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11/23/22

Yo soy tu candidato: Romántica y apasionante historia de amor parte 05

 



La llevo a mi apartamento. Si se creía que yo la iba dejar en su casa con ese loco que la está

persiguiendo está muy equivocada. Entonces, vuelve ella con su ostracismo.

¿Qué te pasa cielo?

—¿Qué tienes?

—¿Y ahora cómo voy a hacer con ese acosador?

Quedarte conmigo, pues…

—Bueno, aquí puedes quedarte. Conmigo. Digo, hay mucho espacio en mi apartamento…suficiente

comida…yo...—digo como tanteando la zona.

—¡Por supuesto que no!

—¿Por qué no?

—Bueno, porque no te conozco.

Casi me parto de la risa, ahora me vienes con eso bebé.

—¿En serio? Se me ocurren unas cuantas formas en que podrías conocerme mejor.

—Además, no quiero importunarte, Sebasthian. Me refiero: eres un hombre joven, soltero...

¿Qué coño? ¡Otra vez con eso! pensé que le había dejado todo claro.

—¿Sigues pensando lo mismo que te dijo tu padrino verdad? A pesar de que te lo aclaré.

—Me refiero, tú tienes tus necesidades y nosotros...

Ahorita mismo mi necesidad eres tú. No existe nosotros sin ti, Clarissa.

—Por eso, lo mejor es que te quedes aquí, es lo lógico ¿no te parece?...yo voy a estar más

tranquilo. Las huellas que hallamos en tu casa no coincidieron con ninguna, estamos en blanco en

cuanto a quién puede estar acosándote.

—O sea, que la persona que me sigue, no tiene antecedentes

—No.

—Quizá es la primera vez que hace eso—se está enrollando el cabello inconscientemente, de

nuevo.

—Yo no me fío de eso.

—Y podrían tardar en dar con él o ella, quizás semanas, no sé.

Me ilusiona la idea de que mi nena se quede en mi casa indefinidamente.

—Quédate. Por mi está bien—me delata la sonrisa.

Me ve de reojo.

—Yo no podría hacer eso Sebasthian. No me parece correcto—niega con la cabeza y hace un gesto

con las manos que reafirma su negación.

—¿Y exponerte al peligro sí te parece correcto?—no veo cual es el problema si mi casa está a la

disposición de ella.

—Eso disgustaría mucho a mi padrino.

¡No me hagas reír mujer!

—Clarissa, eres una mujer adulta ¿qué te pasa? Por qué le das tantas vueltas, por mí encantado que

estés aquí.

Noto como comienza a tensarse y abrazándose a sí misma es llevada por sus pensamientos.

¿Adónde vas Clarissa?

Eso me pone mal.

—¿Tanto te incomoda la idea de quedarte conmigo?

—Es que estoy acostumbrada a mi independencia, a mis cosas.

—Podrías traerlas—le digo ya que no me resigno.

Me mira ceñuda.

—Eres insistente ¿eh?

—Y muy persuasivo...—intento engatusarla con mi sonrisa, pero no funciona—. Está bien

"Señorita Evasivas" será como quieras. Mañana temprano te llevaré. Pero te mantendré vigilada. Es

una verdadera lástima. En lo que a ti respecta me encantaría tenerte de manera ilimitada... veremos

qué puedo hacer contigo en tan corto tiempo...

La envuelvo en un abrazo. No soporto la idea de alejarme de ella. Comienzo a besarle el cuello y

de buena gana se deja estar.

Campeón se levanta. Quiere salir a jugar.

El corazón me bombea a ritmo acelerado. Estoy tan emocionado como la primera vez que

estuvimos juntos, apenas anoche. Me deleito en la miel de sus labios y le doy un beso interminable

mientras la recorro lentamente con mis manos. Subo y bajo por las suaves sinuosidades de su cuerpo,

especialmente en su hermoso culo y sus firmes tetas.

¡Me he ganado la lotería!

Sin dejar de besarla, la levanto abrazándole debajo de su trasero y ella se enlaza a mí con brazos y

piernas. La subo a la encimera de la cocina, me parece lo apropiado ya que quiero comérmela

completita.

A Campeón le agrada la idea, ella sabe de lo mejor.

Una vez allí me dedico a desnudarle, desabotono su blusa mientras ella me observa, expectante. Su

respiración es agitada. La mía también. Un rubor rosa se expande sobre su prístina piel delatando su

deseo. Eso me enciende más.

—Eres hermosa—su belleza me resulta intoxicante. Esos ojazos ámbar que por veces cambian de

color me tienen alucinado. Y qué decir de su rosada boquita jadeante.

Clarissa es un ángel...

...Esto definitivamente debe ser el cielo

Voy retirándole el vaquero con todo y bragas hasta llevarlos a las rodillas. A Campeón le gusta lo

que ve y a mí también. Le quito con delicadeza las sandalias para poder sacar sus vaqueros, una vez

hecho esto se las vuelvo a calzar.

—¿Qué haces? —me pregunta curiosa.

No le contesto nada porque me cuesta. Estoy a un paso de la locura, mis ideas y palabras se han

fugado de mi consciencia y solo siento esta intensidad que me embriaga y que me arrebata el juicio.

Una vez desnuda ante mí sobre la mesada, usando solo las sandalias puntiagudas, Campeón se

templa. El corazón se me para y me cuesta mantener el aire en el cuerpo. Los pantalones me

estorban, Campeón quiere saludarla.

Sin dejar de devorármela con la mirada, saco el condón y lo coloco en la mesada, mientras bajo

mis pantalones y bóxer y por fin libero a Campeón, lo visto para la ocasión y sin más preámbulo voy

bajándola sobre él.

Exhalo entre dientes a medida que va descendiendo mi niña hermosa y la cabeza se me vuela de las

sensaciones locas que estoy experimentando. Ella hace un gesto de dolor.

—¿Te lastimé?—logro decir.

—No—jadea.

¡Qué bueno, porque voy por todo! Tomo sus pies y hago realidad mi fantasía colocándolos a

ambos lados de mi cabeza.

—Deseaba hacer esto desde que te vi con esas sandalias—digo con voz ronca—. Te siento toda,

bebé.

Ella se lleva una mano a la cabeza evidentemente trastornada por la sensación de tenerme hasta lo

más profundo. La agarro por la nuca para acercarla a mí y la beso como si en su boca estuviese la

fuente de la vida y yo fuese un pobre desahuciado.

Todo lo que hago con ella me parece extraordinario, exquisito y enloquecedor, esta mujer me está

volando la tapa de los sesos.

Comienzo a empujar a Campeón dentro, fuera, dentro, fuera, dentro, fuera... se está luciendo como

nunca. Cuando se trata de Clarissa su entusiasmo es desenfrenado.

—Ay...Ay...Ay—chilla mi niña moviendo la cabeza de un lado al otro.

¡Cómo me gusta verla así!

Ella clava sus uñas en mis brazos mientras continúo poseyéndola, una y otra vez, hasta perder la

cuenta y besándola y besándola y besándola... Cuando al fin nos culminamos ambos estamos:

calientes, jadeantes, exhaustos y bien sudados.

Campeón se merece una medalla de oro por su desempeño. Estuvo a la altura del reto.

Salgo de Clarissa y la bajo con cuidado del mesón. Se ve magnifica. Intercambiamos miradas

pícaras por lo que acaba de ocurrir.

—Me voy a la ducha—dice con voz ronca y se va alejando.

La vista es inigualable.

Mi nena pavoneándose, usando solo esas sandalias de aguja...veo su trasero con añoranza; ya le

extraño. Vuelvo a poner mi cara de bobo.

Clarissa se resbala y evita caerse agarrándose torpemente del sofá.

—¡Patosa!—exclamo burlón y comienzo a reír.

Ella se incorpora sacando pecho y mirándome fijamente.

—Creí que vendrías conmigo a la ducha—me dice sensual.

¡Bebé, eres toda una coqueta!

—¡Claro que sí! —respondo con verdadero entusiasmo, y cuando voy por ella soy yo el que se

tropieza, si no me agarro del mesón caigo de bruces. Me olvidaba que todavía llevaba mis pantalones

enfundados a mis pies.

Clarissa se echa reír.

—¡Patoso!—dice.

—¡Yo te daré lo patoso!—digo juguetón y me subo los pantalones en un plis plas plus para correr

tras de ella.

Ya te enseñaré yo a respetarme...

Al salir de la ducha, después de nuestro segundo revolcón del día, Clarissa termina agotada—como

era de esperar después de tanta actividad—y colocándose las bragas se lanza en la cama con brazos

abiertos, durmiéndose de inmediato.

Está radiante.

La observo como todo un atolondrado. Sacudo mi cabeza para volver en mí, debo trabajar.

Tomando el borde de la sábana que está bajo Clarissa la arropo y salgo en dirección a mi estudio.

Una vez ahí recuerdo con pesar que mi niña se va mañana a su casa. Debo resolver lo de las alarmas

ya. Marco el número de Moncho.

—Diputado, dígame.

—Hola Moncho, necesito que mañana te encargues a primera hora de la instalación del sistema de

seguridad de la Srta. Spillman, antes de las 6 a.m. necesito que tengas todo preparado. ¿Cuento con

eso?

—No lo dude, así será.

—Bien, ese es todo gracias disculpe la hora.

—No se preocupe.

Una vez hecho esto me dedico a revisar mi agenda para mañana. Estaré en la calle fuera de las

paredes del parlamento. Mañana no hay Carreño ni sus insulsos camaradas.

Mañana mi labia será dulce porque es para el pueblo.

Otra razón para estar contento...

Paso dos horas sumido en el trabajo...Cuando me levanto son las de la madrugada ya debo

descansar.

Una vez en la habitación la veo dormida y de nuevo me parece un ángel. Con el índice retiro el

cabello que vela su rostro. Me sorprende la intensidad de lo que siento por ella. Resulta risible

considerando que era yo el que pretendía engatusarla, y tengo la sensación de que a la final, el

engatusado fui yo.

Cazador cazado.

No estaría del todo mal, estar a los pies de esta princesa exquisita.

Recuerdo lo que me dijo durante nuestro paseo por la arboleda. Que ninguno había podido

acercarse a ella. Desde tan joven estuvo a la defensiva ¿por qué?, no le encuentro sentido a eso.

Cuando uno es un chico y está en su entorno familiar generalmente la cosa no es tan difícil ¿o acaso

el problema era su familia? ¿Formó Clarissa parte de una familia disfuncional? Celeste suele hablar

de eso: padres divorciados, alcohólicos, drogadictos, violentos o abusivos. Todos inclusive.

Solo de pensarlo el corazón se me encoje. ¿Por eso no me has hablado de ellos princesa? De

pronto siento la urgencia de conocerlos, de saber de ellos. Quiero respuestas.

Ansío saber de dónde vienes tú, mi princesa, Clarissa...

Jueves 15 de Enero

"Mimos peligrosos"

Muy temprano en la mañana llevo a mi princesa a su casa y allí nos encontramos con los hombres

que instalan el sistema de seguridad en su apartamento. Como siempre Clarissa pensando que no

tengo que tomarme ese tipo de atribuciones con ella. Cómo me hace reír. Está muy equivocada si se

piensa que la voy abandonar a su suerte, a expensas de que le pase cualquier cosa. Ella es valiosa para

mí. Muy valiosa. Y si no lo quiere aceptar ese es su problema, no el mío.

—Diputado, ya fue una patrulla a casa de su novia.

—Gracias Juan.

Como quisiera ver su linda carita cuando lleguen los patrulleros a escoltarla a su trabajo. Pagaría

por eso. Casi escucho su vocecita riñéndome «no tenías que hacer eso Sebasthian... No es lo correcto

Sebasthian... Porqué hiciste eso Sebasthian».

En algún momento Clarissa entenderá que yo hago lo que se me antoja...

—Cierren el cordón sobre el diputado—dice Díaz (uno de los escoltas que contrato

esporádicamente) a los otros dos, al ver al tuerto y su cortejo de malandros acercándose, estamos

subiendo el cerro adentrándonos en un barrio de Antímano. Conviviendo con los habitantes de allí

después de hacer entrega, en un acto público, de varias lavadoras y electrodomésticos.

—Qué te pasa Díaz, ¿no conoces al tuerto?—hemos venido más de una vez a este barrio.

—Ey, llegó el chivo que más mea—dice el tuerto, malhechor peligroso y de cuidado.

—Hola man, qué hay de nuevo—le digo amistoso estrechándole la mano.

—¿Más gorilas?—hace un gesto con la cabeza indicando a mis escoltas—¿Qué le pasa man? sabe

que no nos meteríamos con usted, después de lo que ha hecho por el barrio. Mi vieja me mataría.

Me echo a reír.

—No es por eso, son una gente que andan por ahí rondándome, tú sabes…

—Bueno, cuando quiera que nos encarguemos de ellos solo pegue un grito, usted es nuestro alto

pana.

Cuando el tuerto habla de encargarse de alguien, estoy seguro que se refiere a llevárselo la

morgue. Solo hay que ver tanto su estampa como su historial. Su rostro cruzado por cicatrices, un

tumbao al caminar, y un arsenal en sus pantalones. No puedo evitar sentir un escalofrío cada que lo

veo, pero a ese tipo de gente más vale tenerlos cerca que de enemigos. Mis respetos al tuerto.

—Gracias—digo.

Llego a la casa de Juan Rincón, un patrullero humilde del barrio pero que me ha caído muy bien

así que acepto su invitación de ir a su casa y conocer a su mujer. Ya les han llevado la lavadora y al

verla su señora pega brinquitos de niña de la emoción.

—Gracias, gracias—me cubre de besos, sus labios rojos en mi cara.

—¡Mujer, ya déjale, que es un diputado!

—No lo hice yo solo fue... —intento explicarle que es una labor social que organicé con ayuda de

varias empresas auspiciantes incluida la de mi familia, P&A Venezuela.

—¡Pero el que está aquí es usted! ¿Le gustaría comer algo?

—Sí claro ¿qué tienes de bueno? —mi abuelo me enseñó a nunca despreciar un plato de comida

por muy humilde que sea.

—Solo tenemos arepitas con sardinas—dice un poco apenada.

—Las sardinas están bien para mí. Como decía mi abuelo: son buenas para la mollera—me doy

unos golpecitos en la sien con el dedo índice y anular para recalcar lo dicho.

Nos echamos a reír.

—Gracias, están buenas—digo engulléndome todito.

****

A golpe de las siete de la noche me encuentro en el apartamento de Clarissa. Es modesto y sin

pretensiones, la pequeña sala-cocina-comedor se encuentra amoblada apenas por un sofá caoba algo

desgastado y una pequeña mesa de cuatro puestos. Parece la residencia de un estudiante. Me paseo

curioseando un poco a ver si logro conocer más a mi niña. Pronto me llama la atención un estante

donde reposan pocos retratos, en ellos Clarissa con otros chicos contemporáneos a ella, ¿serán

parientes? ¿Dónde están las fotos de sus padres? Verla con toga y birrete me roba una sonrisa, pero

otra vez me asalta la duda solo está con Cata ¿dónde están sus padres?

—Me gustaría conocer a tu familia. ¿Viven en la zona? No me has hablado de ellos— le digo sin

apartar la mirada de los retratos, pero no obtengo respuesta, así que dirijo mi mirada hacia ella que

está en el fregadero de espaldas a mí.

Está tensa ¿por qué?

—¿Qué pasa?—le pregunto.

—No tengo una familia—dice y se gira para verme.

No la entiendo ¿a qué se refiere?

—Sebasthian, pasé mi vida en un orfanato. Nadie nunca me adoptó—Se encoje de hombros—. Por

ende no tengo familia.

La observo por un momento y veo que su carita está muy seria. Temo que vaya a llorar así que

desvío mi mirada supuestamente hacia el resto del apartamento pero mi mente comienza a trabajar a

toda máquina.

Clarissa sin familia. Nadie que la proteja. Nadie que la quiera.

Entonces recuerdo a Nana y su vaticinio misterioso.

«Ella no conoce el amor». Ahora entiendo.

Pensaba que era el amor carnal de un amante, pero no. Es el amor de una familia.

Me imagino mi vida sin mi familia y el corazón se me pulveriza. Qué hubiera sido de mi vida sin

los consejos sabios de Nana, sin la protección de mis padres, sin la rivalidad jocosa de mis hermanos

y primos, y qué decir de todos esos mimos y arrumacos que recibí desde siempre.

Eso hubiese sido un vacío abismal…

—Ah. ¿Vives aquí sola?

—Sí, la mayoría del tiempo, a veces viene Cata a hacerme compañía.

—Hoy te la hago yo. Tranquila no te pierdes de gran cosa. ¿Puedo poner algo de música?—le digo

obsequioso y sonriente. Aunque por dentro me apiado de mi niña, de pronto su cinismo no me resulta

tan disparatado.

—Claro, me gustaría mucho.

Enciendo el equipo y veo que tiene programada la canción del grupo Camila Bésame, casualmente

también me gusta ese grupo. Le doy play. Le echo un vistazo a Clarissa, que está de espaldas a mí,

continúa cocinando. Me invade el pesar solo de imaginarme lo que habrá vivido, cuanto habrá

sufrido. Entonces, quiero borrar esos pensamientos de mi mente, borrar su tristeza con mis caricias.

Con delicadeza la tomo entre mis brazos y comenzamos a mecernos con la misma cadencia sensual

de la música. La giro hacia mí y bajo mis labios a los suyos sintiendo de nuevo que el origen de la

máxima dulzura reposa en su boquita rosada, que me recibe con todo gusto y se amolda a la mía

perfectamente.

Quisiera pasarme la vida unido a ella, a mi princesa hermosa, besándola infinitamente.

Sin dejar de besarla la voy bajando con sumo cuidado sobre el sofá, colocándome sobre ella.

Siento sus manos en mi espalda atrayéndome más hacia sí. Eso me encanta.

Campeón se despierta.

Comienzo mi roce, mi apriete, mi estruje en su curvilíneo cuerpo... estoy extasiado sintiendo a mi

nenita entregarse a las caricias, escuchar sus jadeos. Todo se va calentando entre nosotros. El sitio

está que arde y ya no puedo contenerme, quiero más...

—Me gusta tocarte—le digo al oído y se lo lamo, sabe muy bien como toda ella. Comienzo a

besarla de nuevo, tal parece que nunca tengo suficiente de mi nena.

Gime.

Desabrocho sus vaqueros y meto mi mano en ellos. Ansío sentirla. Oh Dios mío, está toda

mojadita. Exhalo. Campeón se templa. Me dispongo solícito a acariciarla en su femineidad rozando

delicadamente su clítoris mientras la penetro implacable con mis dedos anular e índice. Como era de

esperar, gime y se retuerce indefensa dándome un buen espectáculo en primera fila. Eso me parece lo

máximo.

Campeón ansía entrar al ruedo está preparado, duro y muy entusiasmado.

—Ay—grita ella y ya no puedo más. Debo hacer realidad otra de mis fantasías con mi chica.

Retiro mi mano de su cuerpo.

—No, por favor—ella suplica.

Tranquila bebé ya te atiendo, pero antes...desabrocho mi vaquero y guio su mano hacia ellos.

—Tócame—le suplico con la mirada «acaríciame cielo, tócame Clarissa» Ella me mira con ojos

de deseo, respirando con dificultad y comienza a rozarme sobre mi bóxer. Campeón está contento,

desea que lo mimen. Yo estoy encantado. Cierro mis ojos para poder disfrutar de su novel caricia.

Esto está bien. Esto definitivamente está muy bien.

Cuando siento que mete su mano dentro de mi bóxer, acunando a Campeón, se me vuelan los

tapones. Me encanta sentir su extrema suavidad apretándolo.

Muy bien pequeña.

De nuevo hago lo mío y la complazco bajando mi mano a su sexo. Su carne tibia, caliente y

palpitante acuna mis dedos; su mano suave, pequeña y traviesa acuna a Campeón con su agarre fuerte

y oscilante.

La vuelvo a besar a profundidad y desespero ambos prodigándonos caricias tan íntimas, profundas,

calientes, húmedas y rítmicas.

¡A la mierda! esta chica es bien caliente, estoy que exploto desde que la conozco, me tiene con la

cabeza turuleca.

—Así... lo haces bien bebé... —alcanzo a decir.

—Ay...Dios—lloriquea porque la acaricio con más vehemencia.

—Si Clarissa sii...ah... —jadeo.

Estoy fuera de mí, jadeando en su oído pero sin amilanar mi intrusión y ella retadora tampoco se

rinde. De pronto su pelvis comienza a moverse hacia mi mano, buscando mi contacto.

¿Te gusta, bebé?

Sé que es el momento. Con total desespero le arranco los vaqueros y las bragas de un tajo, la

levanto y la acomodo de rodillas ante el sofá, con medio cuerpo recostado sobre él. Me acomodo tras

de ella y busco el condón en el bolsillo, lo saco y enfundo a Campeón, que parece una verga de

titanio de lo duro que está, el preludio lo estaba matando. Estaba envidioso de mis dedos.

¡Lúcete Campeón!

Admiro su trasero de melocotón mientras veo a Campeón desaparecer poco a poco dentro de mi

niña. Siento su húmeda tibieza y ese agarre que me enloquece.

Oh God…Oh...Oh...

—Mmm...que delicia...esto es el cielo bebé…—jadeo.

Y comienzo mi ritmo de dentro-fuera primero suave pero rápidamente se vuelve un frenesí salvaje.

La estoy cabalgando cual jinete. Ella comienza a aullar aferrada a los cojines del sofá como si de ello

dependiera su vida.

La tomo de los hombros porque ansío sentirla a profundidad, una y otra vez, pronto la siento

palpitar alrededor de Campeón, culminándose y llevándome con ella al clímax.

Estamos satisfechos y bien sudados, nuestra respiración aún es descontrolada. Fatigados, nos

deslizamos hasta el piso, recostados del sillón. Retiro el condón lo enrollo y lo meto en el bolsillo

del pantalón. Le lanzo un vistazo a mi niña que aún está enrojecida y jadeante.

—Ven acá.

La halo hacia mí para ponerla entre mis brazos y acomodo su pierna desnuda sobre mi cadera. Me

permito un rato disfrutar esa hermosa vista: su bello rostro con su boquita de rubí y ojos como soles,

ese cuerpecito curvilíneo que tiene que me enloquece y el broche de oro es su suave piel. Sí, ella está

de lo mejor.

Insuperable diría yo...

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—Tienes unos hermosos ojos y unos labios deliciosos. En verdad, me gusta todo de ti, y tu piel que

suave es… podría pasarme el día acariciándote—le digo sobando la pierna desnuda que reposa sobre

mí.

Ella me sonríe y noto como sus ojitos brillan.

— ¿Quieres comer algo?

— Mmm...Ahora sí.

—Vamos—dice subiéndose sus vaqueros y abrochándolos. Yo también hago lo mismo. Campeón

esta knock out.

Al momento estamos sentados comiendo tostadas con revoltillo de calabacín.

—Está rico ¿Te gusta cocinar? —le pregunto.

—Lo normal—dice indiferente.

Me pregunto qué tipo de comida servirán en esos orfanatos. No creo que las exquisiteces formaran

parte del menú. Y aquí sola, seguramente se preparará cualquier menudencia.

—No te gusta... bueno, yo te cocinaré entonces—ya va siendo hora de que alguien la mime.

—¿A ti te gusta?—dice sorprendida.

Me río.

—Sí y sé hacerlo, pero no para todo el mundo. Cuéntame sobre ese padrino tuyo.

—¿Qué quieres que te diga?

—Bueno, necesito saber que representa para ti. Conocer los detalles de tu relación con él.

Me evalúa con la mirada. ¿Qué es lo difícil Clarissa? ¡Solo habla por dios mujer!

—¿Y entonces?

—No tengo lazos de sangre ni afiliación con él. Me apadrinó porque él quiso y la verdad se lo

agradezco. Si no fuera por él...

Puedo hacerme una idea de lo que me quiere decir, pero lo que en verdad me mantiene expectante

es como su rostro va cambiando adquiriendo un matiz cada vez más sombrío.

—...los abrazos y las palabras de aliento fueron escazas. —Suspira como el que ha perdido las

ganas de vivir—. La vida es muy triste cuando no tienes familia, Sebasthian. Cuando no tienes alguien

que te quiera tal como eres.

¡A la mierda! esto es peor de lo que me imaginé, tiene esa herida en su corazón aún fresca y

punzante. ¿Qué hago ahora?

—Ay nena tener familia tampoco es fácil, créeme. No pienses que todo es miel sobre hojuelas,

hermanos jodedores, madres sobreprotectoras y entrometidas abuelas autoritarios, se manejan

muchas expectativas ajenas, a veces es estresante—lo digo para ver si haya el chiste en mis palabras,

pero fallo en el intento, su carita no podría estar más triste, se me parte el corazón en dos.

—Pero siempre tendrás un hogar al que acudir cuando lo necesites—dice esbozando la máxima

tristeza.

La veo por un momento y de nuevo me parece una niña, esta vez una niña desvalida, lastimada,

inmensamente triste, desesperanzada, con una necesidad infinita de ser amada y de pertenecer...

Nunca has tenido un hogar realmente, cielo. Me abruma una preocupación por ese pasado suyo que

a pesar de todo el dinero y poder que tengo no puedo cambiar.

Quisiera hacerlo bebé... pero no puedo... Realmente odio esa frase sobre todo ahora.

Solo puedo cambiar tu presente mi niña y entonces tomo una resolución…

—Quiero ser tu hogar. Déjame serlo. Yo podría cuidarte y mimarte todo lo que quieras. Serías mi

niña consentida—le sonrío—. Ven siéntate aquí—palmeo mis muslos y ella se sienta a horcajadas

sobre mí, curiosa.

—Vamos a mimarte—susurro invadido de ternura por mi nena.

Comienzo a acariciar su suave melena castaña, a jugar con sus rizos sueltos, a deslizar la palma de

mi mano por ella tomando mechones mientras dejo caer delicados besitos por todo su rostro. Ella

cierra sus ojos arrobada de nuevo por mi contacto y entonces lo entiendo, seguramente nadie nunca

había hecho esto con ella. Mimarla.

Siento que el llanto se me atora en la garganta.

¡A la mierda! No voy a llorar aquí frente a ella, va a pensar que soy un pendejo. Pero cómo no

sentirme así cuando sé que mi princesa tuvo una vida llena de carencias y desamor. Tomo una

respiración profunda para calmarme. Ella no necesita eso ahora. Necesita mi devoción.

—Mi dulce, dulce, Clarissa—continúo haciéndole carantoñas y dándole besitos, pero me doy

cuenta que algo ha cambiado: está llorando. Intenta levantarse seguramente para que no le vea llorar

pero me niego a dejarla ir en ese estado, la tomo de la cintura para retenerla en su lugar sobre mis

piernas.

—No. tranquila—digo suave con la esperanza de calmarla y uno mis labios a los suyos en un beso

largo, suave y delicado. Ella se deja estar.

Con la inspiración del momento le pido:

—Confía en mí por favor, déjate querer.

De inmediato se tensa.

—Por favor suéltame—dice con el terror plasmado en su cara soltándose de mi abrazo—. Me

gustaría que te fueras, por favor—me dice con la vista baja.

Estoy abrumado y no sé qué hacer, esto sí es verdad que me toma por sorpresa. La observo y sé

que está profundamente perturbada, parece que he abierto la caja de pandora dejando salir a todos sus

demonios.

—Nena yo... —por primera vez en veintiocho años no sé qué decir.

—Vete. Quiero estar sola, por favor...por favor—me suplica.

Otra vez el corazón se me parte en dos.

—Está bien...está bien...como quieras—claudico muy a mi pesar.

Vamos en silencio hasta la puerta. Me parece apabullante. Mantengo una distancia respetuosa.

—Lo siento, no quería asustarte—le digo.

No me contesta y eso me está poniendo de los nervios ¿será que ya no querrá verme más?

—¿Nos vemos mañana?

Ella solo asiente con la cabeza sin mirarme y rápidamente abre la puerta, cruzándose de brazos.

Mierda. No quiere que la toque. Salgo de su casa profundamente deprimido y confundido.

Antes de que pueda voltearme si quiera, ella cierra la puerta.

¿Qué coño acaba de pasar?

Alguna parte de mi cerebro me permitió llegar a casa sin estrellar el auto, no sé cuál fue porque mi

ensimismamiento solo me permite pensar en Clarissa. Mi mente y corazón se quedaron allá en su

apartamento, confortándola, mientras mi cuerpo se vino solo cual zombi.

Repaso y repaso en mi mente a ver en que metí la pata y me doy cuenta de que todo fue a raíz de

los benditos mimos. La idea era animarla no convertirla en un mar de lágrimas. Debe de estar muy

dolida cuando es incapaz de recibir un poco de cariño.

Al llegar a casa me da dentera ver el mesón de la cocina y recordar cómo la tenía apenas anoche.

Toda mía.

—¡Mierda!—golpeo mi puño contra al mesón completamente frustrado.

Cuando me dirijo a la ducha la misma historia y qué decir de mi cama. Me parece increíble que esa

mujer se haya metido en mi mente y en mi mundo tan rápido. Estos días con Clarissa me han parecido

gloriosos. El cielo en la tierra.

SEBASTHIAN: espero que estés bien Issa. Lamento haberte incomodado. Me gustaría que

hablemos, por favor contesta.

Pero no lo hace.

Otra vez la idea de que no quiera verme se cuela en mi mente, dejándome un desasosiego que no

me permite pegar un ojo en toda la noche.




Viernes 16 de Enero

"Cabreadísimo"

El agudo timbre del despertador me arranca del sueño. Ahora pesado y pegajoso. Las sábanas

parecen hechas de plomo, apenas pude dormir anoche. Exhalo agotado. ¿Cómo estará Clarissa?

¿Cómo habrá pasado la noche?

Le envío otro mensaje sintiéndome como un mismísimo pendejo. Anoche perdí la cuenta de las

veces que la llamé y le escribí, y ella ni fu ni fa. Lo cual me parece una soberana grosería de su

parte; lo mínimo que podía decirme era que ya se había calmado y que se iba a dormir por lo menos.

SEBASTHIAN: Buenos días bella, por aquí se te extrañó. Espero estés bien. Comunícate conmigo.

Espero de nuevo su respuesta pero no llega... Eso me encabrona más.

Este día ha empezado de lo peor.

—¡Mierda!—mascullo.

Salto de la cama tirando la sabana y afrontando mi día de mierda.

Para colmo la vaina no mejoró para nada en el trabajo, hoy los mierdicas de la tolda roja se

lucieron en su estupidez apoyados por el actual presidente, que—a Dios gracias—tiene los días

contados. Cuando salgo de la Asamblea disparado cual saeta me dirijo al trabajo de Clarissa. Si no

me quiere ver más que me lo diga en mi cara, ya está bueno de tantos rodeos, me ha tenido en vilo

desde que me echó de su casa. Como sea se va a enterar, no pienso quedarme callado.

Llego a su trabajo a las cinco y cuarenta, apago el auto y me bajo para esperarla afuera en la

entrada. Desanudo mi corbata y desabotono los primeros botones de mi camisa para ver si me entra

un poco de aire en los pulmones. Estoy arrecho porque esa mujer me tiene en un hilo, pero en el

fondo de toda esa ira, tengo el dolor de su rechazo.

La veo salir y la intercepto antes de que llegue a su auto.

—¿Por qué coño no contestas mis mensajes Clarissa?—trato de hablar suave para que no corra.

—He estado muy ocupada.

¿Quién coño se cree que es?

—No tenías ni un puto minuto para responder mi llamada. ¿Qué pretendes volverme loco?

—Sebasthian, no me gusta que me hables así.

—¿Y cómo coño quieres que te hable? Me estoy devanando los sesos pensando qué pude haberte

hecho para que salieras corriendo despavorida.

La veo que ya va de nuevo a encerrarse en sí misma y antes de que lo haga le cambio el juego. Seré

zalamero.

—¿Saldrías conmigo esta noche? Tengo un evento.

—No—dice categórica.

¡A la mierda!

—¿Por qué no?

—Quiero estar sola hoy, pero gracias por la invitación. Seguramente encontrarás alguien que te

acompañe.

¿Otra vez Clarissa, es en serio? Cómo coño te hago entender que no quiero a nadie más.

—Si eso quieres—digo de mala gana. Después agrego meloso—. Pero sí vas conmigo a lo de mi

familia, ¿verdad bebé? Me gustaría mucho que fueras. Así te harás una idea de lo consentido que soy

—hago uno de mis mohines.

El mismo surtió el efecto esperado: una sonrisa de Clarissa. Me entra un poquito de aire.

—Creo que se nota—dice ella burlona.

Al verla más accesible la tomo de la cintura y la atraigo hacia mí. Me moría por tocarla.

—Ay Clarissa ¿por qué eres así conmigo?—Le robo un beso fuerte y profundo que le deje en claro

que es mía. Porque eres mía Clarissa—. Me tienes como un veleta. ¿Te gusta jugar conmigo verdad?

Y entonces, contrario a la ira que me tenía preso desde que me dejó en su umbral, me invade la

necesidad de ella, y con una inmensa humildad vuelvo a ponerme a sus pies.

—Por favor, no vuelvas a dejarme colgado. Comunícate conmigo, ya te he dicho como me siento

por ti. Si necesitas tu espacio yo trataré de entenderte pero quiero estar seguro de que estás bien, por

favor bebé—ella asiente y se me escapa un suspiro. Tomo su rostro en mis manos y le hablo con más

suavidad—. Issa, nunca me había sentido así con nadie...me atraes tanto. ¿Segura que no quieres irte

conmigo hoy?

—Sí.

—Te lo juro que me provoca esposarte a mi cama para que te dejes de huir de mí.

—Así que lo que te gusta de mí es mi cuerpo—dice juguetona con su sonrisita traviesa y ese brillo

en sus ojitos.

Nena toda tú me tiene loco como una cabra.

—Entre otras cosas. Pero sí, me encanta tu lindo cuerpecito.

En eso escucho la voz del pendejo de Spillman. Otra vez de inoportuno.

—Diputado, otra vez usted por aquí.

—Dr. Spillman—me volteo y le tiendo la mano recordando mis buenas maneras.

—Diputado ¿a qué debemos el honor de su visita? —dice sardónico.

—Principalmente para ver a Clarissa.

—No sabía que eran amigos.

—No. no somos amigos. Estamos saliendo.

Spillman tuerce el gesto. Ya me está molestando tanta impertinencia de su parte.

—¿Ah si?—Atraviesa con la mirada a Clarissa que no mueve ni un dedo—. ¿Y desde cuándo?

—Desde hace muy poco, la verdad.

—Bueno, seguramente será algo ocasional como usted acostumbra—dice malicioso.

¡A la mierda! ¿En verdad dijo eso? siento como cada músculo de mi espalda se endurece. Este

cabrón qué se cree.

—Me siento obligado a aclararle que no es así. Mis intenciones con Clarissa no las tomo a la ligera

—le aclaro.

Resopla.

—Habrá que verlo—replica y su mirada es retadora.

Tomo a Clarissa por el codo y le digo al oído:

—Busca tus cosas ya.

Ella sale disparada cual saeta, tardando solo unos cuantos segundos durante los cuales Spillman y

yo nos sostuvimos la mirada en un silencio incómodo.

Encabronado, nos dirigimos al coche. Ando encendido todavía con Clarissa por lo de los

mensajes, con los mierdicas por su estupidez, y ahora Spillman le pone el broche de oro a mi día de

mierda. Para colmo, ella quiere que la deje en su casa posiblemente sin derecho a roce. Me molesta el

poder que tiene sobre mí, definitivamente, me estoy comportando como un mismísimo pendejo.

Enciendo el auto y me concentro en el camino, intentando apaciguar mi humor.

—¿Ves?, estas son las cosas que me estresan de ti ¿por qué le dijiste eso a mi padrino?—dice ella

de repente.

¿Y qué coño quería que le dijera? ¿Que yo la estreso? ¡A la mierda!

—Ni que fuera un pendejo, él ya se debe imaginar en lo que andamos.

—Sí, pero ahora no le cabe dudas.

—A mí me importa un carajo lo que él piense, más que nada lo hice por ti. Me gustan las cosas

claras y no me gustó para nada el tonito que usó. Ahora explícate ¿qué te estresa de mí? o piensas

como tu padrino y quieres algo casual ¿Es eso es lo que te pasa? ¿Eso es lo que te agobia?

Contéstame Clarissa—la miro de reojo y noto como empieza con su ansiedad de nuevo.

¿Eso es Clarissa? ¿No quieres nada serio conmigo? Acaso solo fui un tipo apareció en el momento

indicado, te tocó como te gustó y BAM listo que pase el próximo.

—No he pensado acerca de eso. Me refiero...

¿Que no ha pensado en esto? ¿Acaso es una maldita broma?

—¿Te gusto o no te gusto Clarissa? la pregunta es muy simple.

—Ahora estás molesto conmigo.

—En mi vida he tenido que lidiar con una mujer tan evasiva como tú, ¡Nojoda! Realmente pensé

que te gustaba pero parece que estoy equivocado... —agarro el volante con fuerza porque estoy más

encabronado que nunca.

¿En verdad se cree que puede jugar conmigo así?

—No es eso—dice mirándome de reojo.

—¿Ah no? ¿Y qué es entonces?

Escucho el timbre de mi teléfono y veo en la pantalla que es Celeste. Eso me da una idea. Si

Clarissa se piensa que yo soy desechable, entonces le daré lo que desea. Ambos podemos jugar a eso.

—Hola ¿cómo estás, Cielo? ¿Quieres ir hoy a un evento?—miro de reojo a Clarissa que se ha

quedado muy quieta de repente.

—Hola Mica, ¿en serio quieres que vaya contigo?—dice Celeste un tanto sorprendida.

—Sí, te paso buscando en dos horas en cuanto me desocupe.

¿Qué te pasa Clarissa, por qué te pones roja? acaso estás celosa…

—Mica tengo que contarte algo...

—Ok—le digo sonriente y cuelgo.

Apenas llego a su casa ella salta del coche lanzando la puerta con fuerza. Si mis ojos no me

engañan está enfurecida. ¿Quién lo diría? la chica de hielo por fin me muestra una emoción.

Bravo Clarissa.

Me río sardónico.

—¡Clarissa, podrías ser tú!

La veo desaparecer rápidamente dentro de su apartamento. Bueno, eso definitivamente le dará algo

que pensar a la niñita caprichosa a ver si con eso se deja de jueguitos conmigo, yo partiéndome el

seso toda la noche, preocupado por ella, y la misia ni un pensamiento para mí.

Que tal...

¡Por mí que se joda!

****

Llevamos un rato en la Reunión de la Cámara de Comercio pero no me apetece conversar con

nadie; parece que Clarissa me pegó su mutismo.

—Mica estás muy callado—dice Celeste tomando un poco del vino espumoso. Le sonrío. Me

conoce bien, sabe que algo me carcome.

—¿Trabajas con muchos niños huérfanos, verdad?

—Sí, Mica, tú lo sabes, existen bastantes niños de la calle y con familias destructivas que van a

parar a los orfanatos; así que me parece una noble causa—sus ojos café se iluminan, dulces y

cariñosos como siempre. ¿Será que te cuento de Clarissa, Cielo?

—Ah... si por ejemplo, un niño se cría en un orfanato, crees que de adulto presente muchos

problemas para relacionarse, digamos, románticamente hablando.

Celeste me mira como si me hubieran salido dos cabezas más, yo desvío la vista al trago de whisky

que tengo entre mis manos.

—¿Por qué esa pregunta Mica? ¿Te gusta una expósito?

—Es posible.

—Bueno, depende de cual haya sido su experiencia de vida. Para algunos no es algo tan

determinante, para otros puede ser traumático. Depende mucho de su personalidad. Dime, cómo es

ella.

—Bueno, es una chica muy lista, preparada, educada y bella. Me gusta mucho su sentido del humor,

tiene unos ojitos ámbar muy lindos...

Celeste me lanza una mirada que me dice claramente:

«Mica estás muy liado.»

Sonríe.

—...Pero lo que me preocupa es cuando le quiero conocer mejor, preguntarle algo más personal

veo que se encierra en sí misma, le cuesta confiar y se altera cuando me vuelvo mimoso con ella...

—¿Mimoso? —dice levantando la ceja.

—No es lo que estás pensando, me refiero a mimos inocentes. Nosotros no tenemos ese tipo de

problemas, créeme.

—Posiblemente no esté acostumbrada a eso, Mica. Lo más difícil de satisfacer en los humanos es el

ansia de cariño. Te imaginas sentir que estás solo y que nadie te quiere durante tanto tiempo. Debe ser

muy difícil.

—Sí, me imagino.

—Bueno, pero tú eres experto en mimos... Yo diría que tienes un PHD en mimos y arrumacos.

Quizá sea eso lo que ella necesita, claro, si quieres tener una relación con esa chica.

—El problema es que no sé lo que siente por mí.

—¿Y te da miedo?

Miro la cara de mi hermana mayor, posiblemente la única persona en que realmente he confiado y

le aprieto la mano dejando la pregunta en el aire.

—Debo ir hablar con esa gente, derrochar un poco de encanto; disfruta el banquete por mí.

—Claro bebé, ¿y cómo se llama mi cuñada?

—Clarissa.

Sábad0 17 de Enero

"Reunión prometedora"

Esta mañana me encuentro más centrado después de mi conversación con Cielo. Recostado en la

cama, vista al techo y cabeza en mis manos, veo todo un mundo de posibilidades con Clarissa. Estoy

seguro que todavía está molesta y eso me complace. Al parecer es una niña celosa y posesiva. Eso

significa que siente algo por mí...

SEBASTHIAN: Buenos días bella, espero hayas dormido bien anoche ¿Qué harás hoy?

NIÑA BELLA: Diputado, en vista de lo de anoche le agradezco que deje de molestarme.

SEBASTHIAN: Me temo que eso no será posible señorita. ¿Estás en tu casa?

NIÑA BELLA: No para ti.

Sonrío por el intercambio de mensajes, me encantaría irla a acosar a su casa pero el trabajo me

llama. Eso le dará más tiempo para extrañarme. Tengo una importante reunión con el partido acerca

de mi candidatura que no puedo dilatar por nada ni por nadie. Además de luchar por Clarissa también

debo hacerlo por mi otro amor: mi país.

Antes de salir recuerdo que la nena está sola, espero que no olvide las armas defensivas que le di.

SEBASTHIAN: bebé, si vas a salir sola por favor lleva la pistola de descargas o el spray. Ten

cuidado. Te extrañé en el evento.

No puedo hacer más nada por ella solo encomendarme al cielo que proteja a mi nena.

López me conduce a la casa del partido donde me encontraré con García. En la parte de atrás del

Acura reflexiono acerca del paso tan importante que voy a dar y lo que implica. Esto no es cualquier

cosa, oponerse a un gobierno tan poderoso y absolutista como el que ha estado, sin embargo confío

en mis recursos, en mi equipo que he elegido con sumo cuidado y en la gente que ya está harta de que

le timen.

Durante dos periodos presidenciales los de la tolda roja han hecho y deshecho a su antojo con total

impunidad e indecencia casi hasta llevar el país a la quiebra y a la vergüenza nacional e internacional.

La ignorancia de la gente común permitió a esa gente tomar el poder y un desespero por refrescarse

de los mismos partidos de siempre que se turnaban el poder por veces.

Grave error.

Ahora con un referendo revocatorio que le dice al presidente claramente que tiene que colgar la

toalla, su idiotez se exacerba.

—Petroni nuestros sondeos son positivos, tanto en barrios, como en urbanizaciones de la clase

media. Ve los números. He estado hablando con Ramírez de la tolda azul y le gustaría hacer una

alianza con nosotros—me dice García apenas llego a la casa del partido. Es un hombre de treinta y

tantos, moreno, activo y muy astuto. Por algo es mi mano derecha.

Veo los documentos que me entrega, que no son más que análisis de encuestas hechas casa por casa

en una pequeña parte de la población. La cosa se ve prometedora.

—¿Qué me recomiendas?—le pregunto a García porque sé que es una tralla en cuanto a estrategias

políticas e imagen se refiere.

—Podríamos considerarlo sin darle demasiado énfasis. No queremos que la gente piense que es

más de lo mismo, aunque sus adeptos nos vendrían bien

—Otra cosa, aunque la gente no se mostró especialmente molesta por tu imagen de chico malo, me

parece que lo mejor es optar por algo más tradicional. Deberás comportarte Petroni. Sería

beneficioso que no te vieran con un cortejo de señoritas cada vez que te presentas.

—Eso no va a pasar más—digo sonriente.

—Bueno, porque sabes que los que han asumido el poder han sido casados, viudos o divorciados.

Ningún soltero hasta ahora. Es una lástima que ni siquiera tengas una noviecita.

—¿Noviecita? Estoy seguro que puedo arreglar eso.

Se echa a reír.

—No lo dudo, pero no puedes estarla cambiando cada vez ¿eh?

Me echo a reír.

—Nada que ver. Además, en un mes pueden pasar muchas cosas quien quita y llegue a Miraflores

con todo y primera dama.

—¡Ojalá!

Domingo 18 de Enero

"Triste princesita"

Por enésima vez le envío un mensaje a Clarissa...Sin respuestas.

Hoy definitivamente la voy a ver. Usaré todos mis recursos y mi maña para lograr que esa mujer se

quede conmigo. Estoy fresco, bien afeitado, bien duchado, listo para derrochar mi encanto con ella

como nunca antes, y eso ya es mucho decir. Como es domingo me pongo algo casual, unos vaqueros

y un jersey de punto gris estarán bien. Sí, me veo bien. Sonrío ante el espejo y mi reflejo me guiña un

ojo.

¡Vamos Petroni!

Cuando voy llegando a su casa la veo salir en un corsa rojo modelo viejo, así que la sigo. ¿Adónde

irá? La llamo por enésima vez pero no me contesta. Entonces se me ocurre una idea.

Marco el número de Juan, el policía.

—Hola Juan, ¿por dónde andas?

—Diputado estoy por la Madariaga, ¿en qué le puedo ayudar?

Está cerca.

—Digamos que necesito que me ayuden a atrapar a mi novia, está manejando un corsa rojo,

modelo viejo, su placa es VBG265 y estamos por la Av. José Antonio Páez.

—¿Problemas de faldas?—se ríe—. Seguro. Cuente con ello—Dice Juan. Cuelgo y sigo a la nena.

Al rato aparece una patrulla y se pega al Corsa. Llamo a mi nena otra vez y me contesta ¡Aleluya!

—Hola linda, al fin me contestaste—le digo con mi voz de Play boy.

—Sí, solo para decirte, Sebasthian: ¡que me dejes en paz! Por favor ya deja de perseguirme. No me

gustan para nada tus juegos—me grita y cuelga de inmediato.

Oigo el parlante y Clarissa se detiene. Yo aparco al otro lado de la acera y observo como se baja

un policía y conversa con mi niña. De la patrulla sale Juan que ya se dio cuenta de mi presencia y se

dirige a mí con una sonrisa cómplice.

—Diputado—me tiende la mano.

—Hola Juan.

—Tome, para que no se le vuelva a escapar—dice dándome unas esposas con su llave.

Al verlas me echo a reír. Esto va a estar bueno.

—Síganos unas cuadras, le hare cambio de luces.

—Ok.

Va raudo y se monta en la patrulla, luego veo como Clarissa ingresa a regañadientes. Se ve tan

linda con ese vestido dominguero, resalta su curvilíneo cuerpecito. Me parto de la risa al ver que

Juan enciende las luces de la patrulla. Clarissa debe estar muy enojada. Los sigo unas cuantas cuadras

y allí está: el cambio de luces. Como bólido bajo de mi auto y me dirijo a hacia ellos.

Al entrar veo a mi niña.

—Hola—le digo encantado de verla e inmediatamente cierro una esposa en su muñeca y también

en la mía. Ahora estamos esposados.

Clarissa queda boquiabierta.

—¡Sebasthian! —grita con los ojos desorbitados.

—Hola diputado—me saluda Juan jugando.

Yo le sigo la pista.

—Hola Juan ¿cómo está tu esposa?

—Muy agradecida por la lavadora, Señor.

—Que bueno, me alegra mucho.

Vuelvo la mirada hacia mi bella. Está tan linda, sí que la extrañé.

—Hola bebé, ¿cómo estás?—digo zalamero apretándole suavemente la mano esposada. Me lanza

una mirada de desprecio.

—¡¡Sebasthian no puedo creer que me estés haciendo esto!!—me grita y luego a los policías—¡¡y

francamente señores cómo se prestan para hacer algo tan poco profesional!!

—Lo sentimos señorita pero le debemos unas cuantas al diputado—ellos se carcajean.

—¿Estás enojada?—le digo arrimándome más a ella, la nena se aleja de mí y estoy muy contento

de que pronto se hallará con la puerta, así que sigo arrimándome.

—Estás muy linda, te queda muy bien ese color—le acaricio el hombro semidesnudo con mi nariz

y disfruto de su aroma. Ella me esquiva—. No seas así, fue la única manera en que podía verte.

Además te dije que te esposaría si seguías huyendo de mí.

Escucho las risas de los oficiales pero no aparto mis ojos de su lindo rostro enojado, las orejas se

le pusieron rojas.

Otra vez me resulta muy graciosa y adorable.

—Eres increíble ¿cómo pretendes que salga contigo después de lo que hiciste? No te lo mereces.

Eres un descarado.

—¿Y ahora qué hice, Issa?

—Tú sabes a lo que me refiero.

—No—en verdad trato de no reírme.

—Bueno, dime: ¿cómo te fue con tu Barbie? ¿Tuviste suerte?

—No es lo que piensas, bebé.

—¿En serio?, definitivamente mi padrino siempre tuvo razón.

Tomo su mano y se la voy besando lentamente. Que suave es...

—¿Estás celosa? no tienes por qué, tú eres mucho más linda y me gustas más.

Ahora llevo mi nariz a su mejilla y se la voy acariciando. Me encanta su olor.

—Eres insoportable.

—Te he extrañado mucho bebé, ¿tú no me extrañaste?

—Ya Sebasthian, déjate de tus jueguecitos conmigo.

—Te prometo que te quitaré las esposas después de que conozcas a mi familia, y si no me quieres

ver más así será señorita, ¿Le parece?

—Si no hay más remedio.

—Te ves tan linda enojada, Issa ¡Cómo me encantas!

****

Juan y compañía nos dejan en la mansión de mi familia, en Prados del Este. Clarissa observa—aún

ceñuda—la imponente entrada de la propiedad. Una mansión de cinco niveles al más puro estilo de

las del siglo XIX, pero modernizada y con uno de los mejores sistemas de seguridad que existen.

Nos abre la puerta Camucha,—una señora que ha trabajado para mi familia desde que era un

chiquillo y es como una segunda madre para mí—y su rostro moreno y regordete esboza una amplia

sonrisa.

—Bienvenidos.

—Hola Carmen ¿cómo estás?—la abrazo solo con el brazo izquierdo porque el derecho lo tengo

esposado al de Clarissa.

—Bien Mica. Todos están reunidos en el jardín.

—Clarissa, Carmen ha trabajado con nosotros desde que tengo uso de razón. Carmen, conoce a mi

novia, Clarissa.

Me lanza una mirada fulminante.

—¿Sebasthian, por qué dijiste eso?—me dice cuando nos separamos de Camucha.

—Solo se mi novia por hoy bebé, por favor. No te puedo presentar como una amiga a mi familia.

Tú sabes… expectativas—le digo engatusador.

Aparece mamá y yo escondo bien nuestras manos esposadas detrás de nosotros, quien sabe qué

diría si supiera que tuve traer a la nena así para que no corriera. Estoy seguro que eso no le gustaría.

En el amor y en la guerra todo se vale.

—Hola bebé, ¿me presentas a tu novia?

—Claro. Clarissa, mi mamá Marcia.

—Buenos días.

—Hola princesa, bienvenida a mi casa—Es evidente que le gusta Clarissa—. Tu hermana está por

allá lidiando con los mellizos.

A lo lejos veo a Cielo que está en el jardín exterior de espaldas a nosotros. Siempre me gustó este

jardín es casi paradisíaco y posee una de las imponentes vistas de la Capital. Llevo a mi nena allá que

observa todo en silencio. Aún está molesta, y me pregunto: cuándo se le pasará el enojo. Estoy loco

por besarla.

Pongo la mano en la espalda a cielo y ella se voltea.

—Hola Cielo—beso su mejilla.

—¡¡Mica llegaste!!—se fija en mi nena—Hola ¿tú eres Clarissa, verdad?

—Sí.

—Mica me dijo que eres psicóloga.

—Sí, me estoy estrenando esta semana.

—¿Quieres tomar algo?

—Claro.

—Ya te lo busco.

Escucho a los mellizos que me se lanzan a los brazos como dos balines.

—¡Tío!—dice Brayan, el más moreno de los dos

—¡Tío Mica!

—¡Hola enanos! ¿En que andan?

—¡¡Buscando sapos!!—gritan al unísono

—Yo vi uno pequeñito—le digo para distraerlos—y se fue por allí—señalo a un matorral un poco

lejano, ellos van raudos a confirmar la información—. Eso los mantendrá ocupados—le lanzo una

mirada a mi nena que está sonriente—¿Ya me perdonaste?

Niega con la cabeza sonriendo de oreja a oreja.

—Eres...terrible—susurra.

¿Será que ya no va a escapar?

—¿Te puedo quitar las esposas o vas a salir corriendo otra vez?

—No voy a correr—ríe.

Esa es música para mis oídos. Al fin ha caído esa muralla que había levantado ante mí.

—¿Te puedo besar?—digo ilusionado ante la idea.

—¿Ahora me pides permiso?—está juguetona.

—He de hacerlo si es lo que quieres de mí—le muestro la llave de las esposas. Estoy supercontento

—. No me has contestado.

—Bueno, si somos novios—dice como quien no quiere la cosa, ruborizándose.

Oh lovely girl

—¡Así me gusta!—la tomo de la cintura y le doy un beso duro pero breve, no quiero dar mala

impresión a mi familia.

—¡Ey, váyanse a un cuarto! Por aquí hay menores—al escuchar la voz de Bruno suelto a Issa—.

Hola ¿cómo está el partido?

—Bien ¿y cómo están los negocios?

—Prosperando.

—Clarissa, este es mi hermano Bruno: el mega ejecutivo.

—Mucho gusto.

—Es un placer señorita.

—¡¡Papi!!—los mellizos se lanzan sobre Bruno.

A veces pienso en lo duro que debe ser para él criar dos niños solo. Debe ser muy difícil ser viudo

tan joven porque tan solo me lleva 5 años. Afortunadamente nos tiene a nosotros, pero el hueco que

le dejó la partida de su mujer por poco lo mata. La adoraba. Dudo que pueda amar de nuevo.

Aprovecho la distracción de los mellizos para quitarnos las esposas. Mi nena me mira divertida.

—Me gustaron, quizá me piense lo de esposarte a mi cama—le susurro al oído.

Me pienso guardar esas esposas Clarissa por si acaso se te da por huir de nuevo…

Celeste le trae una limonada a mi nena y se la lleva del codo con la intención de mostrarle los

alrededores.

—Linda la niña—me dice Bruno observando a Clarissa—aunque un poco joven para ti, no creí que

ahora te dedicarías a asaltar cunas.

—Es mayor de edad, tiene 22 años. No la estoy corrompiendo ni nada.

—¿En serio? no sé por qué me cuesta creerlo…

Me echo a reír.

—Quizá sí la esté corrompiendo un poco. Lo necesario…

—No lo dudo. Se ve buena y decente ¿qué hace contigo? ¿Sabe que estás jugando?

Mi sonrisa desaparece.

—No es un juego Bruno.

Mi hermano me evalúa con sus profundos ojos café.

—Eso espero, ella me recuerda mucho a Pati. Tiene su mirada—dice con tristeza—. Más te vale no

hacerle daño o te las verás conmigo.

Bruno se aleja ya apesadumbrado por el recuerdo de mi ex cuñada, Patricia. Era una linda chica

que le robó el corazón al mega empresario rápidamente. Nunca le había visto tan feliz como con

ella. Se casaron al poco tiempo y cuando se enteraron que tendrían mellizos se pusieron como locos,

era la máxima felicidad. Lamentablemente un giro del destino le arrebató la vida a la niña. Al parecer

tenía una falla cardíaca que desconocíamos y una mañana se desvaneció. Fue una época macabra la

que vivimos. Nos costó sacar a Bruno de esa oscuridad. Asistió a terapia durante un tiempo con

Spillman. Eso le ayudó mucho debo reconocerlo. Aunque Spillman nunca fue santo de mi devoción,

siempre le he creído un snob. Bueno, por lo menos ayudó a Clarissa, eso me hace verlo con otros

ojos.

—Ey, vamos a atizar las brasas—me dice Bruno preparando la parrillera.

Me quito la chaqueta para llevarla a una silla cercana.

—Lo sé, lo sé, necesitas al experto. Papaíto, dame un espacio para enseñarte cómo se hace. Esta no

es una de tus reunioncitas de negocios. Es sobre ser el macho.

Se echa a reír.

—Sabes cómo prender la llama, pero ¿sabrás mantenerla? Para eso se necesita un hombre.

—Ándale, estamos hablando de las brasas, ¿o no?

—Papaíto, la vida no hace distinciones, así que échale coco.

—Estás muy filosófico.

—Sabes que siempre he sido el cerebro de la familia.

—¡A la mierda! ¿En serio? ¿Por qué siempre te ganaba en todos los juegos, pues?

—Ah… porque soy un alma noble.

—O un pendejo que no es lo mismo.

—Ah...ya desde pequeño asomabas lo corrupto.

Nos echamos a reír después de nuestro intercambio de bromas.

****

Al rato nos encontramos en la mesa compartiendo la famosa parrillada familiar. Clarissa a mi lado

está muy atenta a todo, yo detallo su perfil mientras ella habla con Cielo. Como lo imaginé, encaja a

la perfección con mi familia. Justo como anillo al dedo. Hoy ha estado muy risueña y a Dios gracia

los mellizos no le hicieron tantas travesuras.

—¿Quieres que te lleve a refrescarte un poco cielo? —le digo al oído cuando ya ha terminado de

comer. Aprieto su muslo bajo de la mesa.

—Sí, por favor—dice atropelladamente.

La llevo de la mano hasta un baño en el segundo piso. Caballerosamente le abro la puerta y le hago

gesto con la mano para que entre, yo le sigo y paso el seguro.

Apenas entramos comienzo a besarla con vehemencia. Estoy como loco. Siento que hubiese

pasado una eternidad desde la última vez que la besé—bien besada me refiero con harta ganas—como

debe ser. Me gusta todo de ella. Absolutamente todo. Y viéndola hoy con mi familia, muchísimo más.

—No Sebasthian no—susurra entre jadeos.

—Si Sebasthian si—digo yo sin dejar de asaltar su cuerpo con mis manos, el vestidito es una pobre

barrera entre nosotros, ya siento su firme trasero en mis manos.

—No. Por favor, Sebasthian.

¿No? me separo de ella para verle el rostro. ¿Mi Clarissa me ha dicho que no? ¿Tres veces? Me cae

un balde de agua fría.

—¿Por qué?

—Tú familia está abajo.

—¿Y?

—No es correcto, sabrán lo que hemos hecho.

Su cara es un poema de ruborizada castidad (ya en ella perdida del todo desde que se topó

conmigo). Que graciosa.

—Solo si bajas así de roja, hasta un ciego se daría cuenta—acaricio su linda naricita con la mía.

—No podría verles la cara.

Me echo a reír.

—Está bien, lo dejaremos para después.

—Entonces... ¿podrías soltar mi trasero?

Me echo a reír de nuevo.

—Eres toda una niña exploradora ¿sabes? pero eso forma parte de tu encanto. Mi bella damita,—voy depositando húmedos besitos en su cuello—mi princesa,—otro besito—mi adorable niña... —otro besito...y otro...

—Por favor, Sebasthian, es en serio—dice con un deje de angustia.

—Tranquila te he dicho que no te obligaría nunca a hacer nada que no quisieras...

Pero puedo hacer que quieras...

—Eres un pillo…—entorna los ojos suspicaz, sin duda ha leído mis pensamientos.

—Me atrevería a apostar a que eso es lo que más te gusta de mí—aprieto más mi agarre sobre sus

glúteos estrechándola contra mí.

Atrévete a decirme que no te gusta Clarissa... Por favor, acepta el reto...

****

Un rato después estamos abrazados en el jardín, disfrutando de la hermosa vista.

—Estas más relajada.

—Me gusta mucho tu familia, Sebasthian.

—Que bueno.

Estoy emocionado de que haya conocido a mi familia. Mi Clarissa es como una joya en un

hermoso engarce. Todos la quisieron apenas la vieron. Cielo, Bruno, mami, Camucha todos cayeron

a sus pies rápidamente. Me muero por que conozca a Nana, pero eso no podrá ser todavía ya que anda

de viaje con mis primos. Ah, viejita tan consentida.

De pronto algo rompe el hilo de mis pensamientos la noto tensa. ¿Ahora qué?

—¿Clarissa qué te pasa?

—Yo no soy como tú... No tengo nada más que dar simplemente...yo—dice suspirando y emanando

de nuevo esa sombría tristeza que le vi antes en su apartamento.

¿Otra vez bebé?

Por favor no llores.

—Cómo dices eso... eres muy valiosa—le digo con suavidad acariciando su barbilla y dándole

besitos dulces en su rostro.

Pronto sucede lo que me temía—a diferencia de la otra vez—ella dejó caer sus barreras conmigo y

comenzó a llorar como lo haría una niña. Bañada en lágrimas la acuno entre mis brazos. El corazón

se me arruga como una pasa. Estoy profundamente conmovido. Verla así tan desvalida me parte el

alma, quisiera poderle evitar tanto sufrimiento, volver en el tiempo y cambiar su mundo, convertirlo

en un mundo mágico, hermoso, dulce y abundante, digno de su presencia...

Lástima que no se puede, solo puedo estar así con ella.

Oh bebé, si pudiera compartir contigo aunque sea la mitad del amor y el cariño que me han dado

no lo dudaría, con una daga partiría mi corazón en dos, si eso te ahorrara una lágrima.

Comienzo a acariciar su suave melena a ritmo acompasado.

Oh Bebé, bebé, bebé me importas tanto... Me importas mucho...

—Lo siento, no sé qué me pasa—dice ella de repente.

—No te disculpes princesa. Estoy aquí para ti—digo sin apartar mis manos de su pelo.

—¿Te molestaría llevarme a mi casa?

No me apartes de nuevo Clarissa por favor...

—Preferiría que te quedaras conmigo. No quiero dejarte sola. Puedes dormir en el cuarto de

huéspedes, yo no te molestaría, si es lo que quieres.

—Por favor, llévame a mi casa—suplica

No quiero dejarla sola. Nunca le había visto así tan devastada.

—Bebé me tienes preocupado, por favor, quédate conmigo—le ruego.

—No puedo yo... —escucho el desespero en su voz.

—Tranquila, haré lo que quieras.

La llevo a su casa con el corazón en los pies. Mi triste princesa está más taciturna que nunca,

suspirando y manteniendo la vista fija en la ventana del coche. Es una vista tan fúnebre que quisiera

borrarla de mi memoria. De nuevo el locuaz e inteligentísimo diputado Petroni se queda sin palabras.

Estoy en blanco. En mi vida me he hallado yo en una situación similar. Antes de bajarse del coche me

ve con sus ojitos tristes y esboza una lastimera sonrisa.

—Estoy bien—me dice y pareciera que trata de consolarme.

Que irónico.

Le beso la mano y la dejo ir.

Siento que parte de mi corazón se va con ella dejándome un hueco profundo.

A los pocos minutos me llega un mensaje:

NIÑA BELLA: Gracias por este día. Me gustó tu familia. Por favor no te preocupes.

SEBASTHIAN: Cuídate cielo. Por favor descansa.

Cómo no me voy a preocupar... Tal parece que ella no entiende cómo me siento con ella. No me

permito dudarlo, ella tiene parte de mi corazón.

Para mí es evidente: simplemente... Le quiero…

Lunes 19 de Enero

"Enamorado"

El día ha transcurrido con normalidad en la Asamblea los mismos dimes y diretes de siempre. Ya

en la tarde saliendo del Parlamento me dirijo a mi casa para echarme un baño tengo una reunión

importante con los del partido, para coordinar lo de mi candidatura. Mañana será el anuncio y hay

que afinar detalles. En el Acura repica el teléfono.

Es Juan el policía. Pongo el manos libres.

—Hola Juan, dime.

—Diputado, se ha encendido la alarma de su novia. Una patrulla ya salió de volada para allá.

—Gracias—cuelgo.

Tres palabras llegan a mí: Clarissa/peligro/acosador.

Siento que la adrenalina se apodera de mi cuerpo, y mi mente—en extremo lúcida—busca la vía

alterna para llegar al Paraíso, donde está la residencia de ella. Evado los carros con una agilidad

pasmosa y peligrosa a la vez. Me importa una mierda. Quiero llegar de una vez por todas y verla.

Verla bien. Aprieto el volante y el acelerador como todo un degenerado y por poco me llevo por

delante unos transeúntes. No me voy a frenar por nadie.

Cuando llego a su casa, salto del coche y apenas está entrando la policía. Me tranquilizo un poco al

ver a Clarissa en una pieza aunque con Cata es otra historia. Alguien se atrevió a golpearla.

Pronto salta a la vista el causante de tanto alboroto. Un tipejo de lo peor, sucio, descuidado y

maloliente. ¿De dónde mierda habrá salido? Los policías lo esposan y se le ve aturdido. Estoy seguro

de que Clarissa le dio con el teaser. Gracias a Dios que tomé tantas previsiones con mi nena. Se me

revuelve el estómago solo de pensar que lograra hacerle daño.

Veo con horror a un policía tomar un cuchillo del piso. Esto pudo haber sido una tragedia.

Estrecho a Clarissa más a mí. Está muy fría igual que Cata. Las ayudo a sentarse ya que quieren

interrogarlas y busco algo en la nevera que le sirva a Cata para paliar lo de su golpe. Una bolsa de

guisantes congelados. Eso servirá. Me mantengo un poco alejado mientras ellas narran la historia.

Ha sido un paciente de Clarissa. Eso me cabrea. Ella no debería de exponerse a tantos peligros. No

quiero que vuelva a pasar por una experiencia así de traumática. Si en mis manos estuviera no

volvería a pisar ese bendito consultorio nunca más.

Asqueado ya con su relato me dirijo a su habitación donde busco tres cambios de ropa, ropa

interior, zapatillas y los meto en un bolso que tenía en el armario.

—Vamos a casa.

Les digo a las chicas cuando ya la policía va saliendo, las tomo de la mano para guiarlas. Sin duda,

todavía conmocionadas por el ataque. Están sumamente pálidas y muy frías. Ninguna dice una

palabra.

Pronto llegamos a mi casa.

—¿Quieren tomar algo?

Ellas asienten. Busco mi mejor botella de ron, la vacío en tres vasos de cristal y se los doy a las

niñas. Ellas comienzan a tomarlo lentamente, yo me halo todo el trago de una sola toma. Necesito

algo que me saque el frío que llevo dentro, desde que recibí esa llamada de la policía temía lo peor, y

ahora que veo a mi princesa ante mí, temblorosa y pálida, pero finalmente segura, me entra un

segundo aire.

—Estás muy callado.

Cómo te explico Clarissa que me he enamorado de ti.

Suena el teléfono y sé que son los del partido. Me están esperando pero definitivamente no voy a

dejar a mi nena hoy y menos en ese estado. Que resuelvan.

—Vengo en un momento—me alejo de las chicas para hablar con más privacidad—. Aló.

—Petroni, ¿qué sucede? te estamos esperando, aquí está Rodríguez—dice García.

—Sí, hoy no voy.

—¿Qué sucede, le pasó algo a tu familia?

—No.

—Espero que sea algo de vida o muerte porque sabes que nos queda poco tiempo para

prepararnos.

—Tengo un asunto personal muy importante.

—Bueno, entonces vamos a arreglar lo de mañana y estaremos en contacto.

—Ajá—cuelgo y de inmediato marco a Camucha.

—Hola.

—Hola mijo ¿estás bien?, ¿quieres que vaya a limpiar?

Le contesto afirmativamente. Necesito que deje todo organizado donde Clarissa. Si pudiera

borrarle de la memoria la experiencia también lo haría pero por lo pronto. Esto.

Recuerdo que tengo una crema para golpes y torceduras en el baño, la busco y me dirijo donde las

nenas. Están cuchicheando. Parece que ya volvieron en sí. Estoy muy cerca de ellas cuando escucho

que Cata le pregunta a Clarissa.

—¿Y tú que sientes por él?

Antes de que pueda dar su respuesta interrumpo. Lo que tenga que decir que me lo diga a la cara.

No admito segundas.

—Ven, vamos a echarte esta pomada. ¿Estás bien?—le coloco con suavidad a la pomada en el golpe

a Cata.

Ella asiente.

—Muchas gracias—dice educada.

—Bueno, me temo que tendrás que maquillarte tu lindo rostro por unos días—la tomo por la

barbilla para ver bien los daños.

Cata ríe.

—Gracias por dejarme quedar.

—¿Estas bromeando? Yo soy el que está agradecido contigo, considérame tu amigo y cuando

necesites algo, llámame sin dudar. —si no fuera por ti, Cata, mi nena ni siquiera me hubiese visto.

Tomo la mano de Clarissa y le echo un vistazo.

—¡Hecho!—contesta.

Después de un rato de conversa y un poco más color en sus mejillas, acomodo a Cata en el cuarto

de huéspedes. Se le ve agotada seguramente por la impresión.

Llevo de la mano a Clarissa hasta llegar a la puerta de mi cuarto.

—Hoy dormirás conmigo si no te importa.

—Ok.

Observo su hermosa faz, y me asalta la idea de nuevo de que ella pudo haber muerto. Si hubiese

pasado eso seguramente hubiera quedado como Bruno. Devastado. Muerto en vida. Esa idea me

perturba demasiado para expresarla.

—¿Qué te pasa?—me pregunta ella.

—Por Dios Clarissa he pasado el susto de mi vida. Pensé...—...que morirías—¿estás bien?

—Sí, gracias a ti—clava sus ojos ámbar en los míos azules mientras acaricia las solapas de mi

saco. Eso me calma un poco—,si no fuera por ti no estaría aquí. No sé cómo pagártelo.

Que tierna.

—No tienes porqué cielo. Lo único que me interesa es tu bienestar—le doy un besito y la abrazo

muy fuerte—. No sabes el infierno que viví...esos minutos fueron los más largos de mi vida.

—¿Y cómo te enteraste? llegaste muy rápido.

—¿Te dije que te mantendría vigilada. La policía tenía órdenes de llamarme si sonaba la alarma.

No podía estar tranquilo con ese loco suelto por ahí, apenas he podido conciliar el sueño en estos

días. Eres una niña muy terca. Si tan solo te hubieras quedado conmigo —suspiro—. En fin no podía

obligarte tampoco.

—Lo siento, no sabía...

Que tontita es… Me río de su ceguera emocional…

—Te cuesta ver lo obvio, verdad. Ven, vamos a ducharnos.

La llevo al baño donde me permito regar su rostro de tiernos besitos mientras la desvisto. Cuando

al fin termino estoy embelesado y de rodillas ante ella. Ante mi diosa en ropa interior. Soy el esclavo

de su belleza.

—Sigues muy callado—dice mientras desanudo mis zapatos.

—No quiero hablar—me quito la ropa sin dejar de embeberme en su hermosura.

—Ah…

Estoy completamente desnudo ante ella, y es evidente que Campeón está contento. Ella lo ve y se

ruboriza. Sí Clarissa tú me haces eso. Yo soy el lobo y tú eres mi dulce caperucita y no me canso…de comerte...

Me acerco a mi nena, le desabrocho el brasier y lo deslizo acariciando sus hombros, y no puedo

resistirme a besar su suave piel. Riego besitos imitando el recorrido de mis manos. El brasier cae.

Sus pechos se presentan ante mí orgullosos y me convierto de nuevo en su esclavo, me invade el

deseo de adorarlos con mi boca. De lobo a esclavo de mi caperucita seductora...

La dulzura de sus pechos me tiene embobado, miel es poco para describir su sabor.

Me invade una oleada de calidez y sentimientos hermosos hacia Clarissa... Tenerla aquí conmigo

finalmente es un momento glorioso para mí. Estoy en mi lugar soñado con mi princesa soñada.

De pronto me doy cuenta de algo...

Me encuentro anonadado de toda la cursilería con que mi mente arropa el pensamiento de

Clarissa...

¿Cuándo en mi vida he sido yo así? Jamás. Esa es la respuesta.

Clarissa, mi princesa... Clarissa, mi caperucita... Clarisa, mi damita...

Clarissa... Clarissa... Clarissa...

¡Bien, le daré su lobo feroz!

Deslizo mis manos dentro de sus bragas acunando su firme trasero y aprieto a la nena más a mí,

frotando nuestros sexos. Lo hago una y otra vez para volverla loca. Y entonces, comienzo a besarla

duro, fuerte, profundo y su boquita rápidamente comienza a jadear.

Voy a hacer que me desees tanto Clarissa. Voy a volverte tan adicta a mí que nunca querrás

marcharte...

Retiro sus bragas y rebusco un condón en el bolsillo del pantalón que yace en el piso. Lo abro y lo

pongo en Campeón que lleva rato endurecido. La llevo de la mano a la ducha y sin más preámbulo la

levanto y la comienzo a bajar poco a poco sobre Campeón. Ella va gritando a medida que va

descendiendo.

Oh God... Oh baby... Oh... oh...

De nuevo me encuentro alucinado por su agarre tan prieto y es como si fuera la primera vez, como

si fuera virgen de nuevo. En verdad trato de mantener el control, pero es todo un reto considerando

que me resulta extremadamente placentero. Ella se abraza a mí para no caerse, la tengo en el aire.

Fijo mi mirada en ella. Su rostro enrojecido y su gesto frágil me cautivan por completo. Me invade

de nuevo esa sensación de calidez, y llegan a mí, sentimientos y pensamientos hermosos sobre

Clarissa.

Quien diría que cuando al fin me enamorara me daría tan fuerte.

—Extrañé estar así contigo cielo. Eres una mujer muy linda ¿sabes? sobre todo ahora—parece una

diosa de ojos verdes—. ¿Estás bien?—. Acaricio su barbilla dándole tiempo de acostumbrarse a mi

intrusión. Sigo dentro de ella.

—Sí—dice suspirando.

Me regala una sonrisita entre tímida y pícara que me divierte. Luego acerca sus labios a los míos

fundiéndolos en un suave beso. Cierro los ojos y me entrego. Siento su lengua tierna y grácil

explorándome.

¿Por qué me resulta tan dulce? ¿Es ella o son mis sentimientos?

¡Como sea voy a gozármela!

Comienzo a penetrarla lentamente apoyándola de la pared, ella se aferra del pomo de la ducha.

Ahogo sus quejidos con un beso galante, profundo y acariciante que le permita olvidar ese dolor que

debe estar sintiendo. Poco a poco el rocío tibio comienza a cubrir nuestros cuerpos, no aplacando

para nada nuestro ardor. Continúo con mi posesión, lenta rítmica y profunda. Noto que ya mi nena el

dolor ha olvidado, y solo veo en su linda carita, el éxtasis. Sus jadeos suaves se han acompasado a la

cadencia de mi intrusión.

—¿Te gusta bebé? —mi voz es ronca.

—Sí... me encanta—gime.

¿Encanta? es una buena palabra…

Sin embargo, no quiero arrullarle así que le robo un beso duro, fuerte, profundo, bien caliente y

comienzo a acelerar mi ritmo de penetración implacable, y es como gasolina pura suficiente para

prenderle candela a toda la bendita ciudad.

Clarissa gime enloquecida.

Como me gusta verla así…

No voy a parar. Voy a darle duro, hasta que el cuerpo aguante. Hasta que ella no pueda más y me

ruegue que pare. Y así continúo poseyéndola una y otra vez hasta que alcanza orgasmos encadenados.

Luego la bajo, la enjabono a consciencia, y una vez así la vuelvo a poseer robándole otro orgasmo.

La práctica hace al maestro bebé…

Apiadándome de ella al fin me permito llegar al Clímax. Estamos jadeantes, satisfechos, frente a

frente cubiertos por un velo de rocío. Entonces, la intensidad de mis sentimientos hacia ella me aliena

por completo.

Clarissa te amo...

Te amo. Te amo. Te amo.

—Me he enamorado de ti, Clarissa. Te quiero—le confieso al oído a ojos cerrados.

Los abro y noto que ella me estaba observando pero con su taciturnidad ya característica, toma la

toalla y parte al cuarto dejándome solo en la ducha con la vista fija en la estela de agua que dejó a su

paso.

¿Qué le pasa?

Le he declarado mi amor. Mi cariño. Y esa es su respuesta. Silencio. Por un momento me invade la

duda ¿será que ella no siente nada por mí? Solo lujuria. El pensamiento me lastima. Anhelo mucho

más de ella que solo una buena cama. Pero pronto llegan a mi mente las palabras de Nana:

«Si quieres algo con ella vas a tener que armarte de paciencia...es diferente a ti...no conoce el

amor»

Y de Celeste:

«No está acostumbrada a eso...Te imaginas sentir que estás solo y que nadie te quiere durante tanto

tiempo.»

Supongo que eso explicaría sus reacciones. Solo ella puede afrontar a sus demonios a su ritmo y a

su tiempo, y yo no puedo forzarla a nada. Pego mi frente de los azulejos para que el chorro caiga

directamente en mi cabeza, sintiéndome por primera vez en la vida, embargado de desesperanza.

Esto es algo nuevo para mí. Nunca he peleado batallas perdidas. Siempre he mantenido una mente

clara y fija en mis metas, poseyendo desde temprana edad, una capacidad para lograr el éxito en mis

empresas sin mayor preámbulo.

Hasta ahora...

Sin embargo, esto es diferente. Esto definitivamente es un riesgo. Estoy caminando en una cuerda

floja tambaleante a merced de sentimientos inconclusos, terrores infantiles y silencios agónicos.

A pesar de eso, mi corazón me lo dice: No puedo no arriesgarme.

Ya se lo dije. Ya lo sabe. Ella deberá asumirlo, para bien o para mal. Sé que a pesar de su fragilidad

también es bastante fuerte. Ha logrado tantas cosas ella sola. Lo que todavía me mantiene un poco

esperanzado es que sé que tiene buen corazón, y quizá algún día, ella pueda sentir lo mismo que

siento yo.

Bueno, el amor es paciente… Me atrevo a tener esperanza…

Un poco más animado procedo a enjabonarme diligentemente, sin prisa, dándole tiempo a solas.

Salgo del baño con el propósito de limpiar el desastre de agua que dejó mi niña pero me paro en

seco. Está sentada en la cama con la mirada perdida y aún chorreante.

De nuevo se me presenta como una niña desamparada.

El corazón me da un vuelco.

—¿Y mi ropa? —dice sin dirigirme la mirada.

—Le dejé tu bolso a Cata. No la necesitas ahora. Quiero que durmamos desnudos. Piel con piel.

—Ah…

—¿Qué sucede?

—Es que tengo frío.

Cómo no vas a tener frio mi vida.

Me dirijo al armario para buscar una toalla con el corazón repleto de amor por esta mujer.

—Si no te secaste cielo, casi saliste corriendo del baño—sonriente saco la toalla—. Vamos a

secarte—se la coloco en la cabeza y la estrujo. Luego la coloco en sus hombros y hago lo propio.

—Tienes que secarte bien si no quieres resfriarte—seco sus torneadas piernas. Lo último que

quiero es que mi niña se me enferme—. ¿Mejor?—sus ojitos ámbar inquisitivos y profundos me

estudian, cuestionándome quizá, no lo sé.

—Sí—dice muy bajito.

—¿Se te antoja comer algo? ¿O tomar un jugo?—niega con la cabeza—¿quieres descansar un

poco? Debes estar conmocionada por lo que pasó.

—Sí—susurra.

Retiro la colcha.

—Recuéstate—digo tomando su toalla la cual dispongo con la mía sobre la silla. Enciendo una

lámpara y apago las luces de la habitación, arropándola y acostándome detrás de ella. Clarissa se

duerme de inmediato. Está agotada.

Yo no tengo sueño. Me ataca el hambre, seguramente a raíz de tanto sexo. Además debo buscar la

mopa para secar el desastre de agua que dejó mi niñita desordenada. Le doy un beso en el hombro,

me enfundo un pijama. Y me dirijo a la cocina.

Me sorprende ver a Cata sentada en un banquito.

—¿Cómo está mi nueva mejor amiga?—digo esbozando la mejor de mi sonrisas.

—No puedo dormir—dice haciendo un mohín. Parece que no soy el único que sabe usarlos.

—Yo tampoco, ¿tienes hambre?

—Sí, mucha.

—Era de esperar después de tu knock out linda. ¿Panqueques?

—Solo si yo te ayudo.

—Dale, pues.

Sacos los ingredientes y ella los va echando en la licuadora.

—¿Y conoces a Clarissa desde hace un rato?

—Desde los nueve años.

—¿Y cómo era?

—Peleonera.

Le paso una cuchara metálica mientras enciendo la plancha.

—¿Y tenía muchos pretendientes?

—Sí claro. Ella es linda. Pero siempre ha sido muy reservada. Nunca le he conocido un novio. Solo

tú. Creo que jamás había salido en una cita. Tú le gustas mucho.

—¿Te parece?

—Si no te ha dado un codazo…—se encoge de hombros.

—Bueno, me botó de su casa, si eso cuenta.

Cata se pone las manos en la cabeza.

—¡Ay Dios! No desistas con ella Sebas. Yo no sé por qué a ella le ha dado por ahí. Siempre

alejando a las personas. ¿Sabías que yo era su única amiga?

Tomo una espátula y voy volteando los panqueques que Cata va echando.

»—Y cómo no serlo, si desde que la conocí me le pegué como una lapa, siguiéndole y hablándole

hasta por los codos. A la final me agarró cariño. Supongo, que no me rendí con ella. Yo sabía que era

una buena persona—se encoge de hombros—, además es una amiga muy leal.

Me gusta que sea leal.

»—No le gusta que la toquen, sabes. Sobre todo los chicos. Siempre fue muy desconfiada. Nunca

les creía nada ni la o por lo redondo. El único que pudo con ella fue el Dr. Spillman, le hablaba y le

aconsejaba. La metió en cursos de todo tipo canto, etiqueta y otros que no recuerdo. Eso la aplacó un

poco. A ella le gusta mucho aprender. Pero si alguno se encaprichaba de ella… pobre de él. Los

trataba malísimo…

Frunzo el ceño.

»—A patadas, codazos y groserías. Así que siéntete afortunado. Algo tienes tú que a ella le atrae. Y

cómo no iba a ser así. ¡Si eres tan lindo!—me aprieta las mejillas como Celeste lo hace.

Yo sonrío.

»—Cuando ella me dijo que se habían besado en el baño. ¡Quedé en una pieza!

Mierda le contó eso. Qué pena.

»—Así que cuando te vi el lunes en su consultorio me dije: ¡Cata es ahora o nunca! Tenía que hacer

que saliera contigo y parece que tú tienes tus mañas porque ve donde la tienes. Estoy sorprendidísima.

Nunca le había visto así con nadie. Espero que no le hagas daño porque me molestaría muchísimo

contigo.

—Yo no haría eso.

Me escudriña con sus vivaces ojos café.

—¿Estás enamorado de ella, verdad?

—Me temo que sí.

—¡Ay, que lindo!, entonces eres mi cuñado porque Issa es mi hermana.

—¡Mejor que eso, considérame tu hermano mayor, muchachita! —le rasco la cabeza

juguetonamente como lo hago con mis sobrinos, después de todo, es solo un niñita—Así que

cuéntame más sobre esa amiguita tuya ¿qué consejo me darías tú que eres la experta?

—Bueno para empezar...

Martes 20 de Enero

"Novia complaciente"

A primera hora de la mañana me dirijo a la empresa de mi familia, P&A Venezuela. Resulta

imperioso para mí buscar una solución a la situación de mi niña hermosa. Entro sin mucho protocolo

porque ya todos me conocen y como siempre las chicas se muestran muy amables conmigo.

—Hola mamá—le beso la frente como acostumbro. Está impecable como siempre, con su cabello

castaño recogido en un elegante moño, maquillaje sobrio, y vestido de sastre muy favorecedor.

—Hola bebé, pensé que estarías ocupado con lo de tu candidatura.

—En eso ando.

—Y tu novia ¿cómo está? me quedé muy preocupada el domingo ¿qué tenía ella?

—Mamá, Clarissa es huérfana, y eso le ha afectado mucho. Más de lo que quiere aceptar.

—¿Y eso te preocupa?

—Claro mamá. Yo le quiero mucho.

Sonríe

—Que bueno mi vida, ¿qué necesitas?

—Habrá alguna vacante en el departamento de Bienestar social de la empresa. Sabes que Clarissa

es psicóloga y es una chica muy inteligente, se graduó de Summa Cum Laude en la Universidad

Central de Venezuela.

—Igual que tú, bebé.

—Anoche pasamos un susto con un acosador. No me parece que deba exponerse así al peligro. Así

que estaba pensando que podría trabajar con nosotros en la empresa, estaría más segura y nosotros

obtendremos un activo muy valioso ¿no te parece?

Mamá me observa seguramente sorprendida por mi petición. Nunca había hecho esto por ninguna

mujer.

—Me gustaría, sabes, que se sintiera en familia.

—Está bien, bebé. Hablaré con Cielo. No te preocupes por nada. Considéralo hecho.

****

A golpe de siete de la noche vamos en el coche. Yo, profundamente emocionado. Hoy es el día. El

día para el que me estado preparando todos estos años en mi carrera política. Asumiré ante Venezuela

el compromiso de protegerla, de cuidarla, de al fin mimarla como a la niña de mis ojos. A ella, mi

primer amor, mi Patria amada. A mi lado tomada de manos mi segundo amor, mi princesa Clarissa.

Se ve tan linda con ese vestido y su cabello liso y brillante. Está impecable. Definitivamente es

perfecta para mí. Acerco mi nariz a su cuello para disfrutar de su aroma.

Estoy feliz.

Llegando a la plaza veo el obelisco que la caracteriza y la tarima que han dispuesto para la rueda

de prensa. La presencia de los medios resulta masiva. Gente curiosa y adeptos del partido

acercándose y echando un ojo. De soslayo miro a Clarissa que observa curiosa a través de la ventana.

Trato de no reírme. Seguramente se creía que la llevaría a un bingo, una función de caridad o a un

cóctel.

Que equivocada está.

Cuando nos bajamos enlazo muy bien su manita a la mía con la sensación de que pronto querrá

huir de mí. Después de todo, es toda una niñita cobarde.

Se acerca a nosotros un periodista.

Primer round:

—Diputado Petroni lo acompaña la Srta…

—La Dra. Clarissa Spillman...— la veo de reojo—mi novia.

Ella se tensa de inmediato.

—¿Por qué dijiste eso?—dice entre dientes con su típica carita de susto.

—Bebé, solo por hoy. Recuerda: expectativas. Solo expectativas.—susurro para calmarla mientras

le beso su manita procurando quedar bien posicionado ante las cámaras.

Definitivamente quiero una foto.

Saludo con un movimiento de cabeza a mis pares que vienen subiendo por el otro lado de la tarima.

Clarissa y yo vamos de la mano hasta ocupar nuestros puestos en la mesa. A mi lado derecho se sienta

Edward Salas—es lo indicado como presidente del partido—y al lado de mi nena se acomoda Juan

Ramírez, miembro de la tolda azul. Detrás de nosotros, de pie, parte de mi equipo y Benito Estévez de

la tolda amarilla. Han decidido unirse a nosotros formando una coalición: Blanco, azul y amarillo.

Le lanzo un vistazo a mi niña que ve ansiosa a los reporteros, tomo su mano y la coloco sobre mi

rodilla.

—Que comience el show, bebé—le digo al oído y le doy un besito allí.

Edward Salas inicia la rueda de prensa:

—Nosotros, los representante del partido "Un Nuevo Rumbo" queremos hacer de dominio público

que apoyamos la candidatura de Sebasthian Petroni Agresti para la presidencia de la República...

A medida que escucho sus palabras mi mente se agudiza y comienzo a sentir la adrenalina del

momento. Estoy preparado, listo para afrontar este reto. Veo con claridad mis fortalezas, vislumbro

mis debilidades, las cuales he de asumir y minimizar ante el pueblo.

Yo puedo con esto.

Nací para esto.

Salas habla sobre mi preparación e inmediatamente me transporto a Harvard. En ese tiempo ya mi

familia se había hecho a la idea, de que lo que me impulsaba de verdad, era la política. Esos años

fueron los más reveladores para mí, conocer lo más innovador de lo que es el quehacer público y el

diseño y análisis de mega proyectos para el bienestar de una comunidad me volaron la mente.

Devoraba esos libros con hambre de conocimientos, participaba activamente en los proyectos y

prácticas, posicionándome rápidamente como uno de los alumnos más destacados. En el top de los

mejores. Para mí no implicaba ningún esfuerzo ni el idioma, ni la entrega que requerían de mí. Ese

era mi sueño, convertirme en un líder, alguien que pudiera cambiar y mejorar mi país.

Y cuando sigues tu sueño nada es imposible...

Toma la palabra Ramírez de la tolda azul y dice algunas verdades acerca del atroz gobierno actual,

adornadas por supuesto con el lenguaje rimbombante que le caracteriza. Ya no hay vuelta de hoja. Mi

corazón emocionado bombea con fuerza. Y más temprano que tarde se hace mi turno para hablar.

Completamente inmerso en mi discurso comienzo a derrochar mi carisma en las palabras siendo

dulces para enamorar y potentes para convencer:

—Estoy muy agradecido por la confianza embestida en mí por mis colegas y seguidores, y solo

puedo asegurarle al pueblo venezolano que no escatimaré en mis esfuerzos por garantizar el

bienestar de cada uno de los habitantes de esta bella nación. Muchos han dicho que soy un burgués,

pero la verdad es, que nunca me he alejado de la realidad que vive el venezolano común. Yo soy el

venezolano común. El venezolano que se para temprano a echarle ganas a este país tan bello y que

merece ser próspero...

Observo con fascinación que va llegando más gente y están entusiasmados con mis palabras, me

siento lleno de efervescencia y energía. Hay esperanza.

—Por ello apostemos a un cambio. Apostemos a una nueva estructura, una nueva dinámica que nos

permita encaminar nuestro país en la dirección correcta. Todos podemos ser el cambio—. Los

aplausos y las consignas se hacen escuchar.

Veo a mi chica y está contenta, lo cual es algo completamente desconcertante porque realmente

pensé que cuando supiese mis pretensiones de ser presidente pondría pies en polvorosa.

Eufórico recibo de mis colegas, abrazos y apretones de mano, dando por terminada la rueda de

prensa. Se los presento a mi niña, y nos divertimos sacándonos fotos graciosas para mi twitter que

cómo le explico a Clarissa es una forma efectiva de mantener una comunicación activa con la gente y

una excelente estrategia de promoción también.

—Quizá, debería seguirte—me dice mi niña seductiva.

—Adonde quieras cariño...—la estrecho más contra mí. Aún con tanta gente alrededor ansío su

calor.

La respuesta de la gente al anuncio de mi candidatura no se hace esperar. A través de los tweets

recibo felicitaciones, buenos deseos, aleluyas, (mentadas de madres para el presidente actual) o una

combinación de las mismas. Rápidamente la noticia se convierte viral y no me alcanzan los dedos

para contestar. Completamente inmerso en mi celular nos dirigimos al auto e ingresamos en él. Hay

esperanza en la gente, se siente la efervescencia. Hay esperanza y yo soy esa esperanza soy el camb...

¡Mierda! ¡Clarisa se ha montado sobre mí!

Campeón se levanta de inmediato. Le gusta mucho Clarissa y aunque estoy de acuerdo con él no es

el momento ni el lugar para que salga a jugar.

Abro mi boca para protestar pero me toma por sorpresa de nuevo e introduce su lengua insistente

y tenaz, poseyéndome por completo. Me siento prisionero. Sus uñas clavándose en mi nuca van

acomodando mi cabeza a los caprichos de la ella.

¡Jesús, María y José ¡

¿Qué coño se le metió?

¡Nunca se me había lanzado así! Y me pregunto ¿qué la puso tan caliente?

Me está costando una barbaridad conservar mi compostura. Más sintiendo en mis manos su

redondo y firme trasero. Lo que aún me mantiene en mis cabales es la idea insistente de que López

está con nosotros, manejando y que seguramente le estamos dando un buen espectáculo en primera

fila.

Además de un encabezado del periódico «Escandalizados ciudadanos consiguen a candidato a la

presidencia y su novia follando en un coche.»

¡Mierda!

—Clarissa...—le advierto pero ella ni caso, me está mordisqueando el mentón. Y vuelve a

apoderarse de mi boca. Santo Cristo ¿qué le pasa a esta mujer? Pronto siento a Clarissa estrujándose

sobre Campeón y decido que ya es suficiente.

—Ahh—gime ella abandonada a sus más bajos deseos.

¡Ya basta mujer, piensas matarme!

La tomo por los hombros separándola de mí. Parece dopada.

—Clarissa, No. Para, ya—Le indico con la cabeza que López está con nosotros. Ella toma varias

respiraciones para calmarse, solo un poco.

—Lo siento—alcanza a decir completamente enrojecida.

Es una verdadera lástima que ese ataque suyo de lascivia no haya ocurrido en un sitio más

oportuno porque tanto Campeón como yo estamos bien dispuestos...

Yo soy tu candidato: Romántica y apasionante historia de amor parte 04

 


—¡¡Claro que ira!!

Si no me equivoco su cara ha expresado terror. ¿Qué le pasa? solo es una cita, ni que me la fuera a

comer. Bueno, quizá sí debería estar asustada...Veo como revuelve nerviosa buscando llaves en su

bolso y la imagen me resulta graciosa pero también me alarma.

¿Clarissa Spillman no quiere salir conmigo?

Pensé que el beso le había gustado. Me confunde su reacción.

—No puedo, ahora mismo tengo un compromiso ineludible—Mira el reloj—de hecho voy

retrasada.

Coño ¿me estás echando?

—Pero Issa si me acabas de decir que estás libre, que no tienes nada que hacer y que estás muy

aburrida—dice su amiga con los brazos en jarra.

Rectifico, adoro a esa amiga suya y esa lengua tan suelta que tiene.

¿Y ahora con qué me vas a salir bebé?

Ay Clarissa, ahora no te salva nadie...

****

Mi niña se ve obligada a aceptar mi salida, y a mí en realidad me tiene sin cuidado si ella pretendía

evitarme porque ahora la tengo donde quería. Sin duda me intriga que no le resulte irresistible como

suele suceder. Sé muy bien cómo puedo engatusarla hasta lograr lo que se me antoje con ella. Sí,

quizá si la poseo se me quite esa pensadera loca que tengo en ella desde que la besé. ¿Cómo puede no

querer repetir la experiencia? si para mí fue casi una experiencia religiosa. La miro de reojo y sé que

está nerviosa. Observa por la ventanilla del auto el paisaje nocturno de Caracas y otra vez su perfil

me resulta en extremo atractivo. Estiro la mano y tomo la suya llevándomela a los labios.

Eres una bella damita.

Coloco su mano sobre mi muslo porque quiero que me toque. En mi fantasía ella es más osada. Me

mira de soslayo mientras acaricio su mano con mi pulgar y noto como se revuelve en su asiento. No

le soy del todo indiferente. Que tal un poco de humor sugerente bebé a ver como reaccionas.

—Necesito algo de usted Dra. quiero su opinión profesional—trato de poner mi cara seria, ella se

voltea hacia mí curiosa—. Quiero que me analice a profundidad— parece algo molesta e intenta

zafarse de mi agarre. Casi me parto de la risa. No bebé, esa mano es mía, me encanta ver cómo te

revuelves y ruborizas y apenas estoy calentando.

—Para eso debía pedir una cita con mi secretaria—dice cortante.

—Prefiero una cita con la doctora, así descubro el mal que me aqueja—replico besándole la mano

y disfrutando de su reacción.

Que linda nenita.

—No entiendo—murmura evidentemente turbada y me deleito en seguir recorriendo una y otra vez

su mano con mi pulgar.

Al fin llegamos al restaurante y se me antoja ser caballeroso, después de todo, estoy ante una dama.

Aparco y rápidamente bajo rodeando el coche hasta su puerta, se la abro y le ofrezco mi mano que

toma sin dudar pero justo cuando se está levantando se le abre un poco el cuello de la camisa y veo la

suave piel de su busto. Se me dispara la libido de un tiro y antes que me dé cuenta la tengo acorralada

entre mi cuerpo y la puerta, coloco mis manos sobre el auto, temo que si no lo hago no sé que pueda

pasar. Bajo la mirada y ella me observa, se le dilatan las pupilas y como víctima de un hechizo ella

me besa. Se me desboca el corazón en el pecho como un adolescente mientras le permito saborearme

lentamente. Hundo las manos en su cabello trenzado y la muevo a mi antojo, el ansia de ella me

estaba matando.

Sí, Clarissa me encantas. Me fascinas bebé.

De pronto recuerdo que estoy en un estacionamiento público y haciendo un gran esfuerzo me

separo de ella.

—Me gusta besarte—susurro pegando mi frente con la suya, sus labios están henchidos, se me

escapa el aire y a ella también. Cierro la puerta del coche llevándomela de la mano justo al interior

del restaurante.

—¿Qué quieres tomar?—le pregunto ya sentados el uno frente al otro en la mesa del local. Ella

parece concentrada en su mundo mental ajena de que estoy aquí muy cerca. Segunda vez que le veo

juguetear con su cabello, parece que es algo que suele hacer y otra vez la palabra adorable vuelve a

mi mente.

—Estás muy callada Dra.

Cuando levanto la vista la imagen de Olivia inclinándose y dándome sendos besos en las mejillas

me descoloca. ¡Mierda! tenía que aparecer ahora.

—Sebasthian que gusto verte.

Clarissa hace un gesto de asco.

—Olivia que sorpresa—acierto a decir.

Aunque deseo que desaparezca las buenas costumbres me exigen que sea educado.

—Tiempo sin verte querido...... —acaricia mi hombro con sus largas uñas y me perturba pensar que

Clarissa se ofenda y se marche—. He venido con unos amigos pero ya estoy de salida. Deberíamos

quedar un día de estos...— ¡una mierda! ¿Me está coqueteando frente a Clarissa? porqué tendría que

haberme topado con esta golfa justo hoy—. Llámame... —se retira.

—Un Long Island Tea, por favor—dice evidentemente molesta al mesonero.

—A mí un vodka tonic—le pido yo.

Qué te puedo decir Clarissa para que no te vayas. Para que bajes tus defensas ante mí. Que Olivia

no es una golfa, ¡a la mierda! salta a la vista que es una buscona. Más de una vez se me desnudó

descaradamente para que me la follara, sin conseguirlo por cierto. Algo que me baja la libido rápido

son las mujeres fáciles.

—Olivia es amiga de la familia—le digo, lo cual es cierto, lo de buscona me lo guardo para mí.

— ¿De verdad?...parece que te tiene mucha confianza— ¿estás celosa bebé?

Tomo su mano y se la aprieto con suavidad.

—De verdad—Esa no me interesa para nada. Me interesas tú.

Se inclina servilleta en mano y comienza a borrar las marcas de pintalabios de la golfa inoportuna.

No puedo dejar de ver esa carita ofendida, es muy graciosa.

—¿Mejor?—estoy encantado ante su reacción. Se me antoja que sería una buena novia.

Se encoje de hombros. Otro gesto adorable en ella.

Oh lovely girl.

La observo con la gran copa de Long Island y me parece de nuevo graciosa. De pronto quiero que

me cuente todo de ella.

—Hábleme de usted.

—¿Qué puedo decir? —me dice

—Además de ser inteligente y guapa ¿por qué escogió la psicología?

—¿Y usted por qué la política?

—Ah porque soy muy hablador—bromeo.

—Y yo porque soy muy preguntona.

Me fascina su sonrisa.

—Y en serio.

—Bueno, mi padrino es un psiquiatra reconocido y siempre le he admirado mucho... —va bajando

su bebida sorbitos cortos—. Además es muy interesante, todas esas teorías tratando de explicar cómo

actuamos, pensamos y sentimos.

—Le gusta ayudar a la gente—le digo porque al final es lo que me parece y le entiendo sé lo que se

siente.

—Es parte de mi trabajo. ¿Y a usted qué lo motiva?

Se me ocurren algunas cuantas maneras de poseerte pequeña, en estos momentos, mi motivación

eres tú.

—Ahorita... usted—toma un trago largo escondiendo parte de su rostro detrás de la gran copa—.

Estoy deseando que me analice más a fondo... —mi comentario casi la ahoga.

Resopla.

—Eso sería transferencia—me regaña—y es francamente inmoral.

—Como todo político voy al margen de la moralidad—le devuelvo la pelota.

—Si fuera mi paciente no estaríamos aquí sentados.

Si fuera tu paciente...

—Qué lástima... me ilusionaba mucho la idea de estar en un espacio reducido, usted, yo y un diván.

—Eres terrible

Es un encanto verla ruborizarse así. Creo que en mi vida había visto a una mujer ruborizarse. Tal

parece que solo conozco mujeres corridas por cuatro plazas. Hasta ahora...

Me echo a reír.

—¿Te parece si pido algo de comer? —le hago señas al camarero.

—Ok.

Y noto que esta niña tan hermosa al fin despliega sonrisas y sonrisitas y es un gusto verla así. Sí,

me gusta hacerla reír. Seguimos un rato conversando y tomándonos el pelo con chistecitos algunos

de doble sentido y me gusta mucho su sentido del humor. Pese a eso nos retiramos temprano porque

es lunes y mañana hay que trabajar.

Cuando llegamos al coche viene a mi mente la posibilidad de llevármela a casa y darle un buen

revolcón. ¿Aceptará?

Me ladeo en el asiento y la estudio intensamente, con la espalda contra la puerta y el un codo sobre el

volante, froto mi mentón. Ella clava sus ojos ambarinos en mí y todo a nuestro alrededor se vuelve

electrizante y sube varios grados. Le digo mentalmente «vente conmigo bebé... te aseguro que te voy

a tomar de todas las formas posibles, te haré gritar de placer » como si leyera mi mente ella jadea.

Voy a tirarte el anzuelo, preciosa, a ver si te pesco esta vez…

—Me siento tentado a llevarte a mi apartamento—le digo con la voz más sensual que tengo.

Ella baja la mirada a su regazo.

—No me lo parece.

—¿En serio?

Vamos Clarissa, yo sé que quieres.

—Sí.

—Sé preparar muy buenos desayunos—intento no reírme, pero otra vez se me asemeja a una niña,

así que muerdo mi labio.

Tiene el ceño fruncido. ¿Será que mi comentario le ha molestado? no quiero presionarla, parece

que le gusta hacerse esperar. Lo cual es... interesante.

—Está bien— asiento.

Enciendo el carro y conduzco tomando la Autopista Francisco Fajardo que me llevará directo hasta

su casa. Pongo algo de música de ambiente muy baja. La voz dulce de una mujer invade el coche.

—Eres muy joven, ¿verdad?—le pregunto porque todo este tiempo me ha parecido una niña.

—Tengo 22.

¡Ay eres una bebé!

—Te graduaste muy joven.

—salí a los 15 de la prepa me salté unos cuantos años.

Qué casualidad, yo también me salté unos años y me licencié muy temprano. Que interesante, mi

niña es inteligente, claro ya me había fijado en eso pero no a cualquiera lo promueven.

—Así que no solo eres una cara bonita.

Otra vez se encoje de hombros y me gustaría pellizcarle la nariz, así como hago con mis sobrinos.

—Te escuché en la radio. Algo sobre un plan de alimentación, creo. ¿De qué trata?

Ay no bebé, quieres hablar de trabajo.

—Bueno en pocas palabras se trata de reincorporar a la empresa privada y disminuir las

importaciones. Así se disminuye el gasto público. Bueno a grandes rasgos—cambiemos de tema ¿sí?

— ¿y Cata es tu hermana?

—Casi ¿y tú tienes hermanos?

¿Que si tengo familia? chica, esta no es cualquier familia. Es la familia. Somos extremadamente

unidos, hablamos mucho, nos apoyamos y nos reunimos casi todos los domingos. De hecho este fin

hay una parrillada. Me pregunto qué pensarán mi mamá y Cielo de Clarissa. Me parece que encajaría

a la perfección. Llevan ya un rato con la cancioncita de cuándo voy a llevarles una noviecita,

pareciera que les molesta mi libertad o libertinaje como dicen ellas.

—Sí, un hermano, una hermana, sobrinos, abuelos, padres todo el combo—con ánimos de comedia

hago un ademán exagerado con el brazo. Ella ríe y eso me hace reír a mí—. Tenemos una parrillada

el domingo—. La miro de reojo mordisqueándome el pulgar—. ¿Te gustaría venir?

¿Por qué se pone pálida? tampoco le estoy pidiendo matrimonio ni nada.

—Será divertido.

Espero su respuesta pero parece nerviosa y eso me está poniendo de los nervios. ¿Qué le pasa?

¿No quiere verme más? ¿Tiene planes para el domingo? ¿Quizá con otro? Ante esa idea el estómago

se me revuelve.

—No me has contestado.

—Bueno.

Me entra el alma al cuerpo de nuevo. Así que sí nos veremos. Bueno, necesito comunicarme

contigo bebé.

—Entonces necesito tu número para quedar.

Lo piensa un momento y luego me lo da. Le repico.

—Guarda el mío Clarissa—de inmediato pienso en el comentario de su amiguita—Puedes poner

político sexy si quieres.

Puedo demostrarte lo sexy que soy cuando quieras. Más temprano que tarde.

—Que gracioso...

Aparco en su casa y se me antoja besarla. Quiero que anhele verme. Halo su mano y la atraigo

hacia mí y le doy un soberano beso y otro y otro; casi me la estoy comiendo y pienso en la

posibilidad de cogérmela en el auto. Después de todo, es puro jadeos y suspiros. Reclino su asiento y

me vuelvo hacia ella deslizando mi mano por su cintura con intención de desabrochar su vaquero,

cuando una idea se cuela en mi mente, el encabezado de un periódico:

«Diputado viola jovencita en un coche »

¡Coño!

Ahora más que nunca debo cuidar mi reputación. Pienso en Carreño y todos los jodedores de la

Asamblea que me sacan de quicio y de inmediato se me baja la erección.

Me aparto de Clarissa que obviamente también está excitada. «Invítame a tu casa bebé» pienso y

repienso deseando que Dios le dé dotes de clarividente para que me saque de este calvario.

—Me la pasé muy bien esta noche Sebasthian.

—Yo también.

Invítame bebé please me estás matando.

Me sonríe y se baja del auto dejándome más cachondo que un perro. Miro con tristeza como

desaparece su lindo cuerpecito por el umbral.

Te me estás haciendo de rogar Clarissa.

Al llegar a casa veo mi fría cama y mi ánimo cae en picada. Otra noche solo. Siento que ha pasado

una eternidad desde que he dormido con alguien y no me refiero a sexo sino a dormir. Nunca

conseguí realmente una compañera, dónde la encontraría en este mundo frívolo donde todo lo que

importa es la plata.

Me viene a la mente la carita sonriente de Clarissa y me roba una sonrisa. A ella no la hubiera

llevado a un hotel como a las modelitos. Me la hubiera traído aquí, me encantaría verla sobre mis

sábanas y su melena en mi almohada.

Clarissa... Clarissa... me lanzo en la cama de espaldas con las manos en la cabeza ¿qué me pasa

contigo?

Y entonces la respuesta es más que evidente, estoy metido en un soberano problema: obviamente

esta mujer me gusta demasiado.

Le envío un mensaje desde mi celular. No pienso pasar otra noche solo.

SEBASTHIAN: Gracias por tan deliciosa velada. Ansío repetirla. ¿Le parece mañana?

Di que sí.

NIÑA BELLA: Bueno:)

Respiro más tranquilo, la veré mañana.

SEBASTHIAN: La paso buscando por su consultorio. ¿Le parece?

NIÑA BELLA: Ok.

SEBASTHIAN: Dulces sueños...

Sueña conmigo bebé.

Martes 13 de Enero

“¡Arriba Campeón!"

Le envío a Clarissa un mensaje para avisarle que voy saliendo a su casa. Enciendo mi Ducati

Panigale 1199 de color azul y me remonto allá. Me he decidido por la moto porque después de ese

día que tuve en la Asamblea lo que quiero es sentir la libertad y la adrenalina. Hoy los mierdicas de la

tolda roja estuvieron especialmente jodedores, agriándome el día hasta el punto que casi me lo echan

a perder, no en vano salí de la Sala Plenaria hecho una fiera, pero con el gusto de estamparle un buen

trancazo al Carreño ese. Nos las tenemos jurada desde hace rato.

Cuando voy llegando al trabajo de la nena el ánimo se me levanta. Ya te voy a ver, linda. Si supiera

que anoche fue la estrella de mis sueños húmedos. Me encantaría materializarlos esta noche. Pasan

unos minutos y todavía no sale. Marco su número.

—Hola—su voz suena alterada.

—Hola. Estoy afuera. ¿Estás bien?

—Sí. Espérame afuera, enseguida salgo—cuelga y yo me coloco el casco de nuevo para jugarle

una broma.

A los pocos minutos sale y la noto tensa. Sacude su cabeza de un lado al otro seguramente

buscando mi coche. Me río. Al fin se fija en mí que en una actuación digna de Hollywood retiro mi

casco. La he sorprendido.

—Hola—le digo.

Ella se ilumina y me sonríe de oreja a oreja. El corazón me da un vuelco.

—Hola—contesta ella acariciando la Ducati cual niñita curiosa. Como me gustaría que esos dedos

estuvieran sobre mí—. Nunca me he montado en una de estas—y se me antoja que hoy ella está

traviesa.

—Bueno, solo tienes que agarrarte fuerte y confiar en mí—Le digo con mirada de hambre. Me

ilusiona la idea de que ella confíe en mí.

Toma el casco que le ofrezco y se monta conmigo, abrazándome. El duro metal de la Walther P99

se encaja en la piel de mi espalda, recordándome, que no llevo escolta. Debo estar pendiente

cualquier cosa, me he hecho de algunos enemigos poderosos y ni hablar de la delincuencia reinante

en el país. Pero, como no suelo salir con la moto, seguramente pocos me reconocerían. Decido

llevarme a Clarissa a un ambiente más casual, donde nos tomemos unas cuantas cervezas y piquemos

algo. Espero que no sea de esas anoréxicas que dejan la comida. Aunque tiene muy buena figura, me

gusta sobre todo su busto y su cintura estrecha, no tendría nada que envidiar a ninguna modelo.

Llegamos al bar y me apeo en la entrada. Ella se baja y me entrega el casco.

—Adelántate bella, voy a buscar un sitio para estacionarla—ella asiente y me da la espalda.

¡Madre de Dios!

Esos vaqueros le quedan de muerte. Que Dios me ayude. Adoro su trasero. Me hago la señal de la

cruz devorándolo con los ojos mientras la chica se adentra en el bar.

****

Entro y la encuentro sentada en una de esas mesas empotradas. Me mira pensativa, cuando estoy

frente a ella pregunta:

—¿Estás relacionado con un narco?—Coño. El famoso chismecito llegó a sus oídos.

Su linda carita me observa expectante.

—Sí, pero no como piensas— le digo ya resignado a que tengo que contárselo.

Está muy atenta.

—Era el esposo de una prima, hace dos años más o menos tuvimos que engrasarle la mano para

que le dejara tranquila y se fuera del país— me encojo de hombros—. De alguna forma se coló la

noticia y bueno los medios de comunicación la han tergiversado. Seguramente también apoyados por

mis oponentes. Gajes del oficio, tú sabes.

Ella me ve, dudosa, mientras comienza a juguetear con su cabello. Lamentaría muchísimo que a

raíz de ese chisme no pudiera ganarme su confianza. Mi humor se va en picada.

—En mi línea de trabajo es necesario conocer todo tipo de gente, no sabes en que momento puedes

necesitarle. Además tengo todo tipo de contactos. Te sorprenderías. Conozco gente, es lo que hago.

La vida política no es blanco y negro, Clarissa. No quiero que te involucres en eso, solo concéntrate

en mí. Lo demás es irrelevante—no puedo evitar sonar un poco hosco. El día que tuve me está

pasando factura.

—¿Y crees que yo puedo obviar ese detalle? —levanta una ceja.

—Sí, me gustaría que lo hicieras.

—Eres bastante cínico.

—A la medida tuya.

—No estoy jugando; es en serio.

Suspiro.

Me sobo el entrecejo porque no sé qué más decirle, solo que estoy encabronado por toda esa

intriga que se está tejiendo a mi alrededor.

—¿Sabes? es atosigante que la gente siempre se haga ideas absurdas sobre mí. Me animaría mucho

que tú no lo hicieras. Hoy fue un día bastante difícil, la verdad.

—Bueno—dice y aparta sus ojos de mí, yo sin embargo, no puedo apartarlos de ella. Sumida en

sus pensamientos evalúa el lugar y por un momento quisiera ser Nana para saberlo todo.

Pienso «Clarissa, confía en mí, por favor bebé »

Me siento deprimido solo de imaginar que no quiera volverme a ver. Se empina la cerveza. A lo

lejos escucho algo bien desentonado y es una chica cantando, obviamente borracha, sino sufre de

sordera y vértigo.

—¿Te gusta el karaoke?—me pregunta mi niña con sonrisa juguetona.

Eso me levanta el ánimo.

—No. Tengo dos oídos izquierdos ¿y a ti?

—Bueno, podría intentarlo— ¿me estás coqueteando Clarissa? porque funciona bebé.

Clavo mis ojos en ella, disfrutando del panorama mientras la veo subir a la tarima y me acomodo

en el asiento como si fuera una silla de extensión.

Bebé, espero que no chilles mucho.

Veo como un tipo despide a la chica que estaba cantando. La cual a duras penas llega a su mesa.

Clarissa toma el micrófono y comienza a cantar.

Se me para el corazón.

¡Alto! esto tiene que ser una maldita broma ¿acaso esta mujer es perfecta?

Estoy estupefacto parece una cantante profesional, su voz es armoniosa y potente me atrevería a

decir que suena mejor que la versión original de la canción. De pronto me siento como un navegante

de altamar indefenso ante el ataque seductivo de una sirena. Dudo que sepa lo seductora que la

encuentro, me voy acercando a la tarima presa de un ferviente deseo de estrecharla entre mis brazos.

Cuando termina, el público se levanta para aplaudirla y ella se inclina con floritura cómica. Es toda

una monada, sabe que se la comió. Se acerca a mí con sonrisa triunfal y yo la tomo de la mano y me

la llevo hasta nuestra mesa donde al fin me permito abrazarla.

—Estoy impresionado.

—Tomé clases de canto. ¿Estás más animado? —me dice con ojitos luminosos.

—Claro que sí—sonrío.

Tomo su cabeza entre mis manos y la acerco a mí. Nuestros labios se encuentran y me parece el

néctar más delicioso que he probado. Oh Clarissa como juegas conmigo, tienes el poder de una

sirena. Me resulta imposible no sucumbir a tus encantos.

—Estaba encantado viéndote. Eres la más bella sirena—le confieso en un susurro muy cerca de sus

labios.

Ella se muestra risueña.

Apenas nos sentamos llegan los deditos de mozarela. Ella los ve con anhelo y justo cuando yo iba

levantar el tenedor para tomar uno, lo coge con sus dedos. Suelto el tenedor para no incomodarla.

Comienza a comerlos con evidente disfrute y yo no me atrevo a tomar uno, porque estoy encantado

de verla así de relajada. Bueno, creo que no es anoréxica. Estoy frente a una niñita glotona. Veo que

sus ojitos bailan buscando una servilleta seguramente y antes de que se levante le tomo su manito

grasienta y le chupo uno a uno sus deditos «hazte una idea bebé de todo lo que te pienso hacer,

chuparte los dedos es lo de menos, lamerte toda; eso...sería fascinante » . No he apartado mis ojos de

ella y he disfrutado de ver como su cara ha subido de tono.

—Este...me dijiste que tenías hermanos—dice abochornada.

Enlazo mi mano a la suya y las coloco en la mesa. Me gusta estar así con ella como si fuéramos

novios.

—Sí, dos hermano mayores, soy el más chico—le hago un mohín como suelo hacer con mi

familia.

Se echa a reír y otra vez estoy cautivado. Hoy ha estado muy accesible.

—Así que eres el consentido—me dice juguetona.

—Me temo que sí... ¿y tú?

—No, no soy la consentida, cuéntame de ellos.

—Bruno lleva las empresas de la familia...

Qué te puedo decir bebé, de mis hermanos. Bruno es el mega empresario, un verdadero lince en lo

que hacer dinero se refiere y Cielo es un alma blanca casi como un hada madrina que derrocha

encanto y calidez salvando a los más desafortunados. Les adoro a ambos.

—Y tú no trabajas en la empresa.

—No. No me llama la atención la vida empresarial...

De hecho estuve un tiempo desempeñando el cargo de Bruno durante su época trágica, pero no era

lo mío. Me sentí enclaustrado en una oficina. Además, nadie como él para los negocios. Extrañaba los

dimes y diretes de la política, y el trato con la gente.

—Escuché que vas a postularte a otro cargo.

—Puede.

—Me tienes intrigada. Dímelo.

Niego con la cabeza. Te dije que no te metieras en la política Clarissa, eso es cosa peligrosa.

—No bebé. Las paredes tienen oídos. Nunca se sabe quién está viendo y escuchando.

Cuando vamos en la moto me invade una emoción adolescente ¿será que hoy serás mía?

La acompaño de la mano hasta su casa con la esperanza de que me deje pasar. Mientras busca las

llaves en su bolso yo lanzo un vistazo a los alrededores cuando vuelvo a verla sé que algo le pasa,

tiene la espalda tensa y la mano con la llave en el aire.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—Está... abierto.

—Quédate aquí—ordeno y presto me deslizo arma en mano dentro del apartamento. Todo parece

en orden. Reviso cada cuarto y cuando entro al baño me sorprende ver en el espejo un mensaje:

"NO PIENSES DEJARME"

Me cae un balde de agua fría. Ha sido un ex novio loco el que la está persiguiendo. La idea me

irrita demasiado. Pensar que esa dulce niña haya podido enredarse con un lunático acosador me pone

de lo peor. Pero está equivocado si piensa que se la voy a dejar en bandeja de plata. Aquí no la va a

encontrar.

Salgo enfundándome el arma atrás en la espalda. Ella está pálida.

—Te vienes conmigo a mi apartamento—vuelvo a ordenarle ya que no estoy de humor para

pendejadas—. Coge lo que necesites.

—Ok—me sorprende ver que me hace caso y desaparece dentro.

Aprovecho para llamar a López, como es detective podrá hacer las experticias para poder atrapar

al huevón ese que quiere perturbar a mi princesa. Además vive muy cerca seguramente no tarde en

venir. También llamo a Moncho que es un verdadero manitas para que reemplace la cerradura y todas

las cosas de la niña estén seguras. Me dice que llegará en breve. López lo recibirá, confío en ellos,

son personal que lleva trabajando conmigo un tiempo y se destacan por su eficiencia.

Pronto sale Clarissa, parece aún más pálida y ansiosa que cuando entró. Lleva terciado un bolso

con sus cosas. Al mismo tiempo aparece López con el maletín donde guarda todos sus artilugios. Es

un ex militar que luego se dedicó a ser detective así que cuando necesito saber algo lo llamo a él.

Además es un excelente escolta, chofer y en líneas generales una persona muy dispuesta y capaz para

asuntos delicados como el que nos compete en este caso.

—Gracias por venir.

—Seguro Sr.

—Clarissa, él es de mi seguridad personal. Él va a ayudarnos a averiguar que pasó, y no te

preocupes por tus cosas ya he llamado para que vengan a arreglar la cerradura.

—Oh—dice ella impresionada.

Qué te puedo decir bebé, soy un solucionador nato.

—Quiero que hagas un informe completo y me lo envíes esta noche—pero ya López está

recogiendo las huellas digitales en la puerta—. Haz tu magia. Vámonos.

****

Ya en el ascensor de mi edificio noto que ella está muy callada y evade mi mirada. ¿Será que se

arrepintió de venirse conmigo? seguramente habría preferido que la llevara a casa de sus padres o de

alguna amiga. No quiero que se sienta intimidada u obligada a hacer algo que no desea.

Le doy la bienvenida al entrar llevándola de inmediato a la habitación de huéspedes. Le indico

donde colocar sus cosas y acto seguido tomo su cara entre mis manos para que me vea, no soporto

que me evada.

—Aquí no va a pasar nada que tú no quieras...lo sabes ¿verdad?

—Sí—musita.

Se dirige a la mesita que le señalé colocando su bolso, apenas la veo no puedo evitar tomarla por

las caderas y pegarme a ella, huelo su cabello y eso me embriaga más.

—La verdad Issa...me muero por hacerte el amor...pero solo si tú lo deseas—susurro en su oído

sintiéndome el lobo que se quiere comer a caperucita.

Da un respingo y por un momento pienso que he sido demasiado directo considerando su

situación. La suelto y en dos zancadas estoy en la puerta.

—Te dejo para que te acomodes. Estás en tu casa—le sonrío. No podría estar más feliz de tenerla

en mi casa, suceda lo que suceda.

Cierro la puerta recostando mi frente en ella, del otro lado está Clarissa. Acaricio la puerta. He de

calmarme si no quiero asustarla, además está pasando por un mal momento. A pesar de ser todo un

oportunista debo admitir que esa chica me gusta hasta los tuétanos y no solo para una noche de sexo

desenfrenado.

—Paciencia Petroni, paciencia—me digo a mí mismo.

Entonces escucho la ducha y una oleada de deseo me invade, la imagen de ella enjabonándose del

otro lado de la puerta me vuela los tapones, quiero patear la puerta y meterme en la ducha con ella.

Tomo una bocanada de aire y miro a mi amiguito que ya está duro.

—Ándale voy a tener que echarte agua fría Campeón, no queremos que nos tilden de violadores.

Así es que decido darme un buen baño...de agua fría. Me lavo muy bien, limpio mis oídos, reviso

los pelos de la nariz. En pocas palabras me acicalo a consciencia. Tomo mi pijama, una franela y dos

condones que meto en mi bolsillo. Quien sabe podría tener suerte. Salgo del cuarto a ver si mi niña

me necesita.

Pero ni rastro de Clarissa, por el rabillo de la puerta se ve la luz encendida. Me gustaría saber

cómo se siente. Sin embargo me parecería vulgar tan solo tocarle la puerta y pasar sin ninguna

excusa. Rápidamente se me ocurre que podría llevarle algo como para picar y una bebida.

Sí, ese es un plan.

Ante su puerta la ansiedad me invade. Me apena que lea mis pensamientos.

—Esta vez compórtate y mantente dormido, ok—le digo a Campeón que por los momentos se

encuentra aplacado.

Toco la puerta. A los pocos segundos Clarissa abre. ¡Carajo, como me gusta esa mujer! Después

del baño su piel ha adquirido una blancura extraordinaria confiriéndole una belleza angelical y

resplandeciente, el marco perfecto para sus bellísimos ojos ambarinos.

—Hola—sonrío y me siento un poco cohibido de estar con ella en una habitación—. Pensé que te

apetecería comer algo—le muestro la bandeja con palmitos, cuadritos de queso y aceitunas que he

preparado—y un poco de vino. ¿Qué me dices?—hablo con suavidad temiendo que me tire la puerta

en la cara.

—Menudo anfitrión—añade y tanto sus ojos como su sonrisa tienen un deje travieso. Le doy una

copa de vino espumoso helado y me perturba ver sus labios humedecidos. Me invita a pasar y voy en

automático a colocar la bandeja sobre la mesa auxiliar. Espero que no note lo ansioso que estoy.

Con un gesto la invito a sentarse en una de las sillas que ladean la mesita, ella lo hace y la veo

confiada y desenvuelta. Eso me pone más ansioso.

—¿Cómo te sientes, Issa?—le tomo la mano y la miro a la cara porque en verdad me interesa su

bienestar.

—Bien—contesta como si nada, como si el que te acosara un loco fuera cosa cotidiana.

—Lo digo por lo de tu apartamento, bebé.

Sonríe tímida.

—Un poco nerviosa.

—No quiero que vuelvas hasta que averigüemos qué pasó.

¡Es enserio Clarissa te quedas aquí!

Ella se lleva una aceituna a la boca viéndome de reojo.

—No veo por qué tienes que preocuparte por mí Sebasthian—comenta en un tono tan

despreocupado que raya en lo insolente.

— ¿Es que no es obvio? —no puedo ocultar mi malhumor.

¿Qué te pasa Clarissa, acaso no te das cuenta de que me tienes como un guiñapo? ¿O es que soy tu

juguetito de turno?

Se encoje de hombros como si le viniera al pairo y eso enciende mi ira. Quiero ponerla en su sitio,

doblegarla por osar comportarse así conmigo.

Ya te voy a enseñar a ti muchachita...

Me pongo de pie y halándole la mano la adhiero a mí. Pone cara de sorpresa pero me tiene sin

cuidado porque ahorita mismo la tengo donde quiero. Le asalto la boca con un beso insistente y duro,

tomándola por la nuca y la base de su espalda. Entonces, me siento embriagado por su cercanía, su

perfume invade mis fosas nasales. Estoy probando el maná del cielo que reposa en sus labios.

Oh God

Oh baby

Por primera vez me permito tocarla y es alucinante. Deslizo mis manos por su trasero, subo por su

espalda, las paseo por su cinturita, su cuello, su nuca de nuevo y repito el proceso sin dejarle de dar

ese beso interminable y me parece que ella ya está caliente. Yo me estoy quemando…

—Me tienes fascinado bebé... oh... me gustas tanto... Clarissa— le confieso entre susurros.

Paseo mi boca por su cuello, le chupo el lóbulo de la oreja y ronroneante se abraza al mío,

estrujándose suavemente contra mi cuerpo. Está preparada para el siguiente nivel. Así que me dirijo a

su busto. Los acuno y me parecen perfectos para mí.

Oh my God.

Comienzo a sensibilizar sus pezones con mis dedos y a través de la tela siento como se yerguen.

Ya estoy duro, ansío poseerla pero he de tomarme mi tiempo. Me separo un poco de ella para verla

bien, voy a desnudarla. Comienzo a desabrochar su blusa y ella me ve hacerlo con ojos velados. Me

resulta en extremo apetecible. Veo aparecer su carne poco a poco expandiéndose hasta que sus

pechos aparecen ante mí en todo su esplendor. Se me escapa el aire. Son el par de tetas más bellas que

he visto en mi vida.

—He soñado con hacer esto... —le digo porque es verdad, pero la realidad ha superado mis

expectativas. Redondas, pálidas con unas aureolas rosaditas me resultan en extremo apetecibles—.

Hermosos—digo sin poder evitar ser atraído hacia ellas. Comienzo a chupar uno u otro pezón

deleitándome en la sinfonía de sus jadeos. Está súper excitada y yo estoy que me muero. Temo que

me dé un infarto de la emoción que siento de estar así con ella.

Oh Baby que dulce eres...Dulce es poco para describirte.

—Ah—gime.

—Siéntelo bebé—mordisqueo uno de sus pezones. Ella pega un grito presa del deseo, Campeón se

sacude, quiere entrar en ella pero todavía no es el momento.

Me incorporo para mirarla bien, no pienso perder detalle.

—Tienes una piel muy suave—deslizo mis nudillos por su cuello hasta llegar a la cinturilla de su

pantalón. Quiero ver a mi niña desnuda, así que con delicadeza bajo sus pantalones junto a sus bragas

y va apareciendo su carne que voy besando y mordisqueando con todo gusto hasta que al fin conozco

a su amiguita. Está adorable. Tiene un poco de vello y podría jurar que me sonríe.

Introduzco mi lengua en su vagina para saborearla y Clarissa se deja besar. Estoy de rodillas ante

ella, doblegado por su femineidad. Rozo su clítoris y ella tiembla ante mí, lanzo un vistazo sin dejar

de deleitarme de su más íntimo sabor y está de lo más caliente. Entregada a mi invasiva y castigadora

caricia, creo que le falta poco para correrse y quiero que lo haga. Que disfrute como nunca.

Bebé, olvídate de tus amantes anteriores porque ahora soy yo el que voy a tenerte, te voy a hacer

mía, solo mía.

La tomo por el trasero atrayéndola más hacia mí y abriéndola más para penetrarla con mi lengua.

—Eres deliciosa— susurro con voz ronca.

—Aahggg.

Se arquea y adoro esa visión.

—¿Te gusta bebé?—obvio que sí, pero quiero escuchar su voz.

Ella comienza a mecer sus caderas.

—Oh sí—dice como suspirando.

—Dímelo—le exijo para doblegarla.

—Me encanta—exhala ella con la fragilidad de una flor.

Sigo implacable con mi lengua y aferrado con mis manos a su trasero, la veo retorcerse indefensa.

Vamos bebé...Vamos bebé, dámelo...no voy a parar hasta que acabes. Todo su cuerpo se tensa y

comienza a temblar y formando una O interminable con su boca, se viene abajo. Ha tenido su

orgasmo. Raudo acudo a ella y la tomo en mis brazos para que no se desplome, la recuesto en la

cama y me parece la visión más hermosa que he visto. Ruborizada, jadeante, sudorosa, satisfecha y

extremadamente vulnerable. Suspendido sobre ella comienzo a acariciar sus mejillas con mis

pulgares deleitándome de esa visión. Nunca me había gustado tanto una mujer.

Ella abre los ojos. Y es como la cereza del pastel. Que bellos ojos. Se me escapa el aliento por

enésima vez desde que la conozco.

—Eres hermosa—jadeo.

Ya no puedo aguantar más; tengo que hacerla mía. Voy hacerte el amor, bebé. Quiero sentirte mía

de una buena vez Clarissa. Me incorporo y saco el condón del bolsillo de mi pantalón, me lo bajo y

rápidamente lo coloco en Campeón que por fin va a tener su parte del pastel. Vuelvo a colocarme

suspendido sobre ella, abro sus piernas un poco más y entro en mi pequeña.

Qué coño...Exhalo fuertemente ¿Desde cuándo no lo haces niña?

Ella cierra los ojos y se abre a mí.

—Estás muy apretada... me gusta me gusta mucho—le digo jadeante ya que la sensación me está

volviendo loco.

Cuando siento algo como una fibra resistente que impide que entre más profundo en ella. Acaso

eso es... ¿Qué coño? ¿Clarissa es virgen? ¿Por qué no me lo dijo? estoy confundido pero también

excitado, así que voy por ella y comienzo mi ritmo de penetración primero suave y después nos

vamos acelerando ambos jadeantes, rápidamente la siento temblar ante mí de nuevo y eso sella mi

destino. Caigo sobre ella extasiado. Me ruedo y coloco las manos en mi cabeza, no me puedo creer

mi suerte.

Completamente atontado, la observo calmarse poco a poco. Retiro el condón y lo lanzo en el piso.

Me acomodo sobre un codo para deleitarme en su belleza. Después del sexo me parece aún más

hermosa. Cuando al fin se calma abre los ojos y me sonríe. De pronto me invade un pesar. ¿Por qué

no me dijiste princesa? ¿Por qué no me dijiste que era tu primera vez?

Definitivamente soy el lobo que se merendó a caperucita. No puedo evitar sentirme vil.

—Hola—me dice.

No le contesto porque el sentimiento de culpa me está matando.

—¿Qué pasa?—pregunta abrazando la almohada y otra vez parece una niña.

Bueno, ya no.

—No me dijiste que eras virgen—le acuso. Estoy molesto con ella.

Niega con la cabeza.

Es el colmo, se cree que soy un tonto. Que no sé reconocer una virgen ¿por quién me toma?

—Creo que a estas alturas puedo darme cuenta cuando me cojo a una virgen.

Ella abre los ojos sorprendida y yo entorno los míos porque si me miente aquí va arder Troya.

Suspira cuando entiende que no puede negármelo.

— ¿Qué diferencia hace? —se encoje de hombros.

Otra vez esa actitud de me importa un bledo ¿por qué actúa así? es tan exasperante. Es que acaso no

entiende que de haberlo sabido todo hubiera sido diferente, la hubiera tratado como la princesa que

es.

—Mucha—le contesto

—Para mí, no

—¿Ah sí? eres bastante cínica, la verdad—sacudo la cabeza sin poderme creer que sea tan fría.

—Bueno, ya no puedes hacer nada—se burla de mí.

¿Por qué esa actitud Clarissa? ¿Qué me escondes?

—Dímelo—le exijo

—Qué—me mira sin comprender

—¿Por qué me lo ocultaste, Clarissa?

Ella me ve por un momento y luego habla con toda la naturalidad del mundo.

—Por qué tanta ceremonia. Tampoco me estaba guardando para el altar ni mucho menos. Yo...

La miro fijamente porque no quiero perder detalle de lo que dice.

—No estoy segura de creerme toda esa basura romántica.

¿Basura romántica? ¿Acaso dijo eso? ¡A la mierda! ¿Y entonces qué coño es lo que acaba de pasar

entre nosotros? ¿No significó nada para ella? ¿Solo soy el tipo que la desvirgó? La ira me invade.

¿Esta carajita que se cree? Con sus dotes de Mata Hari qué pretende conmigo.

—Así que esto es solo sexo—digo lenta y despectivamente

¿Lo que quieres es sexo, Clarissa? Alguien que te ponga a gritar y ya. La idea me molesta sobre

manera. Pensar en ella como una tipa cualquiera me descoloca y más verla así en esa actitud tan fría

después de lo que pasó entre nosotros.

Mierda, no quiero verla. Otra vez me equivoqué.

Me levanto, me pongo el pijama y azoto la puerta al salir.

En dos zancadas me dirijo a mi cuarto mascullando todas las maldiciones inimaginables. ¿Por qué

será que tengo tan mala suerte con las mujeres? si solo quiero divertirme ellas están dispuestas, pero

si quiero algo más solo consigo que se burlen de mí...Como lo hizo esa, la innombrable.

Esto va a ser un grave problema porque Clarissa me gusta muchísimo más que ella.

Todavía sigo siendo el mismo tonto sentimental, me doy cuenta de eso. A los 28 años habiendo

conocido mundo y follándome a medio mundo más me encuentro de nuevo con el corazón abierto,

asustado de que jueguen conmigo. Ha pasado tanto tiempo desde que me permití sentir algo por una

mujer y llega esta chiquilla exquisita ruborizándose y coqueteándome y no creo haber conocido

nunca a nadie como ella. Tan deseable.

¿Por qué ella es así, tan cínica? recuerdo sus palabras y su actitud y por momentos me pareciera

como dos personas diferentes. Por un lado la entiendo también yo soy dual me pongo una máscara

cuando estoy en el mundo de mierda y soy yo con mi familia. ¿Será que solo quiere protegerse? me

confunde mucho. Por un lado me parece una niñita dulce, adorable e inocente y por el otro parece

alguien cínico y amargado, golpeado por la vida. Bueno, es un enigma lo único que sé es que por el

momento no quiero verla.

Tomo mi celular que está sobre la mesita de noche a ver si me llegó algún mensaje mientras estuve

con Clarissa. En efecto.

GARCÍA: Tenemos los resultados de las encuestas. Reunámonos mañana.

SEBASTHIAN: De acuerdo, pon la hora.

MONCHO: Coloqué la cerradura nueva en la casa de la señorita. También conozco de un servicio

de instalación de alarmas muy bueno. Dígame si está interesado, aunque es costoso.

¿Un sistema de alarma para Clarissa? Recuerdo su carita pálida cuando descubrió que forzaron la

cerradura de su apartamento y se me ablanda el corazón. No podría dejarla a su suerte. No a mi niña.

SEBASTHIAN: Envíame los datos del sistema de alarma. Estoy interesado.

DIPUTADO RAMIREZ: ¿Leíste el parágrafo 4.6 de la nueva ley de alimentación? Eso no me parece

correcto, el margen de ganancia de los productores se verá diezmado. Léelo y escríbeme.

Pongámonos de acuerdo.

Este pendejo siempre quiere que le certifique que está en lo correcto.

SEBASTHIAN: Ya voy a leerlo. ¿Qué pasa, no salías esta noche con unos culos?

DIPUTADO RAMIREZ: Se me cayó la salida ¿Y tú, estás con otra modelito?

SEBASTHIAN: No, nada que ver.

DIPUTADO RAMIREZ: Léelo y me contestas, voy a estar despierto.

SEBASTHIAN: Eres más fastidioso que una piña bajo el brazo, ya te escribo.

MONCHO: Le envié a su correo la información de las alarmas.

SEBASTHIAN: Gracias.

Me levanto, celular en mano, y me dirijo hacia el estudio. Allí, enciendo mi portátil mientras busco

la carpeta de la ley que estamos discutiendo en la Asamblea. Sí, en efecto, hay una conchita de mango

ahí y otra más abajo para los empresarios del agro. Con esa ley pretenden que el Estado asuma un

porcentaje de su ganancia neta y más abajo hay cláusulas que evidentemente lo que pretenden a la

final es nacionalizar la empresa del agro.

Me rio irónico.

¿Con que plata pretenden los de la tolda roja hacer eso? si ya prácticamente vaciaron nuestras

arcas. Este presidente incompetente y su comitiva tienen al país exprimido. Obviamente voy a vetar

esta ley. Voto en contra.

Reviso mi correo, buscando específicamente el de las alarmas porque ahorita no quiero saber más

nada de trabajo. Sistemas de alarmas de alta tecnología. Seguridad para puertas y ventanas, sistema

computarizado avisa automáticamente a la policía de cualquier intruso. Me gusta para mi niña. Ni me

molesto en ver el precio.

SEBASTHIAN: Dale play con lo de las alarmas. Dale con todo.

Me estiro en la silla y apago la portátil. Como se me antoja un jugo me dirijo a la cocina, antes

echo un vistazo a la puerta del cuarto de huéspedes. La luz está encendida. No me atrevo a tocar la

puerta por pena. Quizá ya ni quiera nada conmigo después de mi pataleta.

Me sorprendo al ver la figura de Clarissa recortada por el reflejo de la luz del refrigerador.

También sintió sed. Estamos sincronizados. Sonrío con la esperanza a flor de piel. Dios me ha dado

otra oportunidad. Me acerco sigiloso sin perder detalle de cómo se estira la tela de su pantalón

adhiriéndose a su trasero mientras ella se inclina.

Campeón la quiere saludar.

—Tranquilo Campeón tranquilo—me digo bajito.

Clarissa saca la jarra sirve agua en un vaso y se voltea. Cuando me ve frente a ella sus ojos se

convierten en platos redonditos y pega un brinco. Luego baja la mirada al vaso que tiene entre sus

manos, cohibida.

Seguramente piensa que volveré a convertirme en el ogro del cuento.

—Hola, tenía sed—dice con una vocecita de niña regañada que me enternece.

—Estás en tu casa. Toma lo que quieras, ¿quieres comer algo?—digo obsequioso.

—Solo agua—niega con la cabeza.

Rápidamente se toma el agua colocando el vaso en el mesón y yo solo puedo pensar que sería un

error dejarla ir en ese estado.

Tomo sus manos con suavidad y se las llevo a la espalda, atrayéndola más hacia mí, con la

esperanza de hacer desaparecer esa distancia emocional que se ha creado entre nosotros. Discúlpame

bebé por haber sido un tosco en tu primera vez, aunque te lo juro Clarissa que no te entiendo.

—Lo siento—susurro con la mirada fija en ella.

—¿Por qué?—contesta a media voz

—Por mi arrebato. Es solo que de haber sabido que... bueno, me tomó por sorpresa.

Ella me ve por un momento y luego asiente.

—Entiendo...

Me disculpó. Gracias a Dios. El alma me vuelve al cuerpo. Podemos seguir con nuestra historia.

—¿Estabas trabajando? —me pregunta curiosa con esos lindos ojitos sobre mí y yo solo puedo

pensar en el calor que emana de su cuerpo y en sus pechos apretados contra mí.

—Sí, debo analizar algunas propuestas de leyes, he de leer mucho, a veces suelo hacerlo por las

noches.

—Ah…

Pero mi mente y mi corazón están embargados de su presencia. La tengo atada a mí con ambas

manos tras su espalda. Y abrazo la posibilidad de hacerla mía de nuevo...

¿Por qué no?

Suelto una de mis manos, atrapando la suya conjuntamente con la otra, y comienzo a delinear sus

carnosos labios con uno de mis dedos. Son delicados, rosados y extraordinariamente suaves, como

toda ella.

—Y... ¿cómo te sientes?

Quiero hacerte mía, bebé

—Bien

Subyugado por sus rasgos angelicales acaricio la suave piel de su barbilla y ella se rinde ante mi

roce cerrando sus ojos. El dulce gesto calienta mi corazón. Eres una niña muy dulce y acariciable

Clarissa. Entonces, ya no pienso en su cinismo, viéndole así tan vulnerable ante mí. Deslizo mis

dedos por su rostro, grabando sus delicados rasgos en mi tacto. Ella abre sus ojos que, como soles de

atardecer, hermosean su faz.

Oh bebé, déjame amarte.

Froto el lóbulo de su oreja y ella suspira. Comienzo a besarla con fervor plasmando todos los

sentimientos que no me permito expresar en palabras «Clarissa cielo, ríndete a mí... jamás te haría

daño, mi amor. Estoy dispuesto a entregarme a ti desde este momento. Abre tu corazón. No me temas.

Seme fiel y me tendrás siempre. »

Completamente alienado por lo que siento comienzo a acariciar con mi sexo el suyo. Gime. Sé que

está lista. Ella me desea.

—¿Otra vez Clarissa?... ¿te gustaría hacerlo otra vez?

—Sí— jadea.

La giro porque lo vamos hacer aquí mismo. La deseo ya.

—Agárrate del mesón—le digo y ella lo hace de inmediato.

Poso las manos en su cuerpo y las deslizo bajo su blusa para alcanzar mi objetivo: sus suaves

pechos. Son de lo mejor, cien por ciento naturales. Me divierto con ellos mientras veo, a mi dulce

niña, retorcerse entre jadeos. Eso me pone a mil. Me pego a ella porque quiero que sepa cómo me

tiene, como me hace sentir. Entonces, con una mano, me dirijo a mi segundo objetivo: su sexo. Una

vez allí trazo círculos, círculos y me deleito en el sabor de su cuello.

¡Quiero comérmela!

La cosa está que arde y yo, con la dureza del acero, ya no puedo soportarlo más.

Recordando que mi niña es novel en los placeres de la carne, me dedico a ser en extremo delicado

en el trato. No quiero maltratarle. Descubro su suave piel y emerge pálida, prístina y redondeada ante

mí. No puedo resistirme y voy besando su maravilloso trasero.

—Esto lo voy a saborear... voy a saborearte toda Clarissa—le digo mientras acaricio sus muslos y

trasero, sus pantalones ya están por sus rodillas y termino de bajarlos, dejándolos en el piso, pero

dudo mucho que ella se percate dado su nivel de excitación.

Esta, es una visión que vale la pena recordar: mi nena caliente, jadeante, abierta para mí.

Insisto, adoro su trasero. Las cosas que le haría. Por lo pronto rebusco un condón en mi bolsillo y

me lo coloco porque ahora es que viene lo bueno. Cierro los ojos para tomar aire.

Comienzo a entrar en ella y por segunda vez me siento alucinado con su agarre. Mi dureza

abriendo su suavidad. La tomo por la cadera y la inflamo más rozando su vulva con mis dedos. Con

extrema delicadeza voy reabriendo el camino ya marcado anteriormente.

Oh nena... Oh bebé...Oh...

Nunca había sentido así a ninguna mujer.

Como si fuese una jugada del destino ha sido diseñada para mí. Encajamos a la perfección. Y

entonces, recuerdo el vaticinio de Nana. ¿Estamos predestinados, cielo? ¿Eres tú para mí?

Continúo con lentitud exquisita entrando en ella y la siento palpitante a mi alrededor, le falta poco

para venirse. Vamos nena...

—Eres el cielo nena—jadeo.

Mi nombre se escapa de sus labios como un largo gemido…

—Oh...Sebasthian.

—Clarissa—gimo su nombre y la siento palpitar y temblar en mí, eso dispara mi orgasmo.

Esto ha sido...

Nos quedamos así unos segundo buscando la fuerza para movernos al fin me salgo y me quito el

condón que anudo y lanzo en la papelera cercana. Clarissa se voltea. Está sudada y evidentemente

satisfecha. Quiero que me lo diga.

—¿Te gustó?

—Mmm… eso fue...—dice ella y es como el que se come un bombón.

—Bien.

Muy bien pequeña.

La veo y me desentona que todavía lleva la blusa. La quiero desnuda así que en un ¡plis plas! se la

retiro, dejando que caiga en el suelo, como el resto de nuestra ropa. Vuelvo a admirar sus pechos sin

creerme la suerte que tengo de ser el único en el mundo que ha podido tocarlos.

Y así seguirá siendo bebé. Así seguirá siendo...

—Mejor así—digo al admirarlos y beso cada uno de sus pezones, que ahora son míos—. Ven

vamos a la cama—le tiendo la mano y ella me la toma, sintiéndome como en un sueño.

Bebé, te quiero en mi cama. Te quiero en mi vida.

Vamos de la mano hacia mi cuarto. Y estoy encantado casi eufórico de llevarla allí.

De reojo veo su perfil suave y armonioso y admiro las redondeces de su cuerpo desnudo y me

viene de nuevo la idea de que ella es perfecta. ¿Será que tienes razón Nana? ¿Es ella? ¿Ella es mi

compañera? Suspiro embargado de un sentimiento cálido que se derrama dentro de mí y que se

asemeja mucho al que siento por mi familia.

—Quiero que duermas conmigo—le digo señalando la cama. Ella la ve. Pensativa. Sin contestar

todavía la llevo de la mano hasta el pie de la misma—. ¿Te parece bien?

Me ve con mirada inescrutable.

—Bueno—dice.

Con el corazón en mis manos decido confesármele al oído.

—Hace tanto que no comparto mi cama con nadie, Clarissa—sello mi confesión con un besito.

Quiero que lo sepa. Hace cinco años que duermo solo en una cama fría. Con el corazón plagado

de desazón. Pasando de un encuentro casual a otro como el que pasa unas diapositivas.

Ay, Clarissa, si tú supieras con cuantas he tenido sexo sin sentir nada más que lo que la fisiología

indica. Solo para descargarme. Sintiéndome incluso más vacío y solo que al principio. Hasta ahora

ninguna había sido digna de compartir mi cama.

Solo tú.

Retiro las sábanas.

—Recuéstate—ordeno con suavidad y se desliza sobre mi cama hasta quedar tendida. Durante ese

tiempo no pude dejar de admirar su cuerpo, que ahora más que nunca se asemeja al de una hermosa

ninfa sobre un mar de seda azul intenso.

Ya me estoy acostumbrado a esa sensación efervescente que me invade cada que estoy con ella,

adentrándose en cada poro de mi piel. Me siento y tomo el borde de la sábana recostándome frente a

mi niña y arropándola con cuidado. No quiero que coja frío. Veo su carita curiosa que mira cada uno

de mis movimientos y recuerdo que ella nunca ha dormido con un hombre antes. Solo conmigo. Me

invade la felicidad. Apago la luz y la halo hacia mí enlazándome en ella cual enredadera.

Me gusta su suavidad exquisita. Adoro su delicada calidez. Me embriaga su delicioso aroma

Me dedico a acariciar su larga melena castaña con la delicadeza que mi princesa se merece,

encantado de que presente la misma suavidad que toda ella. Si esta no es la forma perfecta de acabar

una noche de pasión, no sé cuál sería.

Sonrío al recordarla enrollar mechones de su cabello. Ese es un tic que tiene cuando está muy

pensativa, quizá ni sea consciente de ello. Así que asemejando su acción pueril hago lo mismo y los

atraigo hacia mi olfato deleitándome de su aroma.

Mientras he estado haciéndole esos arrumacos ella se ha quedado muy quietecita.

—Me gusta tu olor...me gustas toda...me gusta tenerte aquí... toda mía... Quédate conmigo, cielo. Yo

te voy a cuidar, te lo prometo—le digo con suavidad y fervor al mismo tiempo, pero pronto me doy

cuenta que se ha dormido.

¿Me habrá escuchado?

Entonces, tomo una decisión, como una flecha disparada directamente a la diana. Voy a enamorar a

esta mujer. Voy a dedicarme a enamorarla de cualquier forma hasta hacerla mía. No importa cómo.

Conoceré hasta sus más íntimos secretos y a haré que se entregue a mí de manera absoluta.

No quiero a nadie más…

Solo a ella.

Tendré paciencia, perseverancia y no me dejaré vencer hasta que sea completamente mía.

Te voy a conquistar Clarissa...mi dama perfecta y adorable...

Y me amarás, eso te lo garantizo. Como que me llamo Sebasthian Petroni Agresti.

Miércoles 14 de Enero

"Háblame. Quédate"

Me sobresalto ante el sonido del despertador.

¡Hombre, no podía ser más agudo!

Otro día en la Asamblea discutiendo la bendita ley de Alimentación del mierdica de Carreño.

Espero haberle dejado un morado en la mejilla, esa visión hoy sería bastante gratificante. Sí señor.

¡Mierdica de mierda!

Apago la alarma y siento un peso en mi brazo izquierdo al estirarme. Coño, ¿no fue un sueño?

Dormida sobre mi brazo está Clarissa, tardo unos segundos en creérmelo.

Sin duda mi día mejoró infinitamente.

Me deslizo con cuidado de la cama porque el tiempo apremia. Quedo Clavado al pie de la misma

detallando su silueta desnuda parcialmente cubierta por mis sábanas...Es una lástima... Tomo el borde

de la seda azul y la levanto ya que quiero ver ese maravilloso trasero.

Jesús, María y José.

Me hago la señal de la cruz viendo al cielo.

Sí, es idéntico a mi fotografía mental, no perdí detalle. Redondito como un melocotón tierno,

dulce, limpiecito y aterciopelado. Me la como con los ojos agradeciendo que la chica esté bien

dormida.

Campeón se entusiasma.

Ahora no man, no queremos asustar a la señorita.

Con todo mi pesar le arropo y salgo porque son las cinco a.m. y el tiempo apremia. Voy al estudio

donde busco mi celular. No me sorprende ver cantidad de mensajes, no es el momento para

detallarlos. Pongo la cafetera a preparar el café. Mientras voy al baño y me ducho, afeito y con la

toalla terciada preparo el desayuno. Cuatro croissants rellenos con jamón y queso, tostados, café

negro y jugo de naranja. Coloco todo en la bandeja auxiliar y me dirijo al cuarto.

La bella durmiente se está estirando.

—Hola, buen día linda—le digo con la mejor de mis sonrisas—. Te traje desayuno.

Sonríe ruborizándose.

—Hola Sebasthian, gracias—se enrolla la sábana alrededor del busto para taparse, luego se estira y

toma una taza de café, disfruta de su aroma mientras yo engullo mi desayuno—¿Qué hora es?

—Las cinco y cuarenta. ¿Dormiste bien cariño?

Ella me ve pícara y empinando su taza esconde su sonrisa.

—Yo creo que sí.

—¿Ah sí?—ladeo mi sonrisa.

—Sí, Sr. diputado—me echo a reír.

Amanecimos de buen humor ¿eh?

Seguimos comiendo en silencio apurados por el tiempo. Con el cabello revuelto, después de los

revolcones de anoche, Clarissa me parece aún más hermosa. Seguramente la estoy viendo como todo

un bobalicón. Trato todo lo que puedo de desviar mi vista a otro lado para disimular lo mal que me

tiene esa mujer, afortunadamente está concentrada en su comida.

Cuando termina se levanta, sábana terciada, para buscar sus cosas. Pero, al ver la tela en el piso no

puedo evitarlo, me invade un sentimiento pueril de jugarle una broma y planto un pie en ella con

fuerza, la tela se tensa y la nena se voltea.

Mira mi pie y luego mi sonrisa pícara.

—Sebasthian, por favor.

—Por favor qué

—La sábana. Debo arreglarme.

—Oh no nena—estoy que no aguanto risa—. La sábana no sale de aquí.

Parece mentira que te quieras esconder de mí Clarissa.

Hala la tela en vano, yo la tengo a buen resguardo. Así que, con gesto de disgusto y resoplando, la

suelta. Yo sin embargo estoy encantado de la vida por el espectáculo.

Acostúmbrate bebé...

Más tarde vamos en el Acura negro en dirección a su trabajo. Voy con una mano en el volante y la

otra enlazada a la de ella. Me parece de lo más natural ir de la mano con Clarissa. Me siento cómodo,

tranquilo y satisfecho y me pregunto cómo era mi vida antes de ella. Como si estar con mi princesa

fuese lo normal, lo de siempre, lo cotidiano.

—Estaría encantado en llevarte de paseo más tarde, si te parece—le digo sin apartar mis ojos del

camino.

—Está bien.

La miro de reojo y está sonriente, distraída con el transito que pulula a nuestro alrededor.

—¿A qué hora te recojo, linda?

—A las seis estaría bien.

Me estaciono en la entrada de su trabajo y me vuelvo a mi nena. Atraigo su barbilla con suma

delicadeza y le doy un dulce besito de despedida.

Ella suspira.

—Me gustaría saber, Clarissa, qué te pareció lo de anoche—le susurro cuando le tengo muy cerca.

—Bueno...todo me gustó—su mirada amielada me endulza el día.

Satisfecho con su respuesta, me acomodo en mi asiento, porque el tiempo apremia. Ella me ve

pícara y se baja. A medida que se aleja siento que mi corazón se va ahuecando y me invade una

añoranza. «Tranquilo Petroni la verás más tarde»Pienso.

Al llegar a la Sala Plenaria, busco en mi maletín los documentos y las anotaciones que hice

anteriormente de la bendita ley. A pesar, de haberme desviado para llevar a Clarissa, llegué a buen

tiempo.

—Ey Petroni, me quedé esperando tu mensaje—dice Ramírez, que como siempre busca que le haga

el trabajo.

Me estrecha la mano.

—Se me presentó un imprevisto, pero estoy de acuerdo con tu análisis: yo voy por el no—digo

confiado.

Él asiente satisfecho de que sus pocas neuronas hayan rendido fruto.

—¿Un imprevisto a media noche? —carcajea—. No cabe duda de que eres el chico malo.

Su comentario me incomoda porque lo que menos quiero ahora es ser esa persona. No con

Clarissa. Trato de desviar su atención de esa conversación nada apropiada a este belicoso ambiente de

la Asamblea.

—También hay algunos puntos que considerar en estos parágrafos—le indico con el dedo para que

se fije en las partes que he resaltado del documento.

Aunque Ramírez es de la tolda azul, nos conocemos desde hace algún tiempo así que tenemos la

confianza suficiente para salir por unos tragos de vez en cuando y gastarnos una que otra broma. No

con todos mis colegas hago eso. Es mejor guardarse las cosas personales para la familia. La

confianza no se obsequia, se gana. Usualmente está sentado a mi lado. Cedeño, otro diputado, de tolda

amarilla se encuentra al otro lado. Son tantos que es imposible conocerlos a todos bien. Por supuesto

el mierdica de Carreño está sentado diagonal a mí.

Apenas me ve le hago una seña con el puño « ¿Quieres más pendejo? » el abre sus brazos altaneros

sin pronunciar palabras. Me alegra mucho ver que he dejado mi marca en su repolluda mejilla.

«Chúpate esa». No soporto la gente como él que solo está aquí de pónganme donde haiga. En este año

he perdido la cuenta de la cantidad de carros que ha comprado y sé por fuentes confiables que su

liquidez no se debe a ningún patrimonio, sino a una mano muy suelta.

Él y Montoya me sacan especialmente de mis casillas, con sus propuestas de ley todas encriptadas,

de un lenguaje tan ambiguo que se prestan al mal uso y abuso de las mismas. Sin duda la tolda roja

quiere permanecer en el poder generando absolutismo desmedido.

Pero eso lo veremos.

—Estimados disputados damos inicio a la sesión, continuando la discusión sobre la ley de

Alimentación. Atención por favor—Dice el presidente de la Asamblea que afortunadamente pertenece

a mi partido y se caracteriza por ser autoritario, directo y bastante imparcial. Sin duda un verdadero

acierto y ahora que tenemos mayoría en el Parlamento la vaina no está tan belicosa como antes.

Tomamos asiento y hacemos silencio.

—Tiene la palabra el Diputado Carreño.

Comienza el taimado rollizo a hacer su intervención. Y le pido a Dios que me dé la paciencia

suficiente para no pararme y callarlo de un trancazo. Dice tantas sandeces y tozudeces que a la hora

de la verdad uno termina sin conseguirle coherencia a su discurso. Cómo es posible tanta ignorancia

en una sola cabeza. No me lo explico.

—...Señores, estamos ante una situación crítica. Los oligarcas que se niegan a alimentar a nuestro

pueblo... —más y más bla, bla, bla barato al que nos han acostumbrado en todos estos años los de la

tolda roja, abrazando un supuesto ideal de socialismo han viciado los ideales del Libertador.

En estos momentos en que soy testigo del despliegue de tanta idiotez y vileza al mismo tiempo

contra el pueblo venezolano—ese mismo pueblo que acunó tan cálidamente, hace ya 73 años, a mis

bisabuelos y abuelos; quienes vinieron huyendo de la guerra que se cernía en la Alemania nazi—.Es

cuando más me convence la idea de convertirme en el cambio que ellos necesitan.

No tengo poder que ambicionar, lo conozco desde la cuna. Sé que es el dinero, sé que es el poder.

Todo lo que tengo o me lo merezco por mi linaje, por mi esfuerzo o por poseer una mente lúcida,

centrada y determinada en los negocios. Sin duda influenciado por mi familia que desde pequeño me

acostumbraron al mundo empresarial, a pensar en grande, pero también me obsequiaron valiosos

valores: el amor por mi país, el respeto por el prójimo, y por sobre toda las cosas el amor y el apoyo

infinito de la familia.

Siendo el menor de mis hermanos me ha sobrado el cariño y el apoyo. Viniendo de una familia de

abolengo me han sobrado las riquezas y oportunidades. Pero aun siendo un burguesito rico de cuna

mis padres me mantenían en contacto con la realidad a mi alrededor, la realidad del prójimo que no

había tenido tanta suerte como nosotros. Hacíamos— y aún hacemos— caridad de calidad en sectores

de bajos recursos. Pero no esa caridad hueca y superflua que se estila en la alta sociedad. Sino una

activa y directa.

Así que para mí es muy sencillo reconocer a un alma vacía y hueca como es la de Carreño y

compañía.

El mierdica de Carreño termina su alocución y yo pido la palabra. Comentando de manera

objetiva los puntos álgidos de la ley— y no con menos dramatismo que él— reforzando mi punto. No

me canso de resaltar su idiotez. En eso salta un camarada—como ellos mismos se mentan—comienza

a hablar y tengo que reprimir mi risa porque lo que hace es cantinflear, ni más ni menos.

Vuelvo a pedir la palabra.

—Discúlpeme, camarada, pero cuando le escucho me embarga la inquietud de que en vez que me

enseñe algo nuevo lo que me haga es desaprender—digo yo con muchísima malicia.

Suenan carcajadas en la Asamblea.

El presidente de la Asamblea toma la palabra y esto va para largo...

****

Durante el receso reviso mis mensajes y me permito pensar en mi niña bellísima. Mi teléfono

comienza vibrar, es mi agenda:

Viernes evento Cámara de Comercio

Confirmar compañía Agencia de Modelos

Observo la notificación parpadeante e inmediatamente sé que ya no puedo seguir haciendo eso:

comportarme como el chico malo de la Asamblea, ese que sale con una modelito diferente cada vez.

No ya no. Y en verdad no lo lamento. Esa solo fue una solución a un problema de hace cinco años,

pero que seguí alargando, por costumbre, facilismo y también evitar ser perseguido por chicas en

cada evento en que me presentaba. Generalmente si una mujer te ve acompañado suele evitarte. Por

supuesto hay sus excepciones.

Me rasco la barbilla sondeando en mi mente el convenio que hice con la Agencia de modelaje y lo

que siento por Clarissa. Mi mente y corazón llegan a la misma conclusión:

Quiero tener algo serio con ella.

Ahora que la he tenido. Anhelo, más que nunca antes, ganarme su confianza. Marco el número de

la Agencia y de inmediato me contesta Rania Bastidas, la regente del lugar, me saluda con la

melosidad típica de su carácter. Cuando le digo mi intención de rescindir del contrato se muestra un

tanto apenada. De cierta manera asistir a esos eventos ayudaba a sus chicas a conocerse.

Me siento más tranquilo habiendo hecho eso. Quiero que lo nuestro llegue a buen puerto y no que

naufrague entre el mar de las dudas y la intriga.

—Petroni, qué pasa, ya comienza la sesión—dice Ramírez cuando me le acerco—. Te veo distraído

man—me da una palmada—. Ahora suelta esa lengua inteligentísima que tienes...

****

Ya a las cinco de la tarde he salido del Parlamento y tengo a mi niña conmigo. He decidido

llevármela de paseo a las afueras de Caracas. Al campo de tiro. No suelo practicar allí, sino en uno

dentro de la Capital; solo que conozco un buen bistró por esa zona y así aprovecho para galantear a

mi damita. Como era de esperarse nos atrapa el tráfico, y yo encantado de la vida porque durante ese

tiempo que pasamos en el embotellamiento, me permito besar sus labios, mejillas, nudillos, su frente.

En definitiva, toda las zonas acariciables y besables en ella que no atenten contra la decencia y las

buenas costumbres.

Algo que me gusta mucho es como se abandona fácilmente a mi tacto. Me hipnotiza verla

completamente arrobada ante mí. Y me asalta la idea de que en realidad Clarissa es una niña muy

frágil.

No te preocupes pequeña, yo te cuidaré…

Llegamos al campo de tiro y me permiten iniciarla en las normas básicas del uso de arma corta. Lo

cual no es lo común, pero con mi experiencia consumada en las armas y mi verborrea, lo consigo.

Veo a Clarissa un poco ansiosa por momentos, lo cual es divertido, ya que la pistola que le di no tiene

balas.

—Necesitas practicar mucho...me encantaría traerte cada tanto...lo pondré en mi agenda, si te parece

—le digo al oído.

Estoy pegado tras de ella, con una mano en su vientre para enderezarla y la otra tomando el brazo

armado. De nuevo me encuentro extasiado por su perfume.

—Ok— dice ella.

Así pasamos un rato entreteniéndonos, hasta le doy unas pocas balas a ver si acierta. Apenas lo

hago, cae presa de un ataque de risa. Durante esos minutos en que ella llevaba el arma cargada me

aterraba la idea de que se diera un tiro en el pie. A la final consiguió salir ilesa de la experiencia.

Como era de esperar no le dio al blanco, pero ni de chiripa.

Luego, nos paseamos un rato por las adyacencias del polígono, por una arboleda. Nos relajamos

ante la brisa fresca, el susurro de los árboles y el manto de la noche que comienza arroparnos. La

luna se asoma con su brillo plateado y mi niña bella, enlazada de manos conmigo, tiene el halo de un

ángel.

—Te googleé—me dice ella

¡Ay no!

—¿Ah sí? Bueno, soy una figura pública, Clarissa. De mí se dicen muchas cosas. No todas son

ciertas. Además, me he dado cuenta que no le caigo bien a tu padrino.

—Dice que no debo confiar en ti.

Siento que me da una puñalada trapera con esa mirada.

— ¿Y qué crees tú? —le pregunto un tanto ansioso por su respuesta

—Si el río suena piedras trae…

Aunque lo dice en broma, en el fondo tiene un tinte de verdad. Se me revuelve el estómago.

Resoplo.

—Me molesta que me digas eso. No creo darte razones para desconfiar.

—...Todo un conquistador

—¿En serio? ¿Piensas eso de mí? No creí que sacaras conclusiones a priori.

—A priori no, en base a la experiencia. Es evidente que te gusta mucho la compañía femenina.

¿Qué esperabas Clarissa? ¿Qué quieres de mí? ¿Qué querías que hiciera todo este tiempo?

—Soy un hombre soltero sin ningún tipo de compromiso hasta ahora ¿qué esperabas?

Ella baja la mirada ante mi tono. Otra vez me convertí en el ogro del cuento. Mierda.

—Nada—apenas se le escucha la voz

Suspiro

—¿Nada?...nada—por qué no esperarías nada de mí, si estoy dispuesto a todo contigo cielo—.

Fíjate, yo sí espero mucho de ti nena ¿qué me dices a eso? ¿Cuándo confiarás en mí? Me das tu

cuerpo de buena gana pero en lo demás te cierras completamente. No logro descifrarte. Me tienes

desconcertado.

La observo pensativa, cohibida, tragándose sus pensamientos, parece una bomba de tiempo y me

pregunto: ¿cuándo explotará? Me intriga su silencio y me doy cuenta que en verdad sé muy poco

acerca de ella.

Me detengo y la atraigo hacia mí tomándola por los codos, ella da un paso atrás. ¿Por qué?

—Dime Clarissa, ¿qué debo hacer para ganarme tu confianza?— le digo mirándole directamente a

sus bellos ojos que en este momento parecieran verdes.

Se pone tensa. Da otro paso atrás y yo le sigo. Noto que cerca hay un árbol y nos voy llevando a él

para acorralarla.

Clarissa quiero respuestas. Déjame entrar en tu vida.

—No sé a qué te refieres.

—Quiero que te entregues a mí sin reservas ¿Me explico?—le digo suavemente para calmarla.

La ansiedad de ella va en crescendo y ya la tengo acorralada.

—¿Y eso como para qué Sebasthian? Tú no me conoces, ni sabes remotamente de dónde vengo.

Me doy cuenta que está asustada. Como un niño que le teme a la oscuridad. El corazón me reboza

de ternura por esta mujer.

—Quiero conocerte cariño, háblame—le digo con extrema dulzura y voy enrollando en mi dedo

un mechón de su cabello con la esperanza de que eso la calme—. ¿Estás asustada? ¿Es eso?—me mira

maravillada sin atreverse a contestar—. No temas bebé, me gustas demasiado. ¿Es que no lo

entiendes? Me tienes completamente seducido como nunca antes. No sería capaz de lastimarte. Dime

corazón ¿qué te asusta?

Observo, en silencio respetuoso, como su rostro me muestra lo que sus palabras no. Está

perturbada. Pasa de una emoción a la otra en milésima de segundo. Evidentemente hay una lucha en

su interior y me pregunto: cuáles serán sus demonios.

—No me gusta que me presionen, Sebasthian. No estoy acostumbrada a esto. Nunca había tenido

una relación con un hombre. Cuando era chica era muy arisca y nadie logró acercarse a mí y en la

universidad me aboqué a mi carrera por completo. No podía perder mi tiempo. Así que, yo no sé lo

que es eso.

Estoy feliz de que por fin me diga lo que le pasa.

—Yo puedo enseñarte… Lo deseo con ansia—beso la puntita de su nariz—. Vamos a comer y me

sigues contando de ti.

La guío de la mano hacia un Bistró cercano que conozco bien. Allí ordeno para ambos los mejores

tres platillos del lugar. Clarissa está encantada, se le nota de nuevo serena y muy sonriente. Eso

calienta mi corazón.

—Estás muy risueño—dice mi niña

—¿Y por qué no iba a estarlo? por fin te estás abriendo a mí.

—Creí que eso ya había pasado—arquea una ceja

—Tú sabes a lo que me refiero.

—Háblame de ti—me pide.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que me quieras contar.

Se encoge de hombros y me vienen las luces. Le explicaré a Clarissa lo de la Agencia de modelitos

para me comprenda un poco y no se deje llevar por los rumores.

—Creo que para empezar me gustaría aclararte que siempre le pido a una agencia de modelaje una

acompañante para mis eventos, con la salvedad de que sea siempre una distinta.

—¿Ah sí?—me mira, incrédula.

—Sí.

—¿Y eso por qué?

—Me gusta ir acompañado y así es más práctico. Menos expectativas. Soy un hombre ocupado. No

te voy a negar que en algún momento haya tenido sexo con alguna de ellas. Siempre consentido por

supuesto.

—¿Así que te las tiraste?

—No Clarissa, no soy un conquistador como cree tu padrino. A la única que he acosado es a ti.

—Ah.

—De todas maneras ya llamé a la agencia para cerrar ese contrato, ya no será necesario.

—¿Y eso por qué?

La observo fijamente mientras le declaro mis emociones.

—Porque ahora me acompañarás tú. Te lo dije: me gustas mucho. Demasiado. De hecho me tienes

como loco y quiero que confíes en mí. ¿Me explico?

La noto un poco sorprendida.

—Pero, cuando te conocí ibas solo.

—No. Apenas te vi la despedí. Tenía que conocerte, estabas tan adorable. Y después en el baño... —cierro los ojos deleitándome del recuerdo de nuestro primer beso—quedé alucinado. Tuve que hacer

acopio de todo mi autocontrol para no hacerte el amor allí mismo. La verdad no quería asustarte y

tampoco quería cargos por acoso.

Me evalúa en silencio.

»—Y luego, cuando te pedí que salieras conmigo, estabas muy reacia. Creo que si no hubiera llegado

tu amiga ni siquiera me hubieras dado una oportunidad. Sabes, aún sigues siendo arisca—sonrío ya

que estoy supercontento—. Que bueno que tu amiga te obligó. Con eso se ganó el cielo conmigo, sin

duda.

—Te gusta hablar, verdad—dice con deje burlón

—Soy político bebé.

****

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