? Tocarán de veras la más hermosa y más cara para mí de las sinfonías de Mozart, la Sinfonía en sol menor cuyo primer movimiento comienza de manera tan alegre y el segundo con tan enigmático suspenso.

  Ya es la tercera vez que la escucho este año, en un lugar distinto en cada ocasión, con un director diferente, una orquesta diferente y todas las veces ha sido un hallazgo casual, durante un viaje, y todas las veces constituyó un signo de buena fortuna.

  Ya en casa, después del «gran» paseo por la orilla del lago, realicé en mi cuarto el paseo ocular. Deambulé lentamente por el pequeño jardín de cactus del tamaño de una mano. Estuve diez minutos en México bajo las euforbias y me detuve un minuto ante nuestra Urania verde dorada, la mariposa mágica de Madagascar. Imagino que en París verás todos los días muchas cosas hermosas, querida mía, pero por cierto no aventajarán a la Urania en esplendor y, por lo demás, también se puede hablar francés con las mariposas.

  Ha aparecido mi nuevo libro Crisis. Tu ejemplar te espera en Ticino. Para mí, ha llegado demasiado tarde, como siempre, y ahora debo escuchar de mis amigos reproches y expresiones de elogio sobre cosas a las que atribuí actualidad e importancia hace dos o tres años y hoy hace mucho han dejado de tenerlas y esos amigos, que hoy están disgustados con el libro, dentro de cinco o seis años (época en que les habré dado motivo para otro enojo) dirán que estoy en decadencia y que debería poner más empeño y volver a escribir algo tan bonito como Crisis.

  Esto no te interesa, ya lo sé. En cambio, quisieras saber en qué estoy trabajando en la actualidad. Yo también quisiera saberlo, pero escapa a mis investigaciones. No se debe ser muy curioso respecto a estas cosas y en prin
cipio me ocurre que en ocasiones despierto en medio de la noche de un sueño olvidado y creo saber con certeza que lo que soñaba era la nueva composición pero ya no sé nada al respecto.

  No obstante, soy laborioso. Si en el fondo no fuera un individuo muy trabajador, ¿cómo hubiera llegado a la idea de concebir cantos de alabanza y teorías sobre el ocio? Los haraganes natos, geniales, no lo hacen jamás, como es sabido.

  En estos momentos, es decir, desde anteayer, estoy atareado de nuevo con un manuscrito ilustrado. Sabes que esta es mi actividad predilecta y preferiría pasar la mitad de mis días realizando estos bellos y frívolos trabajos de inspiración. Pero verás, no hay tanta gente rica como se pudiera pensar. Hoy en día cualquier muerto de hambre anda con tal aire de distinción que uno lo tomaría por un consejero comercial. Pero de esos millares de individuos que encargan al sastre cuatro o cinco trajes al año, solo una escasa media docena son realmente tan acaudalados y amantes de lo bello y particular como para no sólo suscribirse a un par de revistas y mantener un papagayo y algunos pececitos de colores, sino también encargar a un poeta la confección de un manuscrito con poemas y viñetas ejecutados a mano. No, sólo una escasa minoría concibe semejantes ideas. La mayor parte de los ricos nunca concibe ideas.

  Sin embargo, ha venido de nuevo uno de ellos, un caballero harto simpático. Como llegara a sus oídos lo de mis manuscritos y pinturas, me encargó la confección de un fascículo de doce poemas manuscritos, amén de las ilustraciones multicolores respectivas. En consecuencia, por unos días dejaré de ser ocioso para convertirme en empleado, honrado con un encargo, y me siento como tal. Si no estuviera colmado de este orgullo, el cometido que me han encargado me disgustaría y naturalmente tampoco hubiera experimentado los casos de buena fortuna de estos días. Estos sólo se dan a quien lleva el imán en el bolsillo. Entonces no hubiera oído hablar a la Astrild Azul de Africa, ni el amigo Andreae dirigiría esta noche la Sinfonía en sol menor.
Así pues, hoy igual que ayer pasaré sentado algunas horas al escritorio que tú conoces. Tengo a mi lado la paleta de acuarelas y el vaso de agua, estoy escogiendo entre mis carpetas aquellos poemas que precisamente hoy me agradan más y pintaré un motivo para cada uno. Hoy ya pinté dos paisajes ticineses en miniatura, uno con un árbol desnudo y una torre de pájaros en primavera, el otro con el Monte San Giorgio en el fondo. En este momento me dedicaré a una nueva página. Pienso pintar en ella una coronita de flores en todos los colores de mi paleta, pero con preponderancia del azul. En parte, tomaré flores que recuerdo y en parte inventaré otras nuevas. En una oportunidad, hace varios años, inventé una flor que existe realmente. Era para mi amada de ese entonces (de la época previa a tu ascensión lunar) y me esforcé en imaginar una flor particularmente bella y especial. A los pocos días descubrí esa misma flor en una florería. Se llamaba gloxinia, un nombre algo pretencioso y en cierta medida cloqueante, pero era exactamente la flor que había imaginado.

  ¿Qué más iba a escribirte? ¡Ah, sí! Ayer tuve una experiencia graciosa con el teléfono. Quería llamar a un amigo y maniobré exitosamente con el aparato, anhelante por averiguar si las maravillas de la técnica se dignarían funcionar, o no, pues son harto caprichosas. Muy bien. Conseguí una comunicación. Me envolvió la acostumbrada música lejana de campanillas. Por fin alguien se acercó al teléfono, una criada, y le rogué llamar al dueño de casa. La mujer se marchó y por un instante hubo silencio, pero al poco rato empezó a ladrar furiosamente un perro. El can tenía una bella voz de barítono a juzgar por la cual hubiera podido tratarse de un cachorro de perro de aguas. Ladró y ladró durante cinco minutos, diez minutos, y en ese intervalo dudé si en lugar de un perro de aguas no sería un ratonero. De cualquier modo, la cosa me resultaba extraña, pues hasta entonces mi amigo no había criado perros. Por fin, al cabo de una espantosa y larga espera matizada con ladridos, apareció alguien en el otro extremo, compuso su voz y me preguntó qué deseaba. No se lo hice saber porque comprobé que me habían dado con una persona equivocada
La vida sin ti se desarrolla de una manera excelente, por lo tanto no te apresures. La mayoría de las veces estoy en encantadora compañía, ora de pájaros, ora de flores o mariposas, y por las noches bebo del buen cognac, que ahora que tú no me acompañas dura bastante, más. Todavía no se ha acabado la botella que dejaste al partir. Cuando regreses te regalaré algo que no lograrás adivinar y yo tampoco, pero ya se me ocurrirá.

  Deambular tan solo por la ciudad, sin ojos —pues tú te los has llevado contigo—, es en verdad terriblemente tedioso. Cuando brilla el sol, y alguien me encarga un manuscrito ilustrado y amanecen días faustos como el de hoy, todo es soportable, pero cuando llueve y no canta un solo pajarito, y te sé tan distante, la vida pierde valor.

 

  A Emmy Ball-Hennings

  Zúrich, 1928

  Querida Emmy Hennings:

  ¿De modo que está vagando de nuevo por esas regiones de Salerno y Nápoles y de momento se ha tomado un descanso en Positano? Hay allí muchos alemanes y para usted este hecho debe tener evidentemente la ven
taja de la comunicación verbal. Sin embargo, creo que podría entenderse y convivir mucho mejor con las criaturas meridionales, con los pescadores y viñadores, que con esos artistas e intelectuales, aun cuando den la impresión de entender el alemán.

  Sí, y si deposita sus cartas en esos viejos y oxidados buzones, colocados entre las piedras y luego se entera de que desde hace años ya no son usados ni vaciados y de que desde tiempos inmemoriales no existen llaves para abrirlos, no se afane, querida Emmy, que, dentro de algunos decenios, encontrarán sus cartas y las exhumarán como las ruinas de Pompeya, volarán como mariposas, liberadas de la crisálida, y algún profesor interesado en realizar una compilación y un editor se harán famosos y adquirirán fortuna a través de estas cartas. Muy pronto, todos serán de la opinión unánime de que a partir de Bettina Brentano jamás fueron escritas cartas semejantes.

  Naturalmente, hoy no les damos la importancia que tienen. Su profesor no ha nacido aún, las cartas yacen en un buzón oxidado y ni usted ni yo nos beneficiamos con ello.

  Y como al parecer tampoco le llegan mis cartas y la zona donde vive está anegada y la correspondencia de los locos extranjeros es arrojada presumiblemente al fuego de sus chimeneas por los carteros que menean la cabeza, le escribo esta carta a través del periódico, del mismo modo en que los muy desesperados buscan novia en sus columnas. Al fin y al cabo, la gente de nuestra clase no hace ni ha hecho otra cosa en todo tiempo que pedir por los medios más desesperados y en los lenguajes secretos más complicados del mundo un poco de amor y comprensión, pues a pesar de toda nuestra desesperación y nuestros fracasos conservamos aún en un rincón del corazón la creencia de que la música que hacemos tiene sentido y proviene del cielo.

  En lo que atañe a mi obra, aparentemente me va mucho mejor que a usted. Hace años escribió La prisión, uno de los libros más veraces y emocionantes de nuestro tiempo, un libro maravilloso y nadie lo conoce. Los li
breros llenan sus escaparates con todos esos productos de la literatura de moda que son devorados hoy, y mañana por la noche ya están en la basura, mientras que los libros como el suyo no se conocen.

  Pero si me va mejor y mis libros se venden más, no por eso la aventajo, Emmy, en lo de ser comprendido, ni me va mejor de lo que le fue a nuestro querido Hugo. Nosotros tocamos nuestra música y por incomprensión de vez en cuando alguno nos arroja una moneda en el sombrero, porque cree que nuestra música es algo didáctico, moral o sabio. Si supiera que es sólo música también, seguiría de largo y se guardaría su moneda.

  Sin embargo, aun los más grandes cánones de la moda se enmohecen rápidamente, Emmy, y la literatura sobrevive. Recuerdo ejemplos. No voy a hablar de los autores antiguos a quienes desde hace cien años y más se los entiende mal en forma permanente y a pesar de ello no sucumben y siguen viviendo y ardiendo en una decena o en un centenar de corazones encendidos. Recuerdo, por ejemplo, a cierto Knut Hamsun, que es hoy un anciano y goza de fama universal; los editores y las redacciones lo tienen en muy alta estima y sus libros se han reeditado varias veces. Este mismo Hamsun fue un desesperado sin patria en la época en que escribió sus libros más bellos y tiernos, andaba descalzo y andrajoso y cuando nosotros, jóvenes rapaces entonces, abogamos por él y lo defendimos con fanatismo, cosechamos la risa de los demás o no nos escucharon.

  Y no obstante, esta es su hora; esto significa que finalmente las mentes perezosas han recibido su flujo en el curso de tres décadas a través del lento proceso asimilatorio que conocemos tan bien, y se han estremecido y han debido admitir que se han puesto en contacto con algo que emana maldita vitalidad.

  Por otra parte, he descubierto recientemente algunos hermosos libros que merecen nuestro elogio. El editor Wolfgang Jess, de Dresde, ha sacado por primera vez una edición completa de los Fragmentos de Novalis, un libro inagotable. Joachim Ringelnatz ha narrado sus experiencias en la guerra, un volumen algo extenso pero muy simpático, titulado Als Mariner im Krieg (En la guerra como marino). Ni el príncipe heredero ni ninguno de los
generales han hecho hasta ahora tan buenas descripciones de la guerra. Y ya le han levantado también su monumento al pobre Gustav Landauer. Su correspondencia ha sido publicada en dos volúmenes por Rütten y Loening. Estas cartas muestran a un individuo noble y sapiente, que no obstante corrió a ciegas hacia la máquina infernal de una revolución que con excepción de él y otros dos asesinados, tuvo muy poco espíritu. Pero la novedad predilecta que desde hace un mes me captura todos los días durante dos horas y me tendrá ocupado aún durante meses, es una obra que probablemente también le hubiera agradado a Hugo: Der heilige Thomas von Aquin (Santo Tomás de Aquino), del dominico Sertillanges, versión alemana publicada por Hegner, de Hellerau. Sabe Dios, que la «visión del mundo» de un dominico de la Edad Media no era sencilla. Se requiere para ello más espíritu que el de un literato alemán de nuestra era o de un presidente americano.

  ¿Lleva consigo también en este viaje su pequeña cajita de música redonda con esas tres antiguas y tiernas canciones, de melodía tan delicada, fina e infantil que tantas veces nos fascinó? ¿Y conserva aún su pasaporte y el bolso de mano, o ya los perdió, los regaló o le fueron hurtados?

  ¡Ah, Emmy, es bueno que no tenga ningún acompañante de viaje! No estaría nada satisfecho con usted y le prohibiría muchas cosas y le estropearía la diversión. También es bueno que en su lugar la acompañe su ángel custodio que parece tan tímido y ajeno a la realidad, pero que no obstante la guía en forma tan decidida y generosa por el curioso mundo y esta curiosa y exigente época, de la cual nuestro Hugo ha huido con tanto éxito.

  Las pocas cartas de Hugo, publicadas en el número de diciembre del «Neuen Rundschau» no han contribuido a cambiar el mundo, ni acercado el tiempo a la eternidad, pero despertaron amor en dos docenas de personas, les arrancó lágrimas y les alivió su supervivencia. Vuestras vidas, la suya y la de Hugo pronto se convertirán en leyenda, y así como el padre de Hugo sabía contar en medio de sus informes comerciales, que durante sus via
jes de negocios los pájaros habrían bebido de su jarro de cerveza, del mismo modo se relatarán cosas extravagantes y confortadoras de usted y de Hugo. Se originará una bella serie de leyendas y todo será cierto y más que cierto.

  El hombre que le ofreció café de malta y le endilgó sermones sobre la salud no quiso matarla. Es injusta en su aseveración. Sus intenciones eran buenas. Pensó que siendo usted mujer le sería beneficioso ser más sana y robusta para soportar mejor los viajes, el hambre y el desconsuelo. Si hubiera sospechado que usted es un ave encantada y un pequeño ángel se le hubiera acercado sin dejar de hacer reverencias y no le hubiese ofrecido sino café a la turca, Marsala añejo y cigarrillos egipcios. ¡Más adelante remediará su error, no lo dude! Hoy la considera todavía un poco enferma y un poco extraviada. En realidad, todos nos tienen por tales, pero llegará el momento en que sollozando le pedirá perdón por el café de malta.

  Querida Emmy, si tuviera su técnica para viajar iría a visitarla, pero usted ya sabe que sólo puedo alzar vuelo tendido en mi cuarto o en un prado estival. Tan pronto me ponen en contacto con ferrocarriles y aparatos parecidos, las cosas salen mal. Fracaso yo, o bien falla el aparato. Hace un año, cuando con cargos de conciencia tomé por primera vez en mi vida un boleto para Berlín y me dirigía a esa curiosa ciudad, nuestro tren se detuvo media hora en medio del campo, a poca distancia de Berlín. No le miento. Los funcionarios corrían desorientados en torno a la locomotora declarada en huelga. Vimos los pinos mecidos por el viento, vimos correr a las liebres por los secos pastizales. Pero aquella vez el Señor me obcecó. Yo no hice caso de la advertencia y a pesar de todo seguí mi viaje a Berlín con una hora de atraso y tuve que conocer el Kurfürstendamm, el Paseo triunfal y la Galería Nacional y otras cosas tristes. Bueno, esto se hace una sola vez en la vida.

  En aquellos días visité aquí, en Zúrich, con mi amada, la cervecería donde cierta vez usted y Hugo se presentaron en Cabaret. El local seguía estando colmado y se seguía exhibiendo Cabaret. Un imitador remeda
ba con sus gesticulaciones las caras de Lenbach, Menzel y Hindenburg, y la graciosa bailarina era tan bonita que podía darse el lujo de olvidar las únicas tres palabras que le tocaba decir y quedarse confundida. Pero la mujer del escenario no era Emmy, ni tampoco era Hugo el que estaba sentado al pianito. Por lo menos, ese individuo no daba la impresión de pasar los días escribiendo dramas y poesías, ni estar preparando una revolución artística. Pero eso nunca se puede saber. Muy cerca de vuestro cabaret se levanta la casa en la cual el pobre e insignificante señor Lenin ocupaba un cuarto en el año 16, hasta que lo vinieron a buscar de Rusia para que embarullara un poco el mundo.

  Si desea escribirme, eche su carta en Amalfi. Allí parece funcionar el correo, o bien échela al mar. El mar también es de fiar. Y no se le ocurra volar hacia los ángeles, pues aquí la necesitamos mucho todavía. Hasta la vista y un centenar de saludos.

 

  Destinatario desconocido

  17 de octubre de 1928
Comprendo su situación. Sírvase entender también la mía. Será casi imposible, pues es usted joven. Estoy constantemente enfermo, dos veces al día me llega una montaña de correspondencia y la mayoría de los días no puedo pensar siquiera en mi propio trabajo. Los corresponsales no me lo permiten. Hace ya bastante tiempo que he debido sacrificar mi vida privada y desde hace una década vivo en un aislamiento que al menos exteriormente me proporciona tranquilidad y la posibilidad de concentrarme en mi trabajo.

  Piense un instante, póngase en mi lugar y comprenderá que aquellas cartas que no pueden ser contestadas con un ademán cortés, a menudo resultan muy molestas.

  Pues precisamente lo que busca y quiere de mí no se lo puedo dar. Yo no soy un conductor. No quiero ni puedo serlo. A veces, a través de mis libros he ayudado a los jóvenes lectores a llegar hasta el lugar donde comienza el caos, es decir hasta el lugar donde se enfrentan solos y sin el auxilio de las convenciones, al enigma de la vida. Para la mayoría esto ya es un peligro y la mayoría vuelve otra vez por el mismo camino y busca nuevas conexiones y vínculos. La escasa minoría, a la que le atrae entrar en el caos y vivir a conciencia el infierno de nuestra época, lo hace sin «conductor».

  Mis libros guían al lector, hasta donde éste se muestra dispuesto a ver el caos tras los ideales y la moral de nuestro tiempo. Si quisiera «conducirlo» más allá, tendría que mentir. La intuición de que la redención, de la posibilidad de establecer un orden nuevo en el caos, no puede constituir hoy en día ninguna doctrina, se cumple en la más íntima e inexpresable sensación del individuo
Destinatario desconocido

  24 de noviembre de 1929

  El viaje resultó algo triste, como suele ocurrir cuando se está enfermo y viejo y se vuelve a ver un lugar donde otrora se fue muy joven, lleno Se esperanzas y pasión. Estaba enfermo, no pude comer nada ni dormir y tuve que disertar y escuchar a muchas personas y decirles algo. Mientras lo hacía, pensaba para mis adentros que ese podía ser un juego muy bonito si no se lo tomaba en serio, pero sólo si se lo había aprendido un poco.

  Por otro lado, volví a ver árboles, casas y personas que me conocieron hace treinta años o más y el sobrevivir y haberse abierto paso también es algo y sabe al ademán de una rama torcida en un árbol añejo.

 

  A Oskar Loerke, Berlín

  Arosa, enero de 1929

  Estimado señor Loerke
Por su amabilidad al escribirme tan pronto y dado que el accidente sufrido durante una excursión por la montaña me obliga a permanecer postrado, deseo enviarle en señal de mi agradecimiento este papelito en el que he pintado un pedacito de este paisaje de Arosa. Acéptelo como muestra de mi gratitud y mi afecto.

  Algunas de sus informaciones son muy valiosas para mí pero mucho más valioso es poder sentir hacia usted una verdadera y leal camaradería. En medio de los informes de la Academia… su nombre siempre se me presenta como una buena estrella.

  Lo saluda cordialmente su affmo.

 

  Al señor T. G. M., Glatz

  9 de agosto de 1929

  … Como usted sabe, durante toda mi existencia he anhelado la vida, una vida real, intensa, personal, no reglamentada ni mecanizada. Al igual que todos debí pagar el exceso de libertad personal que me tomé en parte con renunciamientos y necesidades pero en parte también con mayor trabajo. De modo que con el tiempo mi profesión de literato no sólo se convirtió en un recurso para acercarme a mi ideal de vida, sino casi en un fin
absoluto. Me he convertido en un escritor, pero no en un hombre. He alcanzado una meta parcial, pero no la meta principal. He fracasado. Quizá con saldos más decentes y menores concesiones que otros idealistas, pero he fracasado al fin. Mi obra es personal, es intensa, a menudo me llena de dicha a mí mismo, pero no es mi vida. Mi vida no es más que disposición para el trabajo, y los sacrificios que ofrezco por una vida en gran soledad, están lejos de ser dedicados a la vida, sino sólo a la literatura. El valor y la intensidad de mi vida reside en las horas en que produzco obras literarias o sea precisamente cuando expreso lo insuficiente y desesperado de mi vida.

  Usted apreciará mi confesión, aun cuando lo decepcione.

  Tal vez nos encontremos en alguna ocasión.

 

  Al estudiante H. S., Troppau

  En viaje, 13 de abril de 1930

  Muy señor mío:
He recibido su consulta. Desconozco fuentes literarias relacionadas con lo que se dice en Demian sobre Caín, pero pienso que en los gnósticos debe haber algo parecido. Lo que entonces era teología, es más bien para los contemporáneos psicología, pero las verdades son las mismas.

  Así como el «conocimiento», o sea el despertar del intelecto, es presentado por la Biblia como pecado (representado por la serpiente en el Paraíso), también la hominización, la individuación, el abrirse paso el individuo para separarse de la masa como personalidad, siempre es visto con desconfianza por la costumbre y la tradición, del mismo modo que el enfrentamiento entre el adolescente y la familia, entre padre e hijo, que es algo natural y archiviejo, es considerado no obstante por todo progenitor como una insólita rebelión.

  Y de este modo, Caín, el infame malhechor, el primer homicida puede ser muy bien interpretado, a mi juicio, como un Prometeo desfigurado en lo opuesto, como un representante del intelecto y de la libertad, castigado con la abominación por su indiscreción y osadía.

  No me preocupa hasta qué punto tal interpretación pueda ser compartida por los teólogos, o si es comprendida y aprobada por los autores desconocidos de los libros de Moisés. Los mitos de la Biblia, como todos los mitos de la humanidad, no nos serán útiles en tanto no nos atrevamos a interpretarlos personalmente para nosotros y nuestro tiempo. Entonces pueden llegar a adquirir mucha importancia.

 

  A la señorita G. D. estudiante de filosofía en Friburgo (Breisgau
15 de julio de 1930

  … Afirma que para usted hay un grande y un sapiente, autor de la sentencia de la eterna rueda del retorno. Ignoro a quién se refiere, pero sospecho que se trata de Buda. Ahora bien, la doctrina y la parábola de la rueda del eterno retomo no es una invención de Buda, sino que ya existió mucho antes que él. Y eso por lo que Buda se afanó en sus centenares de prédicas, no es la teoría de la rueda del retomo por todos conocida, sino una nueva doctrina de la redención del eterno retomo, del camino hacia el Nirvana.

  Con toda sinceridad, tengo hoy la impresión de que vosotros, los jóvenes, simplificáis demasiado las cosas. Habláis de Buda y lo amáis por ideas que de manera alguna fueron suyas y no veis en él aquello por lo cual vivió y se esforzó. Termináis demasiado pronto con todo, hacéis uso acelerado y exhaustivo de las religiones y filosofías. Buda y Nietzsche os son apropiados para entregarlos a la censura después de una fugaz lectura. Debo decir que esta manera de actuar no me merece ni la menor consideración. Ponéis cien veces más empeño y cuidado y dedicación en vuestras prácticas de remo o natación que en lo intelectual. Está bien, pero entonces quedaos con el deporte y dejad lo intelectual.

  Estáis llenos de aspiraciones, tenéis muchos anhelos, muchos oscuros impulsos que de alguna manera quisierais sublimar. Pero lo que no tenéis es respeto. No lo podéis remediar. Sin respeto todo espíritu es un mal espíritu y la credulidad con la que un tonto y buen boy americano venera sus reglas de remo, es más fecunda que el esnobismo irreverente que no conoce las distancias y el maligno nihilismo con el que arrastráis hacia vosotros todo lo espiritual para volverlo a desechar enseguida. Nada de esto me merece consideración alguna.

  El espantoso desorden de nuestro tiempo también es padecido por nosotros, los viejos y no sólo por vosotros, los jóvenes. También nosotros, los viejos, podemos establecer sin esfuerzo que la vida humana es una cosa du
dosa y mal reputada. Nosotros (es decir, en realidad yo hablo sólo de mí, pero presumo que en mi generación hay más de mi clase) intentamos explicamos y tener conciencia de esta desesperación (uno de los impulsos para ello es El lobo estepario) pero también intentamos darle un sentido a esta vida terrible, en apariencia absurda, referirla a pesar de todo a algo ultratemporal y ultrapersonal. El lobo estepario no sólo habla de música de jazz y de mujeres, sino también de Mozart y los inmortales. Y de este modo, toda mi vida está signada por un intento hacia la unión y la abnegación, hacia la religión. Yo no me arrogo la pretensión de poder hallar para mí o para un tercero algo así como una nueva religión, una nueva formulación y posibilidad de unión, pero a lo que me aferro es a perseverar en mi puesto aun cuando desespere de mi época y de mí mismo, a no desechar el respeto por la vida y por la posibilidad de su sentido a riesgo de tener que quedarme solo, a riesgo de quedar en una posición ridícula. No lo hago en la esperanza de que con ello mejoren las cosas para el mundo o para mí, lo hago simplemente porque no quiero vivir sin respeto, sin una entrega a Dios.

  Por ejemplo, ¿qué quiere decir usted cuando define a la vida como una gran paradoja?, porque la reacción y la revolución, el día y la noche se suceden y relevan, porque siempre hay dos principios presentes y ambos siempre tienen razón o no la tienen. Con esto sólo dice que la vida es inexplicable para su entendimiento, que evidentemente, se cumple según principios diferentes de los de la razón humana. De esto se puede sacar la conclusión de que escupimos sobre la vida, o de que confrontamos lo incognoscible no con el escepticismo de la razón decepcionada, sino con el respeto; que en lugar de una tonta paradoja, vemos una maravillosa agitación entre muchos pares de polos y antípodas.

  En resumen, no sé como entenderme con usted. Tal vez haya tenido una juventud difícil. Y bien, el año 1914 tampoco fue fácil para los adultos en tanto tuvieran conciencia y razón, no fue fácil compartir la experiencia de la guerra observando y condenando, como tampoco lo fue para los muchachos que al menos marcharon a la
guerra animados por sus cantos y descomunales ideales, hasta que se perdió y de pronto la juventud recordó que no fue ella la que marchó a la guerra, sino que fueron sus padres quienes lo hicieron. ¿Qué quiere dejar y transmitir a sus hijos esta generación?

  No puedo contestar a sus preguntas, no puedo contestar a mis propias preguntas, yo estoy tan desorientado y agobiado por la crueldad de la vida como usted. No obstante, tengo fe en que el absurdo pueda ser superado si no dejo de imponer a mi vida un sentido. Creo no ser responsable por el sentido o el absurdo de la vida, pero sí por lo que yo mismo haga con mi propia y única vida. Me parece que vosotros, los jóvenes, tenéis muchas ganas de hacer a un lado esa responsabilidad. Aquí es donde nos separamos…

 

  A la señorita G. D. estudiante de filosofía, Duisburg

  21 de julio de 1930
En respuesta a su saludo le envío un cuadrito que he pintado en papel en estos días (dibujar y pintar es mi manera de descansar). El cuadrito le dirá que la inocencia de la naturaleza, la vibración de unos cuantos colores, aun en medio de una vida problemática y difícil puede volver a engendrar en nosotros la fe y la libertad en cualquier momento.

  Es poco lo que puedo responder a sus preguntas y debo suplicarle que no me involucre en un intercambio epistolar. Esta carta de hoy no debe pasar de ser una excepción.

  Se me ocurre que su manera de formular la pregunta es inexacta. No debería inquirir: «¿Es correcta mi modalidad y mi postura frente a la vida?», pues no hay respuesta para tal pregunta. Cada modalidad es tan correcta como cualquier otra. Todas son un fragmento de vida. Antes bien debe preguntar: «Dado que soy como soy, ya que tengo en mí estos problemas y necesidades de los que al parecer están exentas tantas personas, ¿qué debo hacer para soportar la vida a pesar de ellos y en lo posible lograr algo bello de la existencia?», y si escucha realmente las voces más íntimas, la respuesta será más o menos esta: «Dado que eres así, no debes envidiar ni despreciar a otros por ser distintos. Y no debes inquirir por la “rectitud” de tu ser, sino aceptar tu alma y sus necesidades tal como aceptaste tu cuerpo, tu nombre y tu origen, como algo que se da, algo inevitable, a lo que se le dice sí y que habrá de defenderse aun cuando todo el mundo estuviera en contra».

  No sé más. No conozco ninguna sabiduría que pudiera facilitarme la vida. La vida no es fácil, jamás lo fue, pero no tenemos por que preguntar si lo es o no. Debemos desesperar en la vida —cualquiera que está en libertad de hacerlo— o bien proceder como los aparentemente sanos y eficientes. Los aparentemente exentos de problemas y de alma. Debemos tratar de tomar nuestra naturaleza como lo único verdadero, acordándole a nuestra alma todos los derechos.
Le estoy dando consejos y en realidad no creo en su valor. Usted los aceptará en la proporción que lo permita su naturaleza, ni más ni menos. No podemos cambiar, pero seremos tanto más fuertes cuanto más reconozcamos la vida, cuanto más nos unifiquemos en nuestro interior con lo que nos acontece desde el exterior.

  Adiós.

 

  A un lector

  Julio de 1930

  … Cuando un lector le escribe a un autor para decirle que su obra le ha gustado mucho y por añadidura lo congratula, por lo general añade luego algunas observaciones negativas sobre otra obra cualquiera del mismo escritor. Al menos, a mí me ha sucedido así casi siempre. Quienes me felicitaron por el Siddharta, rechazaron en su mayoría a Demian o El último verano de Klingsor. Quien elogió El lobo estepario, juzgó flojo el Huésped (Kurgast). Quien me expresó sus alabanzas acerca de Narciso y Goldmundo, lo hizo en su mayoría no sin dejar entrever que nadie me hubiera creído capaz de escribir una obra tan decente después de El lobo estepario, tan poco grato y malogrado
Ninguno de estos lectores diría a una madre perteneciente a su círculo de amistades que la felicita por su hija Ana, en tanto considera a Emil y a María feas criaturas deformes.

  Un autor es como una madre. Para mí Knulp, Demian, Siddharta, Klingsor y El lobo estepario o Goldmundo son cada uno hermano de los demás, cada uno una variación de mi tema. No es mi culpa que haya lectores que no encuentren en El lobo estepario sino información sobre música de jazz y bailes, en tanto no ven el teatro mágico, ni a Mozart, ni a «los inmortales» que constituyen el verdadero contenido del libro; que otros lectores no reparen en Goldmundo, sino en Narciso y den la impresión de haber leído tan sólo las escenas de amor. Por otra parte, las más de las veces desconfío de los libros que merecen la aprobación de la mayoría, son alabados y adquieren fama a costa de mis otros libros.

  En cambio, no puedo decir que en el fondo me duela que algunas de mis obras sean mal comprendidas o desconocidas. Me gusta el éxito y me complace escuchar elogios, pero a la larga puede resultar tedioso y reducir la autoestimación. Me sentí perplejo y un poco herido por la absoluta incomprensión que encontró El lobo estepario por parte de la crítica, pero pronto empezó a gustarme. Y así, desde hace años ha sido para mí un orgullo y una íntima satisfacción que algunas de mis obras fueran poco conocidas y otras acabaran públicamente por una expresión o un juicio mal interpretado. Estas obras, mis predilectas, me pertenecen y pertenecen a mis amigos, son mi jardín, no un lugar público. Puedo pasearme por ellas solo. A veces suelo releer fragmentos de estas obras, lo que jamás hago con las «famosas»…
A la señora M. W.

  Zúrich, 13 de noviembre de 1930

  ¡Muchísimas gracias! Recibo muchas cartas parecidas a la suya, pero la mayoría no son tan simpáticas ni tan benévolas, por esta razón quiero contestarle brevemente aun cuando estoy sufriendo un mal ocular y me encuentro incapacitado para trabajar. Me he aplicado una medicina y calculo estar sin dolores durante una o dos horas.

  Esta es la realidad: lo que usted y muchos otros me escriben sobre Narciso y Goldmundo es bien intencionado, pero no coincide con mi opinión. Los lectores se muestran complacidos por la «armonía» y porque en lugar del espantoso Lobo estepario, ahora he producido algo que si bien recuerda un poco los abismos, no los abre; algo que nos puede hacer aparecer prudentes y nostálgicos, pero que no nos molestará en nuestra empresa de ganar dinero o criar hijos, pues se desarrolla en la Edad Media y no es más que literatura.

  Yo lo veo de otro modo. Desde el punto de vista puramente artístico, El lobo estepario es por lo menos tan bueno como Goldmundo. En torno al intermezzo del tratado su construcción es tan concisa y rigurosa como una sonata y ataca su tema con limpieza. Pero recuerda la guerra (que pasado mañana volverá a estar aquí) y la música de jazz, el cine y toda vuestra vida actual, cuyo infierno no permitís que el escritor señale. Por supuesto, los lectores no lo saben, leen confiados y obedecen la ley de la menor resistencia, se dejan llevar hacia donde duele menos. El problema de Goldmundo es el del artista, un problema terriblemente trágico, pero el lector no es artista y puede observar desde la distancia sin arriesgarse, mientras que en El lobo estepario debe enfre
tarse con su propia época, sus propios problemas, debe avergonzarse de sí mismo y eso no le gusta. «La misión del arte no es lastimar», piensa, y no reflexiona que también puede tolerar y hasta «disfrutar» la música de Bach, sólo porque la fe de Bach y sus problemas ya no le importan demasiado.

  Discúlpeme por contestar de este modo su amable carta. No es mala intención. En general, soy más proclive al silencio que a la locuacidad, pero cuando llega el momento de hablar, trato de hacerlo en lo posible con sinceridad.

  Sé no obstante que una parte de su carta es cierta y tiene valor y le agradezco por ello. De lo contrario, no hubiera escrito estas líneas.

 

  Al señor St. B., Naumburg

  Zúrich, 24 de noviembre de 1930

  … Estoy más cerca de su concepción de la vida que de la de su hija. Por cierto, no considero el no vivir mejor que vivir, pero comparto la concepción de todos los sabios del pasado, en el sentido de que una cierta superioridad sobre el dolor y la preocupación sólo puede provenir del «despertar» interior, de la introspección o más
bien de la vivencia según la cual el mundo físico y el acontecer exterior son intrascendentes y ficticios y nosotros no nos podemos salvar de ellos ni por entrega a niñerías y preocupaciones de la vida, ni por un ascético apartamiento de ellos, sino sólo por el conocimiento experimentable una y otra vez y en todo tiempo de la unidad de Dios que se encuentra tras el abigarrado velo de los procesos de la vida. Lo que redime en esta introvisión no sólo es una mayor tranquilidad respecto a las exigencias del mundo y de los propios apetitos, sino también una resignación ante la imposibilidad de realizar nuestras exigencias morales, pues nosotros somos vividos, somos hilos del velo, nada más. Este es más o menos el aspecto de la fe y el consuelo de mis horas de reflexión.

  Sin embargo, no siento la necesidad de predicar esta fe a los demás. Sólo cuando la vida pone en mi camino gente hondamente afligida, trato de decirle algunas palabras, en caso contrario no, ni siquiera a mis propios hijos…

 

  Al señor B. B., Solingen

  Noviembre de 1930
 No estoy en condiciones de asegurarle si será usted escritor. No hay escritores de diecisiete años, hoy menos que nunca. Si posee el don, lo tendrá por naturaleza y habrá estado en usted desde niño. Pero si de ese don surgirá algo, si tendrá usted algo que decir o significar, eso no depende sólo de su don, eso depende de si usted puede tomarse en serio a sí mismo y a la vida, si vive con sinceridad y es capaz de resistir la tentación de hacer meramente lo que le resulta fácil al talento. En resumen, depende de cuanta proeza, sacrificio y abnegación sea capaz. Es dudoso que el mundo le retribuya y le agradezca por todo esto. Si no está poseído por la idea, si no prefiere sucumbir enseguida antes que renunciar a la literatura, póngale fin.

  Su escepticismo no tiene nada que ver con las cuestiones que en estos momentos lo absorben. Es natural a su edad. Si dentro de algunos años no ha podido superarlo, puede convertirse en periodista, pues habrá pasado la oportunidad de ser escritor. Ser inteligente y hablar con sensatez nada tiene que ver con la literatura.

  Mis mejores deseos y un favor: no vuelva a escribirme hasta dentro de unos años.

 

  A Hans Carossa

  Fines de noviembre de 1930

Distinguido y querido señor Carossa:

  Le confieso que su carta me ha colmado de felicidad, no sólo por acoger a Narciso y Goldmundo con agrado y por gustarme tanto sus libros. Hay algo más. Hace un año y medio, en el verano de 1929 volví a leer después de mucho tiempo su libro de la infancia. Ocurrió así: Estaba sentado al sol en mi terraza de Montagnola y sobre las macetas revoloteaba esa mariposa llamada esfinge o cola de paloma (en Suiza «paloma»). De pronto, recordé que era mencionada en un bello libro y poco a poco me vino a la memoria que era el suyo. Lo busqué y empecé a leerlo de nuevo. Durante unos cuantos días pasé con él las mejores horas. Lo encontré más bello aun que el recuerdo que guardaba de él y me sentí muy complacido por la existencia de algo tan exquisito en la Alemania actual y también por haberlo visto en Múnich en aquella ocasión. Entonces me senté a mi mesa, como un estudiante entusiasmado que escribe a un venerado escritor, pinté un pequeño paisaje en mi pliego de papel, como he vuelto a hacerlo hoy y le escribí sobre la mariposa y la terraza y mi amor por sus libros. Creo que desde mi época de juventud no escribí ninguna carta semejante a un escritor. En realidad, tampoco esperaba contestación, pero cuando transcurrieron los meses y el año sin recibir eco alguno de usted, tuve una sensación curiosa, algo así como vergüenza por mi declaración amorosa y también desilusión y la idea de haber sido despreciado.

  Al principio, rechacé tal pensamiento, luego lo admití y posteriormente empecé a examinarlo para poner en claro cual podía ser su modo de pensar acerca de mí y de mi carta. Salió entonces a la luz en una autocrítica esto y aquello. En su silencio, lo veía sonreírse a causa de mi carta, no con aire de burla, pero sí de superioridad. Y así, paulatinamente, mi carta a usted y la falta de una respuesta se convirtieron para mí en una piedra de toque. Me vi compelido a comparar mi ser y mi trabajo con los suyos, debí reconocer en usted algo para mí inalcanzable, pero que creía comprender y sentir en forma absoluta, y luego debí hacer valer también mi propio ser

mi propia problemática vehemente y mi duda como algo necesario. Y de este modo se convirtió en un ligero examen de mi vida y de mi trabajo ante mí mismo, para lo cual lo ubiqué como una especie de polo opuesto, y a pesar de los contrastes, únicamente encontré mi confirmación en el polo opuesto y le concedí sólo a él el derecho de comprenderme y criticarme. Era una situación como la existente entre Narciso y Goldmundo. Pero de cualquier modo, Carossa había contestado a mi carta con silencio, se la guardó y sonrió.

  No es sino hoy, cuando ya había olvidado esta historia de la carta y varias veces en este ínterin me ocupé de sus trabajos en forma harto objetiva (recientemente de la reedición de Doctor Bürger) y he recibido carta suya, que me parece posible y probable que mi carta de entonces no llegara a sus manos. Las fantasías, los juegos y autoexámenes tejidos en tomo a la carta no cambiaron por ello ni perdieron su valor. Frente a toda obra humana genuina y todo trozo de Naturaleza debemos examinarnos a diario y en lo posible acreditamos. Pero hubiera preferido que aquella carta del verano de 1929 se hubiese perdido realmente.

  Ocho días antes de la llegada de dicha carta, regalé a la señora Ninon su Doctor Bürger. Está pasando conmigo el invierno en Zúrich y le ha halagado que pensara en ella en forma tan amable. Le envía sus cordiales saludos.

  Le he robado mucho de su tiempo. No tema que vuelva a esperar respuesta o que pretenda enredarlo en una correspondencia. No he pensado en ello. Pero espero que esta carta llegue a sus manos y me place que retribuya a Narciso y Goldmundo, el amor que desde hace varios años le profeso a su obra. Durante varios años no le he manifestado este amor en forma directa. Mi comportamiento fue como el de la juventud respecto a todo lo bello, es decir que encuentra lógico y correcto la existencia de un Eichendorff y un Schubert, un Stifter y un Mozart, un Brentano y un Goethe y asimila lo bueno como lo hace con el bendito aire. No es sino más tarde, con el correr de los años que sabemos apreciar la singularidad de lo bello, y qué milagro es en realidad ver florecer

las flores entre las fábricas y los cañones y, vivas aún, las obras literarias entre los periódicos y los boletines bursátiles. Y entonces experimentamos una sensación de emoción y gratitud.

  Adiós, le agradezco su amable carta. Podrá ver ahora cuánto ha significado para mí.

  En primavera regresaremos a Montagnola. Con la ayuda de un mecenas nos están edificando allí una casa. Ninon está atareada en la elección de papeles y otras cosas para su decoración y se sonríe cuando advierte las preocupaciones y también el temor que me da la casa.

  Reciba los cordiales saludos de ambos.

 

  A Wilhelm Kunze, Nuremberg

  17 de diciembre de 1930

  Estimado señor Kunze:

  Hoy he recibido su artículo del «Würzburger General-Anzeiger». Me ha causado mucho agrado y sólo lamento que haya llegado en un momento en el cual usted debe estar algo desilusionado con respecto a mí

Hermann Hesse Cartas escogidas 01

Las cartas que no indican el lugar desde donde han sido enviadas fueron escritas por Hesse en Montagnola. Se omiten las fórmulas de salutación finales, salvo en aquellos casos en los que se transparenta una forma personal. Los cortes para abreviar los textos están indicados por puntos suspensivos.
Su amable y amistosa carta y sus bellos versos me han deparado una gran alegría y le agradezco por ellos de todo corazón.

  Hace poco, me demoré un día y medio en Ulm, lugar que me es muy caro, y al llegar aquí me encontré en plena primavera. Paso pues más tiempo en el jardín que en la sala. He traído su libro[1] conmigo y ya lo conozco bien. El poema que más me agrada es el de la página 45, magnífico por cierto. Luego le siguen en orden de preferencia los de las páginas 16, 30, 42, 59 y otras. He encontrado en su forma algo delicado, algo del primor de una joya que me embelesa y fascina.

  En realidad, soy insensible a lo social que ocasionalmente evoca usted en su obra, quizá porque siempre fui un pobre diablo y conozco y me gusta la poesía y el humor del no tener nada.

  Claro que ahora empiezo a pavonearme y a ponerme petulante, y hace poco hasta he concebido el firme propósito de contraer matrimonio en otoño. Ello ocurrirá cuando Camenzind llegue a su tercera edición, de acuerdo con las expectativas del editor.

  Recibí gozoso los bocetos de Paquet, en particular «Susto». A modo de broma le envío algo mío[2] del mismo estilo, que tal vez quiera imprimir, pero sólo si desea hacerlo.

  Lamentablemente, no podré ir a Tubinga, pues para esa fecha espero visitas. Sin embargo, estoy seguro de que nos volveremos a ver en Múnich o en otra parte.

  Quizá encuentre en alguna ocasión en el lago de Constanza a un hombre alto, muy apuesto, de rostro grave, orlado de barba rubia y ojos de mirada firme y penetrante. Ese es Emil Strauss, quien a partir del primero de mayo se radicará en Uberlingen
Amenaza caer un aguacero y debo apresurarme a plantar aún algunas flores. Tendrá que contentarse pues con esta breve misiva y mis mejores saludos. Espero que no me olvide y vuelva a enviarme con frecuencia un saludo o alguna cosa impresa.

  Le ruego transmita mis respetos a su distinguida esposa.

  Cordialmente suyo: Hesse.

 

  Al barón Alexander von Bernus,

  Convento Neuburg, cerca de Heidelberg.

  Gaienhofen, 19 de noviembre de 1904

  Estimado señor von Bernus:

  Su suposición acerca de lo bien que se está aquí, junto al lago, es harto acertada. Le digo más: el tiempo es magnífico y hace poco tuvimos una gran tormenta de espectacular grandiosidad.

  He dedicado noches a la lectura de su nuevo libro[3], lamentablemente sin mi esposa, pues a la sazón se encuentra de viaje. Sus últimos poemas han sido para mí un verdadero deleite. No es que no me hayan agrada
do cada uno de ellos en particular, pero el conjunto del libro en su totalidad es un hermoso y preciado logro. En la fusión de la forma y la idea alcanza lo posible imaginable. Me han gustado en especial «Amanecer», página 48, luego «Rapto», página 91 y los poemas de las páginas 65, 162, 143, 89 y 161. Su simbolismo es muy vigoroso y sencillo y en este libro su forma es realzada de una manera eminente. Lo tengo aún junto a mí, en mi mesa, y lo hojearé a menudo todavía. Se lo agradezco alborozado y les deseo a usted y a su libro mucha, mucha suerte.

  Recibí con interés la noticia del compromiso de Thomas Mann. Una noche estuve con él en Múnich y me pareció un hombre distinguido y simpático. No, no temo al invierno. Ya estoy acostumbrado a la vida de campo y a estar solo. ¡Y esas veladas junto a la chimenea! Quizá algún día haré uso de su gentil invitación, aun cuando no sea en un futuro inmediato. Si en las postrimerías del invierno no fuera a Italia por un corto período, es muy probable que visite Múnich.

  ¿Ha visto por fin a Paquet? Por favor, salúdelo de mi parte.

  Con cordiales saludos para usted y su distinguida esposa.

  Sinceramente suyo.
Estimado señor Einsle:

  Para usted no debe ser tan difícil escribirme, como me resulta a mí cuando deseo escribirle, pues me conoce mejor de lo que yo puedo conocerle.

  Sólo puedo aceptar la cordial adhesión que brinda a mis libros, pero no agradecerla, pues no hay respuesta para un elogio. Su atenta carta me ha causado gran alegría y quiero hacérselo saber. Usted dice:

  «Así recorreré mis caminos agradecido, sin saber adonde llegaré algún día». Esto es muy cierto. Aun cuando, por diversas situaciones, un derrotero parezca bien determinado, siempre entraña todas las posibilidades de vida y transformación de lo que el hombre es capaz de crear. Y estas son tanto mayores cuanto más infancia, gratitud y capacidad de amar llevemos nosotros. La autolimitación de la profesión y de la edad viril no debe enterrar nuestra juventud. «Juventud» es lo que en nosotros se conserva niño y cuanto más tengamos de ello, más ricos podemos ser en una vida fríamente consciente.

  Con toda cordialidad, le deseo un buen camino
 En estos días el Dr. Bloesch me contó que lo vio en Zúrich y sentí de pronto un gran apego y me puse a pensar en usted, en sus cuadros, en la India y en Bel-Air, en el arte y la amistad y todas las demás cosas espléndidas de las que la guerra me privó.

  Y entonces llegó como presente de Nochebuena su «Playa de Penang», portador de una nueva oleada de ese mundo maravilloso. Querido amigo, permítame expresar una vez más mi sincero agradecimiento por este exquisito y querido cuadro de la playa y por la deferencia de haber pensado en mí. Estimado Sturzenegger, en la actualidad se oye afirmar a algunos bárbaros que antes de la guerra habríamos vivido en medio de lujos y sensiblería y no sería sino en el presente cuando estaríamos descubriendo la vida real y los verdaderos sentimientos. Esto no puede ser más insensato y falaz. Hoy sé por experiencia que componer un poema y cantar una canción no sólo es más bello, sino también infinitamente más sabio y valioso que ganar una batalla o donar un millón para la Cruz Roja. Este mundo «organizado» de los políticos y los generales es nada, y aun el más loco de nuestros sueños de artista sigue siendo mucho más valioso. Crea en este pobre diablo de un poeta que desde hace catorce meses no vive sino en medio de negocios, política, explotación y organización.

  Por esta razón, su cuadro ha sido recibido en este preciso momento por un corazón doblemente sensitivo y le estoy doblemente obligado y agradecido. ¡Ah, la playa de Penang, con sus lejanos archipiélagos y su multitud de bahías! Es bueno guardar en el recuerdo lo mejor de todo ello, porque de lo contrario enfermaríamos de nostalgia.

  ¡Venga alguna vez a Berna! Y cuando haya paz iré a visitarlo y lo espantaré mostrándole mis cuadros al pastel, pintados con mis propias manos. Como ya no tengo tiempo para componer y pensar, me he entregado
a la pintura en mis ratos libres y por primera vez en casi cuarenta años he tomado entre los dedos carbones y colores. Yo no le haré competencia, pues no pinto la realidad de la naturaleza, sino sólo lo soñado…

 

  Membrete: Deutsche Kriegsgefangenen - Fürsorge (Asociación alemana de ayuda a los prisioneros de guerra). División: Central bibliográfica, Berna.

  A Kurt Wolff, Leipzig

  Berna, 30 de diciembre de 1916

  Distinguido señor Wolff:

  Con el envío del volumen de Heinrich Mann me ha deparado una gran alegría y se lo agradezco. Poseía algunas de las obras anteriores, pero estoy lejos aún de tenerlas todas. Mi predilecta fue siempre la Pequeña ciudad que me merece gran estima. En su momento, algunas de las primeras novelas me parecieron algo inofensivamente sensacionales. Pero Heinrich Mann, quien siempre fue mucho y supo mucho, siguió trabajando con decisión y alcanzó fama cuando en nuestra literatura estuvo de moda descansar después de un único ensayo o éxito y seguir produciendo luego esos cachivaches como para hacer negocio
Siento una gran nostalgia, rayana casi en lo enfermizo, de volver a dedicarme con tranquilidad a las bellas cosas, leer, escribir y todo lo que se relaciona con esto. Desde hace meses estoy en un trabajo que de tanto en tanto me produce satisfacciones, pero que en general y a la larga me aniquila. Mi respeto por el «mundo real» de los negocios y las organizaciones no se ha modificado. Ahora y siempre el arte no sólo será más bello, sino también más real y serio que todos esos aspavientos.

  En lo que se refiere al libro de guerra de Scheler, en realidad debo revocar mi primera impresión… Al leerlo, conocí por primera vez con más seriedad a este genio, a lo cual se sumó el entusiasmo de la lectura. No he comprobado ninguna de sus ideas respecto a la época y a la historia. Con mis mejores saludos, su affmo.

 

  Membrete: Asociación Alemana de ayuda a los prisioneros de Guerra. División: Central bibliográfica, Berna.

  A Kurt Wolff, Leipzig

  Berna, 19 de setiembre de 1917

  Estimado señor Wolff:
He escrito en «März» algunas líneas sobre Armen de Heinrich Mann. Sin embargo, debo confesarle que el libro es una desilusión. Tiene usted mejores obras en su editorial.

  No diré nada del aspecto teórico, en parte brillante otra vez, pero lo malo está en que Mann, al emprender un problema de tan nítidos contornos, simplifique la cosa como un sainetero, al degradar a uno de los partidos hasta la ridiculez. Es una lástima. La lucha entre los obreros y los capitalistas resulta interesante y difícil cuando existe en ambas facciones algo como la buena voluntad, cuando el capitalista, si bien rico, es de todos modos un individuo decente. Si ha robado su dinero como en el libro de Mann, el problema pierde su seriedad y la cuestión intelectual se convierte en una novela detectivesca. Es una lástima porque en el libro hay algo grande, pero sólo en su composición. Como idea no es grande.

  Estuve con el Dr. Scheler en dos ocasiones y he hecho buenas migas con él.

  Lo saluda.

 

  A Samuel Fischer, Berlín

  27 de agosto de 1919
Mi querido señor Fischer:

  Me ha hecho muy feliz volver a recibir una extensa carta de usted, a la cual atribuyo tanto más valor cuanto que tengo en cuenta lo breve de sus vacaciones.

  Su juicio acerca de Dehmel es muy acertado. Yo también venero y estimo su totalidad como persona. Pero en su libro advierto de pronto el abismo que lo separa de la juventud actual. Ocurre lo mismo con Hauptmann y con la posición de los escritores alemanes respecto a la política. Hace poco, le escribí a su esposa sobre este particular. Durante la guerra y desde un principio he pasado por un proceso diferente en cuanto a estas cosas y cuestiones y desde entonces me encuentro situado en otras constelaciones en relación con el mundo y con la patria. (Mi primer artículo sobre la degeneración de la intelectualidad alemana en la guerra ya apareció en Zúrich en el otoño de 1914). En el folleto anónimo El retorno de Zarathustra, que escribí en enero, he intentado exponer mi relación personal con la política. A pesar de mi particular empeño porque se lo tuviera en consideración, el «Neue Rundschau» no hizo mención alguna del librito, tal vez con razón. Pero la juventud ha reaccionado con vehemencia desde distintas direcciones. Me han interrogado mucho, me han atacado mucho, me han brindado mucha confianza. Lamentablemente, todo esto me llega tarde, después de los años de guerra y de los golpes del destino que han cambiado y aserrado mi existencia. También ha llegado demasiado tarde su cordial invitación a visitar Berlín. En un momento de inconcebible soledad y desesperación, he debido hallar yo solo un derrotero y ahora debo quedarme en él, no por ponderaciones y razones, sino simplemente por la ley de gravitación.

  ¡Vayamos a los asuntos de negocio! No debe preocuparse por ese libro que editó Tal, en Viena[5]. Se trata, en efecto, del libro que debía ser publicado por una editorial suiza. El editor es mi amigo, y me paga los derechos en francos. Tal es tan sólo impresor y editor técnico.
Además, formar parte de esta serie es para mí como un pequeño documento que atestigua mi afiliación con el grupo de Rolland, Barbusse, Zweig, y otros pocos intelectuales a quienes cobré mucho afecto durante los años de la guerra. Este librito será editado una única vez y ya no volverá a aparecer, tampoco en su editorial. Quizá en un futuro distribuya los fragmentos que lo componen entre otros libros.

  Al respecto puedo decirle poco en este momento. Usted mismo ha advertido ya que también como literato me he transformado y mudado de piel en los últimos años. Hoy no sé aún cuanto tiempo seguiré guiándome por la pauta de los expresionistas, pero por cierto, desde la guerra, desde 1915 aproximadamente, mi rumbo ha variado. Escribí el Zarathustra en forma anónima para no espantar a la juventud con el conocido nombre de un viejo. Tal como su esposa adivinó, escribí el Demian en forma anónima (ya en 1917), pero deberá conservarlo todavía en absoluto secreto. Todo esto y también los más recientes de mis «cuentos» han sido los primeros intentos hacia una liberación que pronto consideraré lograda. Aquí, en Montagnola, he terminado dos trabajos de cierta importancia, de los cuales pienso enviar el segundo dentro de algún tiempo al Rundschau.

  Presumiblemente, usted también debe sufrir con el cambio en su calidad de editor. El círculo de compradores de mis libros, al menos de los nuevos, se reducirá con sorprendente rapidez. A mí me da lo mismo. Lo que pudiera perjudicar y cambiar mi vida por completo debido a una bancarrota financiera, jamás me sacará de quicio.

  Y ahora otro pedido. Por momentos tengo la sensación de que pudiera ocurrirme algo. Si así sucediera le ruego tomar nota que todavía deben salir los siguientes libros:

  Un volumen con tres novelas, los trabajos revolucionarios más novedosos. Su contenido: una novela Alma de niño, actualmente en poder de la Deutsche Rundschau (Paetel). Segundo: una novela Klein y Wagner y una
composición algo fantástica: El último verano de Klingsor. Estos dos manuscritos se encuentran aún en mi poder, el segundo no está concluido del todo y tan pronto lo termine se lo ofreceré a la Rundschau.

  Este volumen integrado por las tres novelas citadas será mi libro más importante. Este y Demian. Todavía no he pensado un título adecuado.

  Otra cosa que deseo, por si no llegara a hacerlo por mí mismo es que no se emprenda en mi memoria la publicación de ninguna edición de Obras Completas u otra de esas cosas superfluas, pero sí una breve selección de mi poesía, bella y económica. Yo ya he reservado material para tal selección. Le ruego guardar muy bien estos dos pedidos míos.

  Me place saber que a Strauss le va bien. A raíz de la caprichosa revocación de cierta palabra, no sólo me perjudicó y me puso en una situación embarazosa por una cuestión literaria, sino me hizo enojar seriamente.

  Querido señor Fischer, el viento del mundo y del destino sopla aquí también, en Montagnola, en mi estudio que da al viejo jardín. Berlín no cambiará nada en mí. Pero de cualquier manera, el hecho de que usted haya pensado en mí y me invitara como también la certidumbre de poder contar con su amistad, me conforma y consuela.

  Lo saluda cordialmente suyo.

 

  Tarjeta postal a Kurt Wolff
Múnich, sello del 21 de agosto de 1925

  Estimado señor Kurt Wolff:

  Agradezco sus líneas del 6 de agosto. Los volúmenes de Zola anunciados seguramente llegarán en estos días. Hasta ahora no los he recibido.

  Quiero hacerle otro pedido. Soy un gran admirador de Kafka, y por desgracia sólo poseo de él Médico de campo y la Colonia penitenciaria. En su momento, su casa editó otras obritas suyas menos importantes: La metamorfosis, El calefactor, El juicio y otras. Le agradecería muy especialmente me proveyera estos libros. He leído con extraordinario deleite la novela póstuma de Kafka, publicada hace poco por una editorial berlinesa.

  Lo saluda cordialmente

 

  A Oskar Loerke, Berlín

  Zúrich, 9 de marzo de 1927

  Estimado señor Loerke:
Le doy mis más expresivas gracias por haberme escrito de manera tan amistosa y prudente sobre El lobo estepario. Su juicio respecto al prólogo me satisface, de modo que lo dejaré…

  … Un asunto que por momentos me fastidia un poco sin que lo llegue a tomar muy en serio, es mi afiliación a la Academia. Daría mucho por verme nuevamente fuera de ella. Ya el cuestionario que me mandaron, similar al de los postulantes a un empleo en el servicio ferroviario prusiano, fue algo atroz y las publicaciones de la sección se me antojan tristes y ridículas.

  Cuando me fue comunicada mi elección, creí poder evadirme de una manera cortés y poco escandalosa haciendo notar a la Academia que yo no era ciudadano alemán sino suizo, y por consiguiente no podía aceptar la elección. Cuando advertí que ese motivo carecía de validez, accedí simplemente por comodidad y para no parecer descortés…

  … Si alguna vez, en una ocasión se le ocurriera una forma decente para formalizar mi retiro, le ruego me haga un guiño…

  … Adiós, y mi cordial agradecimiento.

 

  A Oskar Loerke, Berlín

  22 de julio de 1927
Estimado señor Loerke:

  Hará pronto tres semanas, el día de mi cumpleaños, recibí su amable y generosa carta y enseguida la aparté para salvarla de la suerte del otro montón de papeles que me llegó ese día.

  Y ayer, por casualidad, tuve ocasión de leer el artículo escrito con motivo de mi onomástico en un periódico berlinés (no sé cual).

  Así como entre las muchas cartas, la suya fue una de las pocas gratas y auténticas, también lo fue su artículo entre los artículos periodísticos en su mayoría muy malos, que alaban o censuran de una manera superficial y no tienen la menor noción de las cosas. Así pues, me han causado una doble alegría y le agradezco por ello.

  Este verano lo he pasado aquí más grato que de costumbre, pues cuento con la prolongada visita de una amiga. Por lo demás, la estación no me ha resultado favorable. Vine aquí en primavera, muy cansado y con la salud quebrantada después de un invierno en la ciudad. Pensé que unas cuantas semanas de vida de campo, baños de sol y mucha leche me ayudarían a recuperar mi estado normal, pero no lo conseguí.

  Al menos, brilla el sol, si bien alternando con lluvias más frecuentes que en otros años. No obstante, luce radiante y calienta. No pocas veces dispongo de una buena hora para pintar y entonces me siento en medio de las vides y los pequeños maizales, escucho zumbar a los lucanos y correr a las lagartijas, contemplo el vuelo de las jóvenes golondrinas y me solazo en la contemplación de la policromía de las montañas y los aires. Entonces todo me parece perfecto.

  Acepte mi gratitud, querido camarada. Me ha dado una alegría

Vivir mejor con menos

Vivir mejor con menos 

parte 01 


parte02


parte03


parte04


parte05


Vivir mejor con menos 05

178 / VIVIR MEJOR CON MENOS
de herramientas, libros, bicicletas, ropa, etc., y la cosa se
pone aún más interesante si hablamos del dinero, las habilidades,
o incluso del tiempo. Con las gafas de la economía
colaborativa puestas, todo este valor infrautilizado debe ser
contado como basura y por lo tanto hay buscar una solución
para reducirla.
Las plataformas de economía colaborativa pueden ayudar
en gran medida a convertir esta «basura» en valor para
los ciudadanos y las ciudades. Lo mejor de todo es que el
aprovechamiento de estos activos no cuesta prácticamente
nada. No requiere de inversiones en infraestructuras
masivas o un desvío de los sistemas actuales. Por ejemplo,
sale mucho más barato promocionar el uso de las plataformas
de coche compartido que construir un carril VAO especial.
Una ciudad puede ahorrar dinero, crear fuentes de
ingresos adicionales, o ambas cosas, simplemente utilizando
sus recursos existentes de manera más eficiente. Los
ciudadanos se vuelven productores de valor para intercambiarse
entre ellos de manera directa, y también generan valor
para la ciudad en su conjunto.
Una ciudad colaborativa es aquella que permite a sus
habitantes poder compartir de manera eficiente y segura
todo tipo de bienes/servicios/habilidades, creando así comunidades
más fuertes, saludables y conectadas. ¿Quién
no quiere vivir en una ciudad colaborativa?
LA SOCIEDAD COLABORATIVA /179
Por si faltaran razones, con la crisis, las ciudades y el sector
público en general se enfrentan a dramáticas reducciones
presupuestarias a la vez que hay un incremento de las
peticiones de servicios por parte de sus residentes. Resulta
evidente que políticas públicas para una ciudad colaborativa
ayudarían a disminuir algunos de estos problemas, pero,
lamentablemente, hasta el momento la mayoría de ciudades
y regiones han reaccionado de manera belicosa frente a la
economía colaborativa y especialmente frente al consumo
colaborativo. Sin ir más lejos, en julio de 2014 la Generalitat
de Catalunya puso una multa de 30.000 euros a la plataforma
Airbnb e incluso amenazó con bloquear el acceso a la
misma desde el territorio de esta comunidad autónoma. No
por ello dejaré, junto a mucha otra gente, de impulsar la idea
de las ciudades y territorios colaborativos en España, porque
estoy plenamente convencido del valor de la propuesta.
Por suerte, en el extranjero hay ejemplos de ciudades colaborativas
que en algún momento deberán ayudar a inspirar
a nuestros alcaldes y líderes regionales. Seúl, capital de
Corea del Sur, es la referencia mundial. El alcalde Wonsoon
Park ha lanzado un ambicioso plan a diez años para
hacer de Seúl una sharing city. Trabajando tanto a nivel de
barrio como de ciudad se ha apoyado la creación de sitios
web informativos, se han promocionado las startups existentes
y se ha generalizado el uso de los servicios colaborativos
180 / VIVIR MEJOR CON MENOS
por parte de la Administración, se han creado incubadoras
especializadas, se han llevado a cabo estudios que han permitido
proponer regulaciones específicas para las actividades
colaborativas, etc. Si quieres tener más detalles visita
<http://bit.ly/shareablecityseoul>. Amsterdam, Bogotá o
Portland, entre otras ciudades, también han empezado a desarrollar
políticas activas para la inclusión y el aprovechamiento
de la economía colaborativa en sus entornos. Las ciudades
que abracen la economía colaborativa serán ciudades
más agradables para vivir, y acabarán atrayendo el talento y
las inversiones.
Un detalle importante al hablar de ciudades colaborativas
es que no es la Administración la que debe hacer las
cosas, esta solo debe acompañar y facilitar el desarrollo de
aquellas iniciativas que los ciudadanos quieran sacar adelante.
Se habla del concepto de una «Administración socio
» que acompaña, facilita, observa, difunde…, donde la
ciudad se convierte en una plataforma para que los ciudadanos
puedan crear el valor. Un banco de tiempo o una
biblioteca de herramientas del barrio no funcionará igual
de bien si la lidera una persona apasionada por el tema
que si la lidera alguien para quien eso es solo parte de su
trabajo.
Ya que hablo de administraciones, a nivel político es
muy interesante ver cómo las ideas que subyacen a la
LA SOCIEDAD COLABORATIVA /181
economía colaborativa atraen tanto a gente de izquierdas,
ya que se empodera a los ciudadanos y se promueve una
economía más horizontal y descentralizada, como a gente
más de derechas, ya que se reduce el rol de las administraciones
y se ensalza el poder del individuo emprendedor.
Esto es una prueba de que la división de las esferas políticas
en términos de izquierdas y de derechas ya no encaja
en la economía colaborativa, que necesita de algo más en
términos de abierto-cerrado o empoderador-concentrador.
Como tantos otros detalles de la sociedad colaborativa, tendremos
que inventarlo.
En cualquier caso, lo más interesante de todo este proceso
de las ciudades colaborativas es que mediante la práctica
de la colaboración en el espacio público, en la red, en
las plazas y en las instituciones los ciudadanos nos damos
cuenta de nuestro poder, de que juntos podemos, de que
es posible expresarse y construir una sociedad colaborativa
en base a la interconexión de nuestras comunidades.
La sociedad colaborativa:
una sociedad como si la gente importara
Ha quedado patente que estamos en un cambio de era. Las
ideas, herramientas y teorías anteriores ya no nos sirven para
182 / VIVIR MEJOR CON MENOS
interpretar el nuevo mundo. Salvando las distancias, es un
poco como cuando Nicolás Copérnico anunció su teoría
heliocéntrica y socavó los valores fundamentales de la religión,
la ciencia y los poderes políticos y reales de la época.
Resulta imposible la comprensión de la nueva realidad sin
un cambio de perspectiva.
En el caso de la sociedad y la economía colaborativa estamos
pasando de un escenario donde las organizaciones y
empresas eran en centro de la sociedad a un escenario donde
las organizaciones giran en torno al ser humano, que es
el nuevo centro de la sociedad. Una sociedad como si la
gente importara.
Aún estamos en los inicios de este cambio de paradigma.
La economía colaborativa es algo muy joven. Estamos
saliendo de la niñez para entrar en las primeras fases de la
pubertad. Los adultos (el statu quo) nos riñen, nos dicen
que lo que hacemos no está bien. Pero no les escuchamos
y nos juntamos con los amigos que piensan como nosotros,
para experimentar y aprender en grupo a la vez que formamos
nuestro carácter individual. Sufrimos rápidos cambios
en el cuerpo y en la voz, y el nivel de reflexión aumenta. Inventamos
nuevas maneras de describir la realidad, a menudo
usando un vocabulario que no es comprensible para el
resto de la sociedad. Empezamos a asumir mayor responsabilidad
individual y colectiva. Aprendemos a dialogar de
LA SOCIEDAD COLABORATIVA /183
tú a tú con los adultos y a llegar a acuerdos que nos permitan
seguir madurando. Si nos prohíben hacer algo, lo haremos
igualmente y además lo publicaremos en las redes sociales.
Son y serán años intensos, interesantes e irrepetibles.
El sueño de cualquier padre es que la pubertad y la
adolescencia se pudieran acelerar, pero no es el caso, el crecimiento
requiere su tiempo. Esta presión por crecer rápido
es justo lo que sufren algunas de las grandes plataformas
que han recibido tanto dinero de los inversores. Los
proyectos están creciendo mucho y muy rápidamente, tal
vez demasiado rápidamente, sin tener tiempo a desarrollarse
intelectualmente y reflexionar acerca de si la mejor manera
de hacer las cosas es como se están haciendo. ¿Cómo
manejarse en el difícil equilibrio entre complacer a la comunidad
de usuarios de una plataforma y a los inversores
a la vez? ¿Cuál es la mejor manera de empoderar realmente
a una comunidad mediante una plataforma?
Hoy en día no creo que nadie pueda dar una respuesta
clara y precisa a estas preguntas. El trabajo conjunto para
buscar las respuestas más adecuadas será clave para desarrollar
nuestra sociedad colaborativa de la mejor manera posible.
«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar
», escribía acertadamente Antonio Machado. Es hora de
asumir la responsabilidad individual y colectiva. Es hora
de ponerse en marcha. ¿Te apuntas? ¡Será divertido!

5
Tu turno
¿Quién se atreverá a poner límites al
ingenio de los hombres?
GALILEO GALILEI
En este libro te he explicado mi propia experiencia de
cambio personal que experimenté a partir del momento en
que creé un blog hace tres años, y empezaba a perseguir el
objetivo de divulgar todo aquello que consideraba interesante.
¡Quién me iba a decir a mí que acabaría publicando
un libro sobre el tema!
Espero que alguna de las ideas o de los proyectos que
he expuesto te ayuden a dar el primer paso y a experimentar
en primera persona las oportunidades que presenta la
186 / VIVIR MEJOR CON MENOS
economía colaborativa para vivir mejor con menos, con
más o como quieras. Las herramientas se hallan a tu disposición
y ya estás equipado para ver el mundo a través de
las gafas colaborativas. Son muy cómodas y le quedan bien
a todo el mundo.
No se aprende nada leyendo libros, se aprende cuando
se discute con la gente acerca de lo que se ha leído, y
se confrontan opiniones al respecto. Lo tienes fácil. Te
sugiero que empieces compartiendo las ideas del libro
o las que te haya inspirado su lectura. Como decía George
Bernard Shaw: «Si tú tienes una manzana y yo tengo
una manzana y las intercambiamos, entonces ambos aún
tendremos una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo
tengo una idea y las intercambiamos, entonces ambos
tendremos dos ideas».

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