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1/26/20

Hermann Hesse Cartas escogidas 10

ruin intentona de Múnich no fue fusilado ni recluido severamente en prisión, sino festejado y mimado en su confinamiento militar, todo aquel que quisiera ver sabía lo que acontecería con Alemania. En aquel entonces dejé la ciudadanía alemana y adopté la suiza, en aquel entonces escribí también El lobo estepario, libro en el cual destaqué con tonos amenazadores la inminencia de la guerra…

  … Los alemanes nunca fueron grandes en eso de soportar. Pero nada queda impune. Debe soportarse en nombre de Dios las consecuencias de haber asaltado al mundo como bandidos y haberlo convertido en un infierno con medios satánicos. Naturalmente, hubiera sido preferible y más digno que los vencedores mostraran mas generosidad y piedad. Pero han sido ustedes quienes les impusieron esta guerra y en parte los han pervertido. Esto no se combate con un par de exhortaciones morales. Lo he intentado a través del mensaje radial de Año Nuevo y hace tiempo por otros medios. No tengo otros recursos en mi poder.

 

  A la doctora Paula Philippson, Basilea

  Mayo/junio de 1946

  Querida y distinguida doctora Philippson:
Le agradezco su bondadosa carta. Por cierto, no puedo hacer mías sus halagüeñas perspectivas acerca del futuro de El juego de abalorios y de la influencia que ejercerá sobre el pensamiento alemán. Estoy cansado, decepcionado y escéptico. Por el momento, no creo siquiera en la publicación de algún libro mío en su país. No obstante, su amable carta me ha complacido. De hecho, Suhrkamp tiene la licencia desde hace más de medio año y ha anunciado El juego de abalorios, pero aun cuando la impresión pudiera realizarse realmente hoy o mañana, el papel que Suhrkamp podría conseguir alcanzaría a lo sumo para imprimir mil ejemplares.

  Ya no estoy satisfecho con mi «Carta a Alemania»; sin embargo, he hecho reimprimir unos centenares de ejemplares que aún no están terminados, para acompañar a la correspondencia que mantengo con sus compatriotas. Ocurre que el pueblo alemán en conjunto no tiene el menor asomo de sentido de responsabilidad por lo que le ha hecho al mundo y a sí mismo. Hay voces, como la conmovedora de la señora S. que he podido leer, pero son infinitamente raras y precisamente a estas pocas, que ya no tienen necesidad de ser recordadas de la realidad, es a las que se lastima con su torpe intento. Ya he experimentado esto con harta frecuencia y preferiría guardar silencio. Sin embargo, cuando cada día se recibe un montón de cartas, no es posible permanecer absolutamente inactivo. ¡Ay, todo lo que se hace en semejante situación es erróneo! ¡Si al menos se pudiera ayudar de una manera práctica! Mientras enviaba paquetes a Alemania no me molestaba la sensación de estar haciendo algo inútil pero, salvo tres excepciones, nadie nos confirmó la recepción de tantos envíos.

  No obstante, siempre pienso que con el tiempo también debería cundir en Alemania la consigna de que el pueblo no precisa ser necesariamente un mero objeto y una masa dirigida y mal empleada, sino sujeto mayor de edad y capaz de asumir la responsabilidad de sus actos.

  Hemos tenido una sucesión de días que fueron una tormenta ininterrumpida, y desde entonces ha llovido casi sin pausa. Por todas partes hay lagunas y ha empezado a hacer frío. Pero del castillito Muzot en Wallis me

llegó anteayer un ramo de rosas provenientes del jardín de Rilke, enviadas por Regine Ullmann, quien a la sazón se encuentra allí. Y de Calw, mi villa natal, recibí una invitación de las autoridades francesas para asistir a una proyectada celebración en mi honor. No pude menos que reír y recordé que en una ocasión, a comienzos de la Primera Guerra, un concejal de Calw propuso poner mi nombre a una de sus calles, pero hubo allí gente prudente que ya en aquel momento sospechó que pronto dejaría de ser una pieza de adorno para convertirme en una mancha ignominiosa, lo cual sucedió en efecto, y el proyecto cayó en el olvido…

 

  Al señor L. E., Wietze

  25 de junio de 1946

  … Lo único que percibo a través de su carta es que no ha extraído nada de las ideas expuestas en mis libros. En lugar de preguntar por la propia culpa y las propias posibilidades interiores de examen y conversión, juzga usted a la manera de un juez a los otros pueblos. Por este camino no se puede avanzar. Usted dice también que ha perdido la guerra porque su armamento habría sido el más débil. Esta es una de las mentiras alemanas que todavía hoy prosperan. No es esa la causa por la cual han perdido la guerra, esta satánica y monstruosa guerra


de agresión a los países vecinos. Cuando comenzó la conflagración ni Inglaterra, ni Francia ni Rusia estaban seriamente preparadas para una guerra en cuanto a armamentos. Si ustedes perdieron la guerra fue porque la sed de conquista y de matar de los alemanes volvió a hacerse insoportable una vez más al mundo entero. Y cuando se tiene en contra a todo el mundo, es muy natural la derrota. Y cuando se ha perdido, en lugar de extraer alguna enseñanza de este hecho, se busca criticar a todos los que están a nuestro alrededor. Usted debe dirigirse con sus demandas a los vencedores, no a mí…

  … Esta es mi primera y última carta a usted. Nunca aprenderá nada pues no quiere hacerlo, pero de todos modos y aun lamentándolo, consideraba un deber escribirle.

 

  A una dama con penas de amor

  20 de julio de 1947

  Distinguida señora M.:

  Ha llegado a mis manos su carta, y aun cuando percibo la aflicción que le ha dado origen, la envidio un poco por el caudal de dedicación, tiempo y pasión que está usted en condiciones de prodigarse a sí misma y a su v

da privada. A mí también me convendría, pero el mundo no lo quiere así, y él es más fuerte que yo. Día a día me obliga a desgastarme en la atención de las aflicciones y los deseos de los demás, desde el hambre a la mala suerte de los artistas y las penas de amor. Y esta también sería para usted una cura muy recomendable, pues evidentemente no tiene un verdadero control de su conflicto y tiende a dar visos de tragedia a aquello que sólo es triste, sin llegar a ser una auténtica tragedia. El hecho de que un individuo no pueda conseguir y conservar para sí solo a aquel a quien ama, es el más frecuente de los destinos y hallarle solución a esta contingencia significa sustraer de este objeto el exceso de pasión y dedicación que se tiene por nuestro amor y dirigirlo hacia otras metas: el trabajo, la colaboración en los problemas sociales, el arte. Este es el camino por el cual su amor puede dar frutos y adquirir sentido. El fuego en el cual permite que se consuma ahora su propio corazón, no es su propiedad exclusiva, pertenece al mundo, a la humanidad y de tormento se convertirá en gozo si deja usted que se tome fecundo. Sepárese de ese amor, es el único consejo que puedo darle.

 

  Al señor doctor P. E., Dresde

  16 de setiembre de 1947


… Este es uno de los puntos y no reviste importancia. En cambio, el otro, aquel que motiva su carta, prepondera. Me entristece que al igual que centenares de lectores y corresponsales míos no pueda apreciar a Hesse sin menospreciar a Thomas Mann. No le encuentro lógica alguna. Si Dios le ha procurado el don de entender a Hesse, pero no a Mann, si carece del órgano para captar y ubicar este supremo y único fenómeno dentro del ámbito de la lengua alemana, ello no me incumbe, pero que yo, no sólo amigo personal, sino también antiguo y leal admirador de Thomas Mann, deba soportar constantemente esta confrontación me resulta harto desagradable. No pretendo parecer pedante y menos aún herirle, nada de eso, pero tenía la necesidad de manifestarle mi punto de vista y ya está hecho.

 

  A una lectora de El juego de abalorios

  Setiembre de 1947

  La cuestión acerca de la intención que guió al autor al escribir El juego de abalorios, hasta qué punto es real su existencia, si existió alguna vez o si es utopía, o en qué medida cree en ello el propio autor, esta aclarada con bastante precisión en el epígrafe que aparece al comienzo del primer tomo.


Como autor de la biografía de Josef Knecht y como descubridor de Albertus Secundus he contribuido un poco al paululum appropinquant. Asimismo, contribuyeron y contribuyen esas gentes que penetraron en la esencia de la música y crearon la musicología de los últimos decenios, o aquellos filólogos empeñados en el intento de hacer mensurables las melodías del estilo de una prosa y muchos otros. Entre estos promotores del non ens, entre aquellos que explican la facultas nascendi, se contaba también mi sobrino y amigo Carlo Isenberg, el Ferromonte de mi libro. Era un investigador de la música, cimbalista y ejecutante de clavicordio, tenía a su cargo un órgano y dirigía un coro, exploró el sud y sudeste de Europa en busca de restos de la música más arcaica. Desapareció a fines de la guerra y si vive aún, debe de estar prisionero en Rusia.

  En lo que a mí respecta, no he vivido en Castalia, soy eremita y jamás he pertenecido a comunidad alguna, con excepción de la de los peregrinos a Oriente, una hermandad cíe creyentes, cuya forma de existencia es muy similar a la imperante en Castalia. Pero desde hace una docena de años, desde que aquí y allá se conocieron partes de mi libro sobre Josef Knecht, no pocas veces he tenido la alegría de recibir los saludos, aclamaciones y consultas de gente que trabaja y reflexiona en un tranquilo retiro, y para quienes esa cosa que he bautizado «juego de abalorios», existe lo mismo que para mí. Lo saben confirmado por sus almas, mucho antes de la aparición de mi libro; tuvieron conocimiento o una noción de su existencia; lo han experimentado como demanda espiritual y moral y empiezan a reconocer cada vez más su fuerza formadora de comunidades. Ellos continúan lo que yo aludí en mi libro: paululum appropinquant. Y tengo la impresión de que usted también forma parte de ellos, y vive más cerca de Castalia de lo que usted imagina.


A Thomas Mann

  13 de octubre de 1947

  Querido y venerado Foma Genrichowitsch:

  Desde hace algún tiempo tenía la intención de escribirle algún saludo, de enviarle una señal de vida, una muestra de nuestro recuerdo y simpatía, porque pensamos mucho en usted y recientemente hemos vuelto a leer casi todos los ensayos de Rede und Antwort, comenzando con el que trata de Chamisso y los autobiográficos. Luego, inspirados por usted, volvimos a retomar después de largos años el Stechlin y lo leemos todas las noches. Hoy lo hemos recordado con particular intensidad. Escuchamos por la radio la cinta grabada en la cual declama «El niño prodigio». Gozamos con su voz y su lenguaje, y nuevamente volvimos a sentirnos tocados porque ya en sus obras tempranas, y aun las menores, no sólo está presente el acento y la dicción tan acabados y precisos, sino que muestra en ellas también con singular exactitud el centro de su temática y problemática.

  Bien, no hubiera sido necesario este encuentro en la radio ni ningún otro recordatorio, para hacerme pensar en usted con toda cordialidad y gratitud. En el mundo no abunda la gente, y ni qué hablar los colegas, cuya exis


tencia, acción e irradiación provoquen nuestro puro contento. Al envejecer se tiene dificultad en aceptar nuevas manifestaciones y personas, y en consecuencia más agradecido se está por los pocos compañeros cuya existencia y cuyos dones nos procuran gozo…

 

  Al poeta Lajzer Ajchenrand

  Aparecido en el «Neuen Zürcher Zeitung» del 8 de noviembre de 1947. Habría sido escrito en esa ocasión.

  Sin fecha

  Le agradezco su amable carta. Ya estoy viejo y muy cansado y en realidad no debería escribir más cartas, al menos no las privadas porque desde hace años me abruma desde el exterior una enorme carga de trabajo cotidiana, que ya no estoy en condiciones de atender. Después de haber logrado vivir durante toda una vida en cierto retiro, me encuentro ahora expuesto a una publicidad a la que he debido sacrificar mi existencia privada y no lo hago de buen grado. Pero la vejez nos ayuda a salvar algunos escollos y cuando un anciano sacude la cabeza y balbucea un par de palabras, unos ven en ello madura sabiduría, otros en cambio esclerosis y si su comporta

miento respecto al mundo es en el fondo el resultado de la experiencia y la sabiduría o sólo la consecuencia de sus trastornos circulatorios, eso queda sin ser determinado, aun por el propio viejo.

  Usted ya sabe que tengo una impresión muy profunda y bella de sus poemas en yiddish. Estoy lejos de haberlos leído todos, pero aquellos que he podido leer me han emocionado.

  Nosotros, los poetas, tenemos entre otros cometidos el de expresar lo sufrido por los hombres de nuestro tiempo y sólo podemos hacerlo no basándonos en lo que se oye decir, sino en lo padecido por uno mismo. Que lo expresado ocurra de manera patética o sentimental, de manera quejumbrosa, burlona o a modo de acusación, siempre es necesario en cualquier caso y va destinado a ayudar un poco en su desarrollo a la humanidad que avanza con torpes pasos de niño. La actual magnitud de dolor nos da una solidaridad que abarca a todos los pueblos y todos los géneros de existencia y dolor. Lo insoportable debe traducirse en palabras y quizá superarse. En esto somos hermanos. Le saluda.

 

  A Thomas Mann

  Baden, 12 de diciembre de 1947


Querido señor Thomas Mann:

  No podía desear nada mejor en estas semanas algo aburridas y abúlicas de mi cura en Baden que una carta suya, ni qué hablar de una tan grata y promisoria, pues me promete o me hace ver como posibles y también anheladas por usted dos cosas maravillosas. Las he deseado a ambas: una desde hace varios decenios, a saber Las confesiones del estafador Felix Krull en su completo desarrollo y la otra, esperada más de una vez en los últimos años: el comentario del Fausto ad usum Germanorum. No necesito decirle nada sobre el Krull, pues usted ya sabe cuán caro me es ese personaje y puede imaginarse cuánto anhelo y deseo brindarme el enorme goce de su lectura, sino también a usted el de demorarse en este trabajo, cuyo tono y atmósfera encantadores ya están dados y que me imagino entre otras cosas como un paseo por el elevado aire del arte, en juego con una materia exenta de los problemas macabros de la actualidad. ¡Ojalá lo iluminen astros benignos!

  En el intervalo en que no tuvo noticias mías, leí también el Leverkühn[9]. Empresa grande y audaz, no sólo por la problemática y por la manera ligera y desmaterializada, tan encantadora con la que esta problemática es llevada al ámbito musical y analizada allí con la objetividad y la calma sólo posibles en lo abstracto. No, para mí lo asombroso y excitante reside en que usted no deja vibrar este preparado puro, esta abstracción ideal en el espacio ideal, sino que lo sitúa dentro de un mundo y una época vistas de manera realista, un mundo qué mueve al amor, a risa, a odio y a náusea. Por supuesto, hay allí mucho que le malinterpretarán, pero ya estamos acostumbrados a esto y usted no se lo tomará muy a pecho.

  Después de la primera lectura, el mundo interior de Leverkühn me pareció a mí mismo mucho más claro, ordenado y transparente que su entorno y lo que me agradó en particular es que este medio sea tan variado, ri


co en figuras y polifacético, que tenga lugar para las caricaturas de teólogos de Hallen como para el dulce niño Nepomuk, que el escritor nos haya guarnecido de manera tan rica el escenario y rara vez pierda el buen humor, el gusto por el teatro.

  Advertirá que ya poseo el libro, si bien se trata de un ejemplar de lectura gastado. Si llegara a sobrarle un bonito ejemplar encuadernado, le agradeceré muchísimo que me lo reserve.

  Algo más: Algunas páginas de su libro, en las cuales es analizada la música leverkuhniana, me han hecho evocar un personaje secundario de El juego de abalorios, a Tegularius, cuyos juegos de abalorios tienden por momentos a concluir por caminos aparentemente legítimos en melancolía e ironía.

  He terminado mi cura y en pocos días volveré a mi casa. Reciban ambos los cordiales saludos de Ninon y su affmo.

  H. H.

 

  A una joven niña

  31 de diciembre de 1947

… Se encuentra usted en una etapa de la vida en la que los jóvenes, siempre que la naturaleza les haya prodigado suficientes dones, tratan de convertirse en individuos, en desarrollar su personalidad. Un noventa y nueve por ciento abandona pronto este intento porque es incómodo e impone severas exigencias, mientras que el camino hacia la adaptación, a la burguesía, al ganar dinero, etc. es mucho más fácil. Pero siempre existirá ese uno por ciento que no abandona su derrotero sino prosigue fiel por él. El camino ancho ejerce en él una gran atracción sin duda, pero no tiene alternativa pues está predestinado a otra cosa y ello lo separa del noventa y nueve por ciento restante y así seguirá durante toda su vida.

  Hubiera podido leer esto en mis libros, sin molestar a este viejo, pero ya le he ahorrado el esfuerzo.

 

  Al señor J. H., Hannover

  10 de enero de 1948

  … Sus ideas me agradan y sería bueno que todos pensaran del mismo modo. Yo mismo he aprendido de los pensadores indios a distinguir entre el ser y el hacer y ver en el «delincuente» al posible santo. Hay millares de personas que a través de mis libros, en particular el Siddharta, se han familiarizado con estas ideas



Sin embargo, se impone ser prudente con la concepción de que sólo importa el querer y no el hacer. Esto es bueno y acertado para los individuos y los pueblos evolucionados, no para los inmaduros. Restar importancia a las «buenas obras», la única justificación «a través de la fe» ya fue un acto de arrojo peligroso y osado en Lutero y ayudó a causar indecible mal. Los alemanes y en especial los de hoy, no son en verdad un pueblo al que se pueda predicar que no importa el hacer y que todo es disculpable cuando la voluntad es buena. En la mayoría la «voluntad» será la de un auténtico y anticipado patriotismo, y en nombre de la patria mañana se estaría dispuesto nuevamente a cometer los mismos delitos cuyas consecuencias amenazan destruir hoy al pueblo.

  No atribuyo ningún valor a tener y conservar la razón y no me dejaré involucrar en más discusiones, simplemente porque tengo cosas más necesarias e importantes que hacer. Sólo quería explicarle en pocas palabras por qué me veo precisado a poner ad acta su bella sugerencia al igual que otros centenares.

 

  A Thomas Mann, Pacific Palisades, California

  21 de enero de 1948

  Querido señor Thomas Mann

Usted se va a reír, pero hoy por primera vez he leído un texto suyo en inglés. Más que leer lo deletreé. Se trata de su prólogo para Demian, cuya edición norteamericana acabo de recibir.

  Es para mí una satisfacción enfrentarme seriamente por primera vez a ese país extraño tomado de su mano y presentado por usted, pues los intentos anteriores de introducir libros míos en América pasaron allí inadvertidos. No obstante, este comienzo no me excita ni me interesa demasiado, pero al menos me divierte y de todos modos ha sucedido en buena compañía. También me ha hecho gracia la manera en que la editorial Holt ha tratado de enmendar la fea carátula de la cubierta del libro mediante el paisaje de St. Moritz del reverso.

  En resumidas cuentas vuelvo a ser el obsequiado y esto en los tiempos que corren, en que uno es en la mayoría de los casos el engañado o el robado. Una situación no muy frecuente. Casi estoy a punto de sonrojarme.

  Deseo expresarle una vez más mi gratitud por este ensayo y enviarle nuestros mejores deseos con motivo del Año Nuevo. ¡Ojalá las próximas conflagraciones mundiales se posterguen hasta que no puedan alcanzarnos ya y ojalá siga prosperando en algún lugar el lado alegre y lindo de la vida!

  Los saludo a ambos de todo corazón, también en nombre de mi esposa, su affmo.

 

  Al señor H. D., Múnich


Estimado señor:

  … Entre la reflexión y la meditación veo la siguiente diferencia: la reflexión es algo activo, en tanto la meditación tiene su fundamento en un estado pasivo, en un expectante estar abierto. Requiere una neutralización de lo personal, una independencia lo más grande posible de las funciones físicas. La mejor preparación para ello son los ejercicios respiratorios, pero éstos no deben consistir en un esfuerzo de los órganos respiratorios, sino más bien en la atención concentrada del practicante en el proceso de la respiración. Este realizará inspiraciones y espiraciones conscientes y cuidadosas, comenzando la inspiración por el vientre, pero nunca de manera forzada. Cuando hemos respirado de este modo durante un rato, podemos entregarnos a la idea de estar aspirando dentro de nosotros al mundo, al cual volvemos a expeler al espirar y en este inspirar y espirar participamos en el todo divino. Se alcanza así una relajación y ablandamiento, una especie de despersonalización. Nos convertimos en objeto, en recipiente de lo que fluye hacia adentro y hacia afuera. Todo esto no es meditación, pero sí una preparación para ella.

  No puedo determinar cuáles son los objetos meditables y cuáles no. La mayoría de las personas no pasan de lo visible en la meditación del mundo de imágenes. Pero también es posible meditar un proceso musical.

  En estos momentos no se me ocurre nada más e ignoro en qué medida estas cosas podrían concretarse dentro de su vida actual y en el decurso de sus días. En esta disciplina se debe ser un Creso en cuanto al tiempo, tal como lo es el artista si aspira a hacer algo bueno y genuino.

  Vea qué puede hacer con todo esto


Al señor W. S., Riehen-Basilea

  Fines de abril de 1948

  Distinguido señor S.:

  Agradezco su cartita. Estoy en un todo de acuerdo con la interpretación de Michael Schabad de ese versículo de la Biblia.

  En lo que a mí mismo respecta, y de una manera muy particular, hace ya varios decenios que me he adelantado un paso en la interpretación de esas palabras respecto a las cuales presumiblemente no esté en lo cierto desde el punto de vista histórico, pues ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento tienen un sentido panteísta…

  Concibiéndolo según el pensamiento indio, es decir según los Upanishad y toda la filosofía prebudista, mi prójimo no sólo es «un hombre como yo» sino que es yo, es uno conmigo, pues la separación entre él y yo, entre yo y tú, es ilusión, es maya. Con esta interpretación también queda completamente agotado el significado ético del amor al prójimo. Pues quien llega a entender que el mundo es una unidad, comprenderá claramente que es absurdo que las partes y los miembros de ese todo se lastimen unos a otros.


A un joven artista

  5 de enero de 1949

  Querido J. K.

  Agradezco tu carta de Año Nuevo. Tiene un dejo de tristeza y depresión, y lo comprendo muy bien. Pero en esta carta declaras asimismo cuánto te atormenta la idea de saber que a tu persona y a tu vida ha sido asignado un deber, cuyo incumplimiento te hace sufrir. A pesar de todo, esto es promisorio pues es textualmente cierto y te ruego recordar de tanto en tanto un par de observaciones que te haré sobre el particular y reflexionar sobre ellas. Estos pensamientos no son míos, son muy viejos y algo de lo mejor que los hombres han pensado sobre sí mismos y sus deberes.

  Lo que logres en la vida, y ello no sólo como artista sino también como ser humano, como hombre y padre, amigo y vecino, no es medido por el eterno «sentido» del mundo de la eterna justicia según un patrón inamovible, sino según tu medida única y personal.

  Cuando Dios te juzgue no te preguntará: «¿Te convertiste en un Holder; o en un Picasso o en un Pestalozzi o Gotthelf?», sino te preguntará «¿Fuiste y te convertiste realmente en el J. K. para lo cual te proveyeron de do


nes y herencias?». Y en ese momento, un hombre jamás pensará sin vergüenza o miedo en su vida y sus extravíos. A lo sumo podrá decir: «No, no me convertí en tal, pero al menos lo intenté en la medida de mis fuerzas». Y si puede decirlo con sinceridad, estará justificado y habrá pasado la prueba.

  Si te perturban conceptos tales como «Dios» o «juez eterno», puedes dejarlos tranquilamente a un lado, no son ellos los que importan. Lo único que sí importa es que a cada uno de nosotros nos han sido dados una herencia y un deber. Cada individuo ha heredado por parte de padre y por parte de madre, de sus muchos antepasados, de su pueblo, de su lengua, ciertas cualidades buenas y malas, agradables y difíciles, talentos y vicios, y el conjunto de todo esto es él, y esto único que en tu caso se llama J. K. habrás de administrarlo y vivir hasta el fin, lo dejarás madurar para devolverlo al final más o menos perfeccionado. Hay al respecto ejemplos de inolvidable efecto. La historia universal y la historia del arte están llenas de ellos, por ejemplo, el caso del tonto o el inservible de una familia en quien, como en muchos cuentos, recae precisamente el papel principal y precisamente por eso, por permanecer fiel a su ser, hace que los más dotados y los triunfadores parezcan disminuidos a su lado.

  A principios del siglo pasado vivían en Francfort los Brentano, una familia de talentos. De sus descendientes —casi una veintena— dos son famosos aún hoy: los poetas Clemens y Bettina. Todos estos numerosos hermanos eran superdotados, interesantes por encima del término medio, espíritus rutilantes, talentos brillantes. Sólo el mayor no pasó de ser un simplote. Durante toda su vida vivió en la casa paterna como un silencioso lar doméstico, un inútil, católico muy ferviente, hijo y hermano paciente y bondadoso. En medio de la horda de hermanos alegres y bromistas, a menudo excéntricos, fue convirtiéndose más y más en un silencioso centro y punto de apoyo, una rara joya doméstica, de la cual manaba paz y bondad. Los hermanos hablan de este hombr



bonachón, de este individuo que no dejó de ser niño con una veneración y un amor que no les inspiró ninguna otra persona. Así al opa, al tonto, le fue asignado también un significado y un deber y lo cumplió con mayor perfección que todos sus brillantes hermanos.

  En resumen, cuando un hombre tiene la necesidad de justificar su vida, no importa la magnitud objetiva y general de su obra, sino que en su vida y en su hacer logre reflejar en la forma mas absoluta y pura su ser.

  Constantemente, miles de tentaciones nos apartan de este camino, pero la más poderosa de todas es la de querer ser en el fondo una persona diferente, la de seguir modelos e ideales que no podemos ni debemos alcanzar. Por esta razón, para las personas de altas dotes, esta tentación es más poderosa y peligrosa que los riesgos vulgares del mero egoísmo, porque tiene la apariencia de lo noble y lo moral.

  Todo muchacho ha soñado ser a una determinada edad conductor o maquinista de tren, más tarde cazador o general, luego un Goethe o un Don Juan. Esto es muy común y forma parte del desarrollo natural y de la autoenseñanza. En cierta medida, la fantasía tantea las posibilidades para el futuro. Pero la vida no satisface estos deseos y los ideales infantiles y juveniles declinan por sí solos. No obstante, siempre volvemos a desear algo que no nos corresponde y nos atormentamos imponiendo a la propia naturaleza exigencias que la violentan. A todos nos pasa lo mismo. Pero de vez en cuando, en horas de vigilia interior, siempre volvemos a sentir que no hay ningún camino que parta de nosotros y entre en otra cosa, que debemos ir por la vida con nuestros propios dones y defectos absolutamente personales y entonces ocurre a veces que avanzamos un poquito, logramos realizar algo que antes no podíamos y por un momento nos confirmamos sin duda alguna y podemos estar satisfechos de nosotros mismos. Naturalmente, esto no se da en forma permanente, pero aun así lo más íntimo en nosotros no aspira sino a sentirse crecer y madurar en forma natural. Sólo entonces estamos en armonía con el mundo, pero a nosotros nos es concedido rara vez. Sin embargo, más profunda es entonces la vivencia

No debo olvidar que con este recuerdo del deber asignado una única vez a cada individuo, de ninguna manera aludo a aquello que los jóvenes y viejos diletantes del arte llaman la salvaguardia e imposición de su individualidad y originalidad. Se entiende per se que cuando un artista hace del arte su profesión y el contenido de su vida, aprende primeramente todo cuanto habrá de aprender en su oficio sin pensar en eludir este aprendizaje para no perder su preciosa personalidad y originalidad. El artista que como tal elude el aprendizaje y sus molestias, también lo hará como persona, no hará justicia a los amigos ni a las mujeres, ni a sus hijos ni a la comunidad civil. Por el contrario, quedará estéril a un lado con su salvaguardada originalidad y se anquilosará. Hemos conocido muchos ejemplos de este tipo. El esforzarse por adquirir lo factible de aprender constituye en el arte un deber tan lógico como lo es en la vida. A todo niño se le debe enseñar a comer, leer y escribir, a adquirir hábitos de aseo. El aprendizaje de lo factible de aprender no es obstáculo, sino estímulo y enriquecimiento en el desarrollo de la individualidad. Me avergüenza un poco escribir sobre estas perogrulladas, pero ocurre que nadie parece tener ya instinto para lo lógico y natural y en compensación se practica un culto primitivo por lo inaudito y lo estrafalario. Como tú ya sabes, en el arte no me muestro para nada despreciativo de lo nuevo, al contrario, pero en lo moral, es decir en lo que atañe a la conducta del hombre frente a sus deberes, las modas y las innovaciones me resultan sospechosas, y me colma la indignación cuando escucho hablar a la gente sabia de nuevas morales y éticas, como de modas y estilos en el arte.

  Ahora bien, el mundo contemporáneo impone a los hombres otra exigencia que es propagada por los partidos, los patriotas o maestros de la moral universal. Esta exigencia impone al hombre renunciar por completo a sí mismo y a la idea de que puedan tenerse intenciones personales y únicas respecto a él y adaptarse a una humanidad normal o ideal del futuro, convertirse en la diminuta medita de una máquina, o una piedra entre un millón de piedras basales iguales a él. No quisiera juzgar sobre el valor moral de esta exigencia que tiene



su lado heroico y grandioso. Pero yo no creo en ella. La unificación, por bien intencionada que sea, se opone a la naturaleza y no conduce a la paz y la alegría, sino al fanatismo y a la guerra. En el fondo es una exigencia monacal y sólo está permitida cuando tenemos que ver con monjes, con individuos que han ingresado voluntariamente a una orden. Pero yo no creo que esta exigencia a los hombres pueda amenazarte seriamente.

  Advierto que esta carta se ha convertido casi en un ensayo. Por este motivo la haré copiar y en su oportunidad la daré a leer a otros. No tendrás objeciones, espero.

 

  Academia Svenska, Estocolmo

  2 de marzo de 1949

  Ilustres caballeros:

  En vuestras ponderaciones respecto a los futuros premios Nobel de literatura, ruégoles tomar en consideración a dos personalidades significativas y de altos méritos. Ambas pertenecen al área de la literatura sobre la cual puedo permitirme un juicio: el área idiomática alemana


Deseo mencionar en primer lugar a Martin Buber, el judío, gran maestro y adalid de una selecta minoría intelectual de judíos. Como traductor de la Biblia, como redescubridor de la sabiduría jasídica que vertió al alemán, como erudito, como gran escritor y por último como sabio, como maestro y representante de una elevada ética y humanidad, es en la opinión de quienes conocen su obra uno de los personajes rectores y más valiosos de las letras en el mundo contemporáneo.

  El segundo nombre que deseo recordarles es el de Gertrud von Le Fort. En cierto sentido se la puede comparar a la señora Undset: católica, maestra de la narrativa histórica y también mítica, al mismo tiempo la representante más valiosa y talentosa del movimiento de resistencia intelectual y religiosa dentro de la Alemania hitlerista. Como representante del sentir humano y cristiano se la puede equiparar a la señora Undset, pero como escritora la coloco a un nivel más elevado.

  Suficiente. Era para mí un deber recordar a ustedes estas dos ilustres figuras y la magna obra de sus vidas.

  Con mi consideración más distinguida y cordiales saludos, vuestro affmo.

 

  Notas sobre el verano de 1949

Quien recibe muchas cartas y es solicitado por mucha gente, le llega hoy en día una corriente interminable de miserias de todo tipo, desde la queja suave y el tímido pedido, hasta la furibunda y colérica protesta de la cínica desesperación. Si tuviera que soportar en mi propia persona todo cuanto me trae la correspondencia de un solo día en lamentaciones, cuitas, pobreza, hambre o destierro hace ya mucho hubiera dejado de vivir. Algunos de estos informes, a menudo muy objetivos y realistas, exponen ante mis ojos situaciones que me cuesta bastante esfuerzo admitir, creer y penetrar con mi compasiva fantasía. En el transcurso de estos últimos años he debido aprender a ser avaro con mis sentimientos y mi comprensión y reservarlos para los casos de gran necesidad, los casos a los que en cierta medida puede brindárseles alguna ayuda, un consuelo o dádivas materiales.

  Entre las cartas que imploran un socorro espiritual y moral, se encuentra una determinada categoría que no ha entrado en el ámbito de mi experiencia sino en estos años de miseria. Son cartas de individuos maduros que han dejado atrás la juventud, a quienes el rigor y la amargura de la vida exterior, exacerbados al límite de la intolerancia, les ha hecho concebir un pensamiento extraño a su carácter, un pensamiento que jamás había aflorado antes a sus vidas: el recurso del suicidio para poner fin a su miseria.

  Por cierto, en toda época he recibido cartas rezumantes de hastío y cansancio de vivir, escritas por personas jóvenes, tiernas, con disposiciones algo poéticas y sentimentales. Estas cartas forman parte de lo conocido y lo acostumbrado y por momentos mis respuestas a esos coqueteos y amenazas de suicidio fueron bastante claras cuando no brutales. A estos cansados de la vida les escribía que de manera alguna condenaba el suicidio, siempre y cuando fuera el verdadero, el consumado, por el cual sentía tanto respeto como por cualquier otra forma de muerte, pero no podía tomar en serio —tal como pretendía el consultante— las charlas sobre su tedio y sus

intenciones suicidas, sino más bien me inclinaba a ver en ellas una forma no del todo permitida ni del todo decente de extorsión, encaminada a despertar sentimientos compasivos.

  Pero ahora me llegan, no a menudo, aunque sí una que otra vez, cartas de personas hasta ese momento experimentadas y de acrisoladas virtudes, en las cuales me piden mi opinión sobre el suicidio pues esta vida se les torna más y más difícil, insoportable, privada de todo sentido, alegría, belleza y dignidad y no puede haber una respuesta para estas cartas si no se las toma previamente muy en serio y se profundiza en la aflicción expuesta.

  He tomado nota de algunos párrafos de mis respuestas a tales demandas.

  Un hombre de más de cincuenta años me pidió con sobriedad y sin palabras hueras mi opinión sobre el suicidio, algo en lo que jamás había pensado en su vida activa y llena de responsabilidades, pero que de pronto se le antojaba la única forma de liberación de una vida que se había tornado demasiado pesada, demasiado absurda y carente de dignidad. Se le ofrecía como la única unívoca e irrecusable solución. De mi respuesta a este hombre anoté los siguientes párrafos:

  «En cierta ocasión cuando contaba unos quince años de edad, uno de nuestros profesores nos dejó estupefactos al afirmar que el suicidio “era la mayor cobardía moral” que podía cometer el hombre. Hasta entonces me había inclinado a creer que se necesitaba cierto valor, una porfía y un dolor muy grandes para ello y el suicida me inspiraba un sentimiento de horror mezclado con respeto y admiración. Por ese motivo, la sentencia del profesor pronunciada con la fuerza de un axioma, fue en ese momento una verdadera paradoja. Quedé atontado y sin facultades para replicar ante esa sentencia que parecía tener en sí toda la lógica y la moral. Pero no duró mucho la perplejidad, pronto volví a creer en mis propios sentimientos e ideas. En consecuencia, he sentido durante toda mi vida respeto y simpatía por los suicidas y de alguna manera, aun cuando sombría, m


han parecido extraordinarios ejemplos de un sufrimiento humano que escapa a la imaginación de aquel profesor y de un coraje y obstinación que puede inspirarme amor. De hecho, los suicidas que conocí fueron personas, si bien problemáticas, muy valiosas y superiores al término medio de los individuos. Y que además del coraje para dispararse una bala en la cabeza, tuvieran también valor y porfía para hacerse despreciables y aborrecibles a los profesores y a la moral, sólo acrecienta mi compasión. Cuando por naturaleza, por educación y destino le es imposible y le está prohibido el suicidio a un individuo, yo creo que no lo podrá llevar a cabo si alguna vez la fantasía pretende tentarlo con esta salida. Seguirá estando prohibida para él. Si ocurre lo contrario y alguien se quita la vida por resultarle insoportable, juzgo que tiene el mismo derecho que otros a su muerte “natural”. Bah, en el caso de muchos que se mataron, su muerte me pareció más natural y sensata que en los que ocurrió de esta forma».

  Algunas veces en el año llega esa clase de cartas que me proporcionan particular alegría y que contesto con gran amor. Algunas veces suele ocurrir que alguien me pregunte si puedo suministrarle uno de los manuscritos de poemas decorados con miniaturas ejecutadas por mí. Siempre los tengo a disposición de los aficionados y lo que obtengo por ellos me resarce en parte de los gastos que me ocasiona el envío de paquetes y subsidios a los países donde reina hambre y miseria. Después de un intervalo de varios meses he vuelto a recibir uno de esos pedidos que se traducen en trabajo y pan. En la medida de lo posible siempre tengo reservado uno o dos de estos manuscritos y si uno de ellos encuentra un aficionado, trato de reponerlo en seguida. De todos los trabajos que he realizado, éste es uno de los más caros para mí y lo ejecuto de esta manera:

  En primer lugar, abro el armario que se encuentra en mi estudio. Lo poseo desde que se construyó mi actual morada. Contiene una serie de gavetas bastantes amplias y profundas, destinadas a guardar los pliegos de papel


El armario y la gran cantidad de papel en parte fino y antiguo, que en su mayoría ya no se puede conseguir hoy en día, viene a ser la materialización de un sueño de acuerdo con el dicho «lo que se desea en la juventud, se obtiene en abundancia en la vejez». Cuando era un niño pequeño siempre pedía papel como regalo de Navidad y de cumpleaños. A los ocho años de edad lo hice por escrito con las siguientes palabras: «Un pliego de papel tan grande como la puerta de Spalen». Más adelante, aproveché cualquier oportunidad para adquirir buenos papeles. A menudo, los canjeé por libros o acuarelas y desde que existe el armario soy dueño de más papel del que jamás podré consumir. Abro el armario y me dedico a escoger un papel. Unas veces me atraen los lisos, otras los ásperos, o los finos papeles para acuarelas, o los más simples papeles para imprimir. En esta ocasión mi preferencia ha recaído sobre un papel muy simple, levemente amarillento, del cual conservo piadosamente unos pocos pliegos. Es el papel en el cual fue impreso uno de mis libros más queridos Die Wanderung (La peregrinación). Las existencias que quedaban de este libro fueron aniquiladas por las bombas americanas. Desde entonces ha desaparecido. Durante largos años he estado comprando a cualquier precio todo ejemplar que aparece en alguna librería de viejo y entre los pocos deseos que abrigo aún se cuenta el de verlo nuevamente impreso antes de morir.

  Este papel no es costoso, pero tiene una porosidad particular, de suave absorción, que da a las acuarelas un efecto levemente desleído. Según recuerdo entraña ciertos riesgos pero ya no sé cuáles son. Sin embargo, estoy dispuesto a dejarme sorprender y realizar una prueba. Extraigo los pliegos, corto con la guillotina el formato deseado, busco un trozo de cartón adecuado para preparar una carpeta protectora y comienzo mi trabajo. Siempre pinto en primer lugar la portada y las ilustraciones, sin tener en cuenta los textos que escojo más tarde. Los primeros cinco o seis cuadros: pequeños paisajes o una corona de flores, los dibujo y pinto de memoria según motivos familiares; para los siguientes busco elementos sugerentes en mis carpetas.


Dibujo con sepia un pequeño lago, un par de montañas, una nube en el cielo, en el primer plano; en la pendiente de una colina levanto una aldea de juguete; doy al cielo un poco de cobalto, al lago un reflejo de azul de Prusia, a la aldea un toque de ocre dorado o amarillo de Nápoles, todo muy diluido, y me place ver cómo el papel apenas absorbente amortigua y liga los colores. Con el dedo húmedo borroneo el cielo para aclararlo y me divierto con mi ingenua paletita. Hacía tiempo que no practicaba este juego. Ya no lo hago como en otros tiempos, me fatigo en seguida, las fuerzas me alcanzan para hacer unas pocas hojas por día, pero la tarea todavía tiene su encanto para mí y me da gusto transformar un manojo de hojas blancas en un manuscrito ilustrado y saber que el manuscrito seguirá transformándose, primeramente en dinero, luego en paquetes de café, arroz, azúcar, aceite y chocolate, y con este recurso se encenderá en personas queridas un rayo de estímulo, de consuelo, de nueva fuerza, en jubilosa algarabía de niños, en sonrisas de ancianos y enfermos, y también aquí y allá en una vislumbre de fe y confianza en los corazones extenuados y desfallecidos…

  Esto constituye un bonito juego y no me remuerde la conciencia que mis pinturas carezcan de valor artístico. Mi primer cuadernito y su carpetita eran mucho más desmañados y carentes de arte que los actuales. Fue durante la Primera Guerra Mundial y en aquella ocasión lo hice aconsejado por un amigo en beneficio de los prisioneros de guerra. Eso fue hace mucho tiempo. Más tarde vinieron épocas en las que recibí con agrado todo encargo pues me ayudaban a mi propio sustento. En la actualidad no ocurre como en decenios anteriores, en que convertía mis trabajos manuales en bibliotecas para los prisioneros de guerra. Las personas para las cuales elaboro mis artesanías son desconocidos; tampoco entrego el producto de mi labor a una Cruz Roja o a tal o cual organización. Con el correr de los años me he hecho un amante de lo individual y diferenciado, contrariando todas las tendencias de nuestra época. Y tal vez, de este modo no sólo sea un estrafalario detallista, sino que me asiste una razón objetiva. Por lo menos puedo afirmar que el cuidado de un reducido número de per


sonas, a las que no conozco personalmente en su totalidad, pero de las que cada una significa algo para mí, de las cuales cada una tiene su propio y único valor y su particular destino, me proporciona mucho más placer y juzgo en mi corazón mucho más correcto y necesario que la asistencia y beneficencia que otrora ayudaba a realizar como engranaje de la gran maquinaria de previsión y ayuda. En la actualidad, cada día que pasa me desafía a adaptarme al mundo como lo hace la mayoría, a librarme de todos los cometidos actuales con la ayuda de la rutina y la mecanización, con ayuda de un aparato, una secretaria, un método. ¿Tal vez deba apretar los dientes y amoldarme en mi vejez? Pero no, esto me desazonaría, y todos aquellos cuya aflicción inunda en oleadas mi escritorio colmado de pedidos, claman a un ser humano, no a un aparato. Que cada cual se quede con aquello que satisfaga sus exigencias.

 

  Al señor K. St. Blecher (cerca de Düsseldorf)

  Fines de agosto de 1949

  … Será mejor que le diga sin rodeos por qué me ha agradado su carta.

  Me ha agradado su talento. Promete. No es el de un literato, sino el de un poeta


También me ha agradado la sinceridad con la que intenta aclarar para si y respecto a mí la problemática de su vida y de su generación. Unido a ese talento constituye algo positivo y hermoso…

  … No me ha agradado algo en el tono de su carta que me recuerda a eso que el extranjero imagina como «juventud alemana», a saber: el tipo extravagante, enamorado del dolor y la desesperación, el tipo «fáustico» y existencialista, un tipo al cual nosotros, los extranjeros, tenemos en poca estima. Esta juventud ebria de tragedia y grandeza existió en un tiempo, cuando peregrinaba con el morral y la guitarra a la espalda, medio jocosa, medio gentil, pero a poco se prestó de una manera perfecta a la conducción de la guerra, a conquistar, torturar y otras actividades que tampoco nos merecen ninguna estima.

  En consecuencia, lo que no me gusta en su carta es más bien lo que usted tiene en común con su generación. Por lo tanto, me llenaría de satisfacción que aplicara todas sus fuerzas a dar forma y madurez a lo individual, único y bello que hay en usted y destruir lo otro, lo colectivo, o al menos desconfiar de ello. Es una dote de poco valor.

  Esta es una impresión mía muy íntima y se la he comunicado porque hay algo en su carta que me gusta y me ha llegado con su sinceridad y belleza…

 

  Al señor K. K., en C

19 de setiembre de 1949

  Querido señor K.:

  Le agradezco su carta. Entiendo y apruebo su posición, pero me entristece comprobar que también un hombre como usted pueda ver el mundo real de manera equivocada a través de la lente de una teoría. Desde el punto de vista marxista, considera usted a mi leal editor y amigo Suhrkamp un capitalista retrógrado que vende mis libros al lastimoso burgués, mientras los sustrae alevosamente al trabajador que no aspira sino al intelecto y a la cultura. ¿Cree realmente en esta fábula?

  Para mí el trabajador que abandona su labor sobre el minuto para marcharse a su casa o al cine no es tan santo, ni el «capitalista» y empresario que trata de salvar su fábrica amenazada y a su gente y no conoce asuetos, ni cine, ni vacaciones, es el tipo retrógrado que usted ve. Para mí, Suhrkamp es ante todo un hombre, una persona, un genio, y en relación con él sólo puedo decir que si Alemania tuviera miles de hombres y genios como éste, habría para ella una posibilidad de salvación. Este hombre sobre el cual me escribe de manera tan insensata, sufrió prisión y confinamiento en campos de concentración, fue condenado a la horca y se lo hizo objeto de graves vejámenes. Sin embargo, no cedió un solo paso en su posición. Perdió en la guerra sus bienes personales y su empresa sin emitir una sola palabra de queja y en la actualidad ha comenzado a reorganizar lenta y pacientemente su editorial y con ella también mi obra. Esto le significa afrontar ciertas dificultades. Entre otras, los vencedores que lo protegen por considerarlo antinazi, pretenden obligarlo a publicar literatura extranjera de poca calidad. Su reacción en este caso no ha sido sino la de una firme oposición, sin tener para nada en cuenta


la coyuntura. Y finalmente, desde hace treinta y cinco años soporta como todas las editoriales alemanas, las consecuencias de esta grave crisis del libro. Y usted me sugiere que precisamente en estos momentos lo deje en la estacada y hasta haga valer con él mi autoridad.

  ¡No, mis relaciones con mi editor jamás fueron tan prusianas! De modo que hoy no haré valer mi autoridad, lo cual sería bastante imprudente e inútil, pues para ello se impone tener autoridad y yo no la tengo. Al igual que Suhrkamp, yo me ciño a nuestros contratos.

  En la actualidad, este hombre que durante años no se tomó un solo día de vacaciones y desde su confinamiento en un campo de concentración ha quedado con la salud quebrantada, no es accesible. Después de largos esfuerzos conseguimos convencerle que se sometiera a un tratamiento médico y a una cura de reposo y no seré yo quien interrumpa su descanso. Cuando regrese a Suiza, el asunto de la asociación podrá incluirse entre los otros muchos que desde hace tiempo están pendientes de discusión.

  Un saludo muy cordial para ambos, de vuestro affmo.

 

  Al señor A. Sch., Geislingen

  27 de octubre de 1949


Estimado señor Sch.:

  ¡Cuán típicamente alemán es lo que me informa acerca de su «viejo amigo»! Vivió toda esa época de ignominia desde 1933, se encuentra en medio de la miseria y la decadencia alemanas, pero lo que le preocupa y por lo cual pretende movilizar a sangre y fuego es su desvelo por la moral de Noruega, el hecho de que un traidor a la patria quien lamentablemente es a la vez un gran poeta, haya sido tratado equivocadamente según su opinión. En Francia, Hamsun hubiera encabezado la fila de los «colaboracionistas» fusilados. En Alemania hubiera pasado inadvertido. Ignoro si Noruega lo trata «correctamente». En semejantes dilemas no hay proceder «correcto». Y a mí, en persona, me hubiera resultado grato que hubieran permitido su fuga dejando librado al pueblo la manera como habría de comportarse respecto a él.

  Haciendo caso omiso de Hamsun, quien no sólo fue un amigo de los nazis, sino también se mostró en la mayoría de sus libros como un enconado enemigo del intelecto, me apena que su amigo, ya que pretende aleccionar a otros pueblos en lugar de constituir en su propio país una célula de paz y organización, lo haga de manera tan abyecta, que nos incite a nosotros, los poetas, que en verdad sentimos con tanta amargura la suerte de Hamsun, por muy merecida que sea, digo, que nos incite a sangre y fuego a intervenir, a recurrir a estos medios de la violencia, la estupidez y la brutalidad. Uno no puede menos que volver la espalda y avergonzarse.

  Menos mal que no se ha contagiado usted de la insensatez de su amigo y piense de manera tan razonable y correcta. Estoy de acuerdo con lo que dice acerca del amor y del «proceso de transformación».

  Lo saluda cordialmente


A Dagens Nyheter, Estocolmo

  Respuesta telegráfica a una encuesta, relativa al Premio Nobel de Literatura.

  5 de noviembre de 1949

  Martin Buber me parece el candidato más digno. Judío alemán, traductor de la Biblia, poeta y restaurador de la tradición jasídica, Buber no sólo es un gran escritor de repercusión universal, sino también uno de los pocos sabios auténticos y maestros de la humanidad contemporánea. Nació en 1878, y es profesor y cofundador de la Universidad de Jerusalén.

 

  A Martin Buber

  Con motivo de la aparición de la edición completa de sus Cuentos Jasídicos


Baden, fin de noviembre de 1949

  Estimado señor Martin Buber:

  Deseo hacerle llegar mis congratulaciones por el tomo aparecido en «Biblioteca de la Literatura Universal». Durante largo tiempo abrigué el deseo de ver así compilados los cuentos de los Jasidas. Me alegra haber vivido hasta presenciar este evento y no dudo de que para usted debe constituir un gozo igualmente grande.

  Al parecer medió un largo camino entre estas leyendas anecdóticas dispersas de la época del judaísmo de Oriente y la aparición de este tomo de la Biblioteca de la Literatura Universal. Pero donde se enciende una luz, sus rayos no se pierden, y si las historias de los chinos milenarios acerca de la vida y de las pláticas de sus sabios pudieron aguardar dos mil años su ingreso al panteón de los pueblos sin sacrificar nada de su potencia, los doscientos años desde el florecimiento del jasidismo hasta esta colección clásica son en verdad un breve lapso.

  Desde que nos vimos por última vez, me he solazado a menudo en la lectura de sus escritos, en particular con esa conferencia pronunciada en Holanda y en su contribución tan valiente y alegre a la filosofía existencial. También le agradezco por esto.

 

  A la señora Fr.

Distinguida señora Fr.:

  Su carta debió esperar un buen rato. Recibo una copiosa correspondencia y ocurre que las cartas más extensas son las que más tienen que esperar.

  Por fin he leído la suya. Si la he entendido bien, persigue dos propósitos: en primer lugar desea expresarme de la manera más exhaustiva y crasa posible su aversión hacia Thomas Mann y su Doktor Faustus, y de paso adularme diciéndome que según su convicción, yo jamás hubiera podido escribir un libro tan desvergonzado, soberbio y que se burla de todo lo tradicional y sagrado como el de ese infame escritor. Y en segundo lugar alude a un posible viaje que realizaría a Suiza en primavera y la visita que piensa hacerme entonces.

  Me resulta difícil contestarle. Si no pudo entender y gustar el libro de Thomas Mann, no es sino por un defecto suyo, no del autor. Y sus juicios destructivos sobre Thomas Mann, un caro amigo mío y muy venerado colega, se sirven de un vocabulario y una argumentación que he debido leer y escuchar centenares de veces, de modo que casi me inclinaría a admitir que simplemente se ha limitado a recoger usted juicios ajenos y por cierto muy equivocados e insensatos y que no ha leído siquiera el libro, pues si realmente lo hubiera tenido en las manos y le hubiera parecido desde el primer capítulo tan repulsivo y chocante, sin duda alguna no se hubiese impuesto el tormento de leerlo hasta el final. Supongo pues que ha escuchado estos vergonzosos y tontos juicios entre el círculo de sus amistades o los habrá leído en los comentarios de los periódicos. Por lo tanto, me excuso de contestarle.

  Queda pues por resolver su otra demanda, su proyectada visita. Verá, si resolviera venir a mi casa, encontrará adherido a la puerta un papel con la siguiente leyenda


Palabras de Meng Hsia.

      Chino antiguo.
   

    Cuando uno se ha hecho viejo y ha realizado lo suyo, le corresponde hacer migas con la muerte en silencio.

    No necesita de los hombres. Los conoce, ha visto bastante de ellos. Aquello que necesita es el silencio.

    No es prudente ir en busca de tal individuo, hablarle y torturarlo con charla insípida.

    Es aconsejable seguir de largo por la puerta de su casa, como si se tratara de la morada de nadie.
 

  Ignoro cuál será su comportamiento después de la lectura de esta sentencia. Supongamos que es usted una persona de extraordinaria y fina sensibilidad: advertirá que las palabras de este chino milenario no son broma ni un llamado a su cultura literaria; las tomaría correctamente no sólo como un ruego ferviente, sino también como advertencia contra lo insensato y vulgar de la afluencia masiva de visitantes, como expresión de un mundo más humano. Sacará entonces sus conclusiones y desistirá de la visita. Pero la probabilidad habla en favor de que procederá como las tres cuartas partes de mis visitantes anteriores, que no piensan para nada en dejarse persuadir mediante delicados guiños y nobles reparos de lo que se les ha metido en sus inteligentes testas. Entonces a pesar de todo hará sonar la campanilla y si llego a estar en casa, la criada la conducirá hasta nuestra sala. Nos sentaremos frente a frente, y ambos nos quedaremos con la mirada clavada en el suelo, turbados, pues se percatará enseguida de que no bromeaba cuando le hacía saber cómo pienso respecto a participar en charlas y escuchar. Creo que no sería una situación deseable ni para usted ni para mí.

Al señor J. S., Lienham (Suecia)

  1949

  Estimado señor S.:

  Desde hace mucho tiempo sabe usted que en ningún caso matar es el camino correcto para resolver una discusión entre seres humanos. Queda pues en pie una sola cuestión: ¿si por motivos patrióticos estuviera obligado a matar, reuniría el gran coraje de negarse? Nadie puede saber ni afirmar con absoluta certeza de antemano, si será capaz de ofrendar el último sacrificio a lo que él reconoce como correcto. Además, ningún individuo está obligado a semejante sacrificio sino a aquello que le permiten sus fuerzas. Si llegado el caso habrá de oponer franca resistencia a la orden de matar o si se conformará a prestar en silencio una falsa obediencia lo habrá de decidir únicamente su propia guía interior, su propio sentimiento y conciencia. Tenemos que escuchar no sólo a la razón y a lo moral, sino también a nuestra propia naturaleza


A Siegfried Unseld, Tubinga

  1949/1950

  Estimado doctor Unseld:

  En realidad, su pregunta estética en relación con Josef Knecht debería hacerme sentir disminuido, pues no tengo la dicha de poder dedicarme como usted a tan bellos y castálicos estudios y desde el momento de su aparición, hace siete años, no he logrado volver a leer El juego de abalorios, porque cada día me trae más trabajo del que puedo atender.

  No obstante, le debo una respuesta, pues entre las consultas de los lectores acerca de Castalia y Knecht, que no dejan de repetirse y son a menudo de un alarmante bajo nivel, sus preguntas se destacan por su sagacidad y su bella precisión, al punto de que por un momento también me movieron a formular una.

  Para contestarle debo confiar en mi memoria, pero con ayuda de mi mujer he repasado los pasajes citados por usted y en cierto sentido dudosos.

  Según su interpretación, el biógrafo Josef Knecht estaba empeñado en «dar a los lectores su relación biográfica desde la perspectiva de Knecht, es decir, describir sólo aquello que surge de la esfera de vivencias


percepciones de Knecht». Y a su juicio esta perspectiva se ha quebrantado en los pasajes que cita, porque ellos señalan hechos, palabras o ideas de otros que Knecht no podía conocer.

  Es desde todo punto de vista posible que este libro escrito en el curso de once años (¡y qué años!), contenga este tipo de errores de construcción, a pesar de toda la concentración y cuidados puestos al escribirlo. Pero la «perspectiva» según la cual ve estructurado el libro no era la mía. Más aun, durante los primeros años mi perspectiva se modificó levemente en algunas oportunidades. Al principio, me importó ante todo (quizá fue lo único que me importó en realidad) hacer visible a Castalia, la ciudad del erudito, el claustro mundano ideal, una idea o —como opinan los críticos—, una ilusión que al menos existió y tuvo vigencia desde los tiempos de la Academia platónica, uno de los ideales que estuvieron presentes a través de toda nuestra historia del espíritu como arquetipos válidos. Luego comprendí que la realidad interior de Castalia sólo podía hacerse visible de manera convincente en una persona dominante, la persona espiritual de un héroe y de un mártir y por consiguiente Knecht apareció en el centro de la narración de manera ejemplar y única, no tanto como castaliense ideal y perfecto, pues de éstos hay unos cuantos, sino más bien como alguien que a la larga no puede estar conforme con Castalia y su perfección separada del mundo.

  El biógrafo que yo imaginé es un alumno aventajado o un repetidor de Waldzell que por amor a la figura del gran renegado, accedió a relatar la novela de su vida para un círculo de amigos y admiradores de Knecht. Todo lo que Castalia posee está a disposición de este biógrafo: la tradición oral y escrita, los archivos y, naturalmente, también la propia facultad de la imaginación y la intuición. A estas fuentes acudió y me parece que no escribió nada que fuera imposible dentro de este marco. La última parte de su biografía, cuyo medio y cuyos pormenores no se pueden controlar desde Castalia, los define expresamente como la «leyenda» del Magister Ludi desaparecido, cómo perdura entre sus discípulos y más allá de ellos en la tradición de Waldzell.

Hermann Hesse Cartas escogidas 09

Distinguidísimo:

  Habrá visto por mi impreso que su larga carta llegó a mi poder y también la tarjeta complementaria (quédese tranquilo en cuanto a la «sustancia» y mi interpretación de ella). Bien, del Estudiante de humanidades, una de mis más antiguas narraciones (alrededor de 1905) hay o hubo una pequeña edición económica como la que busca y he podido enviarle dos ejemplares de la misma. Hubiera querido volver a leer el cuento, pero no pude y quizá ya no tenga oportunidad de hacerlo en lo que me queda de vida. Lo leí por última vez hace trece o catorce años, cuando reelaboré la vieja versión del libro Diesseits (Aquende) para una nueva edición. No hice tantos cambios, como cortes y eliminación de ornamentos superfluos. Todavía existe el libro en su versión original.

  Algunas cosas en su carta me causaron una sensación de melancolía, en particular la idea de cómo usted, el heroico G., se presentaría en mi casa para animarme y pasar conmigo dos o tres días e incluso sus noches haciendo bromas y riendo homéricamente. Las personas carecen del don de conocerse entre sí y la idea que yo tengo de usted es sin duda tan errónea como la suya respecto a mí. Naturalmente, conocí mis buenos tiempos alegres, pero no soy proclive a las chanzas y a las risas y cuando me llevan a una situación donde impera el jolgorio me fatigo una enormidad. Una o dos horas son para mí más que suficientes. Pasar media noche, ni qué decir una noche entera, en medio de risas y bromas significaría para mí un esfuerzo demasiado agotador del cual no lograría reponerme. No, querido camarada del norte, todo cuanto se dice o alude de mis obras, todos los tonos de mi música y los conocimientos y experiencias no se fundan en mi disposición para la broma y la fuerza, pues no la tengo. La mía es disposición para el sufrimiento, una disposición como la de la princesa de la arveja, una sensibilidad extremadamente delicada… Así pues, y sin ánimo de herirle, estoy muy contento de que no pueda venir a visitarme, palmearme la espalda e invitarme a chancear.

Más tarde, cuando haya aprendido a conocer de una manera más diferenciada la melodía en mis libros, advertirá por supuesto que esta delicadeza es tanto salud como enfermedad, pero de cualquier manera algo que no deseo sea de otra forma, aun cuando de este modo la vida está llena de dolor. Nuestra vida, la vida mediocre de un occidental de la actualidad se me antoja tan espantosa que sólo puede ser soportada por zopencos, por idiotas, por gente sin espíritu ni gusto, sin finas vibraciones. El «heroísmo» es también el ideal de esta época y termina en las trincheras a cuarenta grados bajo cero. No, la gente sólo soporta esta vida porque ya no está acostumbrada a los dones más delicados del hombre y entre ellos los mejores y más bellos. Yo, por el contrario soy un poeta, en consecuencia, un ser de una época mítica fenecida, capaz de vibraciones más inteligentes y diferenciadas que las del hombre actual, pero cautivo en el mundo y en la atmósfera de este presente, condenado a estallar como un bicho extraño en la jaula del zoológico.

  Bueno, ya es suficiente y demasiado. Agradezco nuevamente su carta, que en gran parte me ha complacido, y su relación con Spinoza me halaga.



  A la señora G. S. de Berna

  16 de abril de 1940

Acepte la expresión de mi gratitud por sus muy bienvenidos regalos.

  … Por cierto, no puedo darle la razón en lo que dice respecto a la novela de Joachim Maass. Que un individuo relate o confiese su vida en una novela, sólo puede tener lógica y éxito cuando el lector toma en serio tal confesión y está dispuesto a escuchar de verdad al escritor, pero no cuando en lugar de escucharlo, se preocupa en pensar si el penitente y sus oyentes no se estarán muriendo de hambre porque la confesión se alarga demasiado. La objeción de que una persona de ordinario no habla de manera sostenida y durante tanto tiempo, es comparable a la objeción que tan frecuentemente se hace a la ópera: a saber que en la vida cotidiana la gente no canta y en consecuencia la ópera sería una cosa absurda. La literatura no tiene nada que ver con la «vida cotidiana», sino quiere y debe hacer visible el fondo, el sentido de la vida, y cuando un hombre se pone a contar su vida y emplea para ello cincuenta o cien páginas, siempre será poco si en verdad da cuenta de algo de valor experimental.

  Anteayer, después de un prolongado intervalo, recibí una carta de Maass, el autor de Testamento. Se encuentra en América, frente a un destino incierto aún. Su amigo y colega de grandes dotes, Beheim Schwarzbach (Reclam publicó su fabuloso cuento El tambor de la muerte) está en Inglaterra pero debió dejar a su esposa en Alemania, y para colmo de males enferma.

  Sí, también le agradezco por lo que dice acerca de las modificaciones del poema. Quizá tenga razón en cuanto a la línea de la ventana roja o el leve resplandor. Al menos yo también prefiero lo del leve resplandor y presumiblemente volveré a incorporarlo. Lo que sucedió fue esto. Sin duda lo correcto fue trasponer la poesía de lo subjetivo y narrativo a lo general y puramente alegórico, ya por el solo hecho de que la poesía concluye con un conocimiento puramente intelectual, es decir con la idea de que la esencia de la música es el tiempo y por cierto puro presente, no otra cosa. Para llegar a esta idea necesité alrededor de sesenta años, a pesar de que desde mi

infancia fui un amigo de la música. Ahora bien, con la omisión de la primera estrofa también se descartó la línea de la nublada noche de primavera, la línea más cálida, sensual y también la que hace una marcada alusión a la profundidad del espacio. Esta pérdida me dio pena. Quizá en compensación le di a la linea de la ventana el rojo y la incandescencia, y perseveraré en ello hasta que por fin vuelva a incorporar lo del leve resplandor. Esto es lo que ocurre con nosotros, los poetas. Siendo un mozalbete, mientras aguardaba en la sala de espera de un dentista, leí un chiste en las revistas: Un consejero comercial encuentra a un poeta y le pregunta si ese día ya había trabajado algo. El poeta le contesta con profunda gravedad: «¡Oh, sí! Toda la mañana repasé lo escrito la víspera y finalmente taché una frase». El otro vuelve a preguntar: «¿Y por la tarde?». El poeta responde: «Verá. Volví a examinar todo de nuevo y al final dejé la frase que había quitado».

  Nunca olvidé este chiste leído en lo de un dentista de Stuttgart, allá por el año 1890.

  Addio, recibid ambos mis cordiales saludos.



  Al señor G. G., Copenhague

  ¿1940

Estimado caballero:

  ¡Vaya G. robusto que es usted! Uno se atemoriza cuando usted alza la mano, ni qué decir cuando hace brotar versos de su manga. Protesta con tanta vehemencia sobre los pocos versos, lo único nuevo que he producido desde hace medio año, que algo en ellos debe haberle tocado finalmente o afectado cuando reacciona en forma tan violenta. Sin embargo, la corrección que propone a mi poema va desencaminada ya por el mero hecho, amice, de que los poemas no admiten corrección. Si no son poesía se malogran por sí mismos. Pero si son poesía, visiones, vivencias contemplativas, nada puede hacerse en su contra. Forman parte entonces de lo más fuerte que existe en el mundo.

  Ignoro si la mía es una verdadera poesía, tampoco me toca decidir al respecto. Pero usted, querido lector, cuando recibe un poema no debe apretar los puños y alzar la voz. De este modo se cierra el camino hacia el poema. En primer lugar debe tratar de dejarlo entrar en usted y no examinarlo enseguida para comprobar si tiene la cosmovisión spinoziana por usted deseada.

  ¿Recuerda en Siddharta, al ladrón que tenía Buda en su interior? De este modo, la mitología india con sus imágenes a menudo masivas de Vishnu y de Shiva, de las cuatro edades del mundo, el ocaso del universo y la eterna recreación no sólo tiene rasgos primitivos e infantiles, sino también encierra en sí todo lo esotérico que el sabio es capaz de percibir. Así como el ladrón es Buda, el demiurgo es la Unidad, y es ocaso y recreación en uno solo, a saber, en el fondo, muy atrás en el fondo del mundo. Pero en el primer plano de la pizarra del escolar, en la escritura mitológico-poética de letras filigranadas, la poesía es sólo poesía, algo de doble sentido y pluralidad de sentidos, algo que a la mayoría se le antoja una niñería tonta y que a los spinozianos puede causarles el efecto de un trapo colorado. Y entre este primer plano y este fondo, entre el demiurgo primitivo o poeta y el

esotérico Dios-Spinoza, fluctúa y hace música el mundo entero. Tan sólo es menester escuchar un poco. Con el tambor no se la puede abordar. El tambor tan sólo levanta un muro entre la poesía y el lector, entre la música y los oyentes que protestan.

  Suficiente. Dado mi estado de debilidad ésta ha sido una carta harto larga. Pero quería hacerle saber que oí su voz. Los poetas tienen una audición tan buena que no es necesario golpear sobre la mesa. Son sismógrafos.

  Mi única intención era saludarlo y burlarme un poco de usted para lograr tal vez que en el futuro esté a la espera de percibir y respetar el enigma tras los poemas, tras las mitologías y los demiurgos.

  Yin y Yan deben jugar entre sí y no pelear. El dolor del mundo debe encontramos indestructibles en lo más íntimo de nuestro ser, pero no cerrados debido a una perfecta filosofía. Y los poemas también reclaman ser considerados más como juego y en broma y al mismo tiempo con más seriedad de lo que usted lo hizo esta vez.



  Al señor W., Estocolmo

  Fines de febrero de 1941

  Estimado señor W.

Agradezco su grata carta y dado que es usted hermano de P. U. W. tengo una idea aproximada de su origen y de su calidad.

  Ya se verá si es poeta, es decir, un individuo capaz de alcanzar la realización y representación de su propio ser sólo como poeta. De todos modos, el hecho de que la poesía le interese y anhele llegar a ser un poeta es un comienzo y en consecuencia deberá seguir este camino hasta que quede evidenciado si es su único y verdadero destino. Esto es más difícil para el poeta que para un pintor, porque un individuo es capaz de producir a muy temprana edad y dadas ciertas circunstancias buena música o pintura formal y valiosa, en tanto las composiciones poéticas de valor permanente son casi sin excepción obra de adultos que han alcanzado ya cierta madurez y atesorado experiencias. No hay oficio que el poeta pueda aprender en forma objetiva, de tal forma que para el joven poeta su empresa es fácil en apariencia, pero en el fondo se le hace más difícil que a otros artistas. La mayoría de las veces es menester esperar largo tiempo hasta lograr producir algo valioso también para los demás. Por esta razón es bueno ejercitarse, imponerse rigor, examinar todo lo escrito al cabo de cierto tiempo para asegurarse si no es posible expresarlo mejor, con mayor precisión y agudeza.

  Conténtese con estas palabras, pues hoy ya no puedo decirle más. Solamente agregaré esto: cuanto más se esfuerza un artista en favor de su arte y más en serio lo toma, tanto más se acerca a la meta de encontrar lo último que se quiere significar con todo arte: la fe en el sentido de la vida, o si lo desea, el valor de dar a esta vida un sentido. El camino hasta allí comprende muchas etapas, a menudo es tortuoso, a menudo parece difícil, pero no obstante vale la pena recorrerlo


A Peter Suhrkamp (¿Berlín?)

  7 de marzo de 1941

  Estimado señor Suhrkamp:

  Ayer recibí su carta desde Gastein, portadora de la noticia del deceso de Loerke y al mismo tiempo llegó la noticia de la muerte de mi hermano mayor. Eramos cuatro hermanos y nos amábamos mucho mutuamente. Hans, el menor, fue el primero en abandonamos. Usted lo conoce a través de mis hojas conmemorativas. Ahora de los cuatro sólo he quedado yo.

  Comprendo cuánto significa para usted la pérdida de Loerke. Usted también perdió un hermano y más.

  Mi salud ha vuelto a empeorar, es decir que no puedo pensar en dedicarme a otro trabajo fuera del mecánico. Mis ojos y mi cabeza están aquejados de dolores y la gota ha atacado casi todas las articulaciones de mis manos, en particular la derecha.

  Pero antes de presentarse este agravamiento (sin duda relacionado con la primavera) y desde mi estada en Baden, he logrado concluir un capítulo del magister ludi Knecht. Falta tan poco en cantidad, que sin duda estará completamente terminado este mismo año, pero no debo prometer nada ni establecer plazos

Del material que en su momento le mostré para un eventual libro y que usted no quiso aceptar (qué se le va a hacer) deben excluirse uno o dos fragmentos por razones de tiempo. En consecuencia, lo que resta es muy poco y si de esto extrajera un cuento de cierta extensión para publicar en un tomito especial como me sugiere, equivaldría a renunciar por completo al libro que tenía en mente. Por hoy no le digo más. Ante todo, necesito examinar cuidadosamente dicho material una vez más y debido a mi vista me llevará un buen rato.

  Me alegra de todo corazón saber de su restablecimiento y de su estado de salud en general, pero en principio no le comprendo del todo. Es por cierto una mezcla de lo físico y lo moral. Si examino mi propia vida según las reglas de validez general y más aún, según los criterios que rigen hoy en el mundo, todo ha sido equivocado y no ha podido sino conducir a un mal final. Si siempre hubiera obrado y vivido como lo exigen la moral, la razón, la higiene, quizás habría llegado a ser un mediano oficial y contaría entre mis logros la destrucción de varias aldeas, mientras que a mi modo me encuentro ahora aquí con las manos vacías a no ser que quieran anotarme como atenuantes un par de libros escritos. Si volviera a ser joven y pudiera comenzar de nuevo, volvería a obrar de la misma manera.

  Le doy las gracias y estrecho su mano.



  Al doctor H. M., Burgdor


Fines de marzo de 1941

  … Encuentro comprensible lo que dice acerca de las correcciones de poemas, pero no comparto esta concepción. Los pueblos descorteses se inclinan a denigrar la cortesía como una cobarde perfidia y alaban la grosería como noble virtud.

  Del mismo modo esos pueblos que tienen una mala relación con su propio idioma (en primer lugar los alemanes y de una manera particularmente acentuada los suizos alemanes) tildan el cultivo de la lengua de mera cháchara o cosa parecida, tal como los alumnos haraganes desprecian el latín y el griego como materias inútiles. Cuando alguien atribuye al cultivo de una lengua sólo el valor de un entretenimiento o de una afectación y considera como «cháchara» un vocabulario y una sintaxis esmerados, ello no causa ningún daño si se trata de un campesino o un soldado. Pero si es un poeta, comete una grave injusticia.

  Muchos poetas y diletantes alemanes y suizos tienen en sí la costumbre de considerar la poesía como un proceso fisiológico, algo así como escupir o digerir, algo que se cumple de manera instintiva y con exclusión de la voluntad y la razón. Esto no sólo es absurdo y equivocado, sino también de malas consecuencias para nuestra literatura que sabe Dios no es muy rica…

  ¡Goce de la primavera, en tanto sea joven! Y reciba un cordial saludo.

Al señor L. M., Cannstatt

  ¿1941?

  Estimado señor M.:

  Deseo contestar su carta antes de ausentarme de viaje durante algunas semanas. El destino de los suyos también me toca de cerca. ¡Ojalá que todo transcurra con más benignidad de lo que piensan los dictadores!

  En cuanto a su intranquilidad y preocupación por su propia nación y a su aptitud para la vida, deseo infundirle aliento y fe. Por supuesto, hay mucha gente a la que la vida le resulta más fácil y que en apariencia o de verdad es más «feliz». Son los netamente no individualizados quienes no conocen problemas. Para nosotros, los que somos diferentes, no tiene sentido alguno compararnos con ellos. Nosotros debemos vivir nuestra propia vida y esto significa algo nuevo y propio, cada vez más difícil y también cada vez más bello para cada uno en particular. No existen normas para la vida y a cada cual ésta le asigna un deber único y diferente. Y así tampoco hay una ineptitud innata o predeterminada para vivir. Por el contrario, aun el más débil y el más pobre puede llevar en el lugar que le asignaron una vida digna y genuina y ser alguien para los demás, simplemente por aceptar el puesto no elegido que tiene en la vida, su misión especial y tratar de realizarla. Esto es auténtica humanidad y siempre irradia algo noble y benéfico aún cuando el depositario de esta misión sea a los ojos de los demás un pobre diablo con quien nadie quisiera compararse.

  No se entregue a autoexámenes y autocríticas valorativas. Por cierto, uno puede criticar y condenar una acción aislada de la que nos arrepentimos. Esto es saludable. Pero lo que no debe hacer, es juzgarse y evaluarse


a sí mismo acerca de cómo fue puesto en el mundo sino aceptar primeramente lo que se ha recibido de Dios en dones y defectos. Es menester decir sí y tratar de lograr lo mejor sobre esa base. Dios ha tenido algo en mente respecto a cada uno de nosotros, intentó algo y seremos sus enemigos si no aceptamos sus designios y no lo ayudamos a realizarlos.

  No puedo decirle más al respecto, tampoco importa la cantidad de palabras.



  A un joven individuo

  Zúrich, mayo de 1943

  Si bien no estoy capacitado para escribir una buena carta —los médicos me están importunando de nuevo— deseo retribuirle su saludo. Como he podido advertir, lo motiva una necesidad. Lo que nosotros experimentamos no puede comunicarse con palabras y así pues su carta se aproxima apenas al problema. Este reside en la palabra «yo». Usted habla del «yo» como si fuera una magnitud objetiva conocida, cosa que no es tan así. En cada uno de nosotros hay dos «yo» y quien sepa dónde comienza uno y acaba el otro, será infinitamente sabio



Si observamos un poco a nuestro yo subjetivo, empírico, individual se nos mostrará muy proteico, voluble y dependiente del exterior, muy expuesto a las influencias. Por lo tanto, no puede ser una magnitud con la que se pueda contar sobre una base firme, mucho menos puede ser para nosotros escala y voto. Este «yo» no nos instruye sino sobre lo que la Biblia dice con harta frecuencia, a saber que somos una especie bastante débil, contumaz y cobarde.

  Pero existe el otro yo, escondido en el primero, entreverado con él, pero de manera alguna se los puede confundir entre sí. Este segundo yo, elevado y santo (el Atman de los hindúes que usted equipara a Brahma) no es personal, sino que constituye nuestra participación en Dios, en la vida, en el todo, en lo impersonal y ultrapersonal. Vale más la pena dedicarse a este yo y seguirlo. Pero es difícil. Este yo eterno es tranquilo y paciente, mientras que el otro es indiscreto e impaciente.

  En parte, las religiones son conocimientos sobre Dios y el yo, en parte prácticas espirituales, sistemas de ejercitación para independizarse del caprichoso yo privado y aproximarse más a lo que de divino tenemos en nosotros.

  Yo creo que una religión es tan buena como otra. No hay ninguna en la cual no podamos llegar a ser sabios, ni ninguna que no podamos practicar también como la más estúpida idolatría. Pero en las religiones se ha reunido casi todo el verdadero saber, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es «falsa» si la consideramos cualquier cosa menos piadosa, pero cada una es una llave para llegar al corazón del mundo. Cada una señala los cambios que apartan de la idolatría del yo y llevan al culto de Dios.

  Bueno, suficiente. Lamento no ser sacerdote, pero si lo fuera quizá debería exigir de usted precisamente lo que de momento no puede cumplir. Y así es mejor. Me limito a enviarle el saludo de un peregrino que al igual que usted camina por la oscuridad, pero sabe de la luz y la busca.


Al profesor Robert Faesi, Zúrich

  Después de su crítica sobre El juego de abalorios.

  1.º de noviembre 1943

  … Deseo responder brevemente a algunas pequeñeces. Me ha decepcionado que pudiera concebir la idea de buscar una manifestación cualquiera sobre forma de Estado, vestimenta, etcétera en el utópico mundo del futuro del libro (al cual data usted correctamente). En cambio, me ha complacido en gran medida que haya reconocido con tanta exactitud la estructura de mi utopía y la haya formulado tan bien. Muestra solamente una posibilidad de la vida espiritual, un sueño platónico, no un ideal que deba considerarse de eterna validez, sino un mundo posible, pero consciente de su relatividad. El joven Josef Knecht y el maestre exponen el significado íntimo y el valor de ese mundo, mientras que el Knecht ulterior, preparado en historia, incorpora también al mundo más ideal las ideas de la relatividad y de la caducidad. Knecht debe al maestre Jakobus poder verlo así y que yo haya podido ver al mismo tiempo en su relatividad a Castalia, mi utopía, se lo debo a ese Jakobus, cuyo nombre di al padre, a Jakob Burckhardt…


Al profesor Emil Staiger, Zúrich

  Principios de enero de 1944

  Distinguido señor profesor:

  Su amable carta ha significado para mí una verdadera alegría. Después de experimentar el primer contacto desagradable con el público —la crítica a través de los folletinistas, entre los cuales la única voz seria fue la del profesor Faesi—, mi libro empieza a ejercer lentamente su influencia en esa clase de lectores a los cuales va dirigido, y hasta ahora la señal más grata de esta influencia ha sido su carta. Me ha traído ecos tan bellos y ricos que todavía hoy, a pesar de mi mal estado de salud, me siento encantado.

  En realidad al escribir este libro no pensé en una utopía (en el sentido de un programa dogmático) ni en una profecía, sino que traté de exponer lo que yo considero una idea legítima y genuina y cuya materialización podemos percibir en muchos lugares de la historia universal. Para mi satisfacción, su carta ha venido a testimoniarme que en mi intento no caí en lo imposible, lo sobrehumano y lo teatral. Mientras trabajaba en este libro


rondaron a mi alrededor muchos espíritus, en realidad todos los espíritus de mis educadores y entre ellos los hay tan humanamente sencillos y ajenos a todo énfasis y patrañas, como los de los sabios chinos, tanto los históricos como los legendarios.

  Me place tanto su juicio sobre la jovialidad y la sencillez en la orientación de mi libro, como sus palabras sobre el significado y la posible influencia del mismo. Este significado lo encuentra expresado en forma sumaria en el epígrafe que aparece al principio del libro y cuyo contenido es más o menos éste: confirmar una idea, representar una realización, ya es en sí un breve paso hacia esta realización (paululum appropinquant). También a este respecto su juicio es para mí una confirmación.

  Al agradecerle por la satisfacción que me ha procurado, deseo expresarle también que yo ya le conozco y le he tomado simpatía a través de algunos de sus trabajos, por ejemplo los publicados en «Trivium». Más de una vez me hicieron pensar: aquí trabaja gente a la cual le importa exactamente lo que yo opino. Me agradaría verlo alguna vez. Como yo ya no gozo de la suficiente movilidad para hacer visitas, quizá en alguna ocasión que pase por esta región pueda llegarse hasta ésta su casa y visitarnos a mi esposa y a mí. Ella comparte mi labor.



  A Otto Engel, Stuttgart-Degerloch

  Fines de enero de 1944



Estimado doctor Engel:

  Aun cuando en la actualidad recojo con mi oficio lo contrario del éxito (los libros impresos en Berlín siguen agotados desde hace años, los impresos en Zúrich restringidos al reducido mercado suizo y en los últimos años he regalado más libros que los que he vendido), puedo afirmar que ha aumentado considerablemente la afición por la lectura y su comprensión. El juego de abalorios ha encontrado en verdad un pequeño número de lectores que casi comprenden y aceptan hasta el último detalle, y esto es harto satisfactorio. Algunas cartas me lo demuestran. Una de ellas me la envió el nuevo profesor de literatura de la Universidad de Zúrich, nombrado hace poco, a quien no conozco personalmente; otra E. Ackerknecht, el autor de la hermosa biografía de Keller; luego recibí la suya y la muy bella y amable de Marianne Weber. Creo que a esta altura conoce usted mi libro mejor que yo, pues a mí se me va de las manos poco a poco. Usted también percibe el lado suabo en las ideas de selecta minoría y el juego de abalorios, y eso me agrada en particular.

  … Si se le puede hacer llegar aún un saludo al amigo Schrempf, transmítale los míos muy cordiales y dígale que forma parte de las figuras que gravitan constantemente en mi vida y que considero su pensamiento y su persona como una feliz mezcla del espíritu religioso suabo y el socrático, iluminado por la lejana constelación de Kierkegaard, cuyo frío apasionamiento produce ecos antagónicos inolvidables respecto a esos otros dos espíritus.

  Si es factible, le ruego volver a escribirme sobre la impresión general que le ha merecido mi libro. Su epígrafe tiene la ventaja respecto a muchos otros, de poder aplicarse con harta exactitud. Esto no entraña arte alguno pues el texto alemán lo inventamos el autor Albertus y yo. Schall realizó la versión en latín escolástico y Collofino la revisó. Por esta razón ambos fueron citados con mis muestras de gratitud en la mención de las fuentes.


Transmita mis saludos a su esposa y a los amigos y trate de sobrellevar las cosas. Aun cuando la existencia de Tao no puede sufrir merma, en estos tiempos mucho depende de los individuos encargados de transmitir la herencia a la posteridad.



  A Rolf v. Hoerschelmann, Feldafing

  22 de febrero de 1944

  Estimado señor v. Hoerschelmann:

  Agradezco vivamente su carta. En cuanto a Castalia debe tenerse en cuenta que no sólo es utopía, ilusión y futuro, tampoco lo es de manera preponderante, sino también realidad, pues desde hace mucho tiempo han existido y han sido frecuentes el orden, las academias platónicas, las escuelas de yoga y todas esas cosas. Y en lo atinente a las mujeres: el poeta Bhartrihari, por ejemplo, era un monje budista incapaz de resistirse a una escapada porque creía no poder prescindir de las mujeres, pero siempre regresaba arrepentido y era acogido nuevamente con todo beneplácito


La otra cuestión: el juego de abalorios es un lenguaje, un sistema completo. Por lo tanto, se lo puede jugar de las maneras imaginables más diversas, por uno e improvisando, por varios y de acuerdo con un plan, compitiendo o bien en forma hierática.

  En Stuttgart ha fallecido mi amigo Christoph Schrempf que alcanzó bastante más de los ochenta años de edad. De las personas que conocí era quien más se asemejaba a Sócrates (sobre quien escribió, por otra parte, de una manera grandiosa).

  Sí, quedaba aún otra cuestión: naturalmente, la muerte de Knecht puede tener muchas interpretaciones. Para mí, la fundamental es la del sacrificio que cumple con valentía y gozo. Tal como yo lo considero, no interrumpe de este modo su obra de educador en el adolescente, sino que la termina.

  Addio, cordiales saludos.



  A la señorita Charlotte Petersen, Dillenburg (Hessen)

  Mediados de mayo, 1944

  La señorita Petersen mencionaba un pasaje del libro de Ernst Jünger del siguiente tenor: «La batalla es una terrible medición de la producción recíproca y el triunfo del éxito una competencia que sabe producir con mayor rapidez y menos escrúpulos. Aquí, la era de l


cual provenimos, descubre su reverso. El dominio de la máquina sobre los hombres, del peón sobre el señor se hace evidente y una profunda brecha que ya comenzó a conmover los órdenes económico y social durante la época de paz, asume carácter mortal en las batallas de esta era. Aquí se devela el estilo de una estirpe materialista y la técnica celebra un triunfo cruento. Aquí debe ser saldada una cuenta de culpas que parecen haber caducado y caído en el olvido hace tiempo, y si nosotros hemos tenido que “entrar en esto”, habrá buenos motivos, aun cuando quizá no hayamos tenido culpa, pero el destino no conoce responsabilidades personales, está muy por encima de estas cuestiones».

  A esto contesta H. H.:

  Por supuesto, la posición de Jünger a la cual usted alude, es característica. El mundo de Jünger está lleno de espíritu, crítica, razón y un elevado gusto artístico, pero carece de amor. Y en su cita me parece particularmente característica la conclusión del destino que no conoce responsabilidades. Así sucede, en efecto: nadie es culpable, estamos quemando y bombardeando al mundo hasta convertirlo en una ruina y somos inocentes. Somos «exponente» o «factor» o cualquier cosa ingeniosa, pero no humanos, no seres morales, súbditos de Dios y responsables ante él. Hablando en buen alemán, no doy por esto ni medio penique.



  Al profesor K. Kerényi, Ascona

  Principios de setiembre de 1944


Estimado señor y amigo:

  (Esta es una fórmula que Jacob Burckhardt gustaba emplear). Las fuerzas ya no están a mi servicio como antes, ni tampoco las palabras, de lo contrario hace tiempo le hubiera escrito unas líneas testimoniándole mi agradecimiento y amistad. Acabo de concluir con la primera lectura de su nuevo libro que me ha deparado gran satisfacción. He buscado aquí y allá las palabras adecuadas para definir el hechizo que ejerció sobre mí la lectura de un genuino libro sobre mitologías, pero no he encontrado ninguna que pudiera decirlo con tanta belleza y perfección como aquellas que usted escribió en su carta de julio y que rezan así: «En las tramas de tales sueños uno mismo es hilo y queda entretejido en esa tela sin orillo que comenzó con las grandes mitologías de la humanidad». Esto es. Y mientras nos empequeñecemos infinitamente ante este mundo mítico, como poetas de hoy nos sentimos sin embargo confirmados y justificados en el sentido de nuestro hacer, en nuestro ensueño poético. Esto hace bien y por momentos es necesario. Entretanto, le he enviado desde Bremgarten los dos poemas a modo de saludo estival. Estuvimos una vez más en ese lugar de la fiesta de Viaje al Oriente, en medio de un mundo de recuerdos y relaciones, y mientras nosotros mismos y nuestros amigos hemos envejecido y cambiado en parte, el castillo, el río y la arboleda aparecen tan inalterables y perennes que se tiene la tentación de introducirse con los ojos en el propio pasado como en un cuadro. Y además en esta ocasión hubo algo especial. Se volvió a realizar en nuestro honor toda una fiesta al estilo de Bremgarten. La última noche, nos ofrecieron en el espléndido salón Rococó la obra postrera de mi amigo, el músico Schoeck, una de las más bellas. Luego nos sentamos como otrora a la larga mesa que prepararon en el pabellón abierto con el marco del jardín nocturno, una mesa iluminada con velas, colmada de manjares y vinos. Me vi rodeado de figuras y rostros muy queridos para mí desde hace mucho tiempo. Algunos amigos residentes en el extranjero viajaron para estar presen


tes esa noche. También estuvieron allí dos de mis hijos con sus esposas. No me he repuesto aún de la fatiga del caluroso viaje emprendido al día siguiente, pero el recuerdo sigue irradiando brillo todavía y no es caro cuanto pagara por él.

  Le doy las gracias nuevamente por su libro y todo cuanto me ha brindado.



  A una lectora

  Que me preguntó por qué excluí a las mujeres en El juego de abalorios.

  Febrero de 1945

  No hay respuesta para su pregunta. Naturalmente podría darle razones, pero sólo serían notorias. Una obra no sólo nace de la reflexión y de la intención, sino en gran parte de motivos más profundos que el propio autor ignora, o a lo sumo intuye.

  Le sugeriría verlo de este modo: Al comenzar la obra el autor de Josef Knecht era un hombre entrado en años y un anciano cuando la concluyó. Cuanto más envejece un autor, mayor es su necesidad de ser exacto, consciente, y de hablar sólo de dominios que conoce realmente. Las mujeres son un fragmento de la vida que aun


cuando el hombre maduro y el viejo conocieron profundamente en su juventud, ha quedado atrás y se ha vuelto misterioso, y por lo tanto no se aventura ni confía saber algo real respecto a él. En cambio, los juegos de los hombres, en tanto son de naturaleza intelectual, los conoce plenamente, en este tema es bien versado.

  El lector dotado de fantasía creará e imaginará en mi Castalia todas las mujeres inteligentes y espiritualmente superiores, desde Aspasia hasta las de nuestros días.



  Al padre de un suicida

  10 de mayo de 1945

  Estimado señor:

  Usted ha tenido la comprensible necesidad de endosar en otro parte de la culpa paternal que le corresponde por la muerte de su hijo, y lo hizo en mí mediante una carta que ni es cortés, ni prudente.

  En su momento, Goethe, con quien no debo compararme ni de lejos en otros aspectos, habrá recibido de lectores y padres de su misma mentalidad, cartas análogas respecto a su Werther. Existía en ese momento una juventud problemática, algo decadente, en cuyo seno se produjeron suicidios y los progenitores no buscaron la

decadencia en sí mismos o en sus hijos, sino en el maldito Werther que se había atrevido a expresar cosas que a su juicio debían mantenerse en un secreto sepulcral o bien era preciso encubrir con mentiras.

  Usted debe dejarme a mí solo la responsabilidad por mis libros, cuyo origen se funda en sacrificios de los que no tiene la menor noción. Pronto cumpliré mis setenta años y no me hacen falta sus consejos ni sus prescripciones. Si se hubiera esmerado en leer realmente y entender El lobo estepario hubiese advertido que no es la historia de una decadencia, sino la de una crisis y salvación y que Harry no es un decadente, sino un individuo capaz de vivir. Que no todos logren esta salvación no es motivo para guardar silencio o engañarse sobre la problemática moral y anímica de nuestra época, de acuerdo con su receta. ¿Cree de veras que es el cirujano y no el literato quien debe decidir cuales son los temas permitidos y convenientes para la literatura?

  Así como con las herramientas y los métodos más o menos perfeccionados de su profesión, debe reconocer, descubrir y atacar los padecimientos físicos, la literatura de cada época debe tener renovado valor para señalar los profundos peligros y males anímicos, siempre que no pase de ser almíbar para adolescentes. A quien así proceda, la mayoría de los ciudadanos le volverán siempre la espalda y le escribirán cartas descorteses. Procediendo según sus principios, los nacionalsocialistas también prohibieron la mitad de mis obras.

  Usted sintió la necesidad de comunicarme su juicio aniquilador sobre mi libro y unido a él consejos morales para mí. Sólo puedo contestarle lo siguiente: Distinguido señor, busque usted la culpa de la muerte de su pobre hijo no en un libro que quizá leyó, que otros diez mil leyeron sin perjuicio y otros muchos con beneficio, sino pregúntese por qué su hijo no acudió a su progenitor cuando ya no se sintió capaz de hacer frente a sus problemas.

  Me ha sido penoso escribir esta carta, tanto más cuanto que usted está de duelo y su hijo me merece simpatía, pero su carta exigía la respuesta que le doy


Atentamente



  A la doctora Paula Philippson, Basilea

  Julio de 1945

  Querida y distinguida doctora Philippson:

  Todavía no le he expresado mi gratitud por su cordial atención al remitirme el poema de Beate Berwin y recibo ahora, con motivo del 2 de julio, sus hermosas flores desde Allschwill que adornan la biblioteca desde su llegada. Deseo testimoniarle en este mismo momento mi agradecimiento por el recuerdo cordial que guarda hacia mí y esta casa.

  Alemania nos causa en estos momentos mucha preocupación, no sólo de naturaleza privada. Me agradaría que localizara el último número del «Neuen Rundschau» y leyera lo que allí se dice sobre este problema

Aun cuando en muchas cosas no concuerdo con Jung, su confesión es de una seriedad que sólo tienen pocos de sus escritos breves. Mi articulo inserto en ese numero de la gaceta ya es de antigua data, pero en las presentes circunstancias no lo escribiría de manera muy diferente.

  De ninguna manera suscribiría exhortaciones penitenciales públicas y colectivas a Alemania; en cambio, en forma privada le digo a todo alemán que me dirija la palabra que en una política mala y en el fondo tonta, como la que hizo Alemania desde 1870, todos y cada uno tendrán siempre parte de culpa. Quien ya no se siente igualmente responsable respecto a Bismarck o a Guillermo II y de manera ostensible se lava las manos, es en un noventa y nueve por ciento de los casos uno de los que fueron en peregrinación gozosa y entusiasta hasta las urnas para votar a Hindenburg. Alguna vez el pueblo debe empezar a sentirse responsable por su propio hacer


su propio padecer. Pero esto es difícil y dado que muchos otros pueblos han necesitado un tiempo infinitamente largo para ello, tampoco aquí irá muy aprisa. Lamentablemente, en el ínterin, a nosotros los viejos, el granizo nos ha causado estragos en nuestros jardincitos. Yo ya no cuento ver la reconstrucción parcial de aquello que Alemania me destruyó. En el mundo regido y controlado por América y Rusia, el literato alemán es en el mejor de los casos una figura molesta.

  A pesar de todo festejamos un bello cumpleaños y jugamos un partido de boccia.

  Reciba los cordiales saludos de su affmo.



  Al doctor O. D., Stuttgart

  Rigi, 10 de agosto de 1945

  … Los pensamientos y las emociones que ha tenido a raíz del deceso de Anna Schieber no sólo los comprendo, sino los encuentro justificados y lógicos dadas las circunstancias y su carácter. Y si alguna vez considera que no lo puede remediar y se libera de la vida, tenga la certeza de que no se lo tomaré a mal. No obstante, espero que no lo haga, aunque sólo sea por sus allegados y sobre todo porque gente como usted, que ha vi

vido la historia de Alemania desde 1919 en forma consciente y vigilante, es rara y necesaria. Cada uno de ustedes es insustituible. Lo que le hacía falta para dominar la desesperación era sobre todo la afiliación a un grupo político de resistencia. La ideología democrática de Alemania meridional de la época anterior a Hitler era simpática, pero anticuada. Acompaño la carta impresa de R. Un conductor socialista suizo, amigo mío, la acaba de publicar en su periódico. Esta carta, que le ruego leer y pasar a otros, fue para mí altamente valiosa, no por el detalle relativo a la miseria alemana, sino por sus ideas absolutamente valientes, positivas y al servicio de un futuro próximo.

  Respecto al artículo de J. le he escrito a Marianne W. Espero que ella lo habrá recibido y le informará. Ya que ha renegado de todo nacionalismo, caro amico, no debería reaccionar de manera nacionalista ante los sermones paternales, predicantes, empapados de sabiduría de los pueblos virtuosos, es decir, no referir dichos sermones a su persona. Ignoramos cuán grande es la parte de su pueblo que tiene razón respecto a estos sermones, pero sin embargo, me temo que por lo menos la mitad ha cerrado los ojos, lo ha aprobado todo y ahora no quiere saber nada ni compartir en absoluto la culpa. Yo también lo veo así al «pueblo alemán», pero usted pertenece a él tanto como yo. Bien, ya es suficiente.



  A la señora Lise Isenberg, Korntal (cerca de Stuttgart)


4 de octubre de 1945

  Querida Lise:

  Agradezco tu carta infinitamente. Pensé y pienso en Carlo muy a menudo, a veces con preocupación, a veces también imaginándolo entre los rusos, allá en el este haciendo música o tan sólo silbando entre los labios, el rostro distendido en una sonrisa, pronto a adoptar la idiosincrasia asiática.

  … Las cosas no son fáciles para ti y has debido pasar por malos momentos. Y nosotros, los otros, los que nos salvamos exteriormente de la guerra, hemos tenido que experimentar tanto, hemos tenido que soportar tanto desde 1933 y 1939, hemos visto cambiar al mundo hasta el punto de sentir náuseas, que instintivamente nos resistimos ante todo dolor que se nos quiera agregar, contra todo nuevo detalle que se nos añada a lo ya sufrido. Sin embargo, el corazón vibra y a menudo tiene el ardiente deseo de quebrarse ante los nuevos dolores y abandonar este tonto teatro simiesco que nos mira con ojos saltones desde un rostro estrafalario y satánico y que no obstante nos hizo gracia esporádicamente durante tan largo tiempo. Yo también busco salvarme en la visión de los pueblos antiguos, principalmente de la India. Allí están las cuatro eras del mundo, comenzando por la dorada a partir de la cual se va descendiendo y cayendo en la ignominia hasta que todo se hace insoportable y el gran Shiva empieza a bailar y en su danza divina pisotea hasta aniquilar todo el barro del mundo. Puede iniciarse luego de nuevo la creación, bella e inocente. A veces se me antoja que estamos próximos al final de la cuarta era y que Shiva se nos ha aparecido bajo la figura de la bomba atómica…

  Querida Lise, debemos aferramos a la certeza de que las partituras y los libros habrán de perderse, pero seguirán subsistiendo incólumes la escala, los modos y el alfabeto y que a partir de estos elementos podremos rehacerlo todo, pero por supuesto, nuestro reino ya no es «de este mundo».

Recibe nuestros cordiales saludos.



  Al obispo provincial Th. Wurm, Stuttgart

  3 de noviembre de 1945

  … Cuando vi cómo Alemania saboteaba su República casi por unanimidad en los años que sucedieron a la terminación de la Primera Guerra Mundial y no aprendió nada, me resultó fácil adoptar la ciudadanía suiza, lo cual no pude hacer durante la guerra, a pesar de condenar la política de expansión alemana. En uno de mis libros alerté con tono de advertencia y lleno de angustia sobre la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, pero sólo coseché sonrisas indulgentes.

  Decidí entonces separarme para siempre de la Alemania política. Hoy recibo muchas cartas de alemanes que en 1918 eran jóvenes. Me dicen que resuena aún en sus oídos el rumor de mis artículos de aquella época y todos lamentan no haber tomado más en serio mis exhortaciones.

  Bueno, para mí fue más fácil que para otros no ser nacionalista. Nuestra familia fue muy cosmopolita, lo cual convenía también a la misión entre los infieles y desde temprano tuve acceso al espíritu de Lutero, de Ben

gel y de la India. Gente como mi abuelo y mi padre ya no deberían haber sido en realidad nacionalistas, pero hizo falta que pasara otra generación más para ponerlo en claro. Como consecuencia, estamos ahora frente a nuevos y alarmantes deberes y aflicciones. Estoy de acuerdo con usted en que no progresaremos con el patrón de las penas e indemnizaciones y el liberarnos de ello debe estar a cargo precisamente de aquellos que padecen ahora los peores sufrimientos. Me alegro de ser ya viejo y bastante enclenque. Pero en algunas cartas de amigos y lectores alemanes, principalmente provenientes de campos de prisioneros en Inglaterra, América, Italia, Francia, Egipto, advierto tanto discernimiento y buena voluntad, tanta sagacidad acrisolada por los duros padecimientos sufridos, que no puedo abandonar la esperanza.

  Le recuerda con afecto y le saluda



  Al «Südkurier», Constanza

  5 de noviembre de 1945

  … No puedo acceder a su invitación de formular de nuevo las ideas expuestas en el diario de Rigi y adaptarlas a sus complicadas condiciones. Una tarea semejante es cometido de un periodista, en tanto el de un escritor

consiste en decir lo suyo con la mayor exactitud y responsabilidad posibles y no apartarse de ello en lo más mínimo. Ambos cometidos: el suyo, el de la adaptación y el mío, el de la negativa a toda adaptación, son necesarios y no quiero dar primacía a ninguno, pero yo debo permanecer fiel al mío.

  En la actualidad sigo recibiendo cartas de lectores alemanes (entre ellos gente anciana e inteligente como por ejemplo el obispo provincial de Wurm) en las cuales me dicen que no es sino ahora que han comprendido bien mis artículos de los años 1914 a 1919 y darían mucho por haberlos entendido y seguido en aquel momento. Y esto volverá a ocurrir en el presente. En ese momento, extraje de mi despertar político durante la Primera Guerra todas las consecuencias, también la de mi divorcio total de la Alemania política, mi egreso de la Academia, la adquisición de la ciudadanía suiza, y aun con la mejor buena voluntad me hubiera sido absolutamente imposible volver a compenetrarme de la actual mentalidad alemana. En aquel entonces, cuando Alemania saboteaba su joven república de manera tan insensata, mimaba a Hitler en la prisión militar y elegía por unanimidad a Hindenburg, yo ya había dejado de formar parte de ese pueblo en sentido político.



  A Thomas Mann, Pacific Palisades, California

  Baden (Zúrich), 15 de diciembre de 1945


Querido señor Thomas Mann:

  Al finalizar una cura en Baden, pocos días antes de emprender el regreso a casa, recibí su carta en la cual se refiere al incidente relacionado con el Captain Habe-Bekessy. Su buen humor y los simpáticos caprichos de su acento me han divertido y alegrado. En el mundo todo transcurre de manera tan indiferenciada, brutal, simple y desnuda, que la verdadera carta de un verdadero hombre, escrita en un lenguaje verdadero, constituye una rareza y un bien preciado. También me ha sido grato enterarme de que mi libro Ensueños llegó a sus manos satisfactoriamente. Otro caso de suerte.

  Respecto a la descortés carta de aquel oficial de la prensa, mi reacción fue la del silencio, pero lamentablemente, por una indiscreción, la cosa llegó a conocimiento de la prensa suiza. Me costó bastante trabajo aclarar a los americanos las honradas intenciones de la prensa, lavarme de toda mancha y sacudirme el polvo, pues, naturalmente, de manera alguna era mi deseo justificarme ante pseudoautoridades y rogarles por mi rehabilitación. Bien, esto ya pasó.

  Comparto hasta cierto punto las reacciones alemanas a su carta a Molo. Algunas redacciones y ciertos particulares me comunicaron que ya sabían cómo estaba la cosa entre ese Thomas Mann y yo, y si por un breve instante pareció que nos volvían a considerar en forma harto precipitada y extrema como hermanos y colegas, la impresión se ha corregido de la mejor manera, lo cual me resulta muy agradable. La ciudad de Constanza hizo una excepción. Pronto hará veinte años que le dieron allí mi nombre a una callejuela en homenaje a mi quincuagésimo cumpleaños, pero al cabo de unos años se apresuraron a quitar la chapa y reemplazaron mi nombre por otro. Hace poco, durante una acción depuradora barata, el ayuntamiento ha vuelto a recordar tiempos idos y restituyó en su lugar la vieja chapa. Los problemas que parece tener la gente me moverían a risa si a la


postre no vislumbrara detrás de todas estas tonterías y apuros, una miseria tan monstruosa, bestial y elemental, tantas calamidades juntas que quien tenga aún parientes o amigos en Alemania, muchas noches despierta sobresaltado de una pesadilla.

  Desde el punto de vista político nadie ha aprendido nada allí pero existe un sector muy pequeño, reducido al mínimo por Hitler y Himmler, que está bien al tanto y con el cual tengo ciertas relaciones. Sin embargo, esta delgada capa de humus está lejos de alcanzar a brindar un suelo propicio para la nueva república. En principio, debemos damos por satisfechos que al menos no existan ya fuerzas coercitivas, de las cuales se pueda hacer uso abusivo.

  Aquí, en Helvecia, tenemos una constitución maravillosa, ejemplar. Si se explotaran sus posibilidades, la vida no sería tan afligente y angustiosa. Pero al menos de vez en cuando algún Winkelried tiene el coraje de llamar ladrón a un militar de alto rango que ha rodado, y a veces esto puede llegar a tener consecuencias enojosas para el oficial. También hace sentir contento al pueblo que por lo demás mira con medrosa esperanza hacia la poderosa América, por la cual uno se siente incomprendido, pero no obstante, está a buena distancia y por lo tanto inspira menos temor que Rusia, que se ha acercado peligrosamente.

  Deseo que lo esté pasando bien y no precipite su visita a Europa.

  Reciban usted y su esposa nuestros cordiales saludos (mi mujer se encuentra en Zúrich, me visita a menudo y su carta le encantó). Suyo affmo.


Al doctor O. E., Stuttgart

  22 de enero de 1946

  Supongo que en el ínterin habrá recibido mis saludos y respuestas dejándole satisfecho en cierta medida al menos. Entretanto, he digerido por completo sus cartas, su conferencia y aquella carta abierta de repudio a la vita contemplativa. Me he interiorizado de la conferencia en particular porque la copié para alguien. Por supuesto, hay algo que no concuerda. Por ejemplo, dice usted del Dios de la Iglesia que le da al hombre una clara moral y que se acredita en la práctica. Los sacerdotes alemanes que junto con su Dios se arrojaron por montones al cuello a Hitler evidencian lo contrario, al igual que los arzobispos italianos que bendijeron los buques de guerra y los aviones de Mussolini. Muestran más bien que el Dios de la Iglesia y la Iglesia misma no protegen al hombre, aun a los más encumbrados ministros eclesiásticos, de groseros deslices morales. Considero un poco exagerado y precipitado todo lo que se dice de la contemplación, del pensar, del examen de conciencia del Dios que de pronto se vuelve inservible en el momento de tener que actuar. Que el hombre no puede actuar y meditar simultáneamente es correcto y no necesitaba más explicitación, así como hasta ahora un médico nunca consideró necesario comprobar por sí mismo que el hombre no puede inspirar y exhalar aire al mismo tiempo, sino en forma alternada y consecutiva, según un ritmo, una polaridad que es la vida misma. En realidad, en los últimos decenios hemos comprobado adonde conduce el desprecio del contemplar en favor del hacer sin descanso. A la adoración de la dinámica vacía, en lo posible a la alabanza de la vida peligrosa, en resumen, a Adolf y a Benito. Este canto, aun cuando entonado por voz melodiosa y acompasada, no me dice nada. Y qué curioso es esto: pre

cisamente en el instante en que usted advierte que el hacer es lo único esencial, en que arde usted de celo por prestar su colaboración para ayudar, para construir, siente la necesidad de esclarecer para usted esta postura activa en una contemplación bien meditada y bien estilizada. En consecuencia, parecería ser que después de todo, la acción sería la inspiración y la contemplación la espiración y que el hombre que no tiene ambas no es un hombre completo. Y mientras usted reconoce y considera por el momento como superfluo al que contempla, y el decidir y actuar como lo único de importancia vital, me escribe a mí, al que contempla y no al que actúa, cartas vehementes para mostrarme la evidencia de que lo por mí contemplado y escrito sería hoy absolutamente indispensable y que le urge empezar con las reimpresiones.

  Quisiera enfrentarlo por un instante a un espejo. Pues aun cuando tiene razón en muchas cosas, no debe llegar al extremo de ver en los sibaritas suizos y en los poetas, gente que pueda darse el lujo de llevar una vita contemplativa. Por hoy basta. Le ruego no vaya a deducir de estas palabras que yo pretendo jugar al magister, sino más bien con cuánta seriedad he leído y meditado su trabajo. Usted tiene el derecho del excitado y del sufriente, rodeado de vociferantes llamadas a intervenir y ayudar, y yo tengo el derecho del viejo, cuyo cerebro ya no está perfectamente irrigado y para quien las ars moriendi van siendo poco a poco más importantes que las ars vivendi.

  La región está cubierta por un grueso manto de nieve. Durante dos días el cartero no ha podido llegar hasta nosotros, de lo contrario no hubiera tenido ocasión de copiar la conferencia y enviarle este saludo


A Wilhelm Schussen, Tubinga

  1.º de marzo de 1946

  Estimado señor Schussen:

  Agradezco su amable carta del 14 de febrero y el simpático libro de Schäufele. Desde hace mucho tiempo estoy a la espera de una posibilidad para enviar libros a su país. Tan pronto ésta se presente, le haré llegar alguna cosa.

  Su carta me ha emocionado, pero también me ha causado una profunda alarma. ¡De manera que ustedes no sabían nada de nada! ¿No sabían que Hitler, a través de la intentona de Múnich puso en evidencia su peligrosidad, que en lugar de ser castigado por sus autoridades «republicanas» fue mimado por ellas, etcétera, hasta el Documento de Boheim que mucho antes de usurpar Hitler el poder publicaron todos los diarios alemanes, y que debía abrir bien grandes los ojos a todo aquel no obstinado en no querer ver? Y luego, de 1935 en adelante ya no se pudo concurrir a ningún balneario del país de ustedes sin tropezar con grandes cartelones que rezaban «los judíos son indeseables»; ni qué hablar de las leyendas escritas por doquier «muera Judas» que mostraban bien a las claras a cualquiera que no fuese ciego los gérmenes de las inminentes persecuciones. No, unos cuantos años antes de usurpar el poder Hitler ya no encerraba para mí ningún misterio y, por desgracia, tampoco al pueblo alemán que eligió y adoró a Satanás y avaló cada una de sus atrocidades. Me alegro de haberme separado y renegado de Alemania y de su maldita política armamentista, ya durante la Primera Guerra. La vida para un apátrida no es una delicia, pero la preferí a tener que compartir la responsabilidad por la ceguera alemana

su indolencia y rusticidad en todo lo político. Aquí, en el exterior, resulta simplemente inconcebible que un hombre como usted pudiera permanecer ciego e ignorante. En cambio, no me sorprende en lo más mínimo que gente como Korfiz Holm no supiera ni quisiera saber nada de esto. La mayoría de mis amigos en Alemania estaban bien enterados y algunos ya emigraron en 1933, otros desaparecieron en las cámaras de tortura de la Gestapo, tal como desaparecieron los parientes y amigos de mi mujer casi sin excepción en las cámaras de gas de Himmler, en Auschwitz. ¡Y ustedes no sabían nada de eso! Naturalmente, nadie les va a dar crédito pues en este arte del no saber y ser inocentes, mientras se camina hundido hasta la rodilla en sangre, no habrá jamás pueblo alguno que pueda hacerlo.

  Bueno, basta de estas cosas. Ya no tienen remedio. Los acontecimientos no han alterado mayormente mis simpatías hacia los amigos. Al fin y al cabo, el mundo no consiste solo en política. Para nosotros, los que nos encontrábamos en el exterior, la peor época fue en realidad la comprendida entre 1935 y 1939, cuando las atrocidades iban en creciente aumento y no se vislumbraba por ninguna parte un signo de indignación del mundo ni de que la guerra sería declarada.

  A pesar de todo, la iniciación de la guerra fue para nosotros un alivio. ¡Por fin estaba aconteciendo algo! Y nuestros deseos y oraciones imploraban la derrota de Hitler y sus ejércitos, aun cuando en sus filas se encontraban incontables personas a las que me unían lazos de parentesco y amistad.

  Hoy esperamos la visita del Obispo provincial Wurm, quien se encuentra actualmente en Suiza. Mi leal editor berlinés vive. Durante largo tiempo fue prisionero de la Gestapo, y mis cartas no llegaron jamás a su poder. Hace ya mucho tiempo que he renunciado a asistir a la reconstrucción de mi obra. Ello podrá ocurrir sin mí. Ya estoy cansado del mundo y no le tengo apego. Reciba un cordial saludo de su affmo

A un prisionero de guerra en Francia

  11 de marzo de 1946

  Todos los días me traen a casa la discusión sobre la culpa alemana. Una o dos docenas de veces, en todas las versiones epistolares posibles. Sólo puedo responder a sus preguntas lo siguiente: Durante la guerra de 1914 desperté al conocimiento de la realidad del mundo, adjuré de la guerra y de la política alemana de violencia, y deseché todas las frases y los sentimentalismos patrióticos. Poco después de la guerra abandoné mi ciudadanía alemana y renuncié a la única honra y vínculo oficiales, mi afiliación a la Academia.

  Recibimos alemanes con frecuencia. No fue sino la semana pasada cuando el obispo Wurm pasó conmigo medio día. Las cartas llegan por centenas, en parte de la misma gente que durante años bajo la dominación de Hitler no osó escribir a nadie como yo, a nadie de tan mala fama. La gente no tiene sino preguntas y dudas que hemos contestado hace años.

  No lo tome a mal, pero no soporto las quejas, la irritabilidad y a menudo las malévolas amenazas en las cartas de los prisioneros. Se quejan de cosas que anteriormente ellos infligieron a otros centuplicadas y cantan loas al genio alemán y a los magníficos soldados alemanes en la casa de un hombre a quien Alemania destruyó


su vida y su obra, cuya esposa perdió sus seres queridos en las cámaras de gas alemanas. No podemos escuchar esas alabanzas de buen grado. Durante años hemos deseado la derrota a esos magníficos soldados alemanes, y consideramos una incorrección y una falta alemana hablar a viva voz de la soga en la casa del ahorcado y mostrarse tan impaciente en soportar dolores que otros debieron sufrir multiplicados durante muchos años y que ustedes causaron. No sólo recibo cartas de usted, sino de centenares de prisioneros de guerra alemanes, de ciudadanos de la Alemania actual, y en casi todas estas cartas advierto la falta de esas magníficas cualidades que usted adscribe al soldado alemán. Esas cartas están llenas de quejas, ruegos, predicciones, amén de alusiones acerca de cuán valioso es uno mismo y mezquinos los demás. Tampoco faltan las amenazas de una venganza. Esto significa para mí que nadie ha aprendido nada. Cada uno se obstina en obrar y pensar donde la guerra comenzó, cada uno espera compasión, ayuda, comprensión y nadie deja traslucir que se sabe cómplice en un todo, no sólo de Hitler, sino de mucho más.

  Por tal razón le ruego comunicarme sus informaciones y sus deseos de una manera absolutamente objetiva y omitir la plática sobre la temática actual. No tenemos para ello ni tiempo ni paciencia, estamos sobrecargados…

  Todos sus encargos están ya en diversas fases de ejecución y han sido derivados por distintos caminos, pero no tenemos aún una conexión normal y segura con Alemania.

  … Su idea de que los pueblos no son responsables por lo que hacen, no es compartida por el mundo que vive en la democracia, ni tampoco por mí. Alemania perdió mucho después de la Primera Guerra Mundial y sólo obtuvo un único regalo valioso, la República, y ésta fue saboteada por el noventa por ciento del pueblo en forma unánime. Aquel Hitler, del cual opina que no fue sino a partir de 1933 que se mostró ávido de poder y peligroso, ya era perfectamente reconocible en 1923, para cualquiera que quisiera ver, y cuando después de su

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