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1/26/20

Hermann Hesse Cartas escogidas 06

ello tan sólo un anatema sino un destino. Naturalmente, yo tengo mi forma de comunidad y sociabilidad. Recibo al año millares de cartas, todas de gente joven, en su mayoría por debajo de los veinticinco años y muchos vienen a visitarme. Son casi sin excepción muchachos dotados, pero difíciles, destinados a una medida de individuación por encima del término medio, desconcertados por las rotulaciones del mundo normalizado. Algunos son patológicos, algunos tan excelentes que en ellos descansa toda mi fe en la supervivencia del espíritu alemán.

  No soy padre espiritual ni médico para esta minoría de jóvenes intelectos en parte amenazados, pero vivos. Carezco para ello de toda autoridad y todo derecho, pero hasta donde alcanza mi intuición robustezco a cada uno en aquello que lo separa de las normas, trato de mostrarle el sentido de ello. No le aconsejo a nadie adherirse a un partido, pero les digo a todos que si lo hacen siendo muy jóvenes aún, corren el riesgo no sólo de vender su propio juicio a cambio de ventajas, a cambio de estar rodeados de correligionarios, sino… (la frase fue interrumpida por la llegada de una visita, la retomo de nuevo), sino les indico a cada uno, también a mis hijos en particular, que pertenecer a un programa y a un partido no debe ser juego, sino tener plena vigencia, o sea que quien transe por la revolución no sólo debe poner su cuerpo y su vida a disposición de la causa, sino también estar preparado para matar, para disparar, para empuñar ametralladoras y lanzar gases. A menudo les doy a leer a los jóvenes la literatura de los revolucionarios de la izquierda, pero cuando se habla sobre el particular y empiezan los improperios irresponsables de costumbre acerca de los burgueses, el Estado y el fascismo (a los que por supuesto mandaría al diablo), traigo a colación esa cuestión de conciencia: que es menester estar dispuestos a matar, no sólo a matar a aquellos que conocemos y aborrecemos como criminales, sino a matar a ciegas, a disparar sobre la masa. Por mi parte no estoy dispuesto a ello por ningún motivo y me reconozco cristia

no porque en caso de necesidad prefiero sin duda alguna ser muerto que matar, pero jamás he tratado de influir sobre otro, tampoco sobre mis hijos, acerca de la decisión a tomar en cuanto a esta cuestión de conciencia.

  Dentro de una hora espero recibir la visita de un conocido autor antifascista y mañana al primer fugitivo de Alemania. Las olas llegan hasta aquí también y puedo sustraerme a ellas menos que en 1914… Sólo que ahora estoy más seguro de mi conciencia personal.

  … Tuve que realizar por última vez un nuevo examen de todo esto durante la revolución alemana, cuando me ofrecieron allí una actividad. A pesar de toda mi simpatía por Landauer, etcétera me quedé a un lado. Sigo estando aún en la misma posición y a sus ojos tal vez sea estancamiento, pero para mí fue y es día a día vida, cambio y examen.

 

  A Thomas Mann

  21 de abril de 1933

  Estimado señor Mann:

He visto con gran satisfacción en el «Zürcher Zeitung» el artículo de Schuh, a quien aprecio desde hace años, y pienso que también a usted le debe haber causado una alegría.

  Su actual situación me conmueve por diversos motivos. En parte quizá porque yo mismo pasé por similares experiencias durante la guerra, lo cual tuvo como consecuencia no sólo mi completa negativa a la Alemania oficial, sino también una revisión de mi idea de la función del intelecto y de la literatura. Tiene usted motivos muy distintos a los míos de entonces, pero me parece que tenemos en común una vivencia psíquica, la de tener que despedimos de concepciones que mucho amamos y nutrimos con nuestra propia sangre.

  No me incumbe ni es mi deseo decir al respecto otras palabras que las de una profunda simpatía. Yo también siento que su actual experiencia es diferente y más difícil que la mía de entonces, en particular porque hoy cuenta usted más años que yo durante la época de guerra.

  Pero en medio de todo esto veo un camino expedito para usted y para nosotros: un camino que conduce de lo alemán a lo europeo y de lo actual a lo ultratemporal. En este sentido considero llevaderas la caída de la República alemana y las esperanzas que puso en ella. Se ha derrumbado algo que no estaba del todo vivo y para el espíritu alemán será una fecunda escuela erigirse de nuevo en abierta oposición a la Alemania oficial.

  Espero que pronto volvamos a vemos y también los niños.

 

  A Thomas Mann

Después de Pentecostés, 1933

  Estimado señor Mann:

  Estamos muy contentos de volver a saber de usted. Muchas gracias por su amable carta. Lamento lo de Basilea. Yo mismo no sé bien por qué lo sentí como algo próximo.

  Con esa forma específicamente alemana de amor patriótico se están experimentando en estos momentos algunos ejemplos curiosos y patéticos. Hay judíos y comunistas exiliados, entre ellos algunos que en la posición colectivista de un heroísmo sin sentimentalismo hicieron apreciables progresos y que en el presente, obligados a vivir por un corto período en el extranjero y en la inseguridad, sufren conmovedora nostalgia. Lo comprendo cuando pienso cuán difícil me resultó a mí durante la época de la guerra y cuánto tiempo necesité para acabar en mí mismo con la parte sentimental de mi amor por Alemania.

  En casa se ha hablado y se habla a menudo y con cariño de todos ustedes. Desde entonces tuvimos aquí muchas visitas, demasiadas, pero aun dejando a un lado las demás simpatías, sentí hacia los menos igual parentesco que hacia usted en cuanto a su relación con Alemania. También me he familiarizado a partir de la guerra con la clase de agravios a usted inferidos, todavía leo de vez en cuando tales sones en las gacetas literarias o del ramo editorial.

  Debo confesar que en esta ocasión no vivo los procesos alemanes con tanta intensidad como en aquel entonces, durante la guerra, ni me alarmo ni me avergüenzo por Alemania. Por el contrario, me siento poco afectado, en verdad. Cuanto más se convierte en lema la sincronización, tanto más íntimamente me aferro a mi fe en lo orgánico y en la justificación y la necesidad de las funciones que son abominadas por la conciencia colectiva. Ahora, en cuanto a si mis ideas y mis acciones son alemanas o no, no tengo por qué juzgar. No puedo
librarme de mi germanofilia y creo que mi individualismo, así como mi resistencia y mi aborrecimiento contra ciertas actitudes y frases alemanas, son funciones a través de cuyo ejercicio no sólo me sirvo a mí mismo sino también a mi pueblo.

  ¡Los más cordiales saludos para todos ustedes! Hemos tenido una temporada muy seca y estamos exhaustos de tanto llevar regaderas. Pero por fin ha caído una lluvia torrencial y ya podemos pasear por nuestros arriates sin tener que avergonzamos. Dos gatitos han venido a aumentar nuestra familia. Ninon se encarga por supuesto de alimentarlos y prodigarles sus cuidados.

  Con los mejores deseos.

 

  A Thomas Mann

  Mediados de julio de 1933

  Estimado señor Mann:

  Su hijo Michael me ha enviado una amable carta y acompaño a ésta mi contestación. Nuestras mujeres también han intercambiado misivas y ahora me pondré a escribir yo también aun cuando en estos últimos tiem

pos hay bastante que hacer. No obstante, pienso mucho en usted y últimamente no se aparta de mi recuerdo. Una vez me lo recordó la historia de Fiedler en Altenburgo, de cuyo proceso estará enterado. Luego, en una ocasión vino a visitamos Bruno Frank y habló de usted con tanta belleza, conocimiento y veneración que fue un verdadero deleite. Pensé con vehemencia en mi primer encuentro con Frank, alrededor de 1908. En aquel entonces usted ya era para él su estrella y su modelo. Y así esto y aquello me hace tenerlo presente. También algunas de nuestras pláticas han dejado resonancias en mí.

  Lamento que durante su visita no lograra vencer mi timidez y le hiciera conocer el prólogo del libro que estoy proyectando desde hace dos años. Está escrito desde hace un año y expone anticipadamente la actual situación intelectual de Alemania con tanta exactitud que al releerlo estos días, casi sentí horror.

  Tan pronto hubo partido, me propuse dedicarme de nuevo a sus obras, de las cuales no volví a leer en muchos años Los Buddenbrooks y Alteza Real. Dado el estado de mi vista, naturalmente todos los propósitos de dedicarme a la lectura son un poco limitados, pero ya hemos resuelto la situación y desde hace algunos días Los Buddenbrooks amenizan nuestras veladas. Mi mujer lee con dedicación y a menudo su viva presencia nos acompaña toda la noche.

  Esta vez mi papel en Alemania y su literatura es al menos más grato que el suyo. Oficialmente, no se me ha molestado. En las proclamas donde se invita a la juventud hitlerista a interesarse por los escritores alemanes, no me han incluido entre los recomendados Kolbenheyer, ni entre los «literatos del asfalto», contra los cuales se los previene. Esta vez se olvidaron de mí y yo lo aprecio pero sin olvidar que se trata tan sólo de una omisión y cualquier día puede haber un cambio.

  Se me antojan muy curiosas las cartas provenientes del Reich que me envían los adictos al régimen. Todas están escritas a una temperatura de unos 42 grados, ensalzan con palabras grandilocuentes la unidad, más aún

la «libertad» que reinaría hoy en el Reich y a renglón seguido escriben furibundos sobre la piara de católicos y socialistas a los que les van a ajustar cuentas. Es ambiente de guerra y de persecución racial, gozosa y ebria. Estos son los sones de 1914, pero desprovistos de la ingenuidad posible aún en aquel entonces. Todo esto costará sangre y algo más. Se percibe olor a todo lo malo. No obstante, por momentos me emociona el entusiasmo y la disposición para el sacrificio de ojos cerúleos que se advierte en muchos.

  Ojalá las cosas le sean tolerables y podamos volver a vemos en un futuro no muy lejano.

  Le ruego hacer llegar mis saludos a su esposa y a Mädi.

  Cordialmente suyo

 

  A Adolf B., Rotenburg (Hannover)

  28 de agosto de 1933

  Estimado señor B.:

  Es poco lo que puedo decir en relación con su carta. Conozco bastante bien el tipo humano al cual pertenece usted, pero eso no significa que esté lejos de conocer al individuo. De todos modos, veo claramente que está lu

chando con fenómenos de la evolución que son absolutamente necesarios, en parte hasta naturales. Por ejemplo, ese decaimiento de ciertos goces predilectos por el que a menudo pasamos en la vida, lo he descrito muchas veces en mi calidad de narrador en Bajo las ruedas y Demian. Esto no es motivo para quejas y temores, y se le suma también un estancamiento en la productividad. En nombre de Dios, tómelo como lo que es: como una advertencia y un reto a no considerarse acabado, sino a cargar con los dolores de nuevas fases evolutivas. Usted, el teólogo, carece aún de piedad. No se la tiene en la juventud, viene con los años, pero puede aspirar a ella. Deje que la cuestión acerca de su talento, de su productividad, sea puramente biológica, y piense que en la vida de todo artista el soportar y la fecunda superación de las crisis de productividad que se prolonga a menudo varios años, forman parte de lo más penoso pero también de lo más instructivo.

  Cuídese de considerar su vena literaria sólo como una profesión, como un asunto de su vida exterior, de su carrera. Nada sería más pernicioso. Acepte tranquilamente la ausencia de producción, pensando que también hay temporadas en las que no se sueña y absténgase de arrastrar estos procesos al dominio de la conformación racional de la vida. Su productividad, como la mía y la de cualquiera, es una gracia, nada más, y no podemos hacer nada al respecto. Pero sí podemos causar daño si pretendemos arrebatarla del dominio de lo maravilloso.

 

  A la señora Br., asesora de estudios, en estos momentos en Lugano

… Comprendo y apruebo que un individuo exija mucho de sí mismo, pero cuando hace extensiva a otros esta exigencia y convierte su vida en «lucha» en pro del bien, debo reservarme mi juicio, pues para mí la lucha, la acción, no tienen valor alguno. La oposición no me merece la menor estima. Creo saber que toda intención de cambiar el mundo conduce a guerras y violencia y por ello no puedo afiliarme a ninguna oposición, pues no apruebo las últimas consecuencias y no considero enmendable la injusticia y la maldad sobre la tierra. Lo que sí podemos y debemos es enmendamos a nosotros mismos: nuestra impaciencia, nuestro egoísmo (también el intelectual), nuestra susceptibilidad, nuestra falta de amor e indulgencia. Todo otro cambio del mundo, aun cuando se origine en las mejores intenciones lo considero inútil, por esta razón tampoco tengo relación alguna con partidos o publicaciones opositoras y lamentablemente tampoco puedo darle consejo alguno en este sentido.

  No quisiera ejercer con mis palabras crítica alguna acerca de su posición. Respeto toda intención seria, pero mi propia posición es completamente diferente. Sería absurdo no expresar esta idea con toda claridad.

  Para una persona de su posición consideraría lo mejor tratar de buscar en alguna parte un trabajo positivo, constructivo, útil, aun cuando debiera suceder so pena de sacrificios y concesiones. Esto es lo único que me parece digno de anhelar. Aun cuando en esta época se haga necesaria, no creo que la lucha intelectual contra la falta de libertad y la violencia sea una actividad capaz de alentar y procurar felicidad a un individuo sufriente
A Josef Englert, Fiésole

  29 de setiembre de 1933

  … Por desgracia, conozco desde hace mucho la triste mentalidad de los judíos alemanes. Su conducta respecto a los judíos eslavos ha sido una traición y una ignominia desde mucho antes de la aparición de Hitler. Si no fuera una irreverente brutalidad respecto a su situación actual uno estaría tentado de decir que «lo tienen bien merecido», pero no debemos olvidar que tanto los judíos como los alemanes tienen junto a su mayoría bruta, estúpida y cobarde, una minoría fina, sabia y valiente, por pequeña que sea. La sola existencia de una persona como Martin Buber constituye un consuelo y una dicha. En sus últimas obras y en su comportamiento ha alcanzado desde hace años una gran pureza, claridad y seguridad en cuanto a su posición.

  En su calidad de judío y para la pequeña minoría de los judíos intelectuales se ha convertido en la actualidad en acumulador y fuente de energía, no se ha amoldado en un solo paso ni a la manera alemana ni a la cobarde judío-alemana.

  Estas pequeñas minorías y focos de espiritualidad y piedad son aquéllas con las cuales comparto una viva complicidad, con las cuales me agito, soporto y trabajo en silencio. Por ejemplo, en la pequeña esfera vital de mi

persona, mi vínculo con Alemania me es confirmado casi a diario por las cartas de los lectores, en particular lectores muy jóvenes que se dirigen a mí con una inseguridad a menudo malsana, pero la mayoría de las veces con una confianza conmovedora para buscar en la crisis de sus vidas alguna confirmación o enmienda. Estas cartas, desde hace veinte años la única prueba real del sentido de mi existencia y de mi trabajo, aunque al mismo tiempo mi diaria carga y tormento, estas cartas de los jóvenes lectores alemanes no han cambiado en nada desde marzo de 1933, ni siquiera han mermado. Ahora como antes, esos sectores de la juventud a los cuales les resulta imposible el rápido dejarse absorber por la masa y el uniforme, pelean su batalla por la luz y el espíritu, a lo cual se suma a menudo la más amarga miseria material. Los desocupados leen en las bibliotecas gratuitas un libro que los cautiva, empiezan a reflexionar, buscan el camino hacia el autor, tal vez lo abandonan enseguida porque no pueden considerarlo como consejero o modelo, sino sólo como el instigador. En este puesto, el de vocero de una pequeña minoría de individuos que luchan por dar un sentido e imponer una meta a sus vidas, en este puesto estoy ligado ahora y siempre al pueblo alemán y tengo en él una función. Algunas de estas personas vienen hasta Montagnola para verme. Se presentan aquí un buen día, platican conmigo una hora o medio día, llegan a pie o en bicicleta y al igual que las cartas me procuran alegrías y preocupaciones y a la larga esto se convierte para mí en una responsabilidad que aumenta lenta pero constantemente, una responsabilidad que a veces me oprime, otras me sostiene y alegra.

  Por otro lado, muchos de mis amigos no entienden que no tome partido, que no me afilie a Alemania ni adhiera a la oposición. A menudo, me asalta el deseo de decidirme por esto último, pero sólo por un fugaz instante. ¿Para qué las protestas? ¿Para qué los artículos festivos sobre Hitler y sobre el talento de los suboficiales alemanes? ¿Qué me importan? Nada puedo remediar. En cambio puedo ayudar un poco a aquéllos que, a semejanza mía, sabotean con sus pensamientos y sus actos y forman islas de humanidad y amor en medio del caos

diabólico y la masacre. Querido amigo, mucho me hubiera gustado hablar con usted. Me depara una gran alegría saber que en su manera enérgica que tanto me gusta, ha vuelto a la actividad en medio del infierno y ha intervenido personalmente y creado cosas buenas.

  Ahora, le saludo de todo corazón como también a su esposa e hijos y les deseo aunque sea por última vez un hermoso y benigno otoño en Fiésole.

 

  A Thomas Mann

  Fin de 1933

  Querido señor Thomas Mann:

  Hace ya bastante tiempo que hemos concluido la lectura del Jaacob… Ahora quisiera agradecerle al menos el gran placer que me deparó este libro. Son muchos los detalles que me embelesaron, pero en particular deseo mencionar la regularidad y la continuidad que en éste como en libros anteriores me llenaron de gozo y emoción, la densidad de la trama, la fidelidad de la intención hacia el todo y hacia la forma magna. Además, en medio de la moderna concepción de la historia y de su descripción, está la callada ironía levemente melancólica

que se me ha hecho cara hasta en el más mínimo detalle y con la cual contempla usted la problemática de la historia y el afán de relatar, sin declinar sin embargo ni por un momento, en el esfuerzo en torno de esta historiografía reconocida en el fondo como imposible. A mí, que en muchas cosas estoy formado de otra manera y provengo de otros orígenes, me resulta particularmente simpático y familiar esto de emprender lo imposible, tomar sobre sí lo trágico de manera activa. Por añadidura, este libro llega con su calma en un momento oportuno, en una época ornada con estúpidas actualidades. Y sus figuras son mucho más reales, probables y acertadas que las del escenario del mundo. No habrá lector alguno que no sienta el encuentro con su Laban como una excitante relación personal.

  En la medida que me lo permite la vista, leo biografías de pietistas del siglo XVIII y en realidad ya no sé lo que es la productividad. Entretanto, cuanto más se aleja de la posibilidad de su materialización la idea del proyecto trazado hace dos años (el del juego intelectual matemático-musical) va adquiriendo en la imaginación la forma más bonita y acabada de una obra de muchos volúmenes, más aun de una colección.

  Nuestra región está toda blanca. No deja de nevar y garuar. Por favor, transmita mis saludos a la señora Mann, a Mädi y a Bibi y acepte nuestros buenos deseos para el Nuevo Año.

 

  Al señor A. H., Pforzheim

Estimado señor H.:

  … Usted está en vías de desarrollar una personalidad, y por cierto deberá seguir por ese camino aun cuando el mismo lo lleve realmente a la locura o al suicidio. No tomo muy en serio estos dos riesgos. En ciertos casos no son riesgos, sino el final absolutamente correcto de una carrera, y no de la peor.

  Sólo tomo en serio al hombre como individuo, como persona y según parece el camino a él es hoy más difícil de lo que fue en tiempos de mi juventud. Por lo demás, no ha cambiado su significado ni tampoco su rostro, pues los destinos propiamente humanos apenas sufren transformación con el correr de los siglos.

  Lo que ha cambiado son sólo los atractivos que hoy quieren inducir al hombre a abandonar prematuramente el difícil camino hacia el propio yo para entregarse a una comunidad, a una meta en apariencia elevada y noble. Como he podido ver, en usted estos atractivos no se han presentado en la forma grosera de los programas políticos y los ideales ficticios, ha evolucionado demasiado en su calidad de persona para ello. Sin embargo, en su dedicación se inclina por las pequeñas comunidades más idealistas: a los vegetarianos, los emigrantes, los reformadores de la vida, etcétera. Aun cuando los ideales de estas comunidades sean en sí nobles y buenos, o no, constituyen un peligro para los individuos jóvenes de su clase, a saber, estas pequeñas comunidades ideales quieren formarlo y darle un cuño antes de tiempo, educarlo y encasillarlo. Tampoco debe escapar de ese peligro y quedarse solo, pero sí pensar en todo momento que su completo valor humano no lo alcanzará ni será eficaz sino cuando haya desarrollado verdaderamente su personalidad, su carácter, en la medida de sus posibilidades. En consecuencia, habrá de guardarse de tomar enseguida los ideales y las metas de tales comunidades y sus conductores con la misma seriedad que su propia realización. Si sirve de algo, más adelante subordinará segura

mente su persona a fines más elevados y humanos, pero sólo cuando haya alcanzado el grado de humanización posible en su caso. Por lo tanto: no atribuya demasiada importancia a los programas o contenidos ideológicos de las ligas o comunidades, pero tome en serio a los conductores que le salgan al encuentro y no los abandone sino cuando sienta claramente que ya no les debe dar nada ni está sometido a ellos. Usted debe probarse y medirse no según las ideas generales, sino según los hombres, los «conductores», aquéllos que en principio son superiores a usted como personas y si de ello surgen desesperación y deseos de suicidarse, no le arredren tales cosas, marche sobre el infierno, es superable.

  No puedo decirle más, no logro ver más a través de las páginas que escribió. Lea unas cuantas veces seguidas estas líneas mías, luego olvídelas tranquilamente y permita actuar tan sólo lo que deje algún aliciente y estímulo.

 

  A la señora Berta Markwalder, Baden

  Otoño de 1933 o 1934

  Querida señora Markwalder

Le agradezco por su amable carta que me causó gran alegría. Naturalmente, la visitaré con mucho gusto, pero no podrá ser antes de noviembre. En octubre, mi esposa tomará vacaciones. Este año se las ha ganado porque hemos tenido y tenemos aún nuestras preocupaciones y porque este año hemos recibido un número extraordinario de visitas y huéspedes. Además, en octubre me espera mucho que hacer en la casa y el jardín y aguardo la llegada de uno de mis hijos. Pero en noviembre, tendré sumo placer en anunciarle mi visita.

  También llevaré conmigo lo que usted desea, mucho espíritu conciliador. Querida señora Markwalder, en su carta dice algo que no es exacto: señala que yo habría estado «constantemente entre los enemigos de Alemania». ¿Por qué afirma semejante cosa? ¿Acaso porque a menudo fui un adversario de la política alemana? Pero un pueblo no tiene meramente política, también tiene alma, su cultura, su paisaje, su idioma, su historia y sus recuerdos, su herencia de espíritu y arte. Desde que vivo, he tenido parte en todo ello con el trabajo de toda mi vida, como escritor y como crítico. Desde hace muchos años la mitad de mi labor ha consistido en responder y leer las cartas que recibo de Alemania, en su mayoría de gente joven que viene a mí con sus aflicciones, sus esperanzas, ideales y dudas. Quisiera no haber hecho todo este trabajo a menudo muy gravoso y lleno de responsabilidad, para ser visto a la postre como un «enemigo de Alemania». Las cosas no son así. Y si alguna vez desapruebo —como usted misma también lo hace— los actos de insólita crueldad y demencia del régimen actual (tal como lo hice en épocas del emperador, antes de la guerra), mi conducta no debe adscribirse a hostilidad sino a amor. Un pueblo no tiene pensadores, poetas y literatos sólo para que lo alaben y lo estimulen en todos sus caprichos y sus vicios. Esa sería una interpretación errónea de nuestra misión. En resumen, en mí no hallará a un germanófobo

A Wilhelm Gundert, Tokio

  11 de febrero de 1934

  … He optado por el silencio y una posición neutral respecto a los acontecimientos políticos del año. Desde hace veintidós años vivo en Suiza, soy ciudadano suizo y como tal no alimento un gran nacionalismo. Probablemente estés en lo cierto cuando expresas que en estos tiempos es menester «estar junto a su pueblo», pero hay muchas maneras de hacerlo. Uniéndose al vocerío durante los grandes alborotos, aportando nuestro odio en las persecuciones contra los judíos y los intelectuales, contra el cristianismo y la humanidad, se presta muy poco servicio al pueblo. Para «el pueblo» las «grandes épocas» son siempre las del odio y la disposición para la guerra. Nosotros, los intelectuales, debemos callar en tanto sea posible, aun cuando con tal actitud no nos hagamos querer y debemos estar junto al pueblo, no en favor de sus pasiones, rudezas e iniquidades.

  En el ínterin, tal vez hayas recibido mi poesía «Credo». Es una confesión de fe en una formulación bastante aguda, bien alejada del «cristianismo alemán» de estos días que desconoce el primado del espíritu, porque está ebrio de creencias «raciales»…

Al señor S. Hohenberg (Sajonia)

  Mediados de febrero de 1934

  … Temo que aún no se ha llegado al nivel más bajo y que el arte y la literatura habrán de pasar hambre aun durante un tiempo. Sin embargo, esto no impide que hagamos fecundos los sufrimientos que de ello emanarán y que nos reservemos y ofrendamos al futuro. Aparentemente, también nos queda abierto el otro camino: pasar por alto el momento trágico y perdernos de alguna manera en la masa. ¿Pero nos estará realmente abierto, y nuestra renuncia a él será realmente nuestra proeza y nuestra virtud? Presumiblemente, cada uno de nosotros recorre su camino mucho menos libre de lo que a él le parece. Por esta razón es bueno para los señalados saber de camaradas y sentirse incluido en las filas de los creadores y sufrientes que marchan por la historia del mundo.

  Esta es nuestra comunidad de los santos, forman parte de ella tanto el pobre Villon y el pobre Verlaine como Mozart, Pascal y Nietzsche. Ya no sé más qué decir por hoy…

A la señora Johanna G., Cernauti

  Mediados de febrero de 1934

  Querida doctora G.:

  Agradezco su carta. Conozco a Buber a medias y apenas he tenido contacto personal con él. Si lo cuento entre los judíos que están en una relación muy próxima, estrecha y fatal respecto a Alemania, lo hago por buenas razones: Buber pasó por la escuela rabina y también por la escuela filosófica alemana (al menos una de ellas: Simmel). Además, se casó con una alemana, publica desde hace decenios sus obras en Alemania y last not least escribe un alemán mejor que el de la mayoría de los alemanes.

  El «judío alemán» al cual se refiere en su carta, o sea el judío sin tradiciones ni religión, el judío que se acomoda a los negocios y a la cultura, que quiso saber tan poco de la Biblia y del Talmud como de sus hermanos del este más pobres y amenazados, este «judío alemán» me da lástima porque está en una situación difícil, pero no me interesa para nada. Lo compadezco, pero lo considero un fenómeno transitorio de corta duración. Se da desde fines del siglo XVIII y pronto asistiremos a su decadencia, porque los judíos alemanes que sobrevivan deberán volver de alguna manera al judaísmo, ya sea al ghetto alemán o al judaísmo político y rumbo a

Palestina o bien al genuino, eterno judaísmo espiritual de la Biblia y del Talmud. Este camino está abierto a todo judío aun en medio de la miseria y la persecución. Al hacer referencia a Buber, mi propósito era señalarle ese camino, nada más.

  Sé bien cuán penoso es perder la patria, pero de estos padecimientos pueden surgir cosas buenas, tal como las engendró Buber, el judío del este, objeto de las burlas y las sospechas en medio de sus hermanos alemanes que no lo entendieron ni valoraron. Si las actuales persecuciones de los judíos tienen algún sentido, es éste: señalar a los más valiosos entre los judíos lo indestructible, lo espiritual y divino de su origen y de este modo servir al espíritu, aquí en la tierra. Los judíos alemanes mediocres, bien adaptados del pasado cercano, eran gente agradable y culta, pero no sabían nada de la miseria, tampoco de la espiritual y por esta razón no fueron realmente fecundos espiritualmente. A través de la actual aflicción alguno puede llegar a serlo. Recordarlo era la intención de mis líneas acerca de los libros judíos.

 

  A un estudiante de teología

  17 de marzo de 1934

Estimado señor:

  En su calidad de teólogo no está bien debatirse en la incertidumbre acerca de dónde se encuentran los valores y dónde buscar consuelo. Y tampoco está bien que espere de mí que a través de una apología de mí mismo le ayude a no serme infiel. Es mejor que sea infiel, recorra el camino de la época del espíritu al poder, de la fe en el espíritu a la fe en los cañones y tenga la plena certeza de que ninguno de todos los buenos espíritus del pasado aprobará su camino. Es más fácil transitar por él que por el nuestro, se puede lograr sin el «cansancio» que le molesta en mí y que se remonta a algunos decenios de luchar por el espíritu contra el poder brutal. Vivía en Gotinga un estudiante de teología, el señor Adolf B., autor de poesías muy bellas. Si lo conoce salúdelo de mi parte y hable con él, pues yo no puedo darle lo que usted desea.

 

  A Max Machhausen, Colonia-Ehrenfeld

  Junio de 1934

  Distinguido señor Machhausen:

  Agradezco su carta. Me ha complacido y creo comprender su origen…

Usted habla de Scheler y de Ball. A Scheler lo conozco apenas de oídas, no he leído ninguno de sus últimos escritos, pero guardo de él un pequeño recuerdo personal. Durante la guerra, en 1915 o 1916, estuvo en Berna y vino a visitarme dos veces. Por su persona no me resultó antipático, pero advertí en sus manifestaciones un alto grado de nacionalismo. Al comenzar la guerra escribió también un libro en el cual glorifica el nacionalismo. La obra tenía sus dosis de fascinación, y en aquel entonces, por el año 1916, encontró en mí enconada oposición.

  Hugo Ball también vivió cierto tiempo cerca de mí, en Berna, durante la guerra, pero sin que supiera de él ni conociera su nombre. Formaba parte de un pequeño círculo radical de antibelicistas, y si bien conocía mi nombre no me consideraba entonces sino un ridículo novelista sentimental y burgués. Mas tarde a partir de 1919 aprendimos a conocernos mejor. Ambos habíamos llegado a Ticino en calidad de fugitivos después de una existencia más o menos malograda. Fue mi amigo y durante varios años mi contacto más cercano. Nuestra amistad nos unió más y más hasta su muerte. Su sepultura está cerca de mi casa, su viuda aun mantiene conmigo vínculos amistosos. Ball contribuyó mucho a mi conocimiento del pensamiento católico y yo le transmití algo de la sabiduría india y china. En sus últimos años fue un católico ortodoxo y aun cuando lo contradecía a menudo y no ocultaba mi escasa simpatía por el clero, me cautivó en particular y conquistó mi corazón por su disposición a ofrecer el sacrificio del intelecto, por su intento heroico de realizarlo y porque la realización del ideal romano en la vida privada se le antojaba más importante y sagrado que todo edificio ideológico. Eran todos herejes quienes le acompañaron hasta su última morada y yo también caminé tras su ataúd con un largo cirio bajo la lluvia, en medio de la tempestad, hasta la iglesia de San Abbondio.

  La lectura de su carta hizo que este recuerdo aflorara en mí. Es joven y para usted aquello que busca se le presenta como «nuevo», vivir una nueva manera, una nueva especie de espiritualidad y humanidad, pero para

mí, que me encuentro en la senectud, lo «nuevo» carece de hechizo y no obstante creo que lo que usted anhela es lo mismo que anhelo yo, pues la meta de todos los sueños e ímpetus del hombre siempre es nueva. La elevación del hombre está siempre y por doquier en contraposición a lo acostumbrado, a lo profano, a lo rutinario. Los jóvenes y los creyentes siempre consideran fariseos a aquellos que pertenecen a órdenes y credos ordenados y de formulaciones acabadas. Y así creo también que la selecta minoría y óptima fuerza vital del Cristianismo siempre se encuentra en aquellos para quienes lo formulado amenaza perder sabor. Creo asimismo que los anhelados «nuevos» órdenes sólo son los viejos, y que las viejas formulaciones recuperan su hechizo actual en la medida en que el buscador está dispuesto a admitir la fórmula como símbolo.

  Si alguna vez visitara el Mediodía y tuviera contacto con nuestra región quizá podríamos vernos. En estos momentos es casi imposible mantener una disputa por encima de las fronteras. Le deseo todo lo mejor.

 

  Al doctor M. Sp., Charlottenburg

  23 de junio de 1934

  Distinguido doctor:

Le agradezco sus líneas. Me pregunta si no me ha «echado a perder el humor». Le confieso que no había nada que echar a perder. Quien vive en el infierno y vive consciente en él no puede tener buen humor. Por esta razón considero también superfluas las discusiones sobre nuestros puntos de vista. La vida es demasiado breve y muy difícil. Tenemos otros deberes que cumplir.

  Me abstendré de cualquier manifestación sobre cuestiones judías ya sea en pro o en contra. Espero de ello sosiego para usted y para mí un cierto descargo, pues al fin y al cabo yo también soy un ser humano y me asiste en realidad el derecho de todos y cualquiera de sentirme ofendido por los reproches duros e injustos.

  Por lo tanto, le ruego desista de escribirme la carta proyectada. Reconozco a los judíos en conjunto, así como en forma aislada, el derecho absoluto a sus pasiones nacionalistas y en consecuencia, en el futuro me esforzaré para no lesionarlo. Sin embargo, lo que venero, amo y tomo en serio en los judíos como en cualquier otro pueblo no son precisamente las pasiones y las susceptibilidades nacionalistas. Las considero algo natural, algo lógico, pero absolutamente carente de interés. Lo único que me interesa en los hombres es su capacidad de hacer a un lado o sublimar esas pasiones en casos determinados.

  Le doy las gracias por sus amables palabras.

  Su affmo.

 

  A la comisión directiva del PEN Club de Londres

Distinguidos señores:

  Permítanme ustedes orientar vuestro interés hacia un colega alemán, un escritor notable y que en la actualidad está pasando por graves padecimientos, cuyas obras representan un elevado valor humano y literario y a quien —según me han dicho— no han tenido en cuenta hasta ahora a pesar de sus esfuerzos en favor del sacrificio de la crisis alemana. Se trata del escritor y periodista Arthur Holitscher. A partir de Fuente envenenada aparecida por primera vez después de 1900, sus novelas le han conquistado un lugar en la literatura alemana y desde que Holitscher se ha dedicado más y más a los problemas sociales de su época y ha tomado partido por su solución según las ideas comunistas, ha pasado a formar parte de los abogados y defensores de los pobres y de los desamparados. No soy correligionario de él, tampoco su compatriota (por nacimiento Holitscher es húngaro, yo soy suizo) pero sí colega y lector de sus obras desde hace treinta años. Ahora que el propio Holitscher se cuenta entre los pobres y privados de sus derechos, que sus libros han sido prohibidos, confiscada su propiedad y sus herramientas de trabajo y pesa sobre su existencia una seria amenaza, ahora que ya no posee siquiera sus propios libros, ahora creo que debe pertenecer necesariamente a aquellos colegas a quienes les es menester vuestra solidaridad, vuestra camaradería, y son dignos de ellas. Sus libros deben formar parte sin reservas de vuestra Biblioteca de los Emigrantes. El propio Holitscher se cuenta entre aquellas víctimas de la situación política, cuyo conocimiento y protección en la medida de lo posible, sería por cierto vuestro deber.

  Ruego a ustedes sepan disculparme, a mí, un extraño que no pertenece a ninguna organización, ni es siquiera miembro de vuestro club, por haberme permitido estas sugerencias.

  Con toda consideración, vuestro affmo. servidor.

A Otto Basler, Burg (Argovia)

  25 de agosto de 1934

  Estimado señor Basler:

  Sí, en verdad es una lástima no contar con su presencia cuando mi sobrino repasa música conmigo. Podría aprender también de usted. Además es encantador conocer viejas obras y maestros que hasta ahora ignoraba, por ejemplo la música para piano de Froberger y otras más.

  Siempre me causa una gran satisfacción que mis poemas encuentren en usted un lector tan amable e indulgente. Comparto su opinión en cuanto a la relación de mi poesía con la de George, sin embargo no confrontaría los dos tipos diferentes de poesía para darle a uno preferencia exclusiva. Por el contrario, para mí son manifestaciones de tipos antiguos y eternos, antítesis, de las cuales ambas partes están igualmente vivas. George y lo que forma parte de él (forma parte media Alemania de hoy) suponen una posición intencionada, una disciplina, una selección dictada y controlada por la voluntad, mientras que yo pertenezco a la especie que desconfía de la voluntad y de lo querido y busca una armonía entre el espíritu y la naturaleza, entre la voluntad y la gracia. El peligro de los primeros es la soberbia, la dictadura (la dictadura de George en su «círculo» y su pre

tensión de exclusividad como único poeta de la época, fueron precursoras de la otra dictadura alemana y en parte hasta modelos directos). El peligro de la otra especie es la negligencia, subestimar la intención de la forma, carecer de disciplina. Lo valedero no reside en cualquier parte entre ambos tipos sino que está por encima de ellos en el palpitante ir y venir entre los dos polos. Mi interés teórico en la música es muy limitado y no tiene mucho valor pues no soy intérprete. Me interesa el contrapunto, la fuga, la alternación de los modos armónicos pero tras estas cuestiones puramente estéticas, también están vivos con las otras, el verdadero espíritu de la música genuina, su moral. Al respecto los viejos chinos saben y dicen más que nuestros musicólogos. Li Bu We cita entre otras cosas en «Primavera y otoño», cap. 2: «La música perfecta tiene su causa. Nace del equilibrio. El equilibrio nace de lo derecho, lo derecho nace del significado del mundo. Por esta razón sólo es posible hablar de música con alguien que haya reconocido el significado del mundo». Li Bu We ya tenía formado su concepto acerca de Wagner, el cazador de ratas y músico favorito del segundo y más aun del tercer Reich. El chino decía: «cuanto más arrebatadora la música más melancólicos se toman los hombres, más peligrosa se toma la tierra, más hondo cae el príncipe», etcétera, o: «Tal música es por cierto ruidosa, pero se ha apartado de la verdadera música. Por ello esta música no es alegre. Si la música no es alegre el pueblo gruñe y la vida se daña», y «La música de una era bien ordenada es serena y alegre y el gobierno regular. La música de una era inquieta es agitada y furibunda y su gobierno está trastrocado. La música de un estado decadente es sentimental y triste y su gobierno corre peligro».

  Addio, quizá nos veamos en Baden en las postrimerías del otoño. Estoy sobrecargado de huéspedes y visitas. Desde hace largo tiempo ya no me es posible trabajar, salvo la cuota necesaria de cada día. Los dos poemas surgieron como al azar

Al señor H. L., Wiesbaden-Biebrich

  Agosto de 1934

  He recibido su carta, pero la vida es demasiado corta para dilapidarla con tanta charla. Lo considero poco provechoso. Naturalmente, puede usted divertirse a su antojo sobre el poema «Credo» pero me resulta incomprensible que lo pueda concebir como un intento de privar al hombre de su responsabilidad. Presumiblemente, entiende usted por espíritu algo así como inteligencia o algo parecido. Yo, es decir, mi poema, nombra al espíritu «divino» y «eterno», es decir, el poema entiende por espíritu exactamente lo que desde hace tres mil años entendieron todas las cosmovisiones espirituales: la sustancia divina. Es divina, pero no es Dios, si bien hay religiones que lo toman así. Que nuestra existencia es trágica pero santa no le quita responsabilidad al que así cree. Tampoco puedo ver por qué mi fe debe estar en contradicción con «Crisis» u otros de mis escritos. Ningún ser humano conserva su fe todos los días y a cada hora con la misma pureza y vigor, con los que quizá la formuló en una hora benigna. Y la fe en el espíritu y en la determinación del hombre por el espíritu de manera alguna excluye la tristeza y la desesperación de la vida física (acerca de las cuales trata «Crisis»). Si en la actualidad los

conceptos no estuvieran tan embrollados y si la práctica no extrajera cada día deducciones demoníacas y mortales de esta confusión, quizá nunca hubiera sentido el apremio de formular mi fe tal como lo hace ese poema…





Será mejor que formule para usted su propia creencia. ¡Verá entonces cuán difícil y llena de responsabilidad se toma cada palabra! Y luego, busque vivir su fe. A un joven alemán de hoy no le faltarán pruebas difíciles.

 

  Al profesor Toshihiko Katayama, Toki


Agosto de 1934

  Estimado colega:

  Su amable carta me ha sido muy grata y le agradezco cordialmente por ella y por los dos cuadernos, el ensayo sobre «Lauscher» y su bello poema solar dedicado a la muerte.

  Lo que manifiesta acerca de su ensayo sobre «Lauscher» me resulta comprensible. En el curso de mi vida han aparecido y se hicieron conscientes las dos almas bajo distintos nombres e imágenes. También la antinomia apolíneo-dionisíaco formó parte de mi vocabulario durante un período de mi juventud. Más tarde, me acostumbré a mirar e interpretar a las «dos almas» más como polos entre los cuales el ir y venir de las corrientes y tensiones puede suponer lucha y dolor, si bien siempre significa vida.

  Si consigue hallar en Tokio el «Neue Rundschau» berlinés, encontrará en el número de mayo de 1934 un cuento mío en el cual podrá apreciar aquello a lo cual estoy abocado desde hace algunos años, pues es un fragmento de una obra mayor con la que mis ideas juegan desde hace varios años.

  A menudo me ha causado sumo agrado el interés de los japoneses por la literatura alemana. Hace algunos años me vino a ver un profesor nipón que estudió en Europa durante cierto tiempo. Visitó en Alemania las ciudades natales y los lugares donde transcurrieron las vidas de Goethe, Heine y otros. También había estado en mi ciudad natal y vino a Montagnola para hacérmelo saber. En Alemania sólo quedan unos pocos capaces de hacer esto, o un ensayo como el suyo sobre Lauscher. Cuando hace un año apareció la nueva edición del olvidado Lauscher, la prensa de Alemania casi no lo tomó en cuenta. Este viejo libro les pareció «polvoriento y romántico». La crítica alemana en su totalidad rehusó dedicarle mayor atención

Naturalmente, ahora sé que en su pueblo, en Japón, la gente no se dedica tan sólo a traducir a Goethe y componer bellos poemas. Como durante toda mi vida he sido un enamorado del Oriente, me alegra que al menos uno de los pueblos orientales sepa algo de mí, tenga una relación conmigo y dado que a la distancia todo se vislumbra hermoso, su Japón se me antoja muy apacible y espiritual a pesar de todos los actuales argumentos en contra.

  Por cierto, a nosotros tampoco nos falta espiritualidad, pero sí la concentración en el sentido de la contemplación. Con excepción de una pequeña minoría selecta de católicos, el europeo de hoy casi no conoce la postura estática, contemplativa y reverente dedicada a un tema, mientras entre vosotros, ya a partir del budismo, existe una mayor tradición en este sentido.

  Pero sea como fuere, habremos de alegramos porque a pesar de las pasiones y la brutalidad del infantil mundo político, en todos los pueblos existen hermanos de nuestra reducida orden que no se empeñan en hacer historia y conquistar sino que anhelan pensar, contemplar y hacer música. En esto somos hermanos y colegas y trataremos de tocar nuestras flautas y nuestros violines con el virtuosismo y todo el esmero que nos sea posible.

  Mis cordiales saludos, también para W. Gundert.

 

  Al doctor Wilhelm Stämpfli, Berna

25 de setiembre de 1934

  Estimado doctor Stämpfli:

  Me pregunta usted cómo imagino mi vida si hubiera sido impresor. Bien, no creo que entonces hubiera sido diferente en sentido alguno a lo que soy actualmente. Tampoco hubiese hecho uso exclusivo del aparato de la imprenta para mis propias obras. Antes bien, hubiera sacado de tanto en tanto copias de las palabras importantes con las que tropezara y se las hubiera mandado a una docena de amigos y conocidos o más, cual semillas de las cuales muchas se pierden, pero algunas pueden llegar a germinar. Por ejemplo, hace tiempo hubiera compuesto un bello pliego con los textos que se encuentran en las obras de los antiguos chinos sobre la música y sus leyes. En compensación he extractado las sentencias más importantes de «Primavera» de Li Bu We sobre la música y las incorporaré en el prólogo de mi próximo libro, que recientemente he concebido en su cuarta versión, muy modificada…

 

  Al doctor C. G. Jung, Küsnacht

  Setiembre de 1934

Distinguido doctor Jung:

  Le agradezco su carta que me ha llenado de alegría. «La mirada observadora» de la que habla usted no tiene mayores méritos. En general me inclino menos a distinguir y analizar y más a ver en conjunto, a tender a la armonía.

  Lo que menciona usted sobre la sublimación, da realmente en el centro de nuestro problema y deja explícito lo distintivo entre su concepción y la mía. Comienza con la confusión lingüística tan común en nuestros días, que hace que cada cual emplee de manera diferente toda denominación. Así, usted reserva la palabra sublimatio a la química, mientras que Freud le da otro significado, a su vez diferente del mío. Tal vez, sublimatio sea de hecho un producto lingüístico de la química. Lo ignoro. Pero sublimis (y también el verbo sublimare) no pertenecen a un lenguaje esotérico, sino al latín clásico.

  Pero sobre el particular nos pondríamos rápidamente de acuerdo. En esta ocasión hay algo real detrás de la cuestión idiomática. Comparto y apruebo la concepción freudiana de sublimación. Tampoco defendí contra usted la sublimación de Freud, sino el concepto en sí. Es para mí un concepto importante en todo el problema cultural. Y aquí nuestras opiniones difieren. Para usted, el médico, la sublimación es algo volitivo, transferencia de una pulsión a una zona impropia de la aplicación. Para mí, sublimación es también en última instancia «represión», pero yo empleo esta palabra altisonante sólo donde me parece permitido hablar de represión «lograda», o sea de la repercusión de una pulsión en una zona impropia, pero de elevada jerarquía cultural, como por ejemplo el arte. Considero, por ejemplo, la historia de la música clásica, como la historia de una técnica de expresión y actitud, en la cual series y generaciones enteras de maestros, casi siempre sin sospecharlo siquiera, transfirieron pulsiones a una zona, que por esto, por este auténtico «sacrificio» llegó a una perfección, a una tradición clásica. Este clasicismo se me antoja digno de cualquier sacrificio y si por ejemplo, la música clásica europea ha

devorado en la rápida trayectoria de su perfección desde 1500 al siglo XVIII a sus maestros, más servidores que víctimas, irradia por ello desde entonces ininterrumpidamente luz, consuelo, valor, alegría. Sin que ellos lo supieran realmente, fue, para miles de individuos, una escuela de sabiduría, heroísmo del arte de vivir y lo será aún por mucho tiempo.

  Y cuando un hombre de talento fomenta estas cosas con una parte de sus instintos, juzgo su existencia y su obra de máximo valor, aun cuando como individuo sea un caso patológico. Así pues, lo que me parece ilícito durante un psicoanálisis: el desviar hacia una sublimación aparente, lo considero permitido, más aun altamente valioso y deseable allí donde da resultado, donde el sacrificio da frutos.

  Por esto es tan delicado y peligroso el psicoanálisis para el artista, porque a quien lo toma en serio puede negarle de por vida toda manifestación artística. Si ocurre esto con un diletante, está bien, pero si aconteciera con un Handel o un Bach, preferiría que no existiera el análisis y conserváramos en cambio a Bach.

  Dentro de nuestra categoría, dentro del arte, nosotros los artistas realizamos una verdadera sublimación y no por voluntad o ambición, sino por merced, sólo que naturalmente no se hace alusión al «artista», tal como lo concibe el pueblo y el diletante, sino es víctima el artista servidor y Don Quijote que está aún dentro del caballero trastornado.

  Bien, deseo poner fin a esta misiva. Yo no soy analista ni crítico. Si por ejemplo le echa un vistazo al artículo bibliográfico que le he enviado, descubrirá que muy rara vez y como al pasar me expido críticamente, y jamás enjuicio, es decir aparto todo libro que no he podido tomar en serio y apreciar sin emitir jamás una opinión sobre él.

  En su caso, siempre he tenido instintivamente la de que su verdadera fe es auténtica, es un enigma. Su carta me lo confirma y ello me satisface. Para su enigma dispone usted del símil de la química, así como yo tengo pa

ra la mía, el símil de la música y no una música cualquiera, sino más bien la clásica. En Li Bu We, capítulo 2, todo lo que se puede decir al respecto está formulado con curiosa precisión. Desde hace años estoy tejiendo con muchos impedimentos internos y externos un hilo ilusorio que me acerque a este símil de la música y espero tener la oportunidad de poder mostrarle y presentarle algo de esto.

 

  Al señor A. B., Gotinga

  Octubre-noviembre de 1934

  … Su carta me aflige, y no me parece casual que haya sido escrita por un teólogo, precisamente después de su examen. Está dominada de manera tan absoluta por la razón y por la desesperación que dimana de la razón, que su autor parece estar en el lugar exacto donde el conocimiento y la experiencia de sí mismo se encuentra en su extremo según todos los grandes teólogos, principalmente San Agustín, y donde toca morir o no moverse hasta que ocurra el milagro y se prepare la redención.

  Podría objetar que tal vez esa no fue la mejor teología que usted estudió y que lo condujo meramente al yo hasta la desesperación y a echar una mirada a la tragedia del mundo, mientras que el verdadero contenido de la

Hermann Hesse Cartas escogidas 05

na, y aun cuando he tratado de dar consejo a millares de personas en cartas e indicaciones, nunca lo hice como conductor, sino siempre como compañero de sufrimientos, como hermano algo mayor.

  Temo mucho que no nos entendamos y bien quisiera poder convencerlo, no del valor ni de la categoría de mis ideas y de mi posición, sino de la necesidad, de la inevitabilidad de mi situación. Los que se vuelven a mí, los que buscan en mí «sabiduría» son, casi sin excepción, personas a las que no pudo ayudar ningún credo tradicional. A muchos de ellos los orienté hacia los antiguos sabios y sus doctrinas. También les recomendé con insistencia los escritos de algunos destacados católicos contemporáneos. Pero la mayoría de mis lectores se me parece precisamente en su necesidad de venerar a un dios velado. Quizá sólo sean los enfermos, los neuróticos, los insociables quienes se sienten atraídos a mí y a mi obra; quizá el único consuelo que algunos de ellos encuentran en mí no sea sino el de redescubrir sus propias flaquezas y miserias en mí, un hombre de prestigio. No es de mi incumbencia «decidirme» por un apostolado como usted demanda, sino realizar en el lugar que me ha señalado el destino todo cuanto me sea posible. Forma parte de ello entre algunas otras cosas no dar o prometer más de lo que tengo. Sufro bajo la miseria de nuestra época, pero no me considero llamado a guiar a los demás para escapar de ella, estoy dispuesto a recorrerla como a través de un infierno con la esperanza de hallar en el más allá una nueva inocencia y una vida más digna. Pero no estoy en condiciones de entregar ese más allá por un ahora y un aquí. Por esta razón, no creo que mi vida carezca de sentido, que no me guíe una misión. El perseverar en medio del caos, el poder esperar, la humildad ante la vida, aun cuando alarme por una aparente falta de sentido, también son virtudes sobre todo en una época en que son tan corrientes las nuevas elucidaciones de la historia universal, las nuevas orientaciones de la vida, los nuevos programas de todo orden.

  Creo por cierto, más aun, tengo la plena certeza de que un crecido número de aquellos que se interesaron por mis obras durante un cierto tiempo y para quienes fueron un estímulo, más tarde nos tuvieron que aban
donar a ellas y a mí para no confundirse. Otros acuden a llenar el vacío dejado por los primeros y yo les ayudo a recorrer un tramo del camino a la hominización. Anhelo para los otros que sigan avanzando, que busquen y encuentren compañeros más fuertes que yo, que se aventuren por senderos más arriesgados. Yo debo quedarme en el mío por dudoso que pueda parecerme a mí y a otros en estos momentos.

 

  A un adolescente

  1932

  … Es usted un joven que inquiere por sus deberes y sí le asiste el derecho de preocuparse por su propia persona en lugar de hacerlo por el bien común y la patria.

  En contraposición a todas las tendencias actuales puedo contestar a su pregunta con harta exactitud:

  Su deber es convertirse en una persona, en un individuo tan útil, bueno y seguro de sus aptitudes como sea posible. Su deber es desarrollar una personalidad y un carácter, nada más. Cuando lo haya logrado en la medida de sus posibilidades y lo que le está señalado, vendrán por sí solos los cometidos en cuyo cumplimiento podrá aquilatarse, a los cuales podrá dedicar todos sus afanes
En la actualidad, se ha hecho costumbre en Alemania que los muchachos que aún no se han convertido en hombres, que ni siquiera saben leer aún, se pongan una chaqueta y una gorra, se declaren miembros de un partido y enseguida participen en la vida pública. Gritan y tiran abajo a su patria, hacen de sí mismos y de su pueblo objeto de la burla del mundo. Cada uno de ellos es un delincuente estatal, pues ha eludido y traicionado el deber de ser alguien, de aprender algo, de convertirse en hombre y aprender a pensar en forma independiente, para correr prematuramente y con altanería tras cometidos que no le incumben.

  La Alemania de 1950 será conducida por el puñado de hombres que hoy son aún adolescentes, que no participan en este fraude, sino que están desarrollando su personalidad calladamente.

  Ya he dicho demasiado. Medite sobre estas cosas. Pero no se le ocurra iniciar un intercambio epistolar. Yo no podría mantenerlo, ni decirle más de lo que hoy le digo.

 

  A la señora E. L., Stuttgart

  1932
… Sólo le contestaré en pocas palabras, tanto más cuanto que en varias de mis obras he escrito a menudo sobre el mismo tema. Me es imposible repetirlo a cada lector individualmente. Así pues, veo la cuestión de este modo:

  Si va a votar hoy en Alemania, me tiene sin cuidado y si yo tuviera que votar renunciaría a ese derecho. Ni los hombres ni los partidos se merecen que la nación se desangre por ellos. Alemania ha omitido reconocer su enorme complicidad en la guerra mundial y en la situación actual de Europa. No lo ha confesado (sin negar por ello que también «los enemigos» tienen bastante culpa), ha omitido emprender en sí misma una depuración moral y una renovación de la conciencia (como aconteció en Francia durante el proceso Dreyfus).

  Alemania utilizó el duro e injusto tratado de paz para excusarse ante el mundo y ante sí misma de toda culpa. En lugar de admitir dónde estuvieron sus yerros y pecados, y enmendarlos, fanfarronea como lo hizo en 1914 acerca de la inmerecida posición de paria que debió adoptar y echa a otros la culpa de todos los males, ya sea a los franceses, a los comunistas, o a los judíos…

  … En mi opinión aquellos que creen compartir la responsabilidad por el espíritu de Alemania tienen que señalar una y otra vez a su pueblo el daño causado por ese cáncer y alejarse por completo de la política actual. Por su parte, los otros alemanes podrían ayudar a su pueblo si aspiraran en su trabajo y en su ideología a una mayor corrección y responsabilidad en lugar de matarse a golpes entre sí y jugar a los bandidos los domingos.

  Ya es suficiente, la cosa es muy sencilla. No es menester que sigamos chapuceando a cualquier precio y tratando de componer a la falaz república. Nosotros, los pocos individuos pensantes, tenemos una misión harto clara: la de no participar en el engaño y combatirlo, abogar por la sinceridad y la verdad y por lo pronto boicotear tranquilamente la política. Todo el aparato político actual del Reich debe ser desbaratado…

Al señor Adolf B., Berlín

  Hacia 1932

  El anhelo de «felicidad» de los brutos y de los tontos quizá no sea un estigma de los elegidos. Quizá, todo individuo sienta envidia —aun cuando no todos en forma igualmente consciente— de la felicidad de aquel a quien ve un escalón más abajo o más arriba que él. Quizá toda vida envidie a la otra y a toda vida le parezca su propio destino más pesado que cualquier otro. Lo ignoro, pero podría ser. Los dolores de aquel capaz de envidiar a una turba de organizados, ebrios de nacionalismo por su tonta felicidad me parece mucho más deseable que las convulsiones de un hitlerista que por momentos se estremece debido a la borrachera partidista, percibe el empireuma y se siente como un puerco, pues sospecho que esto es posible.

  Pero no me propongo inclinarlo hacia una determinada fracción. Usted pertenece —lo advierto— a los «elegidos», o sea a los individuos a los que está permitido o impuesto dar a sus vidas un significado superior que el de la felicidad. Que esté satisfecho o desesperado por ello, no altera la situación. Nunca más se librará, escuchará la voz una y otra vez, le resultará difícil no obedecerla y no lo hará feliz.

Su vivencia de la muerte es la misma que experimentó el joven Buda. El espectáculo de la enfermedad, la vejez y la muerte fue lo que llevó en primer lugar al gallardo príncipe Buda al camino que durante algunos años estuvo tan lleno de tormento y luego se tornó luminoso bajo el árbol bo.

  Su carta evocó en mí otro recuerdo literario. Me hizo pensar en ciertas sentencias de Christoph Schrempf, un auténtico sabio a pesar de su exterior prosaico, y logró encontrar dos de estas sentencias. Figuran en su libro «Del público enigma de la vida».

  La primera trata de la «vivencia demoníaca», o sea de la vivencia del ser despertado o llamado, y dice así:

  «La vivencia demoníaca no es placer ni dolor; está más allá del placer y del dolor. Es agradable por cuanto todo dolor se pierde en ella; es espantosa por cuanto todo placer desaparece en ella. Es experimentar la vida con el horror de la muerte».

  La segunda, inserta en el mismo libro, reza:

  «Cuando me molestan con el maldito deber de ser feliz, puedo vivir de manera completamente aceptable».

  Quizá estas frases tengan algún valor para usted. Si no es así, fue valioso para mí recordarlas.

 

  Al señor A. St., Jugendburg Freusburg, Sauerland

  Hacia 1932

… Deseo un buen logro para su bello plan, pero no puedo contribuir a él con nada serio. Yo no formo parte de los «conductores» y está lejos de mí todo anhelo de influir o enseñar. Que no obstante mucho me ate a la juventud alemana y que aquí y allá perciba en ella un eco es para mí más que un bello regalo.

  Con Romain Rolland, a quien usted menciona, tengo amistad desde el año 1914, época en que me descubrió accidentalmente como correligionario. He intercambiado con él varias cartas y nos hemos encontrado repetidas veces, últimamente en mi lugar de residencia: Montagnola, cerca de Lugano.

  Lo que quise manifestar al referirme a Rolland y lo que nos separa a ambos de la pluralidad de la juventud alemana, es nuestro total apartamiento de todo nacionalismo al cual hemos reconocido durante los años de guerra como un sentimentalismo retrógrado y uno de los mayores peligros del mundo actual. El país en el cual las tres cuartas partes de la juventud presta juramento a Hitler y a sus frases insensatas nos es prácticamente inaccesible para una influencia directa, si bien el tiempo puede traer cambios. Así como Rolland vuelve su antinacionalismo sobre todo contra sus conciudadanos franceses, por los cuales se siente obligado a compartir responsabilidades, del mismo modo siento yo particular aversión y hostilidad respecto a la actual forma alemana de nacionalismo. El mentir negando toda culpabilidad en la guerra, el imputar toda responsabilidad por la situación de Alemania a los «enemigos» y a Versalles, crea a mi juicio en ese país una atmósfera de estupidez política, mendacidad e inmadurez que mucho contribuirá al surgimiento de una futura guerra.

  Sin embargo, no vislumbro posibilidad alguna para una intervención directa. A medida que me veo precisado a aprender a ahorrar mi tiempo y mis fuerzas, debo volcarme en forma más reconcentrada en el tipo de trabajo que siento como aquel al cual estoy destinado y que es en realidad un trabajo puramente artístico. Conservarse austero y escribir un buen alemán en medio de la degeneración de nuestra lengua y de nuestra literatura

destacar constantemente los principios de una sencilla humanidad y realizar en medio de los programas de lemas mi propia labor con la mayor responsabilidad y perfección posible, éste es mi único programa.

  Muestre de esta carta mía a sus jóvenes amigos aquello que considere apropiado. Y reciba mi gratitud por su saludo y su viva. Me han llenado de alegría. No me ha sido dado ser adalid y dirigir la palabra a las multitudes, yo siempre le hablo al individuo y a su conciencia. A la juventud quisiera decirle: Madurad y sed conscientes de vuestra responsabilidad antes de preocuparos por el mundo y su transformación. Cuantos más individuos haya capaces de contemplar el teatro del mundo con serenidad y crítica, menor será el riesgo de las grandes estupideces de la masa, sobre todo la guerra.

 

  A Gottfried Bermann, Chantarella, St. Moritz

  28 de enero de 1933

  … Nada más puedo decirte acerca de lo que se quiso significar con El juego de abalorios de lo que tú ya sabes ahora a través del prólogo y quizá esto además: simplemente tengo pensado escribir la historia de un maestro en el juego de abalorios, su nombre es Knecht y su vida transcurre alrededor de la época en que concluye el pró

logo. No sé nada más. Tuve necesidad de crear una atmósfera depurada. Esta vez no fui al pasado o a lo fabuloso secular, sino edifiqué la ficción en un futuro fechado. La cultura mundana de esa época será la misma que la de la actual, en cambio habrá allí una cultura intelectual en la que valdrá la pena vivir y ser su siervo. Este es el ideal que quisiera pintar. Pero no hablemos más sobre el particular, de lo contrario mataremos el germen. No hubiera debido comunicar nada al respecto, pero no me arrepiento, pues me interesaba que tuvieras una noción de mi estilo de vida y de mi hacer, de la latente productividad o como se lo quiera llamar. Dicho en buen alemán y en forma lacónica: en el fondo me avergüenzo por mi prolongada infecundidad y quise mostrarte que al menos había algo tras ella.

  Será imposible mandar una copia a Fischer, como propones, porque no la hay. Tan sólo existe un único ejemplar, el que tú leíste y el original que está en mi poder y seguramente no conservará su forma actual. En ese prólogo sólo está delineado el terreno y se obliga al lector a dejar a un lado el libro e introducirse en la atmósfera limpia pero enrarecida en la que se desarrolla.

  Se han agregado al borrador del prólogo algunos detalles, así como la locución en latín del epígrafe, que naturalmente en una ficción (encontré al hombre que tradujo en una bella versión latina, de perfecto estilo, el epígrafe inventado por mí, como salido del magín de un autor ficticio. Este hombre es un viejo compañero de escuela y en 1890 ambos fuimos los mejores latinistas del colegio con un latín digno de encomio, pero en la actualidad sólo él domina esa lengua. Yo la he olvidado en sus nueve décimas partes).

A la editorial S. Fischer Verlag, Berlín

  En respuesta a una consulta acerca de si en el texto: «… der Besucher aber blieb stehen, sah zu und räusperte sich wie ein Redner, ohne doch etwas Deutsches herauszubringen» («… pero el visitante se detuvo, miró y carraspeó como un orador, pero sin lograr balbucear algo en alemán»), no debía ir la palabra «deutliches» (claro) en lugar de «Deutsches» (alemán).

  30 de enero de 1933

  Apreciados señores:

  A pesar de todo quisiera dejar la palabra Deutsches. En Suabia, el pueblo emplea constantemente deutsch y deutlich como sinónimos, con más frecuencia en el giro Sprich deutsch (Habla claro) usado cuando alguien habla alemán pero de una manera sinuosa y confusa. Esas muchas y bellas exquisiteces idiomáticas de la lengua viva se están yendo al diablo, hoy con más rapidez que nunca. Nuestros nietos ya no podrán hablar alemán. Pero trataremos de guardar en nuestros libros algún restito, aun cuando a veces no sean entendidos del todo.

 

  Al señor H. Sch., Pohle en Oberlausitz

Fines de enero de 1933

  … Considero que el verdadero efecto que un escritor ha de lograr en sus lectores es que un pequeño número de ellos se encariñen con sus libros durante cierto tiempo, luego los hagan a un lado, pero se lleven consigo un cambio, un afianzamiento, un aclaramiento de sus vidas y de su carácter. Por el contrario, en mi caso el efecto es que cientos de lectores descarguen en mí su crítica negativa o su aprobación, en la idea que yo debería responder agradecido por la exhaustiva atención que me dedican y por añadidura escribir miles de cartas…

  … Llévese de El lobo estepario aquello que no sea crítica y problemática de la época, a saber la creencia en el sentido, en la inmortalidad. En Viaje al Oriente son los amantes y los sirvientes. Es lo mismo. Cuanto menos puedo creer en nuestro tiempo, cuanto más envilecida y árida estimo a la humanidad, menos confronto esta decadencia con la Revolución y más creo en la magia del amor. Callar en una cosa acerca de la cual todos rumorean ya es algo. Sonreír sin animosidad acerca de las personas e instituciones, combatir el déficit de amor en el mundo mediante un superávit de amor en lo pequeño y privado, a través de acrecentada lealtad en el trabajo, a través de mayor paciencia, a través de la renuncia a una venganza barata contra la burla y la crítica: estos son diversos caminos que se puede recorrer. Me alegro de que en El lobo estepario ya hubiera escrito: «El mundo jamás fue un paraíso». No fue bueno antes y ahora se ha convertido en un infierno. Siempre y en todo momento ha sido imperfecto y sucio y para ser soportable y valioso necesita del amor, de la fe

Al señor M. K., Düsseldorf

  Enero de 1933

  … En su última carta olvidó por completo lo que en realidad le impulsó a escribirme la primera vez y aquello a lo cual reaccioné en mis dos contestaciones. Fue su pregunta, acerca de si en El lobo estepario yo había intentado decir algo en serio o si simplemente proponía un placentero aletargarse en la embriaguez del opio. Ha significado para mi una enorme decepción no haber logrado hacer entender a través de mis libros y de mi vida que hablo en serio. Por ejemplo, me entero por su última carta que también conoce el Siddharta. En consecuencia, al leer El lobo estepario su impresión debió ser: este individuo, el que escribió Siddharta, dice ahora notoriamente lo contrario.

  Dado que con su pregunta sobre el «teatro mágico» ha puesto en duda toda la seriedad de la vida y de las acciones, por la cual he cruzado por más de un infierno, puse en mis respuestas un acento de burla en relación con su declaración respecto a la seriedad con que usted toma su propio buscar y pensar. También en su última carta vuelve a destacar con énfasis cuán incondicionalmente su generación (o la minoría a la cual pertenece) «exige» que se tome en serio su búsqueda

Según mi punto de vista esto no tiene sentido. Yo tomo en serio la búsqueda de todo individuo, simplemente como hecho vital, le tengo a todo individuo un respeto incondicional en tanto no se me muestre carente de valor. Llegué a ser tan ingenuo como para presuponer como lógico lo mismo para mí y para mi trabajo, a saber que el lector no me haga a un lado ni tampoco me brinde tanta confianza como para atreverse a creer que es algo serio para mí.

  Pero esta brecha entre usted y mi persona también es achacable a las edades. Para usted, para los jóvenes, su propio ser, su buscar y padecer tienen con derecho esa gran importancia. Para quien ya es viejo la búsqueda habrá sido un camino equivocado y la vida un fracaso si no ha hallado nada objetivo, nada que se mantenga de pie por encima de sus preocupaciones, nada absoluto o divino que venerar, a cuyo servicio ponerse y cuyo servicio sea lo único que dará sentido a su vida.

  Por consiguiente: tomo incondicionalmente en serio su búsqueda y su sufrir, y deseo de todo corazón que el resultado de su búsqueda pruebe alguna vez ser parecido al de la mía; no en las formas e imágenes a través de las cuales se expresa, sino en el finalidad y la valoración para su propia vida.

  La necesidad de la juventud es poder tomarse en serio a si misma. La necesidad de la vejez es poder sacrificarse a sí misma, porque, por encima de ella hay algo que toma en serio. No me gusta formular sentencias, pero creo firmemente que entre estos dos polos debe transcurrir y desarrollarse una vida espiritual. Pues la misión, el anhelo y el deber de la juventud es el devenir, y la misión del hombre maduro es el deshacerse de sí, dejar de ser, o como lo denominaron otrora los místicos alemanes, el «entwerden». Es menester haber llegado a ser un individuo completo, una verdadera personalidad y haber sufrido los padecimientos de esta individuación antes de poder ofrendar el sacrificio de esa personalidad.

El lobo estepario no es objeto apropiado para nuestra discusión, pues tiene un tema que usted desconoce: la crisis en la vida de un hombre que frisa en los cincuenta años. De ahí también las malas interpretaciones.

  Ahora debo pedirle un momento de descanso. Mi correspondencia es muy nutrida todos los días y aun cuando no cotizo alto mi tiempo, debo ser cuidadoso y no forzar mi vista. Quizá alguna vez volvamos a encontramos.

  En el preciso instante en que me disponía a concluir se me ha ocurrido que tal vez usted pudiera malinterpretar lo que digo del ser y el sacrificio, o sea como si yo quisiera exponerlo así: como si hubiera terminado con este «entwerden» y con este sacrificio, lo hubiera realizado ya, y me encontrara en alguna parte del más allá. Por el contrario: yo lucho por ello, sufro por ello, a menudo también me defiendo de ello, pero yo veo la meta y creo en el significado, así como Harry Haller cree en la inmortalidad, además de creer en la música bailable y otras vanidades.

 

  A Carlo Isenberg, Stuttgart

  Enero de 1933

Querido Carlo:

  Agradezco tu cartita. Fue para mí una alegría volver a oír tu voz. Y dado que el viajar me resulta cada vez más difícil, quiero repetir lo que tú ya sabes. Si alguna vez puedes y quieres venir aquí, serás bienvenido, ya sea tu visita breve o prolongada, ya vengas a descansar o a trabajar. Solamente que no tenemos piano. Aquí no lo hay.

  Sólo puedo responder mal a tu pregunta. Sin duda tienes razón acerca del protestantismo. Cuando hablo de protestantismo, naturalmente me refiero a aquel que conozco, a aquel que he experimentado y gustado y cuya decadencia y crisis estamos viviendo. No tengo mucho sentido histórico y por ello carezco también de equidad en el empleo de palabras tales como «protestantismo». La Iglesia sólo la considera posible en la forma católica y como a pesar de todo no la pude aceptar para mí, recorrí hasta el fin el camino del protestantismo como lo hicieron antes que yo todos los genuinos protestantes, y de la manera más elegante Lessing y también Schrempf a su manera.

  Veo en verdad el clasicismo alemán en la música hasta Bach y con él, inclusive Mozart. Goethe y Schiller, Herder y Lessing son nobles y bellos fenómenos, pero no son clásicos, no han curvado el arco sobre una elevada herencia, ni podido erigir un nuevo y serio ideal. Lo que Alemania tenía para dar al mundo después de la Edad Media lo dio en la música. A veces, cuando trato de meditar acerca de lo que tengo en mí del cristianismo, o dónde reside la última y pura representación de este cristianismo, evoco indefectiblemente las cantatas y las pasiones de Bach. Allí y no en la literatura, el Cristianismo fue forma por última vez. Y el hecho de que tú sigas aún hoy sentado a las orillas de este río dedicado a la música sacra es a pesar de todo un bello ministerio.

  En cambio, la situación respecto a Eckhart es la siguiente: Simplemente no lo conozco bastante y en otros tiempos preferí buscar aquello que llaman «mística» en las formas orientales más que en las cristianas, en espe

cial en las alemanas. Puede ser que el apartamiento de Lutero de ellas y su traición a la «Theologia deutsch» (que considero como una traición a los campesinos) me hayan arredrado inconscientemente. Tengo un Eckhart en alemán y quisiera leerlo de nuevo alguna vez, pero ocurre que para la lectura de libre elección ya no tengo fuerza en mis ojos. Este año no habrá nada que hacer en cuanto a esquiar. Esto me disgusta por un motivo: a lo sumo me será posible esquiar hasta los sesenta años y de estos pocos años que me quedan me duele perder uno. En compensación viajaremos en breve a Baviera por corto tiempo a fin de visitar a nuestro oculista.

  Addio, te saludo cordialmente

 

  A la señorita Anni Rebenwurzel, Colonia

  4 de febrero de 1933

  Querida Anni Rebenwurzel:

  Le agradezco su carta. No pude descifrarla en su totalidad, pero sí una buena parte, y he leído y meditado todo con simpatía. En su momento, ya había sospechado que el semestre de Colonia en el que tantas esperanzas había depositado quizá la defraudaría. Aquella vez no agregué nada sobre el particular, salvo una alusión a

que su venerado profesor pertenecía a los nacionalistas extremos. Ahora parece haberse sumado a esto algo más, pero es menester pasar por sobre estas cosas, usted como cualquiera, y en todo caso es difícil para un espíritu joven, preparado para el servicio y la acción, encontrar el lugar donde poder ubicarse realmente, servir y hacer obra. Los mandatos, la organización y todos los demás conceptos y reglas coercitivas de la sociedad, el estado y el dinero… se interponen por doquier como un obstáculo.

  … No quiero endilgarle prédicas en relación con su carta. Yo también fui joven y también para mí la palabra «luchar» tuvo una sonoridad jubilosa y noble —en 1914 el mundo me obligó a meditar sobre el particular durante algunos años—. Pero «luchar» es precisamente aquello que a pesar de otras formulaciones, la vincula con los nazis, etcétera.

  Al occidental, y en especial a su forma más tonta, desenfrenada y belicosa, el hombre «fáustico» (es decir: el alemán que llenándose la boca ha hecho virtudes de sus inferioridades) le gusta y elogia el batallar, reñir es una virtud para él y esto tiene algo de pueril gallardía y emotividad. En tanto los gañanes se propinen palizas para gastar su exceso de acometividad y sangre u ocasionalmente se maten a golpes, no pasará de ser un bonito deporte infantil, pero cuando hacen lo mismo las hordas organizadas (léase los Nazis), esto adquiere ya un aspecto desagradable, pero la peor forma del «batallar» es la organizada por el Estado, como la que estalló en el año 14 y la correspondiente filosofía del Estado, del Capital, de la industria y del individuo fáustico de quien son invenciones todas estas cosas.

  Desde que la «lucha» ha perdido para mí toda magia, todo lo no combativo, todo lo noblemente sufriente, todo reflexionar en silencio se me ha hecho caro y de este modo transité el camino del luchar al sufrir, di con el concepto de soportar, que de ningún modo es negativo, el concepto de la «virtud», que desde Confucio hasta Sócrates y el Cristianismo siempre ha sido el mismo. El «sabio» o el «perfecto» de los antiguos escritos chinos

es un tipo similar al «buen» hombre indio o socrático. Su fuerza no reside en que está preparado para matar sino en estar preparado para dejarse matar. Toda nobleza, todo valor, toda perfecta pureza y singularidad de la obra y de la vida, tienen allí sus raíces desde Buda a Mozart.

  Pronto hará tres semanas que estamos sitiados por la nieve. Ha alcanzado una altura superior a un metro y todavía perdura aunque menos compacta y el sol brilla día a día sobre su superficie. Nuestro clima es magnífico en estos meses de invierno. No se diferencia del norte por un gran exceso de calor, pero sí por un gran exceso de luz…

 

  A un estudiante en Potsdam

  Mediados de febrero 1933

  He recibido su carta, pero lamentablemente no me aclara ni su situación ni su interrogante. Sólo creo advertir que usted duda de sí mismo, porque se impone exigencias particularmente elevadas. Este es el signo característico de los «elegidos», es decir aquellos de quienes puede salir algo. Sin embargo, es innumerable la legión de los que se extinguen porque no logran encontrar el justo medio entre el yo y el mundo. Para todo «elegido», es

decir, el individuo llamado a un elevado grado de individuación, los años de la juventud son difíciles porque la formación de la propia personalidad aísla y acarrea luchas y dudas. Y más tarde se agrega otro peligro: el de que precisamente los más dotados tienen mayor dificultad para salir de la confusión de su propio yo y no pueden llegar a ninguna relación fecunda en el mundo.

  Exteriormente no es posible brindar ningún consejo. Usted habrá de intentar recorrer su camino. Usted habrá de renunciar o bien tratar de adaptarse precariamente a los demás, o en caso contrario tomar conciencia de que sus disposiciones no lo llaman ni obligan a nada mediocre. Aun cuando todavía no vislumbre meta alguna e ignore en dónde situará más adelante la vida a un individuo de su especie, debe tomar en serio su persona y sus estudios y tratar de hacer algo por usted. Lo que nuestra época necesita y exige no es una burocracia y una hábil laboriosidad, sino personalidad, conciencia, responsabilidad. En intelecto, «el talento» es superfluidad, en sí no significa mucho. Pruebe ver alguna vez su situación desde este punto, quizá se le ocurran ideas que lo hagan avanzar.

 

  A Ernst Rogasch, Colonia-Nippes

  Mediados de febrero de 1933

… Su fantasía sobre los Karamasoff es recia y bella, si bien en mi sentir no impulsa el problema, el cardenal que en lugar de teólogo es un intelectual y puede hablar y pensar con tanta desesperación, por supuesto está al borde de la decadencia, pero no da lástima por él, sino sólo da lástima lo mucho que nos cuesta librarnos de él, que Cristo esté allí y no diga nada.

  No es que yo desee que lo hiciera hablar. No, no debía hacerlo, nadie debe hacerlo. Pero mientras el cardenal goza por última vez su versada inteligencia y su cultivada desesperación, se nos hace repulsivo y nuestro corazón va hacia aquello que está a su lado y que a través de él también nos contempla…

  Su carta evidencia aflicción y desesperación, a lo cual sólo puedo aconsejarle: ¡Sopórtelas! No las evite. No se contente tan sólo con hablar. Pase por ellas. Lamento que palabras mías (no sé cuales) le hayan deprimido. Quizá ve en mí alguien mucho más fuerte de lo que soy en realidad. No tengo la intención de fingir ante usted y aun hoy estoy expuesto a parecida desesperación, sólo le llevo una ventaja: más años y la experiencia recogida en un largo camino, según la cual detrás de todo lo personal se encuentra lo impersonal, lo divino, y no es sino allí donde surge la realidad y puede vivirse la vida. A veces alcanzo un retazo de realidad, a veces la vuelvo a perder. Es el sino del hombre y no nos debemos dar por satisfechos con ello, pero tampoco reclamar esta coincidencia fatal como algo personal e individual. Nada más puedo decir respecto a su carta.

 

  A la redacción del «Eckart», Berlín

Distinguidos señores:

  Acuso recibo de vuestra propuesta relacionada con una «mesa redonda». Sin embargo, por principio considero un error que los autores no escriban aquello que se sienten movidos a escribir, sino lo que las redacciones les encargan. El error reside en la institución del autor intelectual que en primer lugar se vende ya sea por dinero o por el incentivo de llamar la atención, y en segundo lugar siempre es capaz y está dispuesto a responder a las «sugerencias» y dar rienda suelta a su sapiencia sobre el tema que se le dicta. A esto se añade otro mal: las proposiciones como la vuestra pretenden del autor que algo que una vez expresó bien y por necesidad, lo vuelva a formular otra vez por una sugerencia casual (por lo tanto necesariamente peor). Por supuesto, respeto la generosidad y la pureza de su intención, pero no puedo complacerlo ni en esta ni en otra ocasión.

 

  A Rudolf Jakob Humm, Zúrich

  Mediados de marzo de 1933

… Comprendo el cambio de su posición y de su pensamiento. Conozco muy bien el llamado que nos convoca a la masa y a participar en la lucha. Varias veces estuve próximo a obedecerlo. Cuando fue lo de la Revolución alemana estuve de su lado sin reservas… Además, tengo amigos en la izquierda y amigos íntimos en la izquierda alemana. Yo también tengo las camas preparadas y mañana aguardo la llegada del primer huésped escapado de Alemania.

  Pero mi conocimiento sobre la injusticia de la situación y mi idea sobre un cambio de la misma es otra cosa. Experimenté la guerra del catorce al dieciocho de manera intensa y casi hasta el aniquilamiento, de modo que desde entonces tengo una absoluta, inconmovible y clara noción: rechazo para mi persona y no apoyo ningún cambio del mundo por la fuerza, ni el propugnado por los socialistas, ni ninguno aparentemente deseado y justo. Siempre mueren los hombres equivocados y aun si fueran los que debieron ser, no creo de manera alguna en el poder enmendador y redimidor del sacrificio humano y veo en la derivación de las luchas partidistas en una guerra civil, el poder de decisión, la tensión moral del «o esto, o…», pero rechazo la violencia. Sí, el mundo está enfermo de injusticia. Pero está más enfermo aún por la falta de amor, de humanidad, de sentimientos fraternales. La fraternidad que se nutre cuando marchamos por millares y cargamos armas, no me resulta admisible ni en la forma militar ni en la revolucionaria.

  Esto es lo que tiene vigencia para mí, para mi persona. Dejo que los demás tomen su decisión, sólo espero que si me conocen, reconozcan mi posición como necesaria para mí, o al menos bien fundada por mí y responsable…

  … Yo también he dejado atrás caminos y cambios. Quizá sea el camino de un Don Quijote, pero de todos modos es el de un sufrir y saberse responsable. Me ha dado una conciencia muy sensible. Esto comenzó en 1914 (antes era inocua) y hoy soy un solitario y «soñador» más consciente que nunca, lo soy a conciencia y no veo en

Hermann Hesse Cartas escogidas 04

los que se afana aun en contra de todas las costumbres alemanas, no por una atenuación, una simplificación y disimulo, sino precisamente por una acentuación y profundización de la problemática trágica. Crea que la antítesis Goethe-Schiller ha sido particularmente importante para mí y por momentos tuve que pensar en un ensayo póstumo del anciano Kant, en el cual el viejo erudito canta una emotiva loa a la Naturaleza y a los bienaventurados y expone la antítesis de «cabeza grande» y «mimado de la Naturaleza» (o tal vez deba decir «favorito de la Naturaleza»), lo único de Kant que siempre me fue caro.

  Su estampa de Tolstoi como el tipo del favorito de la Naturaleza, del cazador del ojo avizor, del que en ocasiones llegaba casi a lo irracional en su postura contra el espíritu, me ha recordado en varios pasajes a Hamsun. Un problema que me resulta familiar pues me encuentro del mismo lado, me viene por parte de mi madre y mi fuente y confianza es la Naturaleza.

  En resumen, quiero agradecerle por el auténtico deleite que me deparó su obra.

  Posdata: Estos días volví a encontrar un artículo que escribí hace bastante tiempo para explicitar a mi mujer algunos conceptos y nomenclaturas de mi pensamiento. En este artículo quizá pudiera interesarle la parte escrita a dos columnas, la confrontación de «razonable» y «piadoso» como analogía respecto a Goethe y Schiller.

 

  A un joven de Alemania
Había escrito una carta inusual. El remitente era notoriamente un individuo importante. Muy joven aún. Estimo que frisaría por los diecinueve años. Desde hacía muchos años no había alimentado otra idea que la de servir a su patria y cooperar a levantarla de nuevo, ello como soldado, como oficial. Al parecer, era hijo de un terrateniente. Siempre había sido el admirado adalid de su clase, leía con pasión a Clausewitz, etcétera. En su carta me confesaba que sus afanes le habían hecho descuidar su espíritu y su cultura, le endurecieron, le hicieron ser temido por los otros, pero jamás amado. En mis libros, rechazados al principio, presintió un mundo —o como él mismo dice—, expresada una «doctrina» que lo hizo tambalearse en las convicciones que había tenido hasta ese momento.

    Me pedía más informaciones y enseñanzas.
 

  8 de abril de 1932
En mis libros ha encontrado el barrunto de una manera de pensar de la cual me considera maestro. Pero esta es la manera de pensar de todos los intelectuales, y es sobre todo la manera de pensar opuesta a la de los políticos, los generales y «conductores». Aparece expresada con maravillosa precisión (hasta donde esto es posible) en los Evangelios, en los proverbios de los sabios chinos, sobre todo los de Confucio y Lao Tsé, en las fábulas de Tchuang Tsi, y en algunos poemas didácticos como el Bhagavad-Gíta. Esta manera de pensar está misteriosamente presente en la literatura de todos los pueblos.

  Pero buscará en vano un leader para esta manera de pensar, pues ninguno de nosotros tiene la ambición ni tampoco la posibilidad de ser «conductor». El conducir no nos impresiona mayormente, pero el servir lo es todo. Por encima de todas las virtudes cultivamos la veneración, pero no la tributamos a las personas.

  Comprende muy bien la antinomia entre el mundo que usted encuentra aludido en mis libros y el otro mucho más claro, sencillo y en apariencia viril del cual proviene, en el cual existen preceptos muy exactos sobre el bien y el mal, donde todo es univoco y todo tiene aún el brillo de lo heroico. Clausewitz y Scharnhorst no lo ponen ante conflictos, sino que le muestran un deber claramente delineado y valores tangibles como recompensa por su cumplimiento: batallas ganadas, enemigos muertos, condecoraciones de general, monumentos que erigirá la posteridad.

  Nuestra hermandad anónima conoce por cierto el heroísmo y le reserva una posición elevada, pero sólo valora a aquél que muere por su fe, no al otro que por su fe hace morir. Eso que Jesús llamó el Reino de Dios, lo que los chinos llaman Tao, no es una patria que deba ser servida a costa de otras patrias: es la noción del todo del Universo junto con todas sus contradicciones; es la noción de la secreta unidad de toda vida. Esta noción o idea es expresada y venerada en muchas imágenes, tiene muchos nombres y uno de ellos es el nombre: Dios.
Los ideales que sirvió hasta ahora y a los cuales quizá retomará son nobles y elevados y ofrecen la gran ventaja de ser realizables. El soldado que obedeciendo una orden abandona la trinchera para enfrentarse al fuego, el general que entregando sus últimas fuerzas gana una batalla han materializado realmente su ideal.

  En el mundo de los Demian y de los lobos esteparios no hay ideales realizables. Allí los ideales no son órdenes, sino sólo un intento de servir a la santidad de la vida en formas que desde un comienzo reconocemos como imperfectas y necesitadas de eterna renovación.

  El sendero de Demian no es tan claro y despejado como el que hasta ahora ha recorrido. No sólo requiere abnegación, también exige estar alerta, desconfianza, autoexamen. No protege de la duda, al contrario la provoca. Este no es un sendero para hombres a quienes se pueda ayudar con órdenes e ideales claros, unívocos, estables. Es un sendero para desahuciados, para quienes desesperan ya de la interpretación única de los ideales y de los deberes, quienes tienen el corazón inflamado por las necesidades de la vida y de la conciencia.

  Quizá su condición sea un estadio previo de esta desesperación. Entonces le espera aún mucho dolor, mucho renunciar a cosas que constituyeron su orgullo, pero también mucha vida, mucho desarrollo, muchos descubrimientos.

  Si debiera ocurrir de este modo, tome del Demian y de mis otros trabajos los conceptos que han cobrado importancia para usted. Pronto no me necesitará y descubrirá nuevas fuentes. Goethe es un buen maestro, como lo es Novalis o el francés André Gide… En realidad el número de maestros es infinito.

  Pero quizá logre permanecer fiel a su viejo derrotero a pesar de la actual impugnación, a la simplicidad de una vida austera y heroica, pero no problemática. Siento gran respeto por quien se sacrifica a este ideal, aun cuando no lo comparto. Todo aquel que recorre su camino es un héroe. Todo aquel que lo hace de verdad y vi
ve para lo que es capaz, es un héroe —y aun cuando cometa tonterías o proceda como retrógrado en su hacer— es mucho más que esos millares que se limitan a hablar meramente de sus hermosos ideales, sin ofrendarse a ellos.

  Que las bellas ideas, los ideales y opiniones no siempre estén en manos de los más nobles y mejores forma parte de las complicaciones que surgen al contemplar el mundo. Un individuo puede luchar y morir de la manera más noble por dioses anticuados y caducos y quizá causará entonces la impresión de un Don Quijote. Pero Don Quijote es un héroe en todo sentido, es un hidalgo de la cabeza a los pies. Por el contrario, el individuo puede ser inteligente, instruido, tener el don de la palabra, saber escribir bellos libros y sostener discursos con los pensamientos y las ideas más seductoras y no obstante no ser más que un charlatán que a la primera demanda seria de sacrificio y realización se desvanece.

  Por esta razón hay en el mundo muchos roles, y se da con bastante probabilidad que encumbrados rivales se tengan mutuamente en mucha más alta estima y se amen más que lo que pueden hacerlo sus propios partidarios, lo cual encierra singular belleza y justicia. Sin duda, algún valiente general alemán habrá amado y venerado en lo más recóndito de su corazón al silencioso pensador Kant, amante y buscador de la paz, sin abandonar por ello su ministerio, sus deberes. Hay quienes se mantienen en un puesto donde no saben si sirven a lo que tiene valor y sentido, porque estos conceptos están vacilantes, particularmente hoy, pero perseveran en ese puesto y siguen luchando aunque tan sólo sea para dar un ejemplo de la servidumbre y la lealtad.

  Esto lo experimenté docenas de veces durante la guerra, en medio de la cual era un absoluto antibelicista. Conocí gente, periodistas, etcétera que compartían en todo y por todo mis puntos de vista y mis anhelos, o sea que eran en realidad mis correligionarios y a quienes no hubiera podido darles la mano, tanto me repugnaban, tan mezquinos y egoístas me parecían. En cambio, encontré a otros, leales patriotas y oficiales llenos de entu

siasmo, gente de las ideas más locas acerca de la inocencia y el derecho de Alemania respecto a las interminables anexiones, y no obstante a esos individuos sí podía darles la mano, tomarlos en serio y respetarlos, pues en esencia eran nobles, podía creer en sus ideales. No eran charlatanes.

  Creo que en medio de sus dudas actuales aprenderá esto para siempre: la persona y el programa no son la misma cosa y los adversarios, más aun los enemigos declarados, pueden causarnos más goces y enseñamos más cosas buenas que los correligionarios que sólo lo son con la razón, con la palabra.

  No puedo decirle más. Ignoro para lo que ha sido destinado. Usted se impone elevadas exigencias. Pide mucho de sí y eso es promisorio. Pero todo lo que hace, lo realiza en primer lugar al servicio de un ideal dogmático. No lo hace en nombre de Dios, sino de la patria y como recluta de Clausewitz, Fichte o Moltke. Quizá alguna vez llegue a lograr lo difícil por lo que es, no porque sea noble y patriótico, sino simplemente porque no puede hacerlo de otro modo. Estará entonces muy cerca de la meta, hacia la cual van en camino todos aquellos a quienes anima una verdadera aspiración.

 

  A la madre de un joven suicida

  8 de mayo de 1932

Distinguida señora:

  Me ha consternado la noticia y en estos momentos estoy leyendo el manuscrito de su hijo con toda mi condolencia. En general, sus problemas me son bien conocidos, pues son los mismos que rigen en la actualidad para toda la parte noble de la juventud alemana. Pero lo personal, lo especial y singular siempre vuelve a ser algo nuevo, vivo y dramático.

  Esta juventud debe afrontar dificultades no sólo provenientes del exterior, sino que también el problema de la libertad, y con él el de la personalidad, se ha hecho para ellos casi insoluble y precisamente por una aparente mayor cantidad de libertad que disfrutan los jóvenes de hoy. En los años de nuestra propia juventud, y aun cuando ya éramos críticos y revolucionarios en muchas cosas, tenían vigencia una buena cantidad de leyes escritas y no escritas que aceptábamos y respetábamos con gusto o a disgusto, mientras que en la actualidad ha desaparecido todo resto de una moral general obligada. Sin embargo, la liberalización de las convenciones no equivale a la libertad interior, y para los individuos más nobles la vida en un mundo sin una fe formulada de manera firme no es más fácil, sino bastante más difícil, porque en realidad se ven precisados a crear y elegir ellos mismos todos los vínculos bajo los cuales colocarán su vida. Abrigo la esperanza que superaremos esta situación, pero hay mucho en juego. Pienso en su hijo con simpatía y con el mayor respeto ante su último acto, aun cuando en sí no debe sentar precedente como ejemplar.

  Usted ha debido soportar una terrible experiencia, ojalá no haya sido en vano y al final signifique para usted más fortaleza que aflicción. Yo también tengo hijos, por eso la acompaño en su sentimiento

Al doctor Paul Schottky, Berlín-Zehlendorf

  Mediados de junio de 1932

  Muy distinguido señor doctor Schottky:

  … A usted le parece ver una contradicción en eso de que la vida debería ser un juego y que no obstante este énfasis se ponga en el servir. Creo que tales contradicciones son inevitables y en realidad insolubles. Tampoco son importantes ya que sólo dependen de la valoración subjetiva de las palabras aisladas. En este caso, por ejemplo, usted tomó mucho más en serio la palabra «servir» que la palabra «juego», en tanto yo las tomo a ambas con igual seriedad. El juego, tal como lo practica el niño y como lo interpreta Leo se podría comparar ventajosamente con el «hacer» música —esto tampoco reviste seriedad para la gente de mundo y de negocios— pero para los auténticos músicos significa un celebrar lo absolutamente Santo. Y piense usted cuán importante es en los juegos de sociedad o en los juegos de cartas la estricta observancia de las reglas del juego. Someterse a ellas, tomar el juego en serio, practicar el juego con entrega absoluta es aun para el «juego» superficial de la sociedad la regla fundamental y conditio sine qua non. En consecuencia, no puedo hallar en esto ninguna contradicción.

  Con mis mejores deseos por su ventura personal y mis saludos

De una carta al hijo Heiner

  10 de julio de 1932

  … Lo que dices acerca de ciertos comunistas que en la vida cotidiana prueban ser personas buenas y serviciales, es perfectamente correcto. Varios de mis amigos son comunistas y se cuentan entre ellos personas como las que describes. Sólo que esto nada tiene que ver con su partido y su profesión de fe. En todo partido y bajo cualquier dogma del mundo puede haber un individuo malo o uno bueno, siempre fue así y por cierto es una perogrullada. Por el contrario, declararse partidario del comunismo significa para el que exige de sí mismo una rendición de cuentas de sus ideas la siguiente pregunta: «¿Quiero y apruebo la Revolución? ¿Puedo decir sí cuando son asesinados seres humanos para que otros tal vez logren estar mejor?». Aquí está el problema ideológico. Y para mí, que debí padecer la guerra mundial conscientemente en pensamiento y hasta la desesperación, la cuestión ha quedado resuelta definitivamente: No me arrogo el derecho de hacer revolución, ni de matar. Esto no impide que considere inocente a la masa del pueblo que en alguna parte mata y estalla en miseria y rabia. Yo mismo no sería inocente si participara en ello, porque estaría refutando uno de los pocos principios incondicionalmente santos que poseo…

Al señor P. A. Riebe, Charlottenburg

  Sin fecha, 1931 o 1932

  Querido señor R:

  Su envío me sorprendió en Engadina. Un amigo me invitó a descansar aquí una temporada y dentro de algunos días volverá a partir.

  He leído su conferencia y me resulta difícil decir algo al respecto. Naturalmente me ha gustado. ¿Quién no se inyecta de vez en cuando con agrado una dosis de simpatía? Pero el punto de vista de su conferencia no es por supuesto el mío. Es el de la defensa. Usted me protege de los individuos mediocres y de los alemanes mediocres tontos, presuntuosos, insolentes, perfectamente prosaicos. Yo he renunciado desde hace mucho a la defensa y a la justificación (que siempre siguen significando pactar con los burgueses).

  Lo que dice sobre los dos libros e interpreta en ellos es muy bueno. Yo no podría decirlo mejor. En cambio veo de muy distinta manera las relaciones entre El lobo estepario y Narciso y Goldmundo.

  En Narciso y Goldmundo no se dice otra cosa que lo expresado en El lobo estepario, sólo varía el ropaje

El contenido y el propósito de El lobo estepario no son crítica de la época ni ansiedad personal, sino Mozart y los inmortales. Mi intención fue acercarlos a los lectores al entregarme yo mismo enteramente. Como única respuesta me escupieron y recogí risas burlonas. Los mismos lectores que se rieron de El lobo estepario o lo atacaron, quedaron encantados con Narciso y Goldmundo porque no se desarrolla en la actualidad, porque no les exige nada, porque no expone ante ellos la ignominia de su propia vida y su pensar. Desde mi punto de vista ésta es la diferencia existente entre los dos libros y que existe en el lector, no en mí.

  La misión de El lobo estepario era, sin perjuicio de algunos dogmas para mí «eternos», mostrar la falta de espiritualidad de las tendencias de nuestra época y su efecto destructivo aun en el intelecto y en el carácter situado al más alto nivel. Renuncié a los disfraces y me puse en evidencia yo mismo para poder brindar en su real totalidad y con una autenticidad despiadada, el escenario del libro, el alma de un individuo instruido con dotes muy por encima del término medio, que sufre mucho en la época que le ha tocado vivir, pero que no obstante cree en los valores ultratemporales. El lector alemán se ha divertido con los dolores de Harry y le palmeó la espalda. Ese fue el resultado de tanto esfuerzo.

  La misión de Narciso y Goldmundo fue infinitamente más simple y su lectura no presupone en el lector cualidades elevadas. Aun un burgués mediocre puede encontrarlo bonito.

  El alemán lo lee, se solaza en él y sigue en su empresa de sabotear al propio Estado, se introduce a tientas en aventuras políticas y sentimentalismos, sigue viviendo su antigua vida de mentiras, una vida indecente y prohibida. No me hace falta ser valorado ni rehabilitado por él. Se me antoja abominable y anhelo la decadencia de ese tipo humano al cual pertenece el actual alemán del montón, sobre todo el «intelectual».

  Bueno, no pretendía de manera alguna criticar su bello y amable trabajo, tan sólo quiero mostrar a través de mi respuesta que ha concitado mi interés y me ha estimulado. Le doy las gracias

Con mis saludos, suyo

 

  A Georg Winter, redactor de «Kolonne», Dresde

  Septiembre de 1932

  Distinguido caballero:

  Se me ha hecho llegar la revista en la que publicó usted la crítica de Viaje al Oriente. Deseo agradecerle esta crítica y enviarle una breve respuesta pues ocurre muy rara vez que un autor sea considerado y ubicado seriamente por una crítica. A mí me ha sucedido sólo contadas veces en varios decenios.

  Con una profundidad esencialmente mayor que todas las demás críticas, la suya ha formulado el problema de mi pequeña obra desde el punto de vista donde en efecto puede concebirse mejor su sentido paradojal (más aun bipolar). Dice usted: La genuina afiliación del autor al pacto decae a partir del momento en que intenta escribir sobre el pacto.

  Concuerdo con el resultado final de su crítica de una manera muy parcial, no sólo por instinto de autoconservación, pero esta formulación de mi problema en su crítica da exactamente en el blanco y este reco

nocimiento, la experiencia más rara de un autor, me ha procurado tanto gozo que resolví manifestarle mi agradecimiento. Ahora que ya lo he hecho, sólo quisiera añadir una palabra para justificar mi obra y mi existencia.

  Naturalmente, en el fondo tiene usted razón. Es imposible y está prohibido por Dios meditar o escribir sobre las cosas primordiales. Estoy de acuerdo con usted en que no debemos contemplar la literatura como un adorno del intelecto, del cual podríamos prescindir, sino como una de sus funciones más poderosas.

  En consecuencia, escribir o pensar sobre lo sagrado (en este caso sobre «el pacto», o sea sobre la posibilidad y el sentido de la comunidad humana) está prohibido en el fondo. Podemos interpretar de distintas formas esta prohibición y su constante infracción por parte del espíritu: en forma psicológica, moral, o biogenésica, por ejemplo como la prohibición de pronunciar el nombre de Dios, que separa la etapa mágica de la humanidad de la razonable.

  Por lo tanto, en el momento en que establece y censura en su crítica mi pecado contra la prohibición original cuya infracción significa el nacimiento del intelecto, adquiere usted —a mi modo de ver— un dejo de mala conciencia e insinúa que la censurada falta del autor quizá pueda ser también la falta de su crítico. En efecto, en el momento en que lee un libro para juzgarlo y en el momento en que escribe la crítica comete el mismo pecado contra lo sagrado: en lo profundo de su ser sabe por cierto que el respeto es la primera virtud del intelecto y que probablemente eso, contra lo cual va dirigida su crítica, es al igual que su propio hacer dictado por el intelecto y con intenciones serias, y no obstante debe cometer el pecado de la crítica, debe rechazar, debe cometer la injusticia que reside en toda formulación rigurosa.

  No quisiera que hubiera dejado de hacerlo o lo hubiese hecho de otra manera. Pero sí, que al igual que yo lo hice motivado por su crítica, admita ante sí por un momento que también su hacer, su juzgar es en el fondo innecesario y un pecado, pero que la infracción de esta antiquísima prohibición es precisamente esa clase de pe

cado que el espíritu debe asumir. Lo hace dudar no sólo del pacto sino de su propio hacer, de su propio ser, lo hace realizar mil procesos mentales de conciencia aparentemente inútiles entre la autoacusación y la justificación, le hace escribir libros, es fatal y trágico —y está presente— es irresistible, es destino.

  Mi obra, la confesión de un poeta que envejece, intenta como usted bien dice, describir precisamente lo indescriptible, recordar lo inexpresable. Eso es pecado. ¿Pero conoce de veras una literatura o una filosofía que intente otra cosa que hacer precisamente posible lo imposible, aventurarse a hacer precisamente lo prohibido con sentimiento de responsabilidad?

  El único punto de su crítica que se me antoja impugnable y débil es aquel en el cual alude a la existencia de problemas para los pensadores y poetas, que serían más posibles, permitidos y correctos que el mío. Yo creo que sin contrición y sin el valor para tal contrición, ningún autor debería atreverse a emprender la aventura de escribir, ni crítico alguno a dictaminar sobre un autor. El hecho de que usted mismo aluda a esta postura en su crítica, me hace confiar en alcanzar su comprensión. Por este motivo le he escrito este saludo. No para justificarme, pero sí porque siendo tan enormemente rara toda comunión, toda camaradería, aun un mero espíritu de cuerpo en lo intelectual y más aun en la Alemania actual, uno se alegra de encontrar un asomo de ello en alguna parte.

 

  A la señorita E. K., Liebstadt

Me ha enviado una carta extensa, la ha escrito no en mi beneficio, sino en el suyo propio, pero de cualquier modo habrá pensado hacerme un honor. Por esta razón quiero contestarle unas palabras…

  … En la lectura de todos mis libros pasó por alto lo que reviste importancia para mí y en lo cual creo. De lo contrario, no podría preguntar por ejemplo: «¿Cree usted que el camino correcto hacia nuestro interior es el de apartarnos?». No creo que un punto cualquiera del mundo pueda estar más o menos «apartado» que otro, ni creo tampoco que seamos consultados en dónde queremos «colocarnos». Los problemas aludidos en su carta también me preocuparon en años pasados, pero no guardan casi relación alguna con aquello que realmente importa en el fondo.

  En El último verano de Klingsor descubrió usted lo poético que echa de menos en El lobo estepario. Pero en verdad ño lo supo encontrar allí. El lobo estepario está hecho de manera tan concisa como un canon o una fuga y se ha convertido en forma hasta el grado que me ha sido posible. Ejecuta y hasta baila. Pero el regocijo por el cual lo hace, tiene sus fuentes de energía en un grado de frialdad y desesperación que usted desconoce. No hay forma alguna sin fe, y no hay fe alguna sin previa desesperación, sin previo (y también ulterior) conocimiento en torno del caos.

  Por favor, no vuelva a escribirme

A un joven problemático

  Fines de octubre de 1932

  Estimado señor W.:

  Su carta ha venido dirigida a una persona aquejada de trastornos oculares y colmada de correspondencia, motivo por el cual seré breve, pero de todas maneras considero un deber darle una respuesta porque su fama me resulta comprensible y me he sentido aludido.

  Mi contestación es: ¡Sí, dígase sí a sí mismo, a su segregación, a sus sentimientos, a su destino! No hay ningún otro camino. Ignoro adonde conduce, pero lleva a la vida, a la realidad, a lo candente y a lo necesario. Puede encontrarlo insoportable y quitarse la vida, esta salida está expedita a todos, a menudo hace bien pensar en ella, también a mí. Pero lo que no puede hacer es escapar de él por determinación, por traición del propio destino y sentido, por adhesión a los «normales». No resultaría por mucho tiempo y le ocasionaría una desesperación mayor que la actual.

  Su otra pregunta: si la vida de la gente de nuestra condición, tan apartada, tan anormal, tan sujeta a leyes distintas de las del mundo actual vale la pena y satisface a quien la vive, es más difícil de contestar. No conozco

ninguna respuesta a esta cuestión, ni todos los días una nueva. Algunas veces pienso que todo cuanto anhelé y en cuanto creí fue en vano y descabellado. Otros días, siento que yo y mi vida —a pesar de lo difícil y penosa— nos justificamos como perfectos, más aun como logrados y con esto me doy por muy satisfecho… por espacio de horas. Y siempre que creo haber expresado mi fe en una buena fórmula, se me hace enseguida dudosa y descabellada y me veo precisado a buscar nuevos créditos y nuevas formas. Ya esto es tormento y aflicción, ya felicidad. Ignoro si en conjunto «vale la pena», y en el fondo me es indiferente.

  Bueno, por hoy es suficiente. Ya sabe cómo pienso y en verdad no sé que más puedo decirle.

 

  Al señor F. Abel, Tubinga

  Mediados de diciembre de 1932

  Muy apreciado señor Abel:

  En este momento hace afuera un tiempo espléndido, demasiado hermoso para desperdiciarlo escribiendo cartas. Es uno de esos preciosos días de las postrimerías del otoño, tan propios de nuestro paisaje. Por la tarde, las montañas que nos rodean parecen de cristal e iluminadas al través. Pero sin duda habrá pensado con fre

cuencia cuán poco cortés de mi parte es dejar pendiente de respuesta su carta durante tanto tiempo. Por este motivo, no quiero dejar pasar el día de hoy sin escribirle. Mi mujer me ha expuesto todo su trabajo en forma extractada y en parte me lo ha leído. Conozco ahora toda su estructura, los puntos de vista, el acento, la moral de este trabajo y este es el momento oportuno para decirle cuánto lo valoro y apruebo. A mi juicio, no hay en parte alguna interpretaciones erróneas y me ha hecho bien esa forma delicada y no distante, firme, con la que pone en claro que mi caso no se debe resolver deteniéndose en lo patológico. La estructura de la obra en su totalidad me parece excelente. Me causó gracia que un profesor haya sospechado en mí «sangre eslava». ¡Qué precipitados son los profesores de hoy, en esta era de las teorías raciales con sus errores de este tipo! No, por parte de mi abuela materna he recibido sangre ítalosuiza, bastante poco a mi juicio pero en cuanto a las demás partes, los orígenes no pueden ser más germánicos. Los alemanes del Báltico son de raza purísima, y de mis antepasados (que estuvieron en el Báltico desde 1750 aproximadamente) ninguno tuvo sangre eslava ni contrajo matrimonio con mujeres eslavas y ninguno hablaba ruso o letón.

  También me ha complacido su aseveración en cuanto a que en ninguna parte de mis obras se enseñan cosas antisociales. Hoy en día, con lo social, con el culto de la comunidad y del colectivismo ocurre que los egoístas y los moralmente enfermos buscan con más frecuencia y vehemencia evadirse en las teorías y vínculos sociales y nos hacen aparecer sospechosos a nosotros, cuando en nuestra obra lo social, es decir el deber de la subordinación y el ideal del amor están sobreentendidos (como lo «moral» en la obra de Vischer Auch Einer).

  El prolongado atraso de mi respuesta es imputable a la cura de reposo a la que debí someterme en Baden y ella me demandó, junto con una breve visita a Zúrich, cuatro semanas y media. Ahora, nos encontramos de nuevo en casa, y mi esposa le envía sus saludos. Ha estudiado su trabajo con tanta minuciosidad, en parte me lo ha leído y en parte explicado de manera tan esmerada que le hubiera deparado una gran alegría verla.

Hace poco, me ha llegado de Nápoles un curioso manuscrito. Un italiano que al parecer domina muy bien el idioma alemán y conoce todas mis obras, ha realizado para sí mismo y sus amigos una especie de antología con comentarios de mis obras. Es un pequeño volumen titulado Voci della poesía di H. H. Me ha parecido fantástico y aleccionador verme en el espejo de una lengua y de una cultura extranjeras. Es un trabajo concienzudo y a menudo está formulado de manera admirable. Ignoro si se piensa en una publicación.

  Mientras le escribo esto, ya se ha extinguido la claridad exterior y debo encender la lámpara. Hoy, mi esposa ha ido a visitar a Emmy Ball, quien en enero volverá a abandonar el Ticino durante una prolongada temporada. Si visita a mi hermana en las vacaciones, le ruego llevarle mis saludos.

  Agradezco nuevamente su hermoso trabajo y formulo el deseo de que pronto volvamos a vernos.

 

  Al doctor M. A. Jordan

  Respuesta a una carta abierta titulada «La misión del poeta».

  1932

  Distinguido doctor Jordan

Ha llegado a mi poder su carta abierta encabezada con el epígrafe «La Misión de un poeta» y halló eco en mí, pues es cordial y bien intencionada y aun cuando supongo que es usted un católico militante, de manera alguna la siento como una manifestación partidista. Creo que no lograremos entendemos sobre algunos puntos, pues nuestros orígenes son harto diferentes, pero en cambio creo poder responder a otros que juzgo importantes y aun cuando las respuestas no le satisfagan reconocerá usted su sinceridad.

  Aun cuando lo hago a disgusto, debo recordarle ante todo que su conocimiento acerca de mi trabajo literario es harto fragmentario y su carta abierta se refiere de manera muy específica a una parte aislada, no medular de mi labor; a mis ocasionales artículos periodísticos. En algunos de estos artículos descubre usted expresado un pesimismo que en última instancia encuentra irresponsable y lo comprendo. Desde mi punto de vista, estos artículos ocasionales que se sirven a sabiendas y ex profeso de esa forma que llaman «folletín», representan en primer lugar una parte intrascendente de mi trabajo y en segundo lugar esas manifestaciones ocasionales, algo triviales, a menudo coloreadas de ironía, tienen para mí un significado común: a saber la lucha contra aquello que en nuestra publicidad llamo optimismo engañoso.

  Cuando recuerdo de tanto en tanto que el hombre es un producto muy amenazado y peligroso, cuando por momentos destaco lo deficiente y trágico de la humanidad, precisamente allí donde estamos acostumbrados a tomar las cosas a la ligera y a la vanidad (en el periódico), ésta es una parte pequeña en magnitud e importancia, pero a pesar de todo consciente y responsable de mi actividad: la lucha contra la religión europeo-americana adoptada por el hombre moderno y soberano que ha logrado llegar hasta este nivel. Cuando recuerdo con especial énfasis el carácter dudoso de la humanidad, esto es un grito de guerra contra la pueril, pero muy peligrosa vanidad del hombre de la masa, carente de fe y discernimiento en su ligereza, su arrogancia, su falta de humildad, de duda, de responsabilidad. Las palabras de este tipo que he pronunciado no van dirigidas a la hu

manidad, sino a la época, a los lectores de periódicos, a una masa, cuyo peligro según mi convicción no consiste en falta de fe en sí misma y en la propia magnificencia. A menudo, también he ligado a esta advertencia general respecto a la futilidad de este híbrido humano, la exhortación inmediata respecto a los acontecimientos de nuestra historia reciente, a la ignorancia y la insensatez grandilocuente con la que marchamos a la guerra, a la aversión de los pueblos como de los individuos de buscar en sí mismos la responsabilidad compartida. Comprendo que estas manifestaciones, a las que tal vez precisamente un sentido de la propia impotencia les da por momentos una particular rudeza desesperada en la formulación, no resulte agradable a muchos. De manera alguna me arrogo tampoco la pretensión de tener razón. Me sé cautivo en el tiempo y en mi propio yo, pero no obstante responsabilizo en forma absoluta a esta parte de mi actividad (como ya he dicho intrascendente) y en nuestro instante universal considero que no es perjudicial sino bueno y correcto sacudir al hombre común de hoy en día en la fe fanática que le merecen el nivel del progreso alcanzado, sus máquinas, su modernismo ávido de placeres y aversión a las obligaciones. Por otra parte, a estas exteriorizaciones vinculadas al tiempo y más que nada ocasionales, se oponen otros trabajos míos, sobre todo mis novelas, y en ellas se le ha brindado mucho margen a la problemática y a la tragedia de la esencia humana, pero en todas ellas también se halla expresada la fe, no en un significado de nuestra vida y nuestras necesidades, formulado de manera singular y dogmática, pero sí en la posibilidad que tiene cada alma de comprender intuitivamente tal significado y de elevarse y redimirse al servirlo. Y en un ensayo al cual puse un título muy parecido al de la carta abierta que usted me dirigió, escribí sobre la misión del poeta en nuestra época lo siguiente:

  «Nos asfixiamos en la atmósfera irrespirable ya para nosotros, del mundo de las máquinas y de las bárbaras necesidades que nos rodea, pero no nos separamos del todo, lo aceptamos como nuestra participación en el destino del mundo, como nuestra misión, como nuestro examen. No creemos en ninguno de los ideales de esta

época, pero creemos que el hombre es inmortal y que su imagen puede curarse de toda desfiguración, puede salir purificada de todo infierno. No ocultamos que el alma de la humanidad está en peligro y se encuentra al borde del abismo, pero tampoco debemos ocultar que creemos en su inmortalidad».

  Quizá advierta una contradicción entre estas palabras y aquellas otras declaraciones, más pesimistas, que usted deplora. Bueno, es posible. En verdad, sucede que precisamente eso que exige del poeta en su carta abierta y para lo cual invoca como testigo al «olímpico» Goethe, ese olímpico estar por encima no es mi cometido. Tal vez sea cometido del poeta clásico, pero no es el mío. De ningún modo siento el deber de disimular los abismos de la vida humana en general, ni de la mía propia o hacerla aparecer como inofensiva sino reconocer, expresar y compartir el sufrimiento y el ser atormentado hasta el límite de lo inhumano, precisamente en las formas que hoy presenta. Esto no es posible sin contradicciones y sin duda en mis libros se encuentran algunas frases que están en contradicción con otras frases de estos libros… Debo rendirme ante este hecho. La totalidad de mi vida y de mi obra no se presentaría a quien intentara abarcarlas como algo armonioso, sino como una lucha permanente en torno de un sufrir permanente pero no descreído.

  Así llego al último punto sobre el cual quiero ser explícito y lograr que usted me comprenda.

  Postula que un escritor que ha ganado la confianza de muchos lectores tiene la obligación de erigirse en su conductor. Confieso que aborrezco la palabra «Führer» de la que hace uso abusivo la juventud alemana, pues necesita y exige un conductor quien es incapaz de responsabilizarse y de pensar por sí mismo. En la medida en que es posible dentro de nuestra época y nuestra cultura, el escritor no puede asumir este cometido. Por cierto, debe ser responsable, por cierto debe ser algo así como un arquetipo pero no evidenciando superioridad, salud, incontrovertibilidad (sin modestia no sería posible para nadie), sino teniendo a través de la renuncia a la con

ducción y la «sabiduría», la decencia y la valentía de no dejarse meter en el papel de un sapiente y un sacerdote por la confianza de sus lectores, cuando en verdad no es sino alguien que barrunta y sufre.

  La circunstancia que mucha gente, sobre todo los jóvenes, encuentran en mis obras algo que les inspira confianza en mí, se explica deduciendo que hay muchos que sufren del mismo modo, luchan del mismo modo por hallar fe y un sentido, dudan de igual modo de su época y no obstante intuyen llenos de veneración detrás de ésta y toda época lo divino. Hallan en mí a un vocero. A los jóvenes les hace bien ver a un individuo aparentemente acabado y desarrollado declararse partidario de algunas de sus penurias y les hace bien a los que tienen dificultad para pensar y hablar, hallar expresada una parte importante de lo que han experimentado, por alguien que al parecer domina mejor el verbo.

  Ciertamente, la pluralidad de estos jóvenes lectores no está satisfecha aún. Quisieran tener no sólo un compañero de sufrimiento sino un «conductor», aspiran a metas y triunfos inmediatos, anhelan infalibles recetas de consuelo. Pero estas recetas ya existen. La sabiduría de todos los tiempos está a nuestra disposición y he señalado a cientos y cientos de impetuosos jóvenes que me escribieron para oír ávidos la última sabiduría de mi boca, las verdaderas y auténticas palabras, las imperecederas de la China y la India, de la Antigüedad, de la Biblia y del Cristianismo.

  No toda época, no todo pueblo ni todo idioma está destinado a expresar sabiduría. No en todo siglo vive un iniciado que al mismo tiempo es un maestro de la palabra. Sin embargo, todas las épocas y todos los pueblos tienen parte en el tesoro común y quien pretende tener la sabiduría de todos los tiempos formulada en forma absolutamente nueva y para su caso particular como consuelo para su dolor personal, pondrá en la mano del hombre al que quisiera tener por conductor una autoridad y un poder, como el que sólo puede conferir a sus ministros una verdadera iglesia. Mi papel no puede ser el del sacerdote, pues detrás de mí no hay iglesia algu

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